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9.

29/05/2015

“Quizás los otros candidatos peleen por rapiñarle la estructura al massismo, sin considerar suficientemente el hecho de que la mayoría de los votos no son de nadie, sino del propio votante.
Esto significa que aún si Massa consiguiera algún acuerdo con Macri, la franja de sus votantes que se siente más cerca del Gobierno terminará votando al oficialismo. Y en sentido contrario, los votantes de Massa que son sobre todo opositores no votarán al kirchnerismo aunque su intendente o su gobernador hayan decidido mudarse del Frente Renovador al Frente para la Victoria.
Desde este punto de vista, la incógnita más grande de hoy se remite a acertar cuántos de los votos que conserva Massa son potencialmente oficialistas, y cuántos son irremediablemente opositores. Nadie tiene la respuesta irrefutable, ni en la política ni entre los consultores.
Hay quienes dicen, y puede ser cierto, que los votos opositores que contenía Ma-ssa ya se fueron con Macri, y eso explica por qué uno sube y el otro baja. Pero también puede ser cierto que la recuperación política del Gobierno ya esté funcionando como imán para sacarle votos a Massa, y que el crecimiento de Macri es a expensas de lo que pudo tener el disuelto experimento de UNEN. Muy interesante, pero no dejan de ser teorías aún sin comprobación.”

8

26/05/2015

Sobre algunos debates que se dan con argumentos como mínimo falaces, habría que revisar lo que se hace, y en concreto los decretos

Decreto 1345/2005.
Decreto 621/2010.
Decreto 1103/2010.
Decreto 971/2012.
Decreto 2415/2014.
En todos los casos a) se alude a causas de defensa nacional, b) se genera una fuerza defensiva ad hoc, c) se establecen reglas de empeñamiento, versión criolla de las rules of engagement. Eso sí, en anexo y custodiadas por secreto militar de acuerdo con un decreto de 1963. En todos los casos, queda delegada en el comandante militar la adopción de las medidas “necesarias, adecuadas y oportunas”. En todos los casos, se trata de actos de excepcionalidad, justificados por la presencia de dignatarios extranjeros en el país. Todo por decreto. El último lo firma Agustín Rossi.

Entonces, muchachos, no es que esto no se hace y queremos establecer la pena de muerte sin juicio previo, así como otras pavadas. Esto se hace, bajo reglamentación precaria y parcialmente secreta, aludiendo a la Ley de Defensa Nacional en cada ocasión. Incluso se subordina a la aviación civil. Demos un debate, que sea serio, demos la discusión democrática, que las cosas se hagan por ley, con transparencia, hagamos públicas las RDE, y dejémonos de joder. Una cosa es ser bienpensante, esto es ligeramente distinto.

Para poner en perspectiva

20/05/2015

1.

Corren los meses finales de 2011. Sergio Massa ha logrado, ya, la reelección como intendente de Tigre. El otrora jefe de gabinete de Cristina Fernández tiene apenas 39 años. Ha pasado por varios cargos de importancia, como funcionario en el ANSES, como jefe de gabinete y como diputado nacional. Pero el giro del kirchnerismo lo preocupa. El espacio que supo practicar el pluralismo y la alianza transversal con dirigentes de otras fuerzas se encierra gradualmente sobre sí mismo. Las organizaciones sindicales pierden lugares y son sometidas a la fractura, los foros partidarios se vuelven herramientas vacías. El PJ languidece. Todo ámbito de mediación queda obturado.

El kirchnerismo, poco a poco, comienza a reducir el número de actores legitimados para hacer política, no ya fuera de su dominio, sino incluso dentro de su propio espacio. Como en otros tiempos, varios dirigentes se vanaglorian de dar caza a los “traidores”, mientras proclaman, una y otra vez, que lo hacen en nombre de Cristina Kirchner. Quien se aparte de ese rumbo será, desde entonces, un enemigo: será visto como opuesto, no ya a una conducción política, sino a todos y cada uno de sus “logros”, atribuidos a la sabiduría de un liderazgo que es concebido como omnisciente, y que no reconoce la necesidad de mediación alguna en su relación con la sociedad. Y si para un adversario pueden existir santuarios, para un enemigo, como reza un viejo adagio peronista, no hay cuartel ni justicia.

El potencial herético, transformador, de los primeros años del kirchnerismo, queda relegado. Los ademanes autoritarios campean. Las nuevas organizaciones oficialistas no representan, ya, a los ciudadanos frente al gobierno, sino a la presidenta ante la sociedad. En ese contexto, las demandas de la gente corriente quedan en segundo plano: lo que importa, ante todo, es redefinir la agenda en función del interés general. Pero, ¿quién define, en cada momento, cuál el interés general? El gobierno, claro. ¿Y si ese interés no se corresponde con las necesidades concretas e inmediatas, con los reclamos y las demandas sociales, qué debe hacerse? La respuesta concreta se esboza en la práctica: la inseguridad deviene una sensación, la inflación no existe, los problemas de la economía son atribuidos a la cadena del desánimo propalada por medios opositores.

Nadie tiene legitimidad para cuestionar a la presidenta y a su rumbo, sin que se le recuerde el porcentaje electoral obtenido, sin que se le acuse de destituyente o corporativo. El kirchnerismo se representa a si mismo como dueño de la voluntad popular, que es indivisible, sin reconocer la mínima posibilidad de disenso. En ese escenario, la política como actividad es lisa y llanamente imposible.

No llega el fin de año, y Massa decide, lentamente, iniciar otro rumbo. El peronismo y la Argentina, insiste, requieren otra mirada. Modernizar al peronismo para modernizar al país: esa es la clave. Massa reitera que es imposible anclar al país en la lógica política de los años setenta, en la confrontación permanente, en la descalificación continua, en el antagonismo metodológico.

El sueño del Frente Renovador se pone en marcha. Muy pronto, antes incluso de los primeros meses de 2012, el partido cuenta ya con personería jurídica en toda la provincia de Buenos Aires.

Los meses se suceden, la situación empeora. El kirchnerismo, que había sostenido su vocación de mayorías en un diálogo permanente con la sociedad, se encierra más y más en un discurso sectario, excluyente, alejado del realismo más elemental, interesado apenas en las disputas institucionales que surgen como resultado de su intento de avasallar, paso a paso, todas las instituciones de la democracia republicana. El Poder Judicial recibe embates casi cotidianos, mientras diversos dirigentes plantean, a menos de un año de las elecciones presidenciales, que la única garantía de futuro del “proyecto” está en manos de la presidenta. Son momentos de peligro.

2

Verano de 2013. No sin una cuota de astucia, Massa deja correr el rumor de que buscará presentarse como candidato a diputado nacional. La noticia pasaría inadvertida, pero una serie de encuestas encienden la alerta, tanto en el gobierno nacional como en la Provincia de Buenos Aires. En ellas se aprecia el crecimiento exponencial de su imagen positiva. Encuesta tras encuesta lo confirma: este muchacho sencillo, familiero, no muy afín a la polémica, que apenas tiene cuarenta años –cumplirá 41 a fines de abril-, con una base política insignificante y a cargo de la intendencia de un partido electoralmente marginal de la Primera Sección Electoral, parece haberse convertido en el dirigente más atractivo de la provincia. Sergio dirá más adelante que su virtud principal ha sido saber escuchar, en lugar de dar peroratas interminables por cadena nacional.

Llega el momento de las decisiones. Massa, con mucha astucia, ha dejado todo para último momento. Todo el mundo político se pregunta, ya en voz alta, cuáles son sus intereses. ¿Jugará o no jugará? ¿Lo hará a favor o en contra de la presidenta? ¿Se reunificará luego con ella, en caso de enfrentarla? Todos hablan de Massa. Massa, en cambio, sonríe y nada dice de su futuro.

En esos días febriles, atiende decenas de llamadas telefónicas, y recibe a varios dirigentes políticos. Siempre sereno, siempre en silencio, él escucha. No es momento de romper, tenés un lugar, tenés una carrera, Cristina te valora. Te vamos a facilitar las cosas. Educado, cordial, Sergio los despide con la promesa de una respuesta que es apenas un gesto de cortesía.

3.

Bueno, hay que decidirse. Y finalmente Sergio Massa decide jugar, y por afuera. Enfrentará, nada menos, que a la presidenta de la Nación y al gobernador de su provincia. Y no se trata de cualquier provincia, sino de aquella que concentra el 40% del electorado efectivo, aquella que hace décadas se identifica con el signo del PJ. Signo que Massa deberá abandonar.

Es cierto: Massa ha recibido el apoyo de PRO, importante en la primera sección electoral. Se trata de un apoyo curioso, porque es meramente verbal: Macri no puede celebrar una alianza con Massa porque no tiene personería partidaria en el distrito. Algunos de sus intendentes, incluido su primo, le piden que bendiga a Sergio como modo de proteger sus terruños. ¿Qué puede hacer el ingeniero? Al día de hoy, la Provincia sigue siendo el talón de Aquiles de su proyecto presidencial.

Llegan las PASO. Las encuestas anuncian un “empate técnico”. El resultado no se parece, ciertamente, a un empate: el candidato oficialista es superado por más de cinco puntos, cifra que supera el margen de error. En octubre, pese a la guerra de nervios y al ninguneo constante de su figura, Massa ratifica su victoria por goleada: araña el 44% superando a Martín Insaurralde por 12 puntos. Un intendente de un partido menor, de la zona norte, ha vencido al oficialismo nacional y provincial. Ha vencido al peronismo bonaerense, en las ocho secciones electorales en que se divide la provincia, incluida la histórica tercera sección. Sergio Massa, intendente de Tigre, es ahora diputado electo. Es, también, una figura nacional de primer orden.

4.

La historia parece conocida, pero me parece importante repasarla, porque las cosas han cambiado, pero no tanto. A la fecha, las encuestas sitúan a Sergio Massa en un rango que parte desde unos quince a diecisiete puntos porcentuales, hasta llegar a los 25. Probablemente, la verdad ande en el promedio.

Pero la presión mediática es importante, el financiamiento es escaso, los colosos provinciales y nacionales no están dispuestos a perder esta partida. Por eso, con un año de anticipación, las consultoras vinculadas a la gestión Scioli convergen con aquellas que rodean a Macri –algunas, de hecho, son las mismas-. El objetivo: sacar a Massa de la cancha y distribuirse sus votantes. Para ambos jugadores tiene sentido: Scioli se muestra, de inmediato, como el oficialista que más mide, anulando de entrada cualquier intento de generar un candidato propio por parte del gobierno nacional. Los periodistas oficialistas que han cerrado ya filas con el BAPRO bregan ahora por convencer al oficialismo de bendecir directamente al gobernador, de abjurar de cualquier disputa interna. Mejor cerrar ahora, dicen los que ya cerraron con Scioli mientras repiten como loritos el Credo Cristinista.

Macri, por su parte, adquiere el lugar protagónico desde la oposición, como el único dirigente que puede derrotar al FPV. La presión recae ahora sobre el radicalismo y sus aliados, conminados por los grupos económicos para darle al ex presidente de Boca la base partidaria y la competitividad local que no tiene.

Una vasta maniobra de manipulación de la opinión pública se lanza con un año de anticipación, sin que nadie explique por qué debemos prestar atención al ejercicio, casi enfermizo, de seguir, mes a mes, la carrera de tres candidatos y sus mínimas variaciones porcentuales. ¿Están los argentinos, en junio de 2014, decidiendo su voto para octubre de 2015? Las propias encuestas, con sus variaciones, demuestran que no, que la situación permanece fluida.

La operación no es inocua. Un vasto frente progresista, el FAUNEN, desaparece, atrapado por las fuerzas centrífugas de quienes quieren prenderse en la pelea entre esos tres, en lugar de defender sus espacios y sus convicciones. Medios y grupos empresarios se muestran demasiado apurados por definir las elecciones a su antojo. Ven en Macri a uno de los suyos; en Scioli, a un perrito fiel, un tipo dócil, que en el fondo no quiere gobernar, en el sentido fuerte de la palabra.

En el fondo, Macri y Scioli se parecen. ¿Es que realmente quieren gobernar? ¿Para qué quieren la presidencia? Ninguno quiere ni sabe hacerse cargo de los problemas del país: les interesa más la gloria de ser presidentes que la responsabilidad de ejercer la primera magistratura. Viajar por el mundo, mientras, cual patrones de estancia, delegan la administración en capataces técnicos de dudosa estirpe: esa es toda su vocación política. Más que presidentes, quieren ser ex presidentes, quieren un cuadrito en una pared, una foto, una tapa de revista.

5.

Inicia 2015, y la presión arrecia sobre Massa. Que se baje, que acuerde con Macri, que renuncie a la contienda. Día a día, se publicitan deserciones y garrochazos. Que los hay, ciertamente, porque la apuesta es muy grande, porque la política contiene siempre una dosis de riesgo, pero sobre todo porque ahora se trata de cargos ejecutivos, donde el poder no es divisible, y por ende no es tampoco compartido. Con todo, en su afán de mostrar el colapso del Frente Renovador, algunos periodistas llegan al absurdo de considerar estratégica la partida de Juan José Álvarez, un hombre que concluyó todo trayecto institucional sin pena ni gloria, en 2007, ocho años atrás. Pocas veces vimos a Juanjo aparecer tanto y en tan poco tiempo por medios tan distintos. Pero nadie logra, nadie se atreve a mostrar números que muestren a Massa fuera de competencia. Ya con 43 años recién cumplidos, Massa sigue en un piso que muchos adversarios no tendrán jamás.

La apuesta del Frente Renovador, en términos de estrategia, es simple: se trata de maximizar la victoria en el bastión bonaerense, mientras se prioriza la alianza con dirigentes locales que estén dispuestos a enfrentar al aparato estatal. Massa, que hace veinte meses era un simple intendente, no cuenta con una estructura nacional en condiciones de disputar veinticuatro batallas electorales. Tampoco le hubiese alcanzado el financiamiento para tamaña campaña. En ese terreno, al Estado no le gana nadie, pero el retaceo privado, orientado a la hipótesis del candidato único por la oposición, ve en Massa un escollo.

El joven político nacido en San Martín no se amilana. No se asusta ni pierde la calma. Sabe que todos buscan sus votos, que tiene, por ende, una poderosa pieza de negociación. Y principalmente con Macri, para pelear una primaria nacional. La lógica de Massa es de hierro: para ganar, hay que ganarle a todos. No queda claro qué lógica sigue Macri, que nada tiene que ofrecer para contrarrestar el poderío renovador en la provincia de Buenos Aires. Si las encuestas son correctas, y si realmente pelea con Scioli el primer puesto, ¿qué riesgo corre? ¿Qué negocio haría Massa de ser ese el escenario? Algo no cierra.

Massa sabe, también, que en muchos distritos del país la candidatura de Macri es espectral. No ha recorrido el NOA, ni el NEA, ni la Patagonia. En una palabra, rara vez ha ido más allá del Área Metropolitana. Que es, no por casualidad, el ámbito por excelencia donde trabajan las encuestadoras.

6.

Hace menos de dos años, un intendente de Tigre desafiaba a los principales actores de la política nacional, y los derrotaba sin atenuantes. Hoy, ese dirigente, con apenas cuarenta y tres años, se mantiene incólume como una figura decisiva de la política nacional. Aún si los agoreros de unos y otros tuviesen razón, ¿qué debería hacer Massa, sino continuar hasta el final? Al fin y al cabo, aún en el peor de los casos, esta es, apenas, su primera campaña nacional. La primera de muchas. Como en 2013, todos hablan de Massa. Y por algo será.

Doblado, ya está.

19/03/2015

Ayer postulamos, en una nota que anduvo bastante bien, los problemas que le veíamos al futuro acuerdo UCR – PRO. Nos quedamos cortos. No se firmó todavía, no hubo una mínima sesión de fotos, y tenemos frente a nosotros un panorama francamente sorprendente.

1. El primer punto de disputa tiene que ver con qué se firmó el domingo a la madrugada, o mejor dicho, qué les dijo Sanz a los congresales que estaban firmando. El presidente del partido fue explícito: se trataba de un acuerdo entre partes que se tratarían como iguales, unificadas por una causa común: la lucha contra el populismo autoritario que encarna, según el dirigente, el kirchnerismo.

Sanz sabía bien que para convencer a su auditorio, y especialmente a los congresales disidentes de la provincia de Buenos Aires, tenía que hablar de cargos. Y prometió de todos los colores: gobernadores, diputados, senadores… pero también habló de ministerios. Es decir, de participación en el Poder Ejecutivo. Por sobre todas las cosas, Sanz insistió en una idea fuerza: “armar una coalición amplia con fuerzas que están contra el kirchnerismo”

No pasaron 24 horas de esas declaraciones, y Mauricio Macri, tras felicitar a la UCR por sumarse a su marco de acuerdos, desestimó de todas las maneras posibles la chance de un gobierno de “coalición”, término que había mencionado precisamente el presidente del radicalismo.

Macri dijo: “En octubre se competirá y se verá. Si la gente lo elige el que gana va a conducir el gobierno nacional y pedirá o no colaboración. Esos son los términos en los cuales lo hemos planteado […] Lo importante acá es que el que gana va a gobernar y va a pedir colaboración, que es distinto a decir que esto nace como un gobierno compartido.”

En otra entrevista radial, Macri insistió con la idea:

“Acá nosotros estamos compitiendo. Yo no voy a hacer un gobierno condicionado ni integrado de una manera forzada. Acá, vamos a competir y el que gana es el que va a conducir y a armar su gobierno. Nosotros aspiramos a ganar estas PASO y seguir con la impronta nuestra del cambio.”

Rogelio Frigerio, a la sazón presidente del Banco Ciudad, señaló que con el radicalismo “no va a haber un cogobierno: el que gana la primaria gobierna, y el que pierde, sugiere.”

Tal vez para tranquilizar, tal vez para reforzar la idea, Frigerio, que es considerado uno de los negociadores del acuerdo, agregó que “por supuesto, se escucharán diferentes opiniones, especialmente de los aliados” y que se “dialogará mucho a nivel parlamentario”

Se pedirá colaboración, se aceptarán sugerencias, se escucharán opiniones, se dialogará, pero conduce el que gana… algo anda mal en esta alianza. Y si no es una alianza, ¿qué rol cumple el radicalismo en ella?

Ayer conversábamos sobre la dificultad que el presidencialismo argentino expresa a la hora de establecer alianzas de gobierno: esencialmente, ellas dependen, para su correcto funcionamiento, de la buena voluntad presidencial. El presidente, que designa a la totalidad de los funcionarios del gobierno, puede también despedirlos. De entrada, Macri avisa que esa buena voluntad ha de escasear.

2. ¿Desprolijidad? Probablemente. ¿Algo de destrato? Es evidente. Pero, ¿qué extraña serenidad permite realizar semejantes afirmaciones, que debilitan al aliado interno del PRO al interior de la UCR, apenas a horas de la firma de un acuerdo que representa, según se nos dice, un enorme avance para el proyecto presidencial de Mauricio Macri?

Las razones son simples, y se resumen en una: Macri se permite este trato porque puede. La UCR ya está al borde la fractura, ha sido quebrada como adversario a nivel nacional. El acuerdo firmado por Sanz no tiene retorno. Lo que se diga ahora no impactará sobre el votante radical ya dispuesto a votar a Macri, que ciertamente no esperó a su partido para salir a manifestar, principalmente a través de las encuestas del último año, que esa era su preferencia. ¿Y por qué lo hizo? Porque Macri era y es el candidato competitivo, mientras que la UCR no tiene alternativas a su liderazgo. Que Storani, nuevo vocero de Sanz, trate de recordarnos que existe todavía una interna, es casi tierno: en esa interna, el macrismo ha de arrasar con el candidato radical. Más tristemente, lo hará usando la estructura de fiscales radical.

Pero Storani, que sabe que el votante radical no come vidrio, tuvo una frase que anticipa los argumentos del debate que viene:

“En la inmensa mayoría del territorio argentino, la estructura del radicalismo es mayoritaria y parte de todo lo que renueva y pone en juego; la mayor garantía va a ser la lista de legisladores nacionales”

Efectivamente, esa es la pelea, en dos sentidos. En primer lugar, el PRO apuesta a designar presidente, pero es la UCR la que puede alcanzar la mayor cantidad de gobernaciones, nivel en que PRO hasta el momento no figura. Y el otro aspecto, claro, es el eje: la lista de legisladores. Desde PRO avisan que no será compartida, lo que sería desastroso para Sanz, que propone una lista unificada distrito por distrito, según la electorabilidad de cada uno. En el mejor de los casos, se llegará a un punto intermedio, que hoy aparece tan lejano como es posible imaginar.

3. Precisamente es en el plano local donde encontramos nuevos escollos en la realización del acuerdo. Los dirigentes radicales que, como José Cano (Tucumán), Luis Naidenoff (Formosa), y Gerardo Morales (Jujuy), tenían acuerdos con el Frente Renovador, se quejan de una cláusula, la quinta del documento final de Gualeguaychú, por la cual no podrán despegar su lista de la nacional expresada en la boleta presidencial.

Para Morales, Cano y Naidenoff, esto es gravísimo, pues lesiona directamente sus posibilidades de construir acuerdos amplios sobre los cuales edificar un eventual triunfo, algo perfectamente factible en los tres distritos que representan.

La situación se agrava por cuanto estos mismos dirigentes enfrentan listas del PRO que a la fecha no han sido dadas de baja. Con lo que se genera una pinza perfecta: se limita su margen de maniobra en el plano de la política provincial, mientras que se instruye una lista competidora con apoyo nacional. ¿Qué negocio hizo aquí la UCR? ¿Qué negocio hace en Catamarca, donde el senador radical Oscar Castillo se encontraba justamente en negociaciones con el Frente Renovador para pelear por la gobernación?

Se trata de situaciones extremas, que requerirán menos lapicera que muñeca por parte del presidente del partido radical. A la fecha, y en abierto desafío a la Convención Nacional, Cano ha ratificado su alianza con Massa, mientras pide que se dé de baja la lista del PRO. Naidenoff, más explícito aún, afirmó:

“Yo lo voy a llevar a Massa como candidato a presidente. Y si Margarita Stolbizer se presenta, también la vamos a llevar.

Gerardo Morales, la voz más lúcida del radicalismo en Gualeguaychú, ha dicho ya que la tarea de Sanz debe concentrarse “en evitar la fractura y salvaguardar los intereses territoriales del radicalismo.” ¿Podrá?

4. Hablamos hasta ahora del voto radical que Macri viene absorbiendo en el último año. ¿Cómo cambia ello a partir del acuerdo? La impresión que nos queda supone diferenciar la visión de las cúpulas de aquella propia de los votantes. Así como en 2007, muchos radicales se negaron a votar a Lavagna y confluyeron en el voto a Carrió, en 2011 otros tantos se negaron a acompañar la extraña entente Alfonsín – De Narváez, y su voto finalmente recayó en Binner. Esos votantes, tributarios de una tradición en que la UCR se representa a sí misma como una fuerza progresista, tradición que puede remontarse incluso con anterioridad a 1983, difícilmente acompañen este acuerdo. Es más probable que, en porcentajes variables, se inclinen por el voto a Margarita Stolbizer, que parece expresar mejor aquella tradición radical hoy dejada de lado. Esas tristes golondrinas, se nos dice, no hacen un verano. Y normalmente sería cierto, pero no con los estrechos guarismos de esta elección. Una razón más para dudar de la entidad del acuerdo.

5. Sanz prometió también dar batalla en el terreno programático, en el plano de las ideas. Bueno, no le está yendo bien. Ayer, Mauricio Macri prometió terminar con el cepo cambiario, como se conoce vulgarmente a la restricción en la compra de divisas de moneda extranjera, al día siguiente de su llegada a la Casa Rosada. Aunque la frase fue desvirtuada casi de inmediato por uno de sus más conocidos referentes económicos, Carlos Melconián, lo cierto es que no alcanzó a evitar la explosión de fastidio que el sector del radicalismo disconforme con el acuerdo siente respecto de su nuevo vecino. Julio Cobos, en ese sentido, preguntó al entrevistador “¿Usted cree que si Macri libera el dólar el blue va a bajar al precio oficial de la divisa? ¡Va a ser al revés y habrá más inflación! Esto ya ha pasado” Inmediatamente, agregó: “Ningún economista opina que hay que hacer esto, los nuestros tampoco. Si fuera tan fácil ya lo hubiera hecho el mismo Gobierno nacional”

La nota es interesante porque refleja algunos puntos señalados previamente en esta columna. me permito copiar fragmentos enteros:

-“No creo que los radicales acompañen en las elecciones a Mauricio Macri para que los represente como candidato a presidente”

-[Disputar una primaria con Macri] “no tiene sentido porque tenemos proyectos y posturas diferentes. Yo le gano a Macri en las PASO pero los que lo hayan votado a él no me van a votar a mí en la general porque no es el mismo proyecto y la suma de votos no va a ser aritmética”

-“Hay un giro evidente hacia la derecha y con esta decisión va a ser muy difícil recuperar la identidad de la UCR”

Es difícil imaginar que este sea simplemente el pensamiento de un dirigente desplazado. Cuando Cobos dice que será muy difícil que vote a Macri, está expresando una mirada que comparten muchos radicales.

6. Una pregunta inquietante. Muchachos, ¿qué piensan hacer con Carrió?

Algunos comentarios sobre el acuerdo UCR – PRO.

18/03/2015

Llegó el lunes y, lógicamente, la noticia que acaparó la sección política fue el acuerdo UCR – PRO, por el cual la primera brindaría al segundo la base territorial que su candidato necesita para volverse competitivo fuera del área metropolitana de Buenos Aires.

Se trata de una noticia impactante, difícil de prever pocos meses atrás, cuando el presidente de la UCR buscaba una Gran Primaria Opositora -aunque en secreto y a veces en público siempre mantuvo que su preferencia personal era un acuerdo con el PRO. La negativa de Macri a una competencia más amplia hizo el resto. El alcalde porteño bien sabía que buena parte del electorado radical ya había migrado.

La UCR abandona así su perfil progresista, en aras de un supuesto pragmatismo que le permitiría multiplicar sus recursos políticos y participar de un eventual gobierno de coalición, en un escenario en que las fuerzas políticas se hallan fuertemente fragmentadas, y en que es difícil imaginar la emergencia de un liderazgo presidencial fuerte, con presencia en ambas cámaras.

Al mismo tiempo, el partido centenario organiza definitivamente a la oposición en torno de una alternativa netamente antiperonista, sin patas, muslos o antebrazos de otra procedencia, ratificando la vigencia de dicho clivaje en el seno de la dirigencia política argentina.

Mucha gente, especialmente en los círculos politizados, recibió la noticia con esperable entusiasmo: se sienten, finalmente, en condiciones de pelear por el poder en la Argentina, después de catorce años de calvario. Ello coincide con un fuerte renacimiento local de la UCR, que pelea con firmeza la gobernación de varias provincias. Córdoba, Mendoza, Tucumán, Jujuy, Catamarca y Chaco son algunas de ellas, todas en poder del peronismo.

No es mi intención desmerecer la importancia del acuerdo. Sí quisiera recordar algunas cuestiones importantes. En primer lugar, un dato estructural: los partidos políticos argentinos ya no mandan sobre el votante. Sus identidades son lábiles, y su electorado de pertenencia es limitado. La mayor parte de los ciudadanos se definiría, especialmente en el campo de las clases medias urbanas, como independiente. Ese dato parece soslayarse cuando se valora la importancia de un acuerdo de cúpulas.

Asimismo, habría que observar con detenimiento el progreso de las encuestas durante los últimos meses. Está claro que Macri ha crecido, pero ¿a costa de quién? En la Convención Nacional de Entre Ríos, el senador nacional Gerardo Morales lo ha dicho claramente: a costa de la UCR. El fracaso de UNEN, FAUNEN o como se haya llamado esa entente, en configurar un campo opositor competitivo, con un candidato claro, con una campaña visible, hizo que muchos votantes con inclinaciones opositoras migrasen hacia Macri. De nuevo, queda claro que el arco del voto ideológico es acotado: UNEN – FAUNEN era un acuerdo de centro izquierda, con el socialismo, GEN, Proyecto Sur y otras fuerzas menores. Macri parece lo contrario. Y sin embargo, esa migración tuvo lugar.

Eso nos dice otra cosa, y de nuevo coincido con la lúcida exposición de Morales: ya antes del acuerdo, la UCR y el PRO competían por el mismo perfil de votante. Por las circunstancias antes mencionadas, el último año fue de PRO, y eso sepultó las chances de UNEN.

Por ende, el acuerdo es lógico, aunque su alcance se revela inmediatamente limitado. Lejos de la proyección de Sanz, que alegremente pronosticaba para el día lunes un desempeño de de 35 puntos en las encuestas, lo máximo que puede suceder hasta ahora es que algunos de esos puntos que no habían migrado todavía lo hagan. Pero de ahí a proclamar 35 puntos porcentuales, hay un trecho importante.

Debe considerarse también el perfil del votante de pertenencia de la UCR. No es una masa de votos significativa en el total, pero importa mucho dentro del voto radical propiamente dicho, que al día de la fecha era escaso. Ese votante, más cómodo en una alianza con el socialismo, se queda, como en 2011, sin una referencia clara. Recordemos que en aquella ocasión el voto radical migró visiblemente hacia el candidato socialista, Hermes Binner, que alcanzó casi 17 puntos electorales. De nuevo, queda claro que el votante argentino, con o sin partido, es bastante autónomo.

La Convención Nacional expresó esta tensión, quedando por momentos al borde de la fractura. Había radicales partidarios de un acuerdo más amplio, que incluyese a Sergio Massa, como Morales, Naidenoff y Cano. Los había, también, partidarios de presentar una fórmula propia, en el seno de una alianza progresista relanzada. Pero la opción de una alianza exclusiva con el PRO y la CC, marginando a Massa, triunfó con holgura. Mucho tuvo que ver en ello el vuelco decisivo de los convencionales bonaerenses, casi setenta, que acompañaron el acuerdo, conducidos por viejos zorros de la política como Storani y Nosiglia.

Algunos han visto también la mano del gobierno: se aduce que el propio Mazzón, hoy reconvertido al sciolismo, habría conversado con algunos de ellos para convencerlos de saltar la tranquera que los separaba de las posiciones defendidas por Sanz. Es cierto que nadie se convence por un discurso, pero en lo personal descartaría esa hipótesis conspirativa: la alianza se dio porque convenía a muchos radicales, algunos de ellos ya acostumbrados a ententes extrañas. Eso no quita que la misma haya sido festejada por quienes siempre, desde el oficialismo, prefirieron confrontar con Mauricio Macri. Es que, tanto en la victoria como en la derrota, competir con Macri revestía la pelea de una épica particular, reforzando identidades y disciplinando la tropa. Macri es el antiperonista por excelencia: nadie, dentro del FPV, pensaría en pactar con él. Asimismo, creen algunos, una eventual catástrofe electoral colocaría al peronismo entero, en una compacta y disciplinada oposición al gobierno más distanciado de sus posiciones. Quienes así razonan recuerdan la jugada de Menem en 1999, y la posterior suerte del aliancismo.

¿Es viable la alianza PRO – UCR? La respuesta se despejará con el paso del tiempo, pero está claro que el acuerdo nace con problemas. Un dato resulta estructural: los gobiernos de coalición siempre han fracasado en la Argentina debido al férreo presidencialismo que propugna nuestra Constitución. Ni todos los acuerdos del mundo garantizan cumplimiento luego de las elecciones. Es el presidente el que designa a los ministros, como amargamente recuerdan los seguidores de Chacho Álvarez y Raúl Alfonsín respecto de la experiencia aliancista. La continuidad de una eventual coalición no depende de mecanismos institucionales, sino de la buena voluntad presidencial. ¿Y cómo se puede discutir listas, programas, etc., con un candidato que de entrada parece dueño de los votos del espacio? La ficción de las PASO no engaña a nadie: Macri será amplio ganador de la compulsa, que no es sino un simulacro. Esa es la propia base del acuerdo: nadie lo hubiese ido a buscar en otro escenario. Está por lo que mide.

La alianza PRO – UCR impacta también en el mapa distrital, y no del mejor modo. En muchas situaciones provinciales, PRO había armado ya listas propias, en abierta competencia con el candidato radical. Lo sabe Morales, lo sabe Cano. Hay casos testigo más complejos aún, como aquellos en que una de ambas fuerzas es gobierno. Tomemos dos casos: la Capital y la provincia de Santa Fe. En el primer caso, la candidatura de Martín Lousteau pierde razón de ser: su lista, avalada por el radicalismo, el socialismo y la CC, se opone precisamente a las listas de PRO. ¿Cómo se zurce semejante entuerto? La fecha de composición de alianzas ya ha caducado: en ese sentido, la alianza nacional llega tarde.

Peor es el caso santafesino, donde el radicalismo participa de la experiencia de gobierno conducida por el Partido Socialista. Los radicales santafesinos, que según el nuevo lineamiento debieran dejar el gobierno y buscar una alianza con Miguel Del Sel, ya respondieron a la pregunta por su futuro; el vicegobernador Jorge Henn señaló:

“Para nosotros es muy difícil aceptar la decisión que tomó la convención nacional porque va en contra del mandato de la convención provincial que es la de construir un frente progresista. Nosotros ratificamos la decisión de la convención provincial”

Tampoco parece la mejor receta excluir toda oferta peronista. El antagonismo hacia el partido mayoritario, expresado en la coalición, por momentos se confundió con el antagonismo hacia una entera experiencia histórica. Pero para ganar, tanto Macri como los radicales saben que necesitan hacer un muy buen papel en la provincia de Buenos Aires. ¿Podrá una alianza netamente antiperonista lograr semejante hazaña?

En suma, la alianza UCR – PRO se basa en supuestos difíciles de sostener, nace con defectos de diseño, choca con tradiciones arraigadas en el voto radical, y presupone un esquema en que el partido es capaz de disciplinar a sus bases electorales. Asimismo, complica infinidad de armados locales, tanto aquellos donde radicales y macristas compiten por el mismo cargo, como en las situaciones en que uno de ambos es gobierno y el otro juega el rol institucional de oposición.

Tampoco es seguro que esta alianza brinde al votante garantías de gobernabilidad, y nace ajena al electorado identificado con el peronismo, al que antagoniza de manera directa. Por sobre todas las cosas, el acuerdo olvida que el votante argentino posterior a 2001 es libre de toda coerción partidaria, y hace lo que le viene en gana. Habrá que ver si en las PASO aparecen esos 35 puntos nacionales de los que tanto se habla. Después de la experiencia de 2011, y en parte también de aquella acaecida en 2007, me permito expresar seria dudas al respecto. En política, la simple aritmética no siempre funciona.

Nota originalmente publicada en Bastión Digital el 17/03/2015.

¡Viva la Santa Federación!

17/03/2015

El despido del Chueco Mazzón, un histórico operador del peronismo, pone de relieve un dato que muchos se esfuerzan en soslayar, tal y como es la creciente soledad del poder presidencial en el fin de ciclo kirchnerista. La presidenta, que en 2011 dominaba el escenario, ha perdido hoy esa centralidad. No sólo no tiene reelección. Más importante aún: no aparece, ante los gobernadores, como la gran electora que sus publicistas preferidos se esfuerzan en ensalzar. Por ende, su conducción en el peronismo cada vez aparece más difícil.

Mazzón, en el fondo, fue expulsado del poder por no lograr algo imposible, esto es, que los gobernadores compartan con la presidente saliente la confección de las listas provinciales y nacionales. Ellos, que bien recuerdan el ejercicio brutal de la lapicera en 2011, hoy encuentran todos los motivos del universo para devolver gentilezas. En aquel entonces, amparado en su medición electoral, el cristinismo les plantó docenas de paracaidistas húngaros que nadie conocía, sin representación territorial o electoral. Hoy, cuando el declive del oficialismo se hace marcado, ese lujo no existe. Por otra parte, en tanto presidentes de sus respectivos distritos, nadie puede imponerles nada. Se atribuye a Mazzón una frase que bien puede haber sido dicha. Ante la insistencia de Cristina en resguardar lugares para los suyos, el Chueco habría replicado:

“Cristina, no puedo hacer eso, acá hay un partido y el presidente del partido no va a aceptar desarmar todas las listas”

Reemplácese “Cristina” por “Zanini”: el sentido es el mismo. En el declive del poder nacional, la soberanía política del justicialismo retrovierte a los gobernadores, líderes naturales de un partido que siempre ha sido una federación de agrupamientos y situaciones provinciales antes que un verdadero poder nacional. Es decir, el peronismo por naturaleza carece de centro en ausencia de un liderazgo fuerte. Cuando la presidencia es fuerte, ese centro es ocupado por el presidente. Cuando la presidencia es débil o el partido se encuentra en la oposición, son los gobernadores quienes toman las decisiones. Así funciona el peronismo: así funcionó siempre. Por eso mismo, es impensable una conducción cristinista del PJ en caso de derrota.

Habría que incorporar un factor extra. Con frecuencia, tanto el oficialismo como la oposición han insistido en un error característico, tal y como es la exageración del poder real de las “fuerzas propias” de la presidenta. Los gobernadores, y los hombres del peronismo en general, han padecido largo tiempo esa insistencia en silencio. Pero en rigor, fuera de la Capital, y algunas áreas del conurbano, el poder de fuego del kirchnerismo duro es, como mínimo, muy pobre. En las provincias, la JP es la JP, y sus integrantes saben perfectamente que quien los dirige no es la presidenta, sino su gobernador. Lo mismo vale para los legisladores.

La situación empeora por cuanto la mayoría de los gobernadores percibe con preocupación el modo en que se tramita la sucesión interna: el candidato natural del partido, Daniel Scioli, recibe todos los días ataques virulentos de parte de sus competidores, y especialmente de Florencio Randazzo. Los mandatarios provinciales temen que una interna demasiado dura, o bien una improvisación de último momento, perjudique el desempeño electoral del peronismo. La presidenta se puede desentender del resultado final: ella no se presenta a elecciones. Los gobernadores no cuentan con esa ventaja. La mayoría ha decidido apoyar a Scioli. Casos emblemáticos de esta decisión pueden hallarse en la propia Mendoza: Francisco Paco Pérez, en una entrevista concedida a la cadena Bloomberg, ha dicho pocos días atrás que Scioli competirá en octubre “con o sin la bendición de Cristina Kirchner.” No hace mucho, José Luis Gioja había dicho algo similar. Y para quienes siguen la política de las fotos, sugiero el siguiente ejercicio: busquen imágenes de Randazzo con mandatarios provinciales. No conozco ninguna. Hagan lo mismo con Scioli: hay toneladas. Incluso donde el peronismo no es gobierno, como en Río Negro, Miguel Ángel Pichetto ha sido claro: su candidato es Daniel Scioli.

Es que los mandatarios provinciales temen que alguna jugada de último momento les quite al candidato que garantiza la redistribución del poder político. No porque sean sciolistas de la primera hora, ni de la segunda, ni de la tercera, sino porque saben que con Scioli presidente tendrán una autonomía local y una injerencia en el plano nacional que hoy lisa y llanamente no existe. Es decir, porque saben que Scioli, necesitado de sus apoyos, será un presidente débil. Justamente por eso, lo prefieren.

El kirchnerismo, como el oleaje, se va retirando de las playas peronistas. Fuera de la Capital Federal, distrito donde domina a un PJ local ciertamente poco exitoso, se lleva poco, muy poco. El peronismo, esa fuerza política federal que tantas veces ha sido dada por muerta, vuelve al primer plano. No la tiene fácil, pero dará la pelea con sus mejores hombres. Que ninguno, ni uno de ellos venga del riñón kirchnerista, ya dice mucho acerca de su futuro.

Nota publicada originalmente en Bastión Digital, el 16/03/2015.

7

05/03/2015

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acontecimientos él ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que él vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso.”

Walter Benjamin

En diciembre de este año, el kirchnerismo, esa estructura familiar que nos gobierna hace doce años, dejará la primera magistratura en manos de alguien más. Ese aspecto inexorable se filtra por el resquicio de cada una de sus acciones. Muchos quisieran detener el tiempo, volver atrás, reparar el error, pero es tarde ya. Una fuerza indetenible empuja la política argentina hacia un nuevo equilibrio, del que quizá y con mucha suerte los kirchneristas puedan ser apenas una parte.

El discurso de apertura del período de sesiones ordinarias del Congreso Nacional tuvo ese sabor a despedida. Ni la militancia en la calle, ni las crónicas periodísticas más interesadas, pudieron disimular esa sensación: hay algo que se acaba. No hay remedio, no hay astucia de la razón, no hay escapatoria. Una conducción omnímoda choca de frente contra el pacto social cristalizado en la Constitución, sin poder ofrecer alguna clase de alternativa o relevo que sea considerado similar o factible. No dejaron crecer nada por encima del nivel del pasto, y en parte deben preferir que así sea.

Las palabras de la presidenta fueron, en ese sentido, aleccionadoras. Habló mucho, dijo poco. Repitió una vez más, casi como un catecismo, los logros de una gestión que sigue comparándose a sí misma con 2001, catorce años después. Se dirigió exclusivamente a aquellos a quienes ya ha convencido, renunciando de antemano a alcanzar nuevos electores. En esa resignación hay quizá algo de astucia, puesto que el futuro político de la primera mandataria dependerá mucho de su capacidad de soldar altísimos niveles de lealtad en ese núcleo duro de votantes que se parece bastante al piso histórico del justicialismo.

Mientras tanto, Cristina le habla a un país que no existe. No da cuenta de las nuevas demandas de las mayorías: las considera manipulaciones periodísticas. Contrariada por la economía, que complota en su contra a causa de la impericia con que ha sido manejada, se refugia en cifras y números que no encarnan en nada que los argentinos valoren. El estancamiento, la crisis industrial, la inflación, la crisis de la deuda no tuvieron lugar en su larga exposición. No, en su mundo fantástico nada funciona mal. No sorprende que en algún punto haya decidido viajar metafóricamente a Medio Oriente: fue el único momento en que la vimos como realmente es, como realmente se siente con la realidad. Es decir, enojada.

Apenas un anuncio, no muy trascendente: el retorno a la esfera estatal de la administración ferroviaria, en muchos casos ya en manos del gobierno. Aquí, en el Congreso, hubo una vez algo llamado futuro: aquí se debatió la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, la cancelación de la deuda con el FMI, la ley de financiamiento educativo, la ley de educación nacional, la estatización de Aerolíneas, la reforma del sistema previsional, la movilidad jubilatoria, la ley de medios, el matrimonio igualitario, la expropiación de YPF. Se trató, en todos los casos, de medidas contenciosas, polémicas, trascendentes, que dividieron en muchas ocasiones al propio oficialismo ¿Hay algo más de eso hacia adelante? No. El kirchnerismo, que continuará controlando ambas cámaras, al menos, hasta el traspaso del mando, nos confiesa que no tiene más proyectos, no tiene más ideas, no tiene más aportes. Esa también es una forma de decir adiós.

La presidenta reconoció de este modo que no habrá polarización, porque la polarización es posible cuando una mayoría de la sociedad se politiza en torno de temas que le competen, que hacen a su futuro. Aquí, las mayorías cambian de canal o apagan la televisión. Sólo queda advertirlas, atemorizarlas, aterrarlas con lo que podrá pasar si llega tal o cual… pero de mejoras concretas en su situación presente, ni hablar. El kirchnerismo, cada vez más, se ha refugiado en el país que supo imaginar.

Como en todo divorcio, el presidente que se va trata de llevarse la parte que aportó a la historia de su partido. Pero a veces sucede que, o bien esa parte es minúscula, o bien sus integrantes quieren seguir jugando en primera, quieren crecer, quieren ser, ellos también, protagonistas. Por un motivo o por otro, en el peronismo, la renovación llega de la mano del salto hacia nuevas lealtades. Se sobrevive a las internas pasando de bando: esta es la rutina. Por ello sería raro que, en el oficialismo como en la oposición, el kirchnerismo sea capaz de retener más que una parte muy pequeña del poder que ha detentado. Y eso, si sostiene sus posiciones dentro del justicialismo, algo a todas luces improbable.

Los peores párrafos del discurso presidencial, que continúan en estas horas a través de nuevas publicaciones en redes sociales, llegaron en materia de política exterior. La presidente mostró, una vez más, que no entiende la diferencia entre gobernar y comentar, entre analizar y persuadir. Su alusión a los ataques terroristas sufridos por nuestro país pasó muy cerca, demasiado cerca, de la imputación a la propia derecha israelí. Fue más directa al tratar el problema del encubrimiento. Pocos días antes, el canciller, en dos piezas de antología, había solicitado a los gobiernos de Estados Unidos e Israel que mantuviesen a la Argentina alejada de sus disputas geopolíticas. No sabemos a qué se refería el canciller. Muy posiblemente, Lieberman y Kerry tampoco.

La presidente no nombró a Irán, aunque por suerte se encargó de mencionar a Siria. En cambio, pocos días atrás, su canciller solicitó a Estados Unidos que incluya la causa AMIA en sus tratativas con Irán respecto del desarrollo, en ese país, de la energía nuclear con fines pacíficos. Alguien no está en sintonía: o sostenemos que fue Irán, o sostenemos que fue Siria, o reconocemos que no lo sabemos y generamos instancias para averiguarlo. Pero coordinar los discursos parecería un consejo lógico.

El kirchnerismo se ha enredado en su propia novela ideológica. Y no sabe cómo salir. Las apariciones y declaraciones de la presidenta se multiplican, pero sólo aportan confusión. Sus ministros giran sin coordinación alguna. Por suerte, las elecciones funcionarán como una suerte de despertador social, porque estamos en el país de Alicia, y no es una maravilla. Es, por momentos, un delirio.

¿Qué quedará del kircherismo cuando ya no sea gobierno? Muy poco. La llegada de un nuevo presidente abrirá paso a una nueva etapa de nuestra historia. Una etapa que, aunque amenazada por una pesada herencia, o quizás justamente a causa de ello, deberá ganar en intensidad el tiempo que necesita para establecer una agenda de desarrollo. Habrá, con muy poco esfuerzo, un mejor marco para las inversiones. Se recuperará gradualmente la capacidad ociosa de la economía. Un diseño tributario más imaginativo reactivará las economías regionales y devolverá el estímulo al campo argentino.

¿Y los derechos adquiridos? ¿Quién velará por ellos? Por supuesto, sus beneficiarios. Pero también el gobierno, primer interesado en mantener una mayoría electoral. A nadie le conviene, a nadie le sirve, retroceder en el tiempo. Y no es posible tampoco. Por si fuera poco, ese gobierno se verá vigilado por una Corte Suprema que, aunque vilipendiada en los últimos tiempos, supo ser un orgullo de los argentinos no hace tanto tiempo atrás. Y que ejerce firmemente, como nos lo ha recordado su presidente, Ricardo Lorenzetti, el control de constitucionalidad, el mismo que una vez sirvió para anular las leyes de impunidad.

¿Y por qué va a pasar todo esto? Porque la historia, la vida, no es, como en el mito de Sísifo, acarrear una y otra vez la misma piedra hasta una cima desde la que caerá nuevamente. No es, tampoco, el continuo tejer y destejer de Penélope. Es poner un ladrillo encima del otro, sobre la base de un cimiento firme y un plan general.

Eso se llama progreso. Y es indetenible. Quien no lo comprenda a tiempo quedará sumergido entre los desechos de la historia.

Nota originalmente publicada en Bastión Digital, el 05-03-2015.

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