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11.

18/06/2015

Debo confesarlo: soy adicto a los cierres electorales. Me encantan, y no solo los propios. Los sigo todos… bueno, casi todos. Es una conducta que llevo desde hace años. La confección de la lista, quién tiene la lapicera, cómo se arma la boleta, los cruces de último minuto… todo ese minué endiablado me parece apasionante.

Por ende, dejo unas notas breves.

FPV.

Obviamente, las cámaras se fueron con la decepción de Randazzo. Es lógico, era la PASO más atractiva. Hoy, en cambio, se inició la conversación bonaerense, que terminó sin el resultado esperado. Algunas consideraciones me parecen oportunas.

La fórmula nacional.

Randazzo fue siempre la pieza de cambio de CFK. Su gestión lo limitaba a la Provincia de Buenos Aires, fuera de ella era desconocido y su rendimiento electoral hubiese sido pobre. Y eso era malo en dos sentidos. Por un lado, Randazzo hizo siempre campaña en tanto candidato de CFK. Un mal desempeño, como el que hubiese tenido, podría haber sido objeto de interpretación acerca del real peso de la palabra de Cristina. En un segundo nivel, ese rendimiento podría haber tenido efectos no queridos, como dejar demasiado cerca a Mauricio Macri y a Sergio Massa en la pelea individual con Scioli.

Bajarlo era, entonces, la salida lógica. No la más elegante, pero sí la más razonable. Ahora todos los dirigentes saben quién es el candidato, y se ordena el panorama de la PBA que, como sabemos, es la llave del país para una fuerza política con rendimientos pobres en Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba.

Claro, eso es lo que pasa en el terreno de los dirigentes. Nadie tiene la menor idea de lo que hará el ciudadano independiente que, residiendo en la provincia de Buenos Aires, no había contado a Daniel Scioli, su gobernador, como primera opción. Una cosa es generar una competencia atractiva para tratar de fortalecer la propuesta de conjunto. Otra, muy distinta, es la que se ha elegido: hacer dos campañas pero llegar con un candidato. Respuestas, el 9 de agosto.

La selección del vice.

Era evidente que Scioli no podía llegar a las PASO con un vice propio. Ni él mismo lo quería: vanamente había hecho intentos de acercarse a Kiciloff, para luego probar con Zamora. Eso debía corregirse, y por ende quedaba pendiente una negociación. El gesto del kirchnerismo no pudo ser más claro: dado que con Mariotto no nos terminó de salir, y como no nos da para poner a Máximo, ponemos al tipo más “puro” -término muy usado últimamente- de todo el espacio. Uno que no aporta ni medio voto, no representa estructura alguna, no representa provincia alguna, no equilibra la fórmula, pero representa a la conducción del espacio. Si querés ser presidente, es así.

La fórmula provincial.

El “no” de Randazzo, un poco sobreactuado en esa penosa pieza que circula por las redes sociales (vg: “estaré en cada DNI”, “en cada argentino que sube a un nuevo tren” y otras frases no menos patéticas) tiene todavía su impacto. Por empezar, a esta hora, se sostienen los tres mosqueteros que venían compitiendo por el sillón de Dardo Rocha. Pero reconocer que ellos siguen es, también, tachar un casillero que los gurkhas pretendían para CFK… y flaco favor le hacían, ya que un gobernador depende por definición del presupuesto que le asigna el Congreso, de acuerdo con las partidas que le envía el Palacio de Hacienda. Y eso, en el caso de una provincia “teórica”, porque las reales están endeudadas, en rojo, mal administradas, etc. Para entender la herencia de Scioli, imaginen una provincia estructuralmente deficitaria que, encima, está horriblemente administrada. ¿Esa era la silla de Cristina?

No, no lo era. Y no lo será.

Resta saber si el kirchnerismo realmente dejará que ahí florezcan las casamatas, macizas estructuras de hormigón que simplemente ocupan un espacio, o propondrá un candidato. Por ahora, parece que sucederá lo primero, en la confianza que les brinda la percepción de que tienen una buena fórmula nacional. Y, en las presidenciales, en general, al menos por lo que conozco de la PBA, el corte entre presidente y gobernador es bajo.

Dicho esto, el complejo esquema diseñado por la presidenta, que incluye la inusitada decisión de sacar del clóset al Chino Zannini para mandarlo a tocar la campanita del Senado, así como poblar de hombres de La Cámpora las listas nacionales, no le asegura demasiado. Necesita algo más: ya el sabio florentino nos alertaba sobre la volátil voluntad de los hombres, así como respecto de los avatares de la Fortuna. Concretamente, Cristina se necesita a sí misma. La realidad es que el esquema montado, como se ve hasta ahora, parece diseñado para que le queden espacios en distintos casilleros, entre los que destacan dos:

a) La boleta del Parlasur. Es una boleta nacional, para un ámbito inexistente, que otorga fueros. Que sea nacional hace que la prefieran todos los candidatos provinciales. El razonamiento es simple: como Parlasur va adelante en la boleta, en el primer cuerpo estará Cristina. En el segundo, Scioli. En el tercero, cada gobernador. Mejor fórmula, razonan en las provincias, imposible.

Es un buen razonamiento. Es lo que le sirve al PJ. ¿Le sirve a ella? Menos. Impulsaría a porcentajes más altos al mismo tipo que quiere tener entre dos paredes. Pero no lo descartaría, aunque tampoco creo que suceda.

b) La boleta de diputados nacionales por la PBA. Le daría acceso a la Cámara, a la jefatura del bloque si así lo quisiera, y aún a la línea sucesoria. Si vamos a imitar a Putin, es la mejor jugada. Un poco excesiva, claro, pero… kirchnerismo y “excesos” son términos que maridan bien en cualquier frase.

A los gobernadores, este plan les reditúa menos. Reconocen que ayuda a la victoria nacional, y eso es siempre bienvenido. Pero nadie quiere una jefatura demasiado presente, demasiado de este mundo. Y ella tendría un rol demasiado protagónico, demasiado expuesto. Se vería obligada, por ejemplo, a votar por sí o por no leyes de presupuesto.

Pero bueno, los gurkhas moderados quieren contar con esa tenaza.

Valdría insistir: si CFK quiere abrochar el control sobre el FPV, y extremar la soga que pende del cuello de Daniel, debe jugar. Para ello, la boleta de la PBA parece más concreta.

En unas horas lo sabremos.

10.

04/06/2015

A riesgo de quedar en off side, quisiera puntualizar algunas cosas sobre los debates y los rumores que se barajan por estas horas.

Es indudable que el Frente Renovador posee, desde el inicio, una amplia gama de dirigentes, pero la mayoría procede del FPV. Esto, aunque empíricamente indudable, puede corroborarse en los garrochazos recientes. Para PRO, no fue casi ninguno. Los que quisieron pasar, como Posse y Cariglino, no fueron aceptados. Más claro, imposible.

También es cierto que el grueso de nuestra militancia procede del peronismo. En muchos de nuestros actos, incluso, cantamos la marcha. Es algo que nos identifica.

Entonces, tenemos dirigentes y militantes peronistas, que hasta hace no tanto, en su mayoría, estaban alineados con el gobierno.

Otra cosa, muy distinta, son los votantes.

Con una alquimia dudosa, tanto oficialistas como opositores confunden los dos primeros elementos con el tercero. Estos últimos, en un franco delirio, suman aritméticamente los votos de Macri con los de Massa, y como les da bien, presionan a ambos para una alianza. Dejemos de lado la pregunta sobre cómo funcionaría ese país. Eso viene después. Primero está la pregunta básica: ¿qué harían los votantes?

No lo sabemos. ¿Mi sospecha? Se reparten. ¿Cómo? En proporciones similares al voto nacional.

El oficialismo piensa otra cosa. Mira los dirigentes, se entusiasma con el hecho de que son, en su mayoría, FPV. Calcula que esos dirigentes pueden llevarse “sus” votos. Argumenta, para sostener la afirmación, que en 2013 lo hicieron. La pregunta es: ¿lo harían de nuevo?

De fondo, creo que existe un diagnóstico erróneo sobre qué paso en 2013. Massa, es cierto, obtuvo un 36,75% en primarias, y un 43,95% en generales. Pero en el primer caso, Insaurralde obtuvo un 31,13%, y en el segundo, un 32,33%. O sea que, si aceptamos la tesis oficialista, el voto FPV en 2013 en la PBA habría sido de unos 68 puntos porcentuales para las primarias, y de un 73,5% en las generales. Eso, en 2013. Les recuerdo que, en el mejor momento de su historia, CFK obtuvo el 54%, que se estira a un 56,43 en la PBA.

No sé si se dan cuenta del problema. Evidentemente, así no funciona. Ni 2011 ni 2013 se repiten.

¿Saben por qué? Porque la política de aparatos no explica el voto. Es un mito. El voto es de la gente. Quienes se sientan más cercanos al oficialismo -esto es, a Daniel Scioli o a Florencio Randazzo- votarán esos candidatos. Si no les gusta Aníbal, cortarán boleta. Quienes quieran votar a Mauricio Macri, harán lo propio. Y si no les gusta Vidal, y parece que es el caso, buscarán otro candidato. Nadie tiene la proporción exacta en ese punto. Sólo sabemos lo que haría cada uno de nosotros.

Postdata:

Me permito poner en duda otro mito, el que vincula legislativas y presidenciales. Muchos analistas proponen un argumento interesante. Nos dicen que en las legislativas, la población evalúa la gestión de una manera, pero en las presidenciales, lo hace de otra. ¿Los ejemplos? Naturalmente, 2009-2011. Claro, calculan que eso habrá de repetirse ahora, es decir, que el oficialismo torcerá nuevamente el rumbo.

Salteemos la parte fácil del asunto: no sabemos todavía qué pasará en 2015. Hagamos un poco de memoria.

1) En 1987, el justicialismo ganó las legislativas. Dos años después, venció en las presidenciales.

2) Lo mismo pasó en 1993 – 1995. El cambio estuvo abajo: la UCR, pese a una estrecha derrota en Capital a manos del PJ, mantuvo el segundo puesto en 1993, pero lo perdió en 1995. ¿Pacto de Olivos, anyone?

3) En 1997, la Alianza ganó las legislativas. Dos años después, ganó las presidenciales. Dicho sea de paso, le ganó en ambos casos al mentado “aparato”.

4) En 2005, el FPV venció en las legislativas. Dos años después, venció en las presidenciales, con la misma candidata y con casi el mismo porcentaje. De nuevo, en 2005 perdió el aparato: Cristina le sacó 20 puntos de ventaja a Hilda González de Duhalde.

¿Conclusiones?

a) El “temible aparato” puede ser vencido. Le ocurrió en 1997, 1999, 2005, 2009, 2013. Salvo en 2005, esa derrota se produjo incluso con control de la presidencia. Cuando la marea va para un lado, no hay recurso fiscal, estructura, dirigente que aguante.

b) No hay patrones visibles en el comportamiento del voto entre legislativas y presidenciales. Lisa y llanamente, cada situación es diferente a la anterior.

Datos, datos, datos… las teorías, las hipótesis, son muy lindas, pero si vienen fundamentadas, mejor.

#NiUnaMenos

03/06/2015

Hoy, a eso de las 17, en el Congreso Nacional, pero también en docenas de ciudades de todo el país, así como en los países hermanos de Chile y Uruguay, se llevará a cabo una movilización, previsiblemente multitudinaria, para concientizar a la población acerca de la necesidad de actuar con energía en torno a la problemática de la violencia de género. La iniciativa, surgida puntualmente de las redes sociales pero pensada para acompañar a las principales ONG que se ocupan del tema en el país, muchas veces sin el apoyo correspondiente, muchas veces en soledad, ha concitado una masa casi infinita de adhesiones, una lista que recorre un arco insólito. Casi nadie se quiso quedar afuera. Y eso es bueno, y habla de nuestra creciente consternación por los hechos acaecidos con pibitas jóvenes, cuyos nombres conocemos todos, y que no enumero a riesgo de olvidar alguna.

Por supuesto, no dejaron de alzarse voces… siempre hay alguien que hace de la incorrección política una nueva forma de lo contrario, esto es, corrección política disfrazada. Y también aparecieron cuestionamientos más atendibles. Que hay que ocuparse de los asesinatos en general, que una marcha de por sí no resuelve nada, que no queda claro qué poderes resultan interpelados, que por qué esa plaza y no Tribunales, que en realidad esta oleada de violencia no tiene motivaciones que puedan remitirse a un esquema causal simple vinculado a la “cultura patriarcal”, etc. Que el Estado, y eso es cierto, ha avanzado, desde 1999, 2002-2003 y especialmente 2009 a la fecha, en la elaboración de normativas al respecto.

OK, pero hoy nos estamos movilizando por esto. Movilizaciones por la inseguridad en general, aunque menos apoyadas, ya tuvimos. Es evidente que una marcha de por sí no soluciona nada. Visibiliza, en cambio, un reclamo, genera una identidad entre quienes asisten, obliga a la respuesta. Algunos sectores prometieron ir también a Tribunales, porque sienten que se trata de un poder que sí debe ser interpelado en términos específicos, sobre todo en relación con fallos recientes, con la morosidad de su trabajo, con el tiempo de respuesta, con su incapacidad para hacer cumplir sus propias decisiones, etc. No está mal. Las propias organizadoras aclararon que la elección de la Plaza de los Dos Congresos no implicaba un cuestionamiento al Poder Legislativo.

Se planteó también que no quedaba claro el tipo de propuesta. Bueno, eso es menos cierto. Desde que la causa cobró vigencia pública, se elaboró un programa de cinco puntos, que podemos resumir abajo

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En definitiva, la objeción principal sigue vigente. La podríamos reformular así. Hoy habrá una movilización importante, mañana habrá una cobertura significativa en los medios. Serán convocados especialistas de todas las áreas, conversarán un rato sobre el tema… y pasaremos a otra cosa. Ante otra oleada, la siguiente, de asesinatos vinculados al tema: ¿qué hacemos? ¿otra marcha?

Aceptado. La consigna, ciertamente, es utópica. No sólo no se cumplirá, sino que de aquí a fin de año habrá varias menos. No obstante, no existe política sin dimensión utópica, lo otro es el cinismo. Plantear como objetivo una tasa de homicidios aceptable, sospecho, sería un poco delirante… y no falta incluso quien dice que eso se ha alcanzado ya. Conformarse y actuar son dos categorías mutuamente excluyentes.

En concreto, ¿qué podemos hacer?

Primero, mejorar el diagnóstico. Lo que aparece como problema penal, de política criminal, es en el fondo un problema que, a falta de mejores términos, llamaré cultural. No hace falta remitirse a categorías abstractas. La cultura machista, misógina, patriarcal, se expresa todos los días. Basta prender la televisión en cualquier franja horaria. El sistema penal no puede resolver esto, porque excede su matriz. No se le puede pedir al sistema que cambie la sociedad en que se inserta. Puede, sin embargo, mejorar bastante. Necesitamos más comisarías de la mujer, más botones antipánico, mejores capacidades estatales a la hora de controlar el cumplimiento de las propias medidas que emanan de la Justicia.

Para el futuro, debemos operar en la educación. El futuro son los niños y las niñas. Hay normativas mal implementadas, como las que se vinculan a educación sexual y de género. Debemos trabajar para que se implementen mejor, para que exista una obligación de tratar estos temas en todos los ámbitos, con frecuencia, con participación de los padres. Este último punto es central: a veces los niños son la ventana que tiene el Estado para meterse en la casa de los padres, a ver qué pasa, cómo es esa casa, cómo funciona. A la primera señal de que algo funciona mal, los docentes deben contar con herramientas y canales para reportar eso que sucede. Y no solo los docentes: los médicos, los familiares, los vecinos.

Para el presente, en cambio, debemos a) realizar estadísticas concretas, que identifiquen las franjas etarias más problemáticas, b) mejorar implementación de la ley, en todos sus aspectos, c) fortalecer la prevención, trabajando permanentemente acoplados con las ONG en campañas permanentes, d) buscar las herramientas tecnológicas más adecuadas, como la doble pulsera, para prevenir el ataque, el acoso, la amenaza, la vigilancia. Me permito sugerir aquí la visita periódica de asistentes sociales, acompañadas de agentes policiales, en situaciones en que violencia tenga mayores posibilidades de producirse, como los fines de semana, el after del partido de fútbol, etc.

No alcanza. Tenemos que trabajar también para romper el círculo de complicidad y de silencio que rodea a la violencia de género. Insistir en que los vecinos se involucren, trabajar en los barrios, advertir sobre las consecuencias de ese silencio. Como marcó Romina Mangel,

“Fuera de la innegable responsabilidad del Estado, es notorio cómo se subestima cuánto puede hacerse desde la concientización y el compromiso de la sociedad en la lucha por erradicar la violencia de género. De un total de 58.000 denuncias, sólo 22 surgieron de los vecinos. Seis del sistema de salud. Diez del ámbito laboral. Puesto en cifras, el silencio cómplice es abrumador: apenas un ínfimo porcentaje de los hombres y mujeres que saben lo que pasa -porque comparten la vecindad con las víctimas y escuchan sus gritos mientras las castigan o porque son compañeros de trabajo y conocen la intimidad de extensas jornadas laborales o porque enfermeras que curan sus heridas recurrentes- se animan a decir lo que ellas no pueden.”

No alcanza tampoco. Quizás sea el momento, aprovechando la ocasión, de discutir formas concretas de empoderar a las mujeres en la tarea de controlar su propio cuerpo. Pienso en la legislación sobre interrupción voluntaria del embarazo. Mayor control sobre el cuerpo implica mayor poder de decisión, mayor autonomía, etc.

Posiblemente no alcance tampoco. Seguramente podrán existir otras propuestas, será necesario insistir sobre la tarea de los jueces, deberemos trabajar desde ámbitos como la salud, deberemos reportar más casos, con herramientas mejor publicitadas… cambiar una cultura no es sencillo. Es una tarea prolongada, una guerra infinita, sin campos de batalla y sin victorias a la vista. Porque siempre habrá “una menos”. Pero el desafío consiste en no naturalizar esa situación. Batir las palmas, agarrarse la cabeza ante la próxima piba que aparece en un basural, ante la enésima pregunta sobre sus costumbres y hábitos sexuales, sobre a qué hora salía a bailar… eso sí que es inútil. No sólo es inútil, es consumo funcional.

No vamos a ganar. Las capacidades estatales no alcanzan, la cultura patriarcal, que existe, es demasiado poderosa, el consorcio mediático que exhibe a las minas como objeto es tremendo. Pero saber eso no debe obstar para dar la batalla, reconociendo siempre lo que se ha hecho, advirtiendo lo que falta.

¿Hoy? Hoy, se trata simplemente de poner el cuerpo. De vernos las caras, de leer el documento, de marchar. De fijar el límite de lo tolerable, pero en la calle, no como espectadores pasivos, indignados ante las pibas que aparecen en los basurales, enterradas vivas, quemadas vivas, etc. Se trata de decir “basta ya”. Nada más, pero ciertamente nada menos.

9.

29/05/2015

“Quizás los otros candidatos peleen por rapiñarle la estructura al massismo, sin considerar suficientemente el hecho de que la mayoría de los votos no son de nadie, sino del propio votante.
Esto significa que aún si Massa consiguiera algún acuerdo con Macri, la franja de sus votantes que se siente más cerca del Gobierno terminará votando al oficialismo. Y en sentido contrario, los votantes de Massa que son sobre todo opositores no votarán al kirchnerismo aunque su intendente o su gobernador hayan decidido mudarse del Frente Renovador al Frente para la Victoria.
Desde este punto de vista, la incógnita más grande de hoy se remite a acertar cuántos de los votos que conserva Massa son potencialmente oficialistas, y cuántos son irremediablemente opositores. Nadie tiene la respuesta irrefutable, ni en la política ni entre los consultores.
Hay quienes dicen, y puede ser cierto, que los votos opositores que contenía Ma-ssa ya se fueron con Macri, y eso explica por qué uno sube y el otro baja. Pero también puede ser cierto que la recuperación política del Gobierno ya esté funcionando como imán para sacarle votos a Massa, y que el crecimiento de Macri es a expensas de lo que pudo tener el disuelto experimento de UNEN. Muy interesante, pero no dejan de ser teorías aún sin comprobación.”

8

26/05/2015

Sobre algunos debates que se dan con argumentos como mínimo falaces, habría que revisar lo que se hace, y en concreto los decretos

Decreto 1345/2005.
Decreto 621/2010.
Decreto 1103/2010.
Decreto 971/2012.
Decreto 2415/2014.
En todos los casos a) se alude a causas de defensa nacional, b) se genera una fuerza defensiva ad hoc, c) se establecen reglas de empeñamiento, versión criolla de las rules of engagement. Eso sí, en anexo y custodiadas por secreto militar de acuerdo con un decreto de 1963. En todos los casos, queda delegada en el comandante militar la adopción de las medidas “necesarias, adecuadas y oportunas”. En todos los casos, se trata de actos de excepcionalidad, justificados por la presencia de dignatarios extranjeros en el país. Todo por decreto. El último lo firma Agustín Rossi.

Entonces, muchachos, no es que esto no se hace y queremos establecer la pena de muerte sin juicio previo, así como otras pavadas. Esto se hace, bajo reglamentación precaria y parcialmente secreta, aludiendo a la Ley de Defensa Nacional en cada ocasión. Incluso se subordina a la aviación civil. Demos un debate, que sea serio, demos la discusión democrática, que las cosas se hagan por ley, con transparencia, hagamos públicas las RDE, y dejémonos de joder. Una cosa es ser bienpensante, esto es ligeramente distinto.

Para poner en perspectiva

20/05/2015

1.

Corren los meses finales de 2011. Sergio Massa ha logrado, ya, la reelección como intendente de Tigre. El otrora jefe de gabinete de Cristina Fernández tiene apenas 39 años. Ha pasado por varios cargos de importancia, como funcionario en el ANSES, como jefe de gabinete y como diputado nacional. Pero el giro del kirchnerismo lo preocupa. El espacio que supo practicar el pluralismo y la alianza transversal con dirigentes de otras fuerzas se encierra gradualmente sobre sí mismo. Las organizaciones sindicales pierden lugares y son sometidas a la fractura, los foros partidarios se vuelven herramientas vacías. El PJ languidece. Todo ámbito de mediación queda obturado.

El kirchnerismo, poco a poco, comienza a reducir el número de actores legitimados para hacer política, no ya fuera de su dominio, sino incluso dentro de su propio espacio. Como en otros tiempos, varios dirigentes se vanaglorian de dar caza a los “traidores”, mientras proclaman, una y otra vez, que lo hacen en nombre de Cristina Kirchner. Quien se aparte de ese rumbo será, desde entonces, un enemigo: será visto como opuesto, no ya a una conducción política, sino a todos y cada uno de sus “logros”, atribuidos a la sabiduría de un liderazgo que es concebido como omnisciente, y que no reconoce la necesidad de mediación alguna en su relación con la sociedad. Y si para un adversario pueden existir santuarios, para un enemigo, como reza un viejo adagio peronista, no hay cuartel ni justicia.

El potencial herético, transformador, de los primeros años del kirchnerismo, queda relegado. Los ademanes autoritarios campean. Las nuevas organizaciones oficialistas no representan, ya, a los ciudadanos frente al gobierno, sino a la presidenta ante la sociedad. En ese contexto, las demandas de la gente corriente quedan en segundo plano: lo que importa, ante todo, es redefinir la agenda en función del interés general. Pero, ¿quién define, en cada momento, cuál el interés general? El gobierno, claro. ¿Y si ese interés no se corresponde con las necesidades concretas e inmediatas, con los reclamos y las demandas sociales, qué debe hacerse? La respuesta concreta se esboza en la práctica: la inseguridad deviene una sensación, la inflación no existe, los problemas de la economía son atribuidos a la cadena del desánimo propalada por medios opositores.

Nadie tiene legitimidad para cuestionar a la presidenta y a su rumbo, sin que se le recuerde el porcentaje electoral obtenido, sin que se le acuse de destituyente o corporativo. El kirchnerismo se representa a si mismo como dueño de la voluntad popular, que es indivisible, sin reconocer la mínima posibilidad de disenso. En ese escenario, la política como actividad es lisa y llanamente imposible.

No llega el fin de año, y Massa decide, lentamente, iniciar otro rumbo. El peronismo y la Argentina, insiste, requieren otra mirada. Modernizar al peronismo para modernizar al país: esa es la clave. Massa reitera que es imposible anclar al país en la lógica política de los años setenta, en la confrontación permanente, en la descalificación continua, en el antagonismo metodológico.

El sueño del Frente Renovador se pone en marcha. Muy pronto, antes incluso de los primeros meses de 2012, el partido cuenta ya con personería jurídica en toda la provincia de Buenos Aires.

Los meses se suceden, la situación empeora. El kirchnerismo, que había sostenido su vocación de mayorías en un diálogo permanente con la sociedad, se encierra más y más en un discurso sectario, excluyente, alejado del realismo más elemental, interesado apenas en las disputas institucionales que surgen como resultado de su intento de avasallar, paso a paso, todas las instituciones de la democracia republicana. El Poder Judicial recibe embates casi cotidianos, mientras diversos dirigentes plantean, a menos de un año de las elecciones presidenciales, que la única garantía de futuro del “proyecto” está en manos de la presidenta. Son momentos de peligro.

2

Verano de 2013. No sin una cuota de astucia, Massa deja correr el rumor de que buscará presentarse como candidato a diputado nacional. La noticia pasaría inadvertida, pero una serie de encuestas encienden la alerta, tanto en el gobierno nacional como en la Provincia de Buenos Aires. En ellas se aprecia el crecimiento exponencial de su imagen positiva. Encuesta tras encuesta lo confirma: este muchacho sencillo, familiero, no muy afín a la polémica, que apenas tiene cuarenta años –cumplirá 41 a fines de abril-, con una base política insignificante y a cargo de la intendencia de un partido electoralmente marginal de la Primera Sección Electoral, parece haberse convertido en el dirigente más atractivo de la provincia. Sergio dirá más adelante que su virtud principal ha sido saber escuchar, en lugar de dar peroratas interminables por cadena nacional.

Llega el momento de las decisiones. Massa, con mucha astucia, ha dejado todo para último momento. Todo el mundo político se pregunta, ya en voz alta, cuáles son sus intereses. ¿Jugará o no jugará? ¿Lo hará a favor o en contra de la presidenta? ¿Se reunificará luego con ella, en caso de enfrentarla? Todos hablan de Massa. Massa, en cambio, sonríe y nada dice de su futuro.

En esos días febriles, atiende decenas de llamadas telefónicas, y recibe a varios dirigentes políticos. Siempre sereno, siempre en silencio, él escucha. No es momento de romper, tenés un lugar, tenés una carrera, Cristina te valora. Te vamos a facilitar las cosas. Educado, cordial, Sergio los despide con la promesa de una respuesta que es apenas un gesto de cortesía.

3.

Bueno, hay que decidirse. Y finalmente Sergio Massa decide jugar, y por afuera. Enfrentará, nada menos, que a la presidenta de la Nación y al gobernador de su provincia. Y no se trata de cualquier provincia, sino de aquella que concentra el 40% del electorado efectivo, aquella que hace décadas se identifica con el signo del PJ. Signo que Massa deberá abandonar.

Es cierto: Massa ha recibido el apoyo de PRO, importante en la primera sección electoral. Se trata de un apoyo curioso, porque es meramente verbal: Macri no puede celebrar una alianza con Massa porque no tiene personería partidaria en el distrito. Algunos de sus intendentes, incluido su primo, le piden que bendiga a Sergio como modo de proteger sus terruños. ¿Qué puede hacer el ingeniero? Al día de hoy, la Provincia sigue siendo el talón de Aquiles de su proyecto presidencial.

Llegan las PASO. Las encuestas anuncian un “empate técnico”. El resultado no se parece, ciertamente, a un empate: el candidato oficialista es superado por más de cinco puntos, cifra que supera el margen de error. En octubre, pese a la guerra de nervios y al ninguneo constante de su figura, Massa ratifica su victoria por goleada: araña el 44% superando a Martín Insaurralde por 12 puntos. Un intendente de un partido menor, de la zona norte, ha vencido al oficialismo nacional y provincial. Ha vencido al peronismo bonaerense, en las ocho secciones electorales en que se divide la provincia, incluida la histórica tercera sección. Sergio Massa, intendente de Tigre, es ahora diputado electo. Es, también, una figura nacional de primer orden.

4.

La historia parece conocida, pero me parece importante repasarla, porque las cosas han cambiado, pero no tanto. A la fecha, las encuestas sitúan a Sergio Massa en un rango que parte desde unos quince a diecisiete puntos porcentuales, hasta llegar a los 25. Probablemente, la verdad ande en el promedio.

Pero la presión mediática es importante, el financiamiento es escaso, los colosos provinciales y nacionales no están dispuestos a perder esta partida. Por eso, con un año de anticipación, las consultoras vinculadas a la gestión Scioli convergen con aquellas que rodean a Macri –algunas, de hecho, son las mismas-. El objetivo: sacar a Massa de la cancha y distribuirse sus votantes. Para ambos jugadores tiene sentido: Scioli se muestra, de inmediato, como el oficialista que más mide, anulando de entrada cualquier intento de generar un candidato propio por parte del gobierno nacional. Los periodistas oficialistas que han cerrado ya filas con el BAPRO bregan ahora por convencer al oficialismo de bendecir directamente al gobernador, de abjurar de cualquier disputa interna. Mejor cerrar ahora, dicen los que ya cerraron con Scioli mientras repiten como loritos el Credo Cristinista.

Macri, por su parte, adquiere el lugar protagónico desde la oposición, como el único dirigente que puede derrotar al FPV. La presión recae ahora sobre el radicalismo y sus aliados, conminados por los grupos económicos para darle al ex presidente de Boca la base partidaria y la competitividad local que no tiene.

Una vasta maniobra de manipulación de la opinión pública se lanza con un año de anticipación, sin que nadie explique por qué debemos prestar atención al ejercicio, casi enfermizo, de seguir, mes a mes, la carrera de tres candidatos y sus mínimas variaciones porcentuales. ¿Están los argentinos, en junio de 2014, decidiendo su voto para octubre de 2015? Las propias encuestas, con sus variaciones, demuestran que no, que la situación permanece fluida.

La operación no es inocua. Un vasto frente progresista, el FAUNEN, desaparece, atrapado por las fuerzas centrífugas de quienes quieren prenderse en la pelea entre esos tres, en lugar de defender sus espacios y sus convicciones. Medios y grupos empresarios se muestran demasiado apurados por definir las elecciones a su antojo. Ven en Macri a uno de los suyos; en Scioli, a un perrito fiel, un tipo dócil, que en el fondo no quiere gobernar, en el sentido fuerte de la palabra.

En el fondo, Macri y Scioli se parecen. ¿Es que realmente quieren gobernar? ¿Para qué quieren la presidencia? Ninguno quiere ni sabe hacerse cargo de los problemas del país: les interesa más la gloria de ser presidentes que la responsabilidad de ejercer la primera magistratura. Viajar por el mundo, mientras, cual patrones de estancia, delegan la administración en capataces técnicos de dudosa estirpe: esa es toda su vocación política. Más que presidentes, quieren ser ex presidentes, quieren un cuadrito en una pared, una foto, una tapa de revista.

5.

Inicia 2015, y la presión arrecia sobre Massa. Que se baje, que acuerde con Macri, que renuncie a la contienda. Día a día, se publicitan deserciones y garrochazos. Que los hay, ciertamente, porque la apuesta es muy grande, porque la política contiene siempre una dosis de riesgo, pero sobre todo porque ahora se trata de cargos ejecutivos, donde el poder no es divisible, y por ende no es tampoco compartido. Con todo, en su afán de mostrar el colapso del Frente Renovador, algunos periodistas llegan al absurdo de considerar estratégica la partida de Juan José Álvarez, un hombre que concluyó todo trayecto institucional sin pena ni gloria, en 2007, ocho años atrás. Pocas veces vimos a Juanjo aparecer tanto y en tan poco tiempo por medios tan distintos. Pero nadie logra, nadie se atreve a mostrar números que muestren a Massa fuera de competencia. Ya con 43 años recién cumplidos, Massa sigue en un piso que muchos adversarios no tendrán jamás.

La apuesta del Frente Renovador, en términos de estrategia, es simple: se trata de maximizar la victoria en el bastión bonaerense, mientras se prioriza la alianza con dirigentes locales que estén dispuestos a enfrentar al aparato estatal. Massa, que hace veinte meses era un simple intendente, no cuenta con una estructura nacional en condiciones de disputar veinticuatro batallas electorales. Tampoco le hubiese alcanzado el financiamiento para tamaña campaña. En ese terreno, al Estado no le gana nadie, pero el retaceo privado, orientado a la hipótesis del candidato único por la oposición, ve en Massa un escollo.

El joven político nacido en San Martín no se amilana. No se asusta ni pierde la calma. Sabe que todos buscan sus votos, que tiene, por ende, una poderosa pieza de negociación. Y principalmente con Macri, para pelear una primaria nacional. La lógica de Massa es de hierro: para ganar, hay que ganarle a todos. No queda claro qué lógica sigue Macri, que nada tiene que ofrecer para contrarrestar el poderío renovador en la provincia de Buenos Aires. Si las encuestas son correctas, y si realmente pelea con Scioli el primer puesto, ¿qué riesgo corre? ¿Qué negocio haría Massa de ser ese el escenario? Algo no cierra.

Massa sabe, también, que en muchos distritos del país la candidatura de Macri es espectral. No ha recorrido el NOA, ni el NEA, ni la Patagonia. En una palabra, rara vez ha ido más allá del Área Metropolitana. Que es, no por casualidad, el ámbito por excelencia donde trabajan las encuestadoras.

6.

Hace menos de dos años, un intendente de Tigre desafiaba a los principales actores de la política nacional, y los derrotaba sin atenuantes. Hoy, ese dirigente, con apenas cuarenta y tres años, se mantiene incólume como una figura decisiva de la política nacional. Aún si los agoreros de unos y otros tuviesen razón, ¿qué debería hacer Massa, sino continuar hasta el final? Al fin y al cabo, aún en el peor de los casos, esta es, apenas, su primera campaña nacional. La primera de muchas. Como en 2013, todos hablan de Massa. Y por algo será.

Doblado, ya está.

19/03/2015

Ayer postulamos, en una nota que anduvo bastante bien, los problemas que le veíamos al futuro acuerdo UCR – PRO. Nos quedamos cortos. No se firmó todavía, no hubo una mínima sesión de fotos, y tenemos frente a nosotros un panorama francamente sorprendente.

1. El primer punto de disputa tiene que ver con qué se firmó el domingo a la madrugada, o mejor dicho, qué les dijo Sanz a los congresales que estaban firmando. El presidente del partido fue explícito: se trataba de un acuerdo entre partes que se tratarían como iguales, unificadas por una causa común: la lucha contra el populismo autoritario que encarna, según el dirigente, el kirchnerismo.

Sanz sabía bien que para convencer a su auditorio, y especialmente a los congresales disidentes de la provincia de Buenos Aires, tenía que hablar de cargos. Y prometió de todos los colores: gobernadores, diputados, senadores… pero también habló de ministerios. Es decir, de participación en el Poder Ejecutivo. Por sobre todas las cosas, Sanz insistió en una idea fuerza: “armar una coalición amplia con fuerzas que están contra el kirchnerismo”

No pasaron 24 horas de esas declaraciones, y Mauricio Macri, tras felicitar a la UCR por sumarse a su marco de acuerdos, desestimó de todas las maneras posibles la chance de un gobierno de “coalición”, término que había mencionado precisamente el presidente del radicalismo.

Macri dijo: “En octubre se competirá y se verá. Si la gente lo elige el que gana va a conducir el gobierno nacional y pedirá o no colaboración. Esos son los términos en los cuales lo hemos planteado […] Lo importante acá es que el que gana va a gobernar y va a pedir colaboración, que es distinto a decir que esto nace como un gobierno compartido.”

En otra entrevista radial, Macri insistió con la idea:

“Acá nosotros estamos compitiendo. Yo no voy a hacer un gobierno condicionado ni integrado de una manera forzada. Acá, vamos a competir y el que gana es el que va a conducir y a armar su gobierno. Nosotros aspiramos a ganar estas PASO y seguir con la impronta nuestra del cambio.”

Rogelio Frigerio, a la sazón presidente del Banco Ciudad, señaló que con el radicalismo “no va a haber un cogobierno: el que gana la primaria gobierna, y el que pierde, sugiere.”

Tal vez para tranquilizar, tal vez para reforzar la idea, Frigerio, que es considerado uno de los negociadores del acuerdo, agregó que “por supuesto, se escucharán diferentes opiniones, especialmente de los aliados” y que se “dialogará mucho a nivel parlamentario”

Se pedirá colaboración, se aceptarán sugerencias, se escucharán opiniones, se dialogará, pero conduce el que gana… algo anda mal en esta alianza. Y si no es una alianza, ¿qué rol cumple el radicalismo en ella?

Ayer conversábamos sobre la dificultad que el presidencialismo argentino expresa a la hora de establecer alianzas de gobierno: esencialmente, ellas dependen, para su correcto funcionamiento, de la buena voluntad presidencial. El presidente, que designa a la totalidad de los funcionarios del gobierno, puede también despedirlos. De entrada, Macri avisa que esa buena voluntad ha de escasear.

2. ¿Desprolijidad? Probablemente. ¿Algo de destrato? Es evidente. Pero, ¿qué extraña serenidad permite realizar semejantes afirmaciones, que debilitan al aliado interno del PRO al interior de la UCR, apenas a horas de la firma de un acuerdo que representa, según se nos dice, un enorme avance para el proyecto presidencial de Mauricio Macri?

Las razones son simples, y se resumen en una: Macri se permite este trato porque puede. La UCR ya está al borde la fractura, ha sido quebrada como adversario a nivel nacional. El acuerdo firmado por Sanz no tiene retorno. Lo que se diga ahora no impactará sobre el votante radical ya dispuesto a votar a Macri, que ciertamente no esperó a su partido para salir a manifestar, principalmente a través de las encuestas del último año, que esa era su preferencia. ¿Y por qué lo hizo? Porque Macri era y es el candidato competitivo, mientras que la UCR no tiene alternativas a su liderazgo. Que Storani, nuevo vocero de Sanz, trate de recordarnos que existe todavía una interna, es casi tierno: en esa interna, el macrismo ha de arrasar con el candidato radical. Más tristemente, lo hará usando la estructura de fiscales radical.

Pero Storani, que sabe que el votante radical no come vidrio, tuvo una frase que anticipa los argumentos del debate que viene:

“En la inmensa mayoría del territorio argentino, la estructura del radicalismo es mayoritaria y parte de todo lo que renueva y pone en juego; la mayor garantía va a ser la lista de legisladores nacionales”

Efectivamente, esa es la pelea, en dos sentidos. En primer lugar, el PRO apuesta a designar presidente, pero es la UCR la que puede alcanzar la mayor cantidad de gobernaciones, nivel en que PRO hasta el momento no figura. Y el otro aspecto, claro, es el eje: la lista de legisladores. Desde PRO avisan que no será compartida, lo que sería desastroso para Sanz, que propone una lista unificada distrito por distrito, según la electorabilidad de cada uno. En el mejor de los casos, se llegará a un punto intermedio, que hoy aparece tan lejano como es posible imaginar.

3. Precisamente es en el plano local donde encontramos nuevos escollos en la realización del acuerdo. Los dirigentes radicales que, como José Cano (Tucumán), Luis Naidenoff (Formosa), y Gerardo Morales (Jujuy), tenían acuerdos con el Frente Renovador, se quejan de una cláusula, la quinta del documento final de Gualeguaychú, por la cual no podrán despegar su lista de la nacional expresada en la boleta presidencial.

Para Morales, Cano y Naidenoff, esto es gravísimo, pues lesiona directamente sus posibilidades de construir acuerdos amplios sobre los cuales edificar un eventual triunfo, algo perfectamente factible en los tres distritos que representan.

La situación se agrava por cuanto estos mismos dirigentes enfrentan listas del PRO que a la fecha no han sido dadas de baja. Con lo que se genera una pinza perfecta: se limita su margen de maniobra en el plano de la política provincial, mientras que se instruye una lista competidora con apoyo nacional. ¿Qué negocio hizo aquí la UCR? ¿Qué negocio hace en Catamarca, donde el senador radical Oscar Castillo se encontraba justamente en negociaciones con el Frente Renovador para pelear por la gobernación?

Se trata de situaciones extremas, que requerirán menos lapicera que muñeca por parte del presidente del partido radical. A la fecha, y en abierto desafío a la Convención Nacional, Cano ha ratificado su alianza con Massa, mientras pide que se dé de baja la lista del PRO. Naidenoff, más explícito aún, afirmó:

“Yo lo voy a llevar a Massa como candidato a presidente. Y si Margarita Stolbizer se presenta, también la vamos a llevar.

Gerardo Morales, la voz más lúcida del radicalismo en Gualeguaychú, ha dicho ya que la tarea de Sanz debe concentrarse “en evitar la fractura y salvaguardar los intereses territoriales del radicalismo.” ¿Podrá?

4. Hablamos hasta ahora del voto radical que Macri viene absorbiendo en el último año. ¿Cómo cambia ello a partir del acuerdo? La impresión que nos queda supone diferenciar la visión de las cúpulas de aquella propia de los votantes. Así como en 2007, muchos radicales se negaron a votar a Lavagna y confluyeron en el voto a Carrió, en 2011 otros tantos se negaron a acompañar la extraña entente Alfonsín – De Narváez, y su voto finalmente recayó en Binner. Esos votantes, tributarios de una tradición en que la UCR se representa a sí misma como una fuerza progresista, tradición que puede remontarse incluso con anterioridad a 1983, difícilmente acompañen este acuerdo. Es más probable que, en porcentajes variables, se inclinen por el voto a Margarita Stolbizer, que parece expresar mejor aquella tradición radical hoy dejada de lado. Esas tristes golondrinas, se nos dice, no hacen un verano. Y normalmente sería cierto, pero no con los estrechos guarismos de esta elección. Una razón más para dudar de la entidad del acuerdo.

5. Sanz prometió también dar batalla en el terreno programático, en el plano de las ideas. Bueno, no le está yendo bien. Ayer, Mauricio Macri prometió terminar con el cepo cambiario, como se conoce vulgarmente a la restricción en la compra de divisas de moneda extranjera, al día siguiente de su llegada a la Casa Rosada. Aunque la frase fue desvirtuada casi de inmediato por uno de sus más conocidos referentes económicos, Carlos Melconián, lo cierto es que no alcanzó a evitar la explosión de fastidio que el sector del radicalismo disconforme con el acuerdo siente respecto de su nuevo vecino. Julio Cobos, en ese sentido, preguntó al entrevistador “¿Usted cree que si Macri libera el dólar el blue va a bajar al precio oficial de la divisa? ¡Va a ser al revés y habrá más inflación! Esto ya ha pasado” Inmediatamente, agregó: “Ningún economista opina que hay que hacer esto, los nuestros tampoco. Si fuera tan fácil ya lo hubiera hecho el mismo Gobierno nacional”

La nota es interesante porque refleja algunos puntos señalados previamente en esta columna. me permito copiar fragmentos enteros:

-“No creo que los radicales acompañen en las elecciones a Mauricio Macri para que los represente como candidato a presidente”

-[Disputar una primaria con Macri] “no tiene sentido porque tenemos proyectos y posturas diferentes. Yo le gano a Macri en las PASO pero los que lo hayan votado a él no me van a votar a mí en la general porque no es el mismo proyecto y la suma de votos no va a ser aritmética”

-“Hay un giro evidente hacia la derecha y con esta decisión va a ser muy difícil recuperar la identidad de la UCR”

Es difícil imaginar que este sea simplemente el pensamiento de un dirigente desplazado. Cuando Cobos dice que será muy difícil que vote a Macri, está expresando una mirada que comparten muchos radicales.

6. Una pregunta inquietante. Muchachos, ¿qué piensan hacer con Carrió?

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