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26/07/2015

En las últimas dos semanas, dos de los tres principales candidatos presidenciales, Mauricio Macri y Daniel Scioli, han enhebrado estrategias que intentan ampliar su electorado, aún a costa de alejarlos de su zona de confort. En el caso de Macri, un partidario tradicional de la actividad privada, ese giro -negado por algunos de sus voceros, reconocido por otros y explicado confusamente por todos-, ha sido bastante espectacular. El principal referente de un partido, el PRO,  que se opuso básicamente a todas las políticas de estatización del gobierno, realizó una reconversión espectacular de su discurso en apenas una noche. Aerolíneas, YPF, el sistema jubilatorio, la AUH, ¡Fútbol para Todos!

La primera reacción del equipo de PRO fue negar el cambio, sostener que era lo que se había dicho siempre. Con el correr de los días, no obstante, el discurso oficialista y la evidente incongruencia entre narrativa y data dura -a la que no fue ajena la conducta del bloque legislativo en los temas mencionados- llevaron a dos de sus referentes -María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta- a reconocer ese cambio y justificarlo. En concreto, Larreta dijo que “uno cambia y aprende sobre la marcha, uno va evolucionando, lo peor que se puede hacer es ser necio y quedarse con ideas que tenía hace años”. Vidal, por su parte, reconoció que “con el paso de los años, entendimos que Aerolíneas es buena para la gente.” Algunos todavía sostienen que en verdad no se trata de discutir la propiedad de las empresas públicas, sino de su eficiencia. Discurso que Macri sostuvo por años, pero que ahora abandona de manera explícita, porque suena demasiado privatista. Al fin y al cabo, si no importa la propiedad sino la eficiencia, eso deja la puerta abierta precisamente a lo que se niega.

Es cierto que la gestión PRO en la ciudad ha sido históricamente más pragmática de lo que su discurso indicaba. No ha sido ni privatista ni linealmente conservadora. No obstante, nadie negaría dos cosas: primero, que ese discurso de confrontación, altamente ideológico, efectivamente existía. Segundo, que el mismo se reflejó nada menos que en las decisiones e iniciativas del bloque PRO en el Parlamento. Iniciativas y decisiones que contradicen, punto por punto, los aspectos de la experiencia kirchnerista que hoy el macrismo públicamente acepta. Que son casi todos.

¿Cómo se explica esto? Simple: Macri sabe que solamente con el voto antikirchnerista no podrá evitar una victoria de Daniel Scioli en primera vuelta. Peculiaridades del sistema electoral aparte, es la misma lógica que lleva a Scioli a una kirchnerización extrema, sobreactuada, como la que depositó al gobernador de Buenos Aires en La Habana. Scioli apenas pudo, para mantener eso que se llama voto propio, señalar la actualización doctrinaria del castrismo.

¿Razones? Ambos saben que con su base de sustento no les alcanza para el resultado que necesitan, que en el caso del jefe de gobierno reside en garantizar el balotaje, instancia que precisamente el gobernador de Buenos Aires desea esquivar a toda costa.

¿Es la mejor estrategia para ambos? Es pronto para saberlo. Claramente, el cambio ha erosionado las chances del PRO en una medida superior a la que podía tener para el electorado oficialista, más estable. A lo largo de los años, Scioli ha mostrado que se siente cómodo hablando de casi cualquier cosa, y diciendo casi nada. Su política de gestos y sonrisas le ha bastado para llegar hasta aquí. En PRO, en cambio, el costo de semejantes concesiones políticas ha llevado a piruetas notables, como el caso del show unipersonal de Durán Barba, un hombre que parece cada día más enamorado de sí mismo y de su lugar en la campaña, que preocupado por su resultado final.

Es cierto que la coherencia discursiva no garpa. Menos aún, cuando enfrentás al oficialismo en un contexto de relativa estabilidad económica. La ventaja oficialista, hasta ahora, se ha mostrado indescontable en casi todos los distritos: nada indica que el turno nacional se presente como una excepción. Es cierto, asimismo, que el voto ideológico es menor en la Argentina. Es dudoso, en cambio, que las acrobacias discursivas de un candidato que no alcanza todavía a polarizar con eficacia no vulneren su activo más preciado, que reside menos en su inexistente programa de gobierno que en un enfrentamiento radical, más gestual que real, con el oficialismo. Enfrentamiento que inicialmente hacía pie, principalmente, en el voto antiperonista tradicional. Macri inició su campaña presidencial mostrándose como un otro absoluto, que enfrentaba tres décadas de decadencia imputables a la continuidad del peronismo. Menos de seis meses más tarde, reconoce no ya el valor de las medidas originales de Perón, primer volantazo del año, sino incluso la necesidad de continuar con elementos centrales de la gestión kirchnerista.

Los tres candidatos competitivos comparten un mismo diagnóstico: en la Argentina, quien mejor encarne el perfil y las expectativas del votante de centro será más competitivo que aquel que busque encerrarse en su electorado de pertenencia, si es que tal cosa existe todavía. No se trata de una novedad política: frente a una experiencia socialmente exitosa, como la convertibilidad, la Alianza se plantó en 1997 como el garante absoluto de una continuidad que, aunque le costaría a la postre el gobierno, no por ello dejó de ser efectiva para alcanzarlo. Pero claro, la Alianza definió su programa y su discurso dos años antes, en el momento mismo de su constitución. Altri tempi.

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19/07/2015

1. Primera reflexión: yo sabía que no tenía que subir el posteo anterior!

Hablando en serio, la serie de errores en que incurrieron los encuestadores desde el inicio del ciclo electoral ha sido notable, siempre que consideremos que se trata de eso, de errores. Pero creo que estamos asistiendo a algo más que una serie de infortunios estadísticos. Estamos frente a una maniobra descarada de manipulación de la “opinión pública” por parte de empresas que fomentan ciertos votos y desalientan otros. Empresas que, como las dos principales encuestadoras, tienen contratos de los dos lados de la General Paz. No les importa que salga mal: el negocio está en el contrato, no en la credibilidad. El aliento a la polarización ha fracasado en las desdobladas: el voto no ha indicado en modo alguno que exista una campaña dirimida en función de dos candidatos.

2. Datos.

Las comparaciones son útiles cuando tienen sentido. Rara vez es el caso. Supongamos que el votante en blanco / anulado tenía alguna especie de deber cívico de combatir al candidato de Macri votando al candidato de Sanz, deber que no le fue imputado por el propio Recalde. Lo cierto es que un examen atento, merced a los datos que brinda Andy Tow en su infaltable Atlas Electoral, indica que el voto en blanco / anulado no tuvo incidencia real en comparación con otros escenarios de segunda vuelta.

Repasemos: En 2011, el PRO obtuvo un 64,27% contra un 35,73% del FPV. Los votos en blanco fueron del orden del 2,46%, y los anulados, del 2,83%. La asistencia fue del 72,02, más baja que en la primera vuelta.

Cuatro años más tarde, con el el PRO obtuvo una cifra sustancialmente menor, un 51,64%, frente a un 48,36% del candidato de ECO. El voto en blanco fue del 5,05%, y el nulo, complicado desde la introducción de la BUE, del 0,85%. La asistencia, que en la primera vuelta había sido del 73,04, cayó ahora al 69,38%..

Pasando en limpio, la suma de blancos e impugnados en esta vuelta da como resultado un 5,9% contra un 5,28 en 2011. Margen estrecho. No se aprecia que exista incremento significativo. En cuanto a la merma en la participación, sin dudas atribuible a las encuestas que dieron por finiquitada la elección, así como al cansancio del electorado, que sabe que quedan nuevos turnos, sólo valdría tenerla en cuenta si asumimos que se trata de voto a favor de Lousteau… para lo cual no se aprecia motivo alguno.

3. Posiciones.

¿Por qué debería un votante independiente acompañar a un candidato que no lo representa, con el sólo efecto de cambiar una elección en que no se siente comprometido? ¿Para ayudar a los que no consiguen derrotar al PRO por sus propios medios? ¿De dónde sale esa lógica?

Ya hemos señalado que la argumentación por la cual el cambio en la base de cálculo es signficativo en el resultado final vale para la primera vuelta. El balotaje se define por mayoría simple. De este modo, sólo puede sostenerse que votar en blanco es votar en ganador si se fuerza la idea de que la única alternativa que resta es votar al otro candidato. ¿Por qué lo harían los electores que optaron por el voto en blanco y anulado? No asiste motivo. El propio Recalde ha subrayado que se trata de una interna de Cambiemos.

4.

Resultados.

PRO ha ganado, su proyecto ha salido lastimado. Los motivos de este cambio al interior de sus propias bases de apoyo son insondables al analista. Posiblemente debamos considerar que el votante de 2011 tenía a Macri en la boleta. Macri, se quiera o no, ha elevado siempre el umbral de PRO. Lo hizo en 2011 respecto de 2009, por ejemplo. Un salto de casi quince puntos. Esta vez, PRO jugaba con un candidato casi desconocido, que había emergido de una interna muy dura y peleada. Y enfrentaba, no al adversario de siempre, sino a un candidato, Lousteau, que pudo sintetizar buena parte del aoyo del progresismo no K, del que surge del kirchnerismo, y del voto del propio partido de gobierno. ¿Nace una estrella en la Ciudad? Hablemos en dos años. Es un montón.

Ah! Vuelvo a aclarar. Voté a Lousteau. Dos veces.

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18/07/2015

El domingo a la medianoche, los porteños conocerán a su futuro jefe de gobierno. En rigor, ya lo conocen: se llama Horacio Rodríguez Larreta, y todo indica que ganará por unos diez a doce puntos. Si el cálculo es correcto, el PRO habrá ganado con claridad la elección, y verá propulsada su algo alicaída campaña, luego de un par de semanas de confusión al interior de Cambiemos.

En otro momento analizaremos el desempeño electoral del PRO, el mensaje de las urnas y otras pavadas. Baste decir que salvo el balotaje de 2003, el PRO ha ganado todas las elecciones desde esa fecha. A la segunda vuelta de aquel año, en que fue derrotado por el binomio Ibarra /Telerman, siguió una larga lista de victorias: legislativas nacionales y distritales de 2005, ejecutivas distritales de 2007 -con un 61% en el balotaje-, legislativas nacionales y distritales de 2009 -su peor desempeño en generales, apenas arriba del 31%-, ejecutivas de 2011, con un arrasador 64,27% en segunda ronda, y legislativas de 2015, susto en las PASO incluido. Sus mejores desempeños los tuvo con Macri a la cabeza y en elecciones ejecutivas, pero ha ganado siempre y, que yo recuerde, en todas las comunas. En esta ocasión, obtuvo 20 puntos limpios en primera vuelta, igualando la marca de 2011, aunque parece difícil que llegue a la cifra de segunda ronda de ese año.

Y ahí empiezan las especulaciones. Pero es corta la bocha: La elección es desdoblada, y Macri ha dejado el lugar, no a Gabriela Michetti, una candidata instalada, sino a Horacio Rodríguez Larreta, un tipo con escaso carisma. Y ganó de todos modos, lo que refleja un mecanismo aceitado, una adecuada estructura partidaria y un altísimo nivel de fidelización del electorado, con un piso que le envidiaría cualquier adversario. En ese sentido, PRO es, hace doce años ya, la fuerza dominante de la política porteña. Ha sabido administrar el crecimiento, ha focalizado e identificado las propuestas para cada barrio, ha multiplicado el gasto en todos los rubros, y ha polarizado con inteligencia con el gobierno nacional. Ha aprovechado, asimismo, la inenarrable torpeza y dispersión de las fuerzas opositoras.

Todo eso seguirá después del domingo. PRO ha superado, o se encamina a superar, la prueba de ácido de una elección ejecutiva sin su mejor candidato.

El fenómeno Lousteau, con todo el interés que tiene la aparición de una fuerza capaz de perforar los treinta puntos, y quizás los 40, suturando la brecha entre progresismo kirchnerista y no kirchnerista abierta en 2007, no parece alcanzar para revertir nada de lo dicho. Ilustra, sí, la inusitada torpeza de una coalición que se niega a sí misma, que se pone en peligro a cada paso, y que demuestra la más palmaria incompetencia en materia de estrategia nacional. Nada nuevo, tampoco.

Hay un poco de ruido sobre lo que debería hacer el votante que suena bastante a extorsión ideológica. Se les dice a los porteños que un voto en blanco equivale a un voto a Larreta. Eso, que puede ser cierto en una primera vuelta, en tanto la modificación de la base de cálculo acerca a la primera minoría al porcentaje necesario para evitar el balotaje, no tiene el más mínimo sentido en una segunda ronda, donde se gana a mayoría simple. Lisa y llanamente, quien por el motivo que fuere desee votar en blanco debe tener en claro que su decisión no incide en la elección general. No cambia nada.

Por eso, quien desee votar en blanco, sea como medio de expresar su descontento con la oferta existente, o por cualquier otro motivo, no debería prestar atención a esta campaña absurda que pretende, no ya vencer al PRO, sino limitar su victoria. Demasiada extorsión para tan pobre propósito.

Dicho esto, y dado que en la Argentina hemos instaurado la peste por la cual todos los argumentos se juzgan, no según su coherencia interna, sino según las calidades ideológicas del emisor, valoradas de manera completamente subjetiva por cualquier eventual lector según pareceres completamente arbitrarios, quien escribe se ve en la obligación de aclarar que el domingo votará a Martín Lousteau.

Postdata: Apenas veinte países en el mundo mantienen la norma del voto obligatorio, que claramente no tiene sentido en un balotaje. La mayoría de esos países pertenece a América Latina, y sólo cuatro a la Unión Europea. Cuenta generosa si tomamos en consideración que dos de esos países son Chipre y Luxemburgo. El voto obligatorio no tiene, en la actualidad, el menor sentido, ya que se convierte en algo más y algo menos que un derecho. Pero, en tanto está consagrado en la Constitución Nacional, artículo 37, así como en las normas derivadas, todo indica que ha de persistir pese a carecer por completo de su sentido original.

9-7

10/07/2015

“La secuencia 1806-1808-1810-1816 representó siempre un arco complejo por todo lo que se ponía –y se pone- en juego al dar significado a cada una de esas fechas. Privilegiar 1806-1807 implicaba reforzar la imagen de una gesta heroica criolla a la vez que encendía las disputas entre la capital y el resto de los pueblos al atribuirse la primera todo el protagonismo; detenerse en 1808 quitaba heroicidad a 1810 pero explicaba mejor las alternativas hasta 1816; colocar a 1810 como la fecha más emblemática permitía minimizar la dosis de contingencia que la hacía derivar de la crisis de 1808 pero devaluaba el acontecimiento que representaba la dimensión colectiva y deliberada de todos los pueblos –y no sólo de Buenos Aires- al declarar la independencia.”

Marcela Ternavasio en La Gaceta.

Tal vez con un excesivo dejo mitrista, tenemos la versión de izquierda por acá. Fabián Harari nos recuerda que “el 11 de junio de 1835, Juan Manuel de Rosas decretó que “en lo sucesivo, el día 9 de Julio será reputado como festivo de ambos preceptos, del mismo modo que el 25 de Mayo; y se celebrará en aquel misa solemne con Te Deum en acción de gracias al Ser Supremo, por los favores que nos ha dispensado en el sostén y defensa de nuestra Independencia política”.

Antes de esa fecha, no se festejaba. Cuák.

14.1

08/07/2015

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El 8 de julio se conmemoran 26 años de la asunción de la presidencia por parte de Carlos Saúl Menem. Se trata, quizás hoy pocos lo recuerden, de uno de los (varios) momentos críticos de nuestra historia reciente, de nuestra joven democracia. Menem, que un año antes había vencido a Cafiero y reunificado al peronismo en torno a su figura, venía de vencer en mayo al candidato radical, Eduardo Angeloz, en las elecciones presidenciales. La crisis económica, la hiperinflación, el alza del dólar, las corridas cambiarias, los saqueos y la situación general de desborde social y de disolución de las capacidades estatales experimentadas por el país en esos días llevaron al presidente Raúl Alfonsín a adelantar sucesivamente la entrega del poder, hasta que finalmente la misma se produjo a inicios de julio.

Liberales, radicales, progresistas y peronistas coinciden hoy en denostar la figura de Carlos Menem, en condenar todos y cada uno de los aspectos de su presidencia. Se ha hablado de segunda década infame, de menemato, de década maldita y de década perdida. Se ha reparado menos, en tiempos recientes, en aquellos aspectos que hicieron posible esa década sorprendente, en que un peronista llevó a cabo reformas de libre mercado sin por ello perder el apoyo de su partido, sin ver desintegrada su base social, consolidando al mismo tiempo –aunque con bemoles- las instituciones de la democracia en un país que venía de décadas de inestabilidad económica y violencia política. Este extraño consenso esconde, por supuesto, agendas muy distintas: los liberales consideran que no fue a fondo, los progresistas condenan los inevitables costos sociales de sus políticas de reconversión económica, los peronistas le enrostran haber traicionado sus banderas históricas, etc.

Pese a esta vocación por la crítica, nadie duda del éxito político de Menem. Unificó a un partido fragmentado, liderando a dirigentes sindicales, políticos renovadores, referentes de viejas organizaciones político – militares y facciones diversas en un proceso que llevó al peronismo, no solamente a la victoria, sino a su consolidación como vector dominante del sistema político argentino. Para 1994, había revertido una de las peores crisis del país, tal vez la más terrible con anterioridad a 2001 –sí, hubo historia argentina antes de 2001, historia democrática por cierto-. Un año antes, pactando con el radicalismo un núcleo de coincidencias básicas, logró dar el paso para una reforma constituyente que, además de habilitarlo para un nuevo mandato, sigue siendo la norma principal de nuestro país, y que en muchos aspectos ha sido considerada de avanzada –pienso, por ejemplo, en la elevación a rango constitucional de los tratados internacionales de derechos humanos.

En 1995, ya con la nueva constitución en vigencia, Menem logró la reelección en primera vuelta, con un 49,94% de los votos. Para 1999, era ya uno de los presidentes más longevos en el cargo: nada menos que diez años y seis meses sin interrupciones. Para 1995, había enhebrado cuatro victorias consecutivas en elecciones nacionales, que se sumaban a la alcanzada por el peronismo en 1987. Menem fue, sin dudas, el arquitecto de una era de la cual no hemos salido, y de la que somos tan herederos como críticos.

Sin embargo, los intentos por comprender los mecanismos, las decisiones y los procesos involucrados en su mandato fueron más fructíferos en esos años de lo que pueden ser ahora. A inicios y a finales de la década de 1990, numerosos trabajos académicos daban cuenta de las reformas económicas, se sorprendían de la fortaleza política del presidente, y tomaban nota del carácter quizá irreversible de su impronta. Y, quisiera subrayarlo, lo hacían en términos que no siempre eran negativos, y muchas veces ni siquiera eran ambivalentes.

El clima cambió con el relevo presidencial. Las reformas introducidas mostraron, en muchos casos, una rigidez difícil de procesar para el elenco gobernante que había asumido en diciembre de 1999. Los costos sociales, muy altos, del modelo económico implantado, se volvieron notorios. La incapacidad de lidiar con ese legado llevó a la Argentina al derrumbe, y naturalmente, en tanto y en cuanto se trataba de una arquitectura diseñada y autobiografiada por Menem, su figura se volvió decididamente impopular. Con todo, en 2003 el ex presidente fue capaz de retener, en un escenario de notoria fragmentación social y política, nada menos que un 25% de los sufragios. Y, teniendo en cuenta los casi veinte puntos del ex ministro López Murphy, es posible que muchos de quienes rechazaban su figura no necesariamente guardasen la misma hostilidad hacia sus políticas.

Hoy, el clima nuevamente ha cambiado. Los socios directos de Menem han pasado al olvido, olvido que se extiende también, quizás con demasiada piedad, a quienes buscaron y buscan reinventarse como foco de resistencia a su figura y a sus políticas. Pero no todos esconden ese pasado debajo de la alfombra. Daniel Scioli, en declaraciones recientes, ha agradecido de manera pública a Menem el aliento que recibió para volcarse a la política, mientras que Aníbal Fernández ha expresado así mismo su gratitud para con el ex mandatario. Se trata, nada más y nada menos, de los candidatos a presidente de la Nación y a gobernador de la Provincia de Buenos Aires que, según dicen las encuestas, mejor rankean en la opinión pública.

Por eso, quizás, mientras esperamos que el busto de Menem sea de una vez por todas incorporado al museo de la Casa de Gobierno, valga la pena hacer el ejercicio de replantear algunas cuestiones que hacen a la emergencia y al legado de la experiencia menemista. Para eso, antes de saltar a la palestra, proponemos dos lecturas, la del amigo y compañero Luciano Chiconi y la más reciente, de Santiago Costa. Compartimos cosas con ambos, aunque algunas diferencias tenemos. En todo caso, hace tiempo que sobrevuela estas tierras la necesidad de evaluar de otro modo las condiciones de la política de los años 1989-1995, que es a lo que me dedicaré en otra entrega.

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07/07/2015

Leyendo el posteo anterior, un amigo troskysta me pidió aclaraciones ulteriores sobre el post scriptum. Como me parece válido el pedido, intentaré delinear algunas ideas que hacen a la novedosa irrupción de la izquierda, no ya en los habituales territorios de la Buenos Aires cosmopolita, sino en distritos más tradicionales, como Salta, Córdoba, Mendoza, etc.

En efecto, la izquierda en general y el trotskysmo en particular han experimentado un crecimiento que no podría ser caracterizado como mero revival, porque en principio no recuerdo una experiencia semejante en los años que llevamos de democracia. Y en ese fenómeno se entrecruzan distintos procesos.

En primer lugar, el fenómeno del recambio generacional. Cuando me tocó hacer mis primeras armas en la actividad política, a mediados de los años noventa, los dirigentes promedio de la izquierda superaban en su mayoría los sesenta años. Se ocupaban principalmente de cuestiones doctrinarias, planteaban horizontes completamente inverosímiles, y estaban completamente desconectados de la vida cotidiana de los argentinos. Pesaba sobre ellos, me parece, el tremendo lastre del derrumbe de la ex Unión Soviética, experiencia que si bien los había encontrado en la más absoluta ajenidad, no por ello sentían, en gran medida, como propia (la vieja tesis del “estado obrero fallido”, etc.).

En comparación, hoy la izquierda en general se encuentra en una posición por completo diferente. Cuenta con dirigentes que promedian los cuarenta años -y a veces menos-, se ha desprendido del lastre de los viejos debates doctrinarios, y se encuentra fuertemente enfocada en las cuestiones concretas que hacen a la vida cotidiana de los argentinos. No esconde sus principios, que no han cambiado ni un ápice, pero ya no está a la defensiva, ni se siente, por ello, obligada a dar continuas explicaciones sobre temas como la planificación centralizada, la dictadura del proletariado, la rebelión de Kronstadt, etc.

(Dicho esto, sospecho que si sacamos el tema descubriremos que las posiciones no han variado, pero lo saludable, en todo caso, es que la agenda de la izquierda no se limita a esas cuestiones).

El tema del recambio incluye una pata que va más allá de la generación de treinta años, y que hace a un costado menos transitado del llamado “retorno de la política”. En efecto, desde 2001-2003, cada vez más jóvenes se han interesado por una política que se les venía en banda, por un Estado que se derrumbaba encima de sus vidas. Contrariamente a la narrativa oficialista, sólo una porción de esa nueva savia juvenil se ha volcado en el Frente para la Victoria. Lo han hecho, también, en la llamada izquierda popular, en los sindicatos, en los movimientos sociales, en las universidades, etc. Y en el trotskysmo.

Mencioné tres ámbitos que quiero recuperar. Claro, uno de ellos es la vida universitaria. Considerada por mi generación como capital y residencia de la izquierda, hoy es apenas una más de sus bases de operaciones. Primero desde los movimientos sociales, y luego desde los espacios sindicales, la izquierda ha ganado posiciones que, veinte años antes, hubiesen sido impensables. Las ha ganado en buena ley, fruto de las contradicciones de una narrativa que no alcanzó nunca los ámbitos de trabajo, dominados por una casta dirigente limitada a la pelea por el salario, una tibia lucha contra los despidos, pero sin la más mínima vocación por pegar el salto organizativo que recupere las dinámicas propias de las comisiones de base, las viejas comisiones internas que habían dejado de existir en los años noventa. La izquierda creció y medró en los espacios que esa dirigencia añeja, avinagrada y un tanto reaccionaria -les estoy haciendo precio, muchachos- dejó sin ocupar, y que el kirchnerismo nunca se animó a pelear. Espacios que el kirchnerismo rara vez se propuso disputar: he aquí otra diferencia. ¿Qué sindicatos responde directamente a la etapa política nacida en 2003? Pocos, si alguno.

Se me dirá que no hay, todavía, una amenaza de fondo al predominio de los viejos caciques. No, todavía no. Pero la dinámica ya los ha puesto en alerta, y muchos jóvenes dirigentes gremiales lo perciben. El caso más claro de renovación del modelo sindical “desde adentro” lo encarna el diputado Facundo Moyano, que ha organizado, en torno de la Juventud Sindical, una fuerte iniciativa para que los propios dirigentes sindicales acepten la necesidad de un cambio, y para que dejen por propia voluntad el puesto a referentes más jóvenes. Hasta ahora, lo ha hecho con un éxito más que relativo, pero no por ello vale descartar el intento.

Una izquierda que mantiene sus posiciones en el campo universitario, que sostiene una posición crítica a la dirigencia gremial, que ocupa un merecido lugar en el terreno de la organización de base, es una novedad importante. Todo ello, como hemos dicho, de la mano de un discurso renovado, ajeno a la mera reiteración de las posiciones dogmáticas, y a los intercambios casi teológicos del pasado. Joviales y no por ello menos decididos, los jóvenes dirigentes que, como Del Caño y Bregman, desafían hoy tanto a sus pares dentro de los tradicionales partidos de la izquierda trotskysta, como a sus tradicionales rivales de la llamada “izquierda popular” -en general poco capaces de sostener experiencias partidarias en el tiempo-, representan una novedad que por momentos parece ir a contramano de las tendencias nacionales…y que sin embargo tiene lugar precisamente a causa de las mismas. En tanto se profundiza el fiasco del progresismo y de las centro izquierdas asociadas al fenómeno kirchnerista, que se ven arrastradas inexorablemente, tanto por las flagrantes contradicciones del “modelo” -megaminería, primarización económica, informalidad, paquetes legales represivos como la ley antiterrorista o la reciente reforma de los organismos de inteligencia-, como por el reflujo representado por el “fenómeno Scioli”, aquellos que siempre mantuvieron una distancia absoluta frente a la experiencia kirchnerista naturalmente se fortalecen.

No debe olvidarse, tampoco, el terreno electoral. En eso, la izquierda trotskysta saca, una vez más, ventaja decidida a raíz de su tradicional creencia en la importancia de unificar las tareas políticas y gremiales, privilegiando el rol de los partidos (con P mayúscula) al frente de las luchas puntuales, y sin por ello abandonar las reivindicaciones de interés general de los trabajadores, como el fenómeno del impuesto a las ganancias. Nuevamente, la actualización doctrinaria que hemos enfatizado -y que me será negada de seguro, con sendas notas dedicadas a reiterar el compromiso con el pasado de la tradición comunista revolucionaria, etc, etc,- suena más creíble, palpable y tangible que las viejas consignas vacías e irrealizables de hace veinte años. Hoy, en suma, la izquierda trostkista sintoniza mejor con lo que pasa en la cabeza de los jóvenes trabajadores, y no son ellos los que han cambiado… bueno, no tanto.

“El kirchnerismo le hizo bien a la izquierda”, suele decir el poeta y periodista Martín Rodríguez, y es cierto. Montado sobre sus contradicciones, sobre sus vacíos, sobre sus indecisiones, sobre su vetusto sistema de alianzas, sobre su voluntad disciplinadora de lo social, y sobre su escasa vocación transformadora de lo gremial, de lo universitario, etc., la izquierda ha avanzado más allá del voto bronca, perfilándose, si no como un adversario de peligro para el partido dominante, sí como un dato de rigor difícil de soslayar en la política argentina. Ante una opinión pública -pido licencia por ese difuso y sumamente cuestionable concepto- cada vez más desencantada con la oferta de los partidos tradicionales, no es anormal que los electores viren buscando alternativas.

No faltará quien dirá que se trata, todavía, de un resabio de la crisis de representación abierta en 2001. Creo que ese fenómeno, catorce años después, no expresa ni explica nada. Los porcentajes de participación electoral son estables, rondan el 75% de los votos pese a todas las transformaciones electorales, y el voto en blanco, hasta ahora, se mantiene en porcentajes marginales. Es razonable decir que la crisis de representación ha sido superada: esa explicación falla.

Finalmente, la izquierda ha capitalizado razonablemente bien reformas electorales que tranquilamente pudieron eliminarla del mapa, como la introducción de las PASO. Lo hizo superando sus altos niveles de dispersión, concentrando su oferta, buscando alianzas, ajustando discursos, aprovechando bien los nuevos lugares en los medios, modernizando sus propuestas, capitalizando los avances que permiten las nuevas tecnologías de la información, etc.

Quizás todo esto no alcance, quizás la demasiado mentada polarización se lleve puestos algunos de los logros -hazañas, diría- de la izquierda en el terreno electoral. O quizás no, quizás el tono gris de las candidaturas oficialistas tienda a favorecer, como en la Capital, en Córdoba y en Salta, las tendencias antes mencionadas. Lo cierto es que la izquierda, y en particular en trotskysmo, no puede reducirse ya a un grupo de muchachos que administran fotocopiadoras. Y eso, en un mundo que sigue dominado por discursos marcadamente ultra conservadores, apenas contrapesados por alternativas de centro izquierda que no alcanzan, todavía, a consolidarse como alternativas reales de gobierno, es verdaderamente notable. Como lo es, al fin y al cabo, que su doctrina principal no haya cambiado en lo sustancial, en un mundo en que la izquierda no la pasa precisamente bien.

La pregunta que los demás debemos hacernos, en todo caso, es simple: ¿qué dice este avance de nosotros, los peronistas? ¿Qué nos dice?

12

06/07/2015

Algunas lecturas sobre la jornada electoral del domingo.

1.

Cada cuatro años, vemos aparecer la misma discusión. Algunos analistas, la mayoría con chapa de consultores, reflotan la teoría de un voto local que presagia el nacional. Lo hemos visto hasta el cansancio, tanto en 2007, como en 2011.

Para precisar el argumento, tomemos dos ejemplos.

Andrés Malamud, politólogo a quien respeto, sostuvo en El Estadista la tesis del balotaje mutante, o de un sistema de cuatro vueltas en que las elecciones locales “son importantes porque crean una tendencia (…) La primera vuelta se construye en las elecciones provinciales que se extienden hasta agosto. (…)  Con el envión de las provinciales, la combinación entre el territorio radical y la popularidad de Macri promete un cabeza a cabeza con el FpV en las PASO del 9 de agosto: ésta es la segunda vuelta. (…) La primera vuelta oficial del 25 de octubre no será, entonces, primera. Ahí se juega todo. En un balotaje normal, los electores votan al candidato preferido en la primera vuelta y al menos malo de los sobrevivientes en la segunda. Pero en el balotaje mutante, si la oposición se fragmenta al Gobierno le basta el 40% para ganar. Y muy probablemente lo tenga. (…) La primera vuelta determinará tres espacios viables: uno oficialista y dos opositores. La segunda descartará a uno de los opositores. La tercera seleccionará al ganador. La cuarta es innecesaria. Tres-dos-uno-cero.”

Esta es la tesis que pregonan tanto el PRO como el FPV: en las elecciones locales se perfilará una polarización que dará por resultado el ordenamiento de la oposición detrás de Macri y -en la versión de Malamud- su derrota a manos de Scioli.

Tomemos una alternativa. En el breve documento “encuestas que confunden”, Jorge Giacobbe, consultor, sostiene la curiosa metodología de dividir la cantidad de votos obtenidos por cada fuerza por la cantidad de votos totales válidos emitidos. Los números están ahí, de modo que me considero exento de comentarlos. Hay, sí, una versión actualizada de la proyección por acá

2. Malamud sostiene que la sucesión de elecciones locales ordena la oferta, permitiendo a los votantes descartar a los candidatos “inviables”. A su juicio,

“Más que perjudicar al oficialismo, el efecto de la cascada electoral será ordenar a la oposición. O mejor dicho, a sus votantes. Los resultados le indicarán a los electores quiénes son los opositores con posibilidades.”

Dejemos de lado el problema más elemental, que cualquier comunicador social entiende: el resultado no es el que surge del escrutinio, sino del modo en que se lo presenta. No hay tal cosa como información transparente.

El otro problema es el empírico. Los medios opositores al FPV destacarán que, a la fecha, cuenta con solo tres victorias: Salta, Tierra del Fuego, La Rioja. Los oficialistas, por su parte, dirán que el PRO sólo ha ganado la CABA y, apoyado en la estructura y en los hombres del radicalismo, Mendoza. Pero el PJ no kirchnerista ha ganado Córdoba, y fuerzas provinciales han triunfado en Santa Fe, Neuquén y Río Negro. Corrientes merecería un análisis propio. Entonces, ¿dónde está la polarización? ¿Qué información decisiva ha recibido el elector? ¿Cuáles han sido sus conclusiones en materia de voto estratégico? Más allá del resultado ya crónicamente deficitario de la oferta local del FPV en la zona Centro Litoral, ¿quién emerge como ganador de la ronda provincial? ¿Quién le ganó al oficialismo?

La conclusión es lapidaria: por ahora, nadie en particular.

3. Giacobbe extrema la idea, pero en sentido inverso. Lisa y llanamente, suma los votos de cada fuerza como si en ella jugase su primera línea, como si se tratase en efecto de una pulseada directa entre Scioli, Massa, Macri. El resultado, un tanto absurdo, puede llegar a la proyección de un triunfo del PRO en primera vuelta.

Tampoco.

4. El mundo no es binario. Los votantes de Neuquén, Capital, Córdoba o Santa Fe, no eligieron pensando en agosto, ni en anticipar su voto.No hicieron voto útil, ni pensaron en términos de la viabilidad de sus candidatos. Analizaron la oferta local, la evaluaron y decidieron. No todos leen los sesudos editoriales de Clarín, La Nación, Página, etc. No todos se interesan por igual en la política. Más importante aún, no todos, ni tampoco una mayoría, se sienten en condiciones de definirse en torno al apoyo u oposición al kirchnerismo. Sólo una minoría piensa la política en términos de voto estratégico, del tipo de “si tal candidato será eliminado mañana, ¿para qué voy a meter su boleta hoy?” Las elecciones locales no anticipan a las nacionales en sentido alguno: la tesis del balotaje mutante es un disparate solo equiparado por la tentativa de contar los votos de Accastello, Recalde, Perotti como los únicos a los que puede aspirar Daniel Scioli en cada uno de esos distritos.. ¿Un ejemplo gráfico? El voto cruzado de CABA en 2011. Casi un diez por ciento del electorado pudo votar, primero a Macri, y luego a Cristina.

Eso sin mencionar que la provincia de Buenos Aires, donde reside el grueso de los votantes, no desdobla, y que en ella el acuerdo PRO-UCR está todavía lejos de despegar. El distrito más importante del país no desdobla, pero la ronda de elecciones locales… me repite el chamuyo, Malamud?

Cuidado, entonces, con proyectar los deseos al análisis, y presentar éste como aséptico, objetivo, neutral, etc. El mundo no necesariamente funciona del mismo modo en la cabeza de un especialista en análisis político que en la cabeza de una persona dedicada a cosas ligeramente más mundanas, como laburar. Cosa que varios podrían ensayar de vez en cuando.

5. Un comentario sobre la Capital. Me parece que pasaron algunas cosas que vale la pena subrayar.

a) Claramente ha ganado Larreta, aunque los márgenes los conoceremos en el balotaje… que debe hacerse porque así lo manda la ley y la Constitución y no por gracia de un candidato o capricho de su adversario. Valdría la pena un esfuerzo extra en explicar que la ley, toda ley, debe cumplirse. Máxime cuando se trata de una oportunidad para la participación cívica, que debe siempre ser alentada.

b) La elección de Recalde, comparada con 2011 o 2007, fue mala. Pero comparada con 2013, fue idéntica. Claro, ahora el FPV se queda por primera vez desde 2003, fuera de un balotaje, pero ello no quita la recuperación respecto a las PASO, en manos de un candidato joven, sin instalación previa, que veremos batallar en muchas campañas. Porque, háganse a la idea, la generación de dirigentes de 30-40 años que aparece tiene unos 40-30 años por delante, dependiendo del éxito de sus proyectos.

c) PRO, por su parte, aunque hizo una de sus mejores elecciones, sin contar con Mauricio Macri en la boleta, quedó algo descolocado. Una cosa era salir a golear al FPV. Otra, muy distinta, es tener que enfrentarse con un candidato que en principio expresa la misma coalición nacional, pero que difiere de su conducción, y que ha sido capaz, sin precedente significativo, de mostrar una notable competitividad. Es el viejo problema de jugar contra Jamaica: no importa si ganás, sino por cuánto. Algunos, pocos, se dan cuenta de ello. No hay forma de que PRO no salga lastimado, alianza nacional o no, si Lousteau hace un desempeño aceptable. Por eso se le pide que se baje, por eso se desmarcan sus padrinos, que no esperaban esta dosis de fortuna. A veces, cuando te va demasiado bien, las cosas empeoran.

6. Lo que le pasa al PRO en Capital refleja, también, errores de diseño más groseros, como sostener tres candidaturas en las PASO, cuando ello sólo puede favorecer la impresión de un triunfo oficialista. No lo pensaron con claridad: si Carrió y Sanz le quitan tres puntos a Macri, su viabilidad, para usar la expresión de Malamud, queda muy maltrecha. Dijimos tres, no cuatro ni seis. Más de tres, and this is the end.

7. Conclusión: nada reemplaza a agosto. Paciencia, calma, y menos verdura.

Post scriptum: Uno siempre se olvida de algo. Buena elección de la izquierda ayer. Redondeó unos 8 puntos en Córdoba para gobernador, cerca de doce a legislador. Y unos 7 puntos a JG en la CBA, 11 a legislador. Ya había tenido buenos desempeños en Salta y en Mendoza. El sistema de primarias les ha servido para ordenarse, experimentan una interesante renovación generacional, y tienen un crecimiento provincial que no se explica por ninguna de las causas anteriores. Como lo demnás, se verá en agosto. Mientras tanto, tenemos otro mes de verdura.

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