Skip to content

Doblado, ya está.

19/03/2015

Ayer postulamos, en una nota que anduvo bastante bien, los problemas que le veíamos al futuro acuerdo UCR – PRO. Nos quedamos cortos. No se firmó todavía, no hubo una mínima sesión de fotos, y tenemos frente a nosotros un panorama francamente sorprendente.

1. El primer punto de disputa tiene que ver con qué se firmó el domingo a la madrugada, o mejor dicho, qué les dijo Sanz a los congresales que estaban firmando. El presidente del partido fue explícito: se trataba de un acuerdo entre partes que se tratarían como iguales, unificadas por una causa común: la lucha contra el populismo autoritario que encarna, según el dirigente, el kirchnerismo.

Sanz sabía bien que para convencer a su auditorio, y especialmente a los congresales disidentes de la provincia de Buenos Aires, tenía que hablar de cargos. Y prometió de todos los colores: gobernadores, diputados, senadores… pero también habló de ministerios. Es decir, de participación en el Poder Ejecutivo. Por sobre todas las cosas, Sanz insistió en una idea fuerza: “armar una coalición amplia con fuerzas que están contra el kirchnerismo”

No pasaron 24 horas de esas declaraciones, y Mauricio Macri, tras felicitar a la UCR por sumarse a su marco de acuerdos, desestimó de todas las maneras posibles la chance de un gobierno de “coalición”, término que había mencionado precisamente el presidente del radicalismo.

Macri dijo: “En octubre se competirá y se verá. Si la gente lo elige el que gana va a conducir el gobierno nacional y pedirá o no colaboración. Esos son los términos en los cuales lo hemos planteado […] Lo importante acá es que el que gana va a gobernar y va a pedir colaboración, que es distinto a decir que esto nace como un gobierno compartido.”

En otra entrevista radial, Macri insistió con la idea:

“Acá nosotros estamos compitiendo. Yo no voy a hacer un gobierno condicionado ni integrado de una manera forzada. Acá, vamos a competir y el que gana es el que va a conducir y a armar su gobierno. Nosotros aspiramos a ganar estas PASO y seguir con la impronta nuestra del cambio.”

Rogelio Frigerio, a la sazón presidente del Banco Ciudad, señaló que con el radicalismo “no va a haber un cogobierno: el que gana la primaria gobierna, y el que pierde, sugiere.”

Tal vez para tranquilizar, tal vez para reforzar la idea, Frigerio, que es considerado uno de los negociadores del acuerdo, agregó que “por supuesto, se escucharán diferentes opiniones, especialmente de los aliados” y que se “dialogará mucho a nivel parlamentario”

Se pedirá colaboración, se aceptarán sugerencias, se escucharán opiniones, se dialogará, pero conduce el que gana… algo anda mal en esta alianza. Y si no es una alianza, ¿qué rol cumple el radicalismo en ella?

Ayer conversábamos sobre la dificultad que el presidencialismo argentino expresa a la hora de establecer alianzas de gobierno: esencialmente, ellas dependen, para su correcto funcionamiento, de la buena voluntad presidencial. El presidente, que designa a la totalidad de los funcionarios del gobierno, puede también despedirlos. De entrada, Macri avisa que esa buena voluntad ha de escasear.

2. ¿Desprolijidad? Probablemente. ¿Algo de destrato? Es evidente. Pero, ¿qué extraña serenidad permite realizar semejantes afirmaciones, que debilitan al aliado interno del PRO al interior de la UCR, apenas a horas de la firma de un acuerdo que representa, según se nos dice, un enorme avance para el proyecto presidencial de Mauricio Macri?

Las razones son simples, y se resumen en una: Macri se permite este trato porque puede. La UCR ya está al borde la fractura, ha sido quebrada como adversario a nivel nacional. El acuerdo firmado por Sanz no tiene retorno. Lo que se diga ahora no impactará sobre el votante radical ya dispuesto a votar a Macri, que ciertamente no esperó a su partido para salir a manifestar, principalmente a través de las encuestas del último año, que esa era su preferencia. ¿Y por qué lo hizo? Porque Macri era y es el candidato competitivo, mientras que la UCR no tiene alternativas a su liderazgo. Que Storani, nuevo vocero de Sanz, trate de recordarnos que existe todavía una interna, es casi tierno: en esa interna, el macrismo ha de arrasar con el candidato radical. Más tristemente, lo hará usando la estructura de fiscales radical.

Pero Storani, que sabe que el votante radical no come vidrio, tuvo una frase que anticipa los argumentos del debate que viene:

“En la inmensa mayoría del territorio argentino, la estructura del radicalismo es mayoritaria y parte de todo lo que renueva y pone en juego; la mayor garantía va a ser la lista de legisladores nacionales”

Efectivamente, esa es la pelea, en dos sentidos. En primer lugar, el PRO apuesta a designar presidente, pero es la UCR la que puede alcanzar la mayor cantidad de gobernaciones, nivel en que PRO hasta el momento no figura. Y el otro aspecto, claro, es el eje: la lista de legisladores. Desde PRO avisan que no será compartida, lo que sería desastroso para Sanz, que propone una lista unificada distrito por distrito, según la electorabilidad de cada uno. En el mejor de los casos, se llegará a un punto intermedio, que hoy aparece tan lejano como es posible imaginar.

3. Precisamente es en el plano local donde encontramos nuevos escollos en la realización del acuerdo. Los dirigentes radicales que, como José Cano (Tucumán), Luis Naidenoff (Formosa), y Gerardo Morales (Jujuy), tenían acuerdos con el Frente Renovador, se quejan de una cláusula, la quinta del documento final de Gualeguaychú, por la cual no podrán despegar su lista de la nacional expresada en la boleta presidencial.

Para Morales, Cano y Naidenoff, esto es gravísimo, pues lesiona directamente sus posibilidades de construir acuerdos amplios sobre los cuales edificar un eventual triunfo, algo perfectamente factible en los tres distritos que representan.

La situación se agrava por cuanto estos mismos dirigentes enfrentan listas del PRO que a la fecha no han sido dadas de baja. Con lo que se genera una pinza perfecta: se limita su margen de maniobra en el plano de la política provincial, mientras que se instruye una lista competidora con apoyo nacional. ¿Qué negocio hizo aquí la UCR? ¿Qué negocio hace en Catamarca, donde el senador radical Oscar Castillo se encontraba justamente en negociaciones con el Frente Renovador para pelear por la gobernación?

Se trata de situaciones extremas, que requerirán menos lapicera que muñeca por parte del presidente del partido radical. A la fecha, y en abierto desafío a la Convención Nacional, Cano ha ratificado su alianza con Massa, mientras pide que se dé de baja la lista del PRO. Naidenoff, más explícito aún, afirmó:

“Yo lo voy a llevar a Massa como candidato a presidente. Y si Margarita Stolbizer se presenta, también la vamos a llevar.

Gerardo Morales, la voz más lúcida del radicalismo en Gualeguaychú, ha dicho ya que la tarea de Sanz debe concentrarse “en evitar la fractura y salvaguardar los intereses territoriales del radicalismo.” ¿Podrá?

4. Hablamos hasta ahora del voto radical que Macri viene absorbiendo en el último año. ¿Cómo cambia ello a partir del acuerdo? La impresión que nos queda supone diferenciar la visión de las cúpulas de aquella propia de los votantes. Así como en 2007, muchos radicales se negaron a votar a Lavagna y confluyeron en el voto a Carrió, en 2011 otros tantos se negaron a acompañar la extraña entente Alfonsín – De Narváez, y su voto finalmente recayó en Binner. Esos votantes, tributarios de una tradición en que la UCR se representa a sí misma como una fuerza progresista, tradición que puede remontarse incluso con anterioridad a 1983, difícilmente acompañen este acuerdo. Es más probable que, en porcentajes variables, se inclinen por el voto a Margarita Stolbizer, que parece expresar mejor aquella tradición radical hoy dejada de lado. Esas tristes golondrinas, se nos dice, no hacen un verano. Y normalmente sería cierto, pero no con los estrechos guarismos de esta elección. Una razón más para dudar de la entidad del acuerdo.

5. Sanz prometió también dar batalla en el terreno programático, en el plano de las ideas. Bueno, no le está yendo bien. Ayer, Mauricio Macri prometió terminar con el cepo cambiario, como se conoce vulgarmente a la restricción en la compra de divisas de moneda extranjera, al día siguiente de su llegada a la Casa Rosada. Aunque la frase fue desvirtuada casi de inmediato por uno de sus más conocidos referentes económicos, Carlos Melconián, lo cierto es que no alcanzó a evitar la explosión de fastidio que el sector del radicalismo disconforme con el acuerdo siente respecto de su nuevo vecino. Julio Cobos, en ese sentido, preguntó al entrevistador “¿Usted cree que si Macri libera el dólar el blue va a bajar al precio oficial de la divisa? ¡Va a ser al revés y habrá más inflación! Esto ya ha pasado” Inmediatamente, agregó: “Ningún economista opina que hay que hacer esto, los nuestros tampoco. Si fuera tan fácil ya lo hubiera hecho el mismo Gobierno nacional”

La nota es interesante porque refleja algunos puntos señalados previamente en esta columna. me permito copiar fragmentos enteros:

-“No creo que los radicales acompañen en las elecciones a Mauricio Macri para que los represente como candidato a presidente”

-[Disputar una primaria con Macri] “no tiene sentido porque tenemos proyectos y posturas diferentes. Yo le gano a Macri en las PASO pero los que lo hayan votado a él no me van a votar a mí en la general porque no es el mismo proyecto y la suma de votos no va a ser aritmética”

-“Hay un giro evidente hacia la derecha y con esta decisión va a ser muy difícil recuperar la identidad de la UCR”

Es difícil imaginar que este sea simplemente el pensamiento de un dirigente desplazado. Cuando Cobos dice que será muy difícil que vote a Macri, está expresando una mirada que comparten muchos radicales.

6. Una pregunta inquietante. Muchachos, ¿qué piensan hacer con Carrió?

Algunos comentarios sobre el acuerdo UCR – PRO.

18/03/2015

Llegó el lunes y, lógicamente, la noticia que acaparó la sección política fue el acuerdo UCR – PRO, por el cual la primera brindaría al segundo la base territorial que su candidato necesita para volverse competitivo fuera del área metropolitana de Buenos Aires.

Se trata de una noticia impactante, difícil de prever pocos meses atrás, cuando el presidente de la UCR buscaba una Gran Primaria Opositora -aunque en secreto y a veces en público siempre mantuvo que su preferencia personal era un acuerdo con el PRO. La negativa de Macri a una competencia más amplia hizo el resto. El alcalde porteño bien sabía que buena parte del electorado radical ya había migrado.

La UCR abandona así su perfil progresista, en aras de un supuesto pragmatismo que le permitiría multiplicar sus recursos políticos y participar de un eventual gobierno de coalición, en un escenario en que las fuerzas políticas se hallan fuertemente fragmentadas, y en que es difícil imaginar la emergencia de un liderazgo presidencial fuerte, con presencia en ambas cámaras.

Al mismo tiempo, el partido centenario organiza definitivamente a la oposición en torno de una alternativa netamente antiperonista, sin patas, muslos o antebrazos de otra procedencia, ratificando la vigencia de dicho clivaje en el seno de la dirigencia política argentina.

Mucha gente, especialmente en los círculos politizados, recibió la noticia con esperable entusiasmo: se sienten, finalmente, en condiciones de pelear por el poder en la Argentina, después de catorce años de calvario. Ello coincide con un fuerte renacimiento local de la UCR, que pelea con firmeza la gobernación de varias provincias. Córdoba, Mendoza, Tucumán, Jujuy, Catamarca y Chaco son algunas de ellas, todas en poder del peronismo.

No es mi intención desmerecer la importancia del acuerdo. Sí quisiera recordar algunas cuestiones importantes. En primer lugar, un dato estructural: los partidos políticos argentinos ya no mandan sobre el votante. Sus identidades son lábiles, y su electorado de pertenencia es limitado. La mayor parte de los ciudadanos se definiría, especialmente en el campo de las clases medias urbanas, como independiente. Ese dato parece soslayarse cuando se valora la importancia de un acuerdo de cúpulas.

Asimismo, habría que observar con detenimiento el progreso de las encuestas durante los últimos meses. Está claro que Macri ha crecido, pero ¿a costa de quién? En la Convención Nacional de Entre Ríos, el senador nacional Gerardo Morales lo ha dicho claramente: a costa de la UCR. El fracaso de UNEN, FAUNEN o como se haya llamado esa entente, en configurar un campo opositor competitivo, con un candidato claro, con una campaña visible, hizo que muchos votantes con inclinaciones opositoras migrasen hacia Macri. De nuevo, queda claro que el arco del voto ideológico es acotado: UNEN – FAUNEN era un acuerdo de centro izquierda, con el socialismo, GEN, Proyecto Sur y otras fuerzas menores. Macri parece lo contrario. Y sin embargo, esa migración tuvo lugar.

Eso nos dice otra cosa, y de nuevo coincido con la lúcida exposición de Morales: ya antes del acuerdo, la UCR y el PRO competían por el mismo perfil de votante. Por las circunstancias antes mencionadas, el último año fue de PRO, y eso sepultó las chances de UNEN.

Por ende, el acuerdo es lógico, aunque su alcance se revela inmediatamente limitado. Lejos de la proyección de Sanz, que alegremente pronosticaba para el día lunes un desempeño de de 35 puntos en las encuestas, lo máximo que puede suceder hasta ahora es que algunos de esos puntos que no habían migrado todavía lo hagan. Pero de ahí a proclamar 35 puntos porcentuales, hay un trecho importante.

Debe considerarse también el perfil del votante de pertenencia de la UCR. No es una masa de votos significativa en el total, pero importa mucho dentro del voto radical propiamente dicho, que al día de la fecha era escaso. Ese votante, más cómodo en una alianza con el socialismo, se queda, como en 2011, sin una referencia clara. Recordemos que en aquella ocasión el voto radical migró visiblemente hacia el candidato socialista, Hermes Binner, que alcanzó casi 17 puntos electorales. De nuevo, queda claro que el votante argentino, con o sin partido, es bastante autónomo.

La Convención Nacional expresó esta tensión, quedando por momentos al borde de la fractura. Había radicales partidarios de un acuerdo más amplio, que incluyese a Sergio Massa, como Morales, Naidenoff y Cano. Los había, también, partidarios de presentar una fórmula propia, en el seno de una alianza progresista relanzada. Pero la opción de una alianza exclusiva con el PRO y la CC, marginando a Massa, triunfó con holgura. Mucho tuvo que ver en ello el vuelco decisivo de los convencionales bonaerenses, casi setenta, que acompañaron el acuerdo, conducidos por viejos zorros de la política como Storani y Nosiglia.

Algunos han visto también la mano del gobierno: se aduce que el propio Mazzón, hoy reconvertido al sciolismo, habría conversado con algunos de ellos para convencerlos de saltar la tranquera que los separaba de las posiciones defendidas por Sanz. Es cierto que nadie se convence por un discurso, pero en lo personal descartaría esa hipótesis conspirativa: la alianza se dio porque convenía a muchos radicales, algunos de ellos ya acostumbrados a ententes extrañas. Eso no quita que la misma haya sido festejada por quienes siempre, desde el oficialismo, prefirieron confrontar con Mauricio Macri. Es que, tanto en la victoria como en la derrota, competir con Macri revestía la pelea de una épica particular, reforzando identidades y disciplinando la tropa. Macri es el antiperonista por excelencia: nadie, dentro del FPV, pensaría en pactar con él. Asimismo, creen algunos, una eventual catástrofe electoral colocaría al peronismo entero, en una compacta y disciplinada oposición al gobierno más distanciado de sus posiciones. Quienes así razonan recuerdan la jugada de Menem en 1999, y la posterior suerte del aliancismo.

¿Es viable la alianza PRO – UCR? La respuesta se despejará con el paso del tiempo, pero está claro que el acuerdo nace con problemas. Un dato resulta estructural: los gobiernos de coalición siempre han fracasado en la Argentina debido al férreo presidencialismo que propugna nuestra Constitución. Ni todos los acuerdos del mundo garantizan cumplimiento luego de las elecciones. Es el presidente el que designa a los ministros, como amargamente recuerdan los seguidores de Chacho Álvarez y Raúl Alfonsín respecto de la experiencia aliancista. La continuidad de una eventual coalición no depende de mecanismos institucionales, sino de la buena voluntad presidencial. ¿Y cómo se puede discutir listas, programas, etc., con un candidato que de entrada parece dueño de los votos del espacio? La ficción de las PASO no engaña a nadie: Macri será amplio ganador de la compulsa, que no es sino un simulacro. Esa es la propia base del acuerdo: nadie lo hubiese ido a buscar en otro escenario. Está por lo que mide.

La alianza PRO – UCR impacta también en el mapa distrital, y no del mejor modo. En muchas situaciones provinciales, PRO había armado ya listas propias, en abierta competencia con el candidato radical. Lo sabe Morales, lo sabe Cano. Hay casos testigo más complejos aún, como aquellos en que una de ambas fuerzas es gobierno. Tomemos dos casos: la Capital y la provincia de Santa Fe. En el primer caso, la candidatura de Martín Lousteau pierde razón de ser: su lista, avalada por el radicalismo, el socialismo y la CC, se opone precisamente a las listas de PRO. ¿Cómo se zurce semejante entuerto? La fecha de composición de alianzas ya ha caducado: en ese sentido, la alianza nacional llega tarde.

Peor es el caso santafesino, donde el radicalismo participa de la experiencia de gobierno conducida por el Partido Socialista. Los radicales santafesinos, que según el nuevo lineamiento debieran dejar el gobierno y buscar una alianza con Miguel Del Sel, ya respondieron a la pregunta por su futuro; el vicegobernador Jorge Henn señaló:

“Para nosotros es muy difícil aceptar la decisión que tomó la convención nacional porque va en contra del mandato de la convención provincial que es la de construir un frente progresista. Nosotros ratificamos la decisión de la convención provincial”

Tampoco parece la mejor receta excluir toda oferta peronista. El antagonismo hacia el partido mayoritario, expresado en la coalición, por momentos se confundió con el antagonismo hacia una entera experiencia histórica. Pero para ganar, tanto Macri como los radicales saben que necesitan hacer un muy buen papel en la provincia de Buenos Aires. ¿Podrá una alianza netamente antiperonista lograr semejante hazaña?

En suma, la alianza UCR – PRO se basa en supuestos difíciles de sostener, nace con defectos de diseño, choca con tradiciones arraigadas en el voto radical, y presupone un esquema en que el partido es capaz de disciplinar a sus bases electorales. Asimismo, complica infinidad de armados locales, tanto aquellos donde radicales y macristas compiten por el mismo cargo, como en las situaciones en que uno de ambos es gobierno y el otro juega el rol institucional de oposición.

Tampoco es seguro que esta alianza brinde al votante garantías de gobernabilidad, y nace ajena al electorado identificado con el peronismo, al que antagoniza de manera directa. Por sobre todas las cosas, el acuerdo olvida que el votante argentino posterior a 2001 es libre de toda coerción partidaria, y hace lo que le viene en gana. Habrá que ver si en las PASO aparecen esos 35 puntos nacionales de los que tanto se habla. Después de la experiencia de 2011, y en parte también de aquella acaecida en 2007, me permito expresar seria dudas al respecto. En política, la simple aritmética no siempre funciona.

Nota originalmente publicada en Bastión Digital el 17/03/2015.

¡Viva la Santa Federación!

17/03/2015

El despido del Chueco Mazzón, un histórico operador del peronismo, pone de relieve un dato que muchos se esfuerzan en soslayar, tal y como es la creciente soledad del poder presidencial en el fin de ciclo kirchnerista. La presidenta, que en 2011 dominaba el escenario, ha perdido hoy esa centralidad. No sólo no tiene reelección. Más importante aún: no aparece, ante los gobernadores, como la gran electora que sus publicistas preferidos se esfuerzan en ensalzar. Por ende, su conducción en el peronismo cada vez aparece más difícil.

Mazzón, en el fondo, fue expulsado del poder por no lograr algo imposible, esto es, que los gobernadores compartan con la presidente saliente la confección de las listas provinciales y nacionales. Ellos, que bien recuerdan el ejercicio brutal de la lapicera en 2011, hoy encuentran todos los motivos del universo para devolver gentilezas. En aquel entonces, amparado en su medición electoral, el cristinismo les plantó docenas de paracaidistas húngaros que nadie conocía, sin representación territorial o electoral. Hoy, cuando el declive del oficialismo se hace marcado, ese lujo no existe. Por otra parte, en tanto presidentes de sus respectivos distritos, nadie puede imponerles nada. Se atribuye a Mazzón una frase que bien puede haber sido dicha. Ante la insistencia de Cristina en resguardar lugares para los suyos, el Chueco habría replicado:

“Cristina, no puedo hacer eso, acá hay un partido y el presidente del partido no va a aceptar desarmar todas las listas”

Reemplácese “Cristina” por “Zanini”: el sentido es el mismo. En el declive del poder nacional, la soberanía política del justicialismo retrovierte a los gobernadores, líderes naturales de un partido que siempre ha sido una federación de agrupamientos y situaciones provinciales antes que un verdadero poder nacional. Es decir, el peronismo por naturaleza carece de centro en ausencia de un liderazgo fuerte. Cuando la presidencia es fuerte, ese centro es ocupado por el presidente. Cuando la presidencia es débil o el partido se encuentra en la oposición, son los gobernadores quienes toman las decisiones. Así funciona el peronismo: así funcionó siempre. Por eso mismo, es impensable una conducción cristinista del PJ en caso de derrota.

Habría que incorporar un factor extra. Con frecuencia, tanto el oficialismo como la oposición han insistido en un error característico, tal y como es la exageración del poder real de las “fuerzas propias” de la presidenta. Los gobernadores, y los hombres del peronismo en general, han padecido largo tiempo esa insistencia en silencio. Pero en rigor, fuera de la Capital, y algunas áreas del conurbano, el poder de fuego del kirchnerismo duro es, como mínimo, muy pobre. En las provincias, la JP es la JP, y sus integrantes saben perfectamente que quien los dirige no es la presidenta, sino su gobernador. Lo mismo vale para los legisladores.

La situación empeora por cuanto la mayoría de los gobernadores percibe con preocupación el modo en que se tramita la sucesión interna: el candidato natural del partido, Daniel Scioli, recibe todos los días ataques virulentos de parte de sus competidores, y especialmente de Florencio Randazzo. Los mandatarios provinciales temen que una interna demasiado dura, o bien una improvisación de último momento, perjudique el desempeño electoral del peronismo. La presidenta se puede desentender del resultado final: ella no se presenta a elecciones. Los gobernadores no cuentan con esa ventaja. La mayoría ha decidido apoyar a Scioli. Casos emblemáticos de esta decisión pueden hallarse en la propia Mendoza: Francisco Paco Pérez, en una entrevista concedida a la cadena Bloomberg, ha dicho pocos días atrás que Scioli competirá en octubre “con o sin la bendición de Cristina Kirchner.” No hace mucho, José Luis Gioja había dicho algo similar. Y para quienes siguen la política de las fotos, sugiero el siguiente ejercicio: busquen imágenes de Randazzo con mandatarios provinciales. No conozco ninguna. Hagan lo mismo con Scioli: hay toneladas. Incluso donde el peronismo no es gobierno, como en Río Negro, Miguel Ángel Pichetto ha sido claro: su candidato es Daniel Scioli.

Es que los mandatarios provinciales temen que alguna jugada de último momento les quite al candidato que garantiza la redistribución del poder político. No porque sean sciolistas de la primera hora, ni de la segunda, ni de la tercera, sino porque saben que con Scioli presidente tendrán una autonomía local y una injerencia en el plano nacional que hoy lisa y llanamente no existe. Es decir, porque saben que Scioli, necesitado de sus apoyos, será un presidente débil. Justamente por eso, lo prefieren.

El kirchnerismo, como el oleaje, se va retirando de las playas peronistas. Fuera de la Capital Federal, distrito donde domina a un PJ local ciertamente poco exitoso, se lleva poco, muy poco. El peronismo, esa fuerza política federal que tantas veces ha sido dada por muerta, vuelve al primer plano. No la tiene fácil, pero dará la pelea con sus mejores hombres. Que ninguno, ni uno de ellos venga del riñón kirchnerista, ya dice mucho acerca de su futuro.

Nota publicada originalmente en Bastión Digital, el 16/03/2015.

7

05/03/2015

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. Representa un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acontecimientos él ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que él vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso.”

Walter Benjamin

En diciembre de este año, el kirchnerismo, esa estructura familiar que nos gobierna hace doce años, dejará la primera magistratura en manos de alguien más. Ese aspecto inexorable se filtra por el resquicio de cada una de sus acciones. Muchos quisieran detener el tiempo, volver atrás, reparar el error, pero es tarde ya. Una fuerza indetenible empuja la política argentina hacia un nuevo equilibrio, del que quizá y con mucha suerte los kirchneristas puedan ser apenas una parte.

El discurso de apertura del período de sesiones ordinarias del Congreso Nacional tuvo ese sabor a despedida. Ni la militancia en la calle, ni las crónicas periodísticas más interesadas, pudieron disimular esa sensación: hay algo que se acaba. No hay remedio, no hay astucia de la razón, no hay escapatoria. Una conducción omnímoda choca de frente contra el pacto social cristalizado en la Constitución, sin poder ofrecer alguna clase de alternativa o relevo que sea considerado similar o factible. No dejaron crecer nada por encima del nivel del pasto, y en parte deben preferir que así sea.

Las palabras de la presidenta fueron, en ese sentido, aleccionadoras. Habló mucho, dijo poco. Repitió una vez más, casi como un catecismo, los logros de una gestión que sigue comparándose a sí misma con 2001, catorce años después. Se dirigió exclusivamente a aquellos a quienes ya ha convencido, renunciando de antemano a alcanzar nuevos electores. En esa resignación hay quizá algo de astucia, puesto que el futuro político de la primera mandataria dependerá mucho de su capacidad de soldar altísimos niveles de lealtad en ese núcleo duro de votantes que se parece bastante al piso histórico del justicialismo.

Mientras tanto, Cristina le habla a un país que no existe. No da cuenta de las nuevas demandas de las mayorías: las considera manipulaciones periodísticas. Contrariada por la economía, que complota en su contra a causa de la impericia con que ha sido manejada, se refugia en cifras y números que no encarnan en nada que los argentinos valoren. El estancamiento, la crisis industrial, la inflación, la crisis de la deuda no tuvieron lugar en su larga exposición. No, en su mundo fantástico nada funciona mal. No sorprende que en algún punto haya decidido viajar metafóricamente a Medio Oriente: fue el único momento en que la vimos como realmente es, como realmente se siente con la realidad. Es decir, enojada.

Apenas un anuncio, no muy trascendente: el retorno a la esfera estatal de la administración ferroviaria, en muchos casos ya en manos del gobierno. Aquí, en el Congreso, hubo una vez algo llamado futuro: aquí se debatió la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, la cancelación de la deuda con el FMI, la ley de financiamiento educativo, la ley de educación nacional, la estatización de Aerolíneas, la reforma del sistema previsional, la movilidad jubilatoria, la ley de medios, el matrimonio igualitario, la expropiación de YPF. Se trató, en todos los casos, de medidas contenciosas, polémicas, trascendentes, que dividieron en muchas ocasiones al propio oficialismo ¿Hay algo más de eso hacia adelante? No. El kirchnerismo, que continuará controlando ambas cámaras, al menos, hasta el traspaso del mando, nos confiesa que no tiene más proyectos, no tiene más ideas, no tiene más aportes. Esa también es una forma de decir adiós.

La presidenta reconoció de este modo que no habrá polarización, porque la polarización es posible cuando una mayoría de la sociedad se politiza en torno de temas que le competen, que hacen a su futuro. Aquí, las mayorías cambian de canal o apagan la televisión. Sólo queda advertirlas, atemorizarlas, aterrarlas con lo que podrá pasar si llega tal o cual… pero de mejoras concretas en su situación presente, ni hablar. El kirchnerismo, cada vez más, se ha refugiado en el país que supo imaginar.

Como en todo divorcio, el presidente que se va trata de llevarse la parte que aportó a la historia de su partido. Pero a veces sucede que, o bien esa parte es minúscula, o bien sus integrantes quieren seguir jugando en primera, quieren crecer, quieren ser, ellos también, protagonistas. Por un motivo o por otro, en el peronismo, la renovación llega de la mano del salto hacia nuevas lealtades. Se sobrevive a las internas pasando de bando: esta es la rutina. Por ello sería raro que, en el oficialismo como en la oposición, el kirchnerismo sea capaz de retener más que una parte muy pequeña del poder que ha detentado. Y eso, si sostiene sus posiciones dentro del justicialismo, algo a todas luces improbable.

Los peores párrafos del discurso presidencial, que continúan en estas horas a través de nuevas publicaciones en redes sociales, llegaron en materia de política exterior. La presidente mostró, una vez más, que no entiende la diferencia entre gobernar y comentar, entre analizar y persuadir. Su alusión a los ataques terroristas sufridos por nuestro país pasó muy cerca, demasiado cerca, de la imputación a la propia derecha israelí. Fue más directa al tratar el problema del encubrimiento. Pocos días antes, el canciller, en dos piezas de antología, había solicitado a los gobiernos de Estados Unidos e Israel que mantuviesen a la Argentina alejada de sus disputas geopolíticas. No sabemos a qué se refería el canciller. Muy posiblemente, Lieberman y Kerry tampoco.

La presidente no nombró a Irán, aunque por suerte se encargó de mencionar a Siria. En cambio, pocos días atrás, su canciller solicitó a Estados Unidos que incluya la causa AMIA en sus tratativas con Irán respecto del desarrollo, en ese país, de la energía nuclear con fines pacíficos. Alguien no está en sintonía: o sostenemos que fue Irán, o sostenemos que fue Siria, o reconocemos que no lo sabemos y generamos instancias para averiguarlo. Pero coordinar los discursos parecería un consejo lógico.

El kirchnerismo se ha enredado en su propia novela ideológica. Y no sabe cómo salir. Las apariciones y declaraciones de la presidenta se multiplican, pero sólo aportan confusión. Sus ministros giran sin coordinación alguna. Por suerte, las elecciones funcionarán como una suerte de despertador social, porque estamos en el país de Alicia, y no es una maravilla. Es, por momentos, un delirio.

¿Qué quedará del kircherismo cuando ya no sea gobierno? Muy poco. La llegada de un nuevo presidente abrirá paso a una nueva etapa de nuestra historia. Una etapa que, aunque amenazada por una pesada herencia, o quizás justamente a causa de ello, deberá ganar en intensidad el tiempo que necesita para establecer una agenda de desarrollo. Habrá, con muy poco esfuerzo, un mejor marco para las inversiones. Se recuperará gradualmente la capacidad ociosa de la economía. Un diseño tributario más imaginativo reactivará las economías regionales y devolverá el estímulo al campo argentino.

¿Y los derechos adquiridos? ¿Quién velará por ellos? Por supuesto, sus beneficiarios. Pero también el gobierno, primer interesado en mantener una mayoría electoral. A nadie le conviene, a nadie le sirve, retroceder en el tiempo. Y no es posible tampoco. Por si fuera poco, ese gobierno se verá vigilado por una Corte Suprema que, aunque vilipendiada en los últimos tiempos, supo ser un orgullo de los argentinos no hace tanto tiempo atrás. Y que ejerce firmemente, como nos lo ha recordado su presidente, Ricardo Lorenzetti, el control de constitucionalidad, el mismo que una vez sirvió para anular las leyes de impunidad.

¿Y por qué va a pasar todo esto? Porque la historia, la vida, no es, como en el mito de Sísifo, acarrear una y otra vez la misma piedra hasta una cima desde la que caerá nuevamente. No es, tampoco, el continuo tejer y destejer de Penélope. Es poner un ladrillo encima del otro, sobre la base de un cimiento firme y un plan general.

Eso se llama progreso. Y es indetenible. Quien no lo comprenda a tiempo quedará sumergido entre los desechos de la historia.

Nota originalmente publicada en Bastión Digital, el 05-03-2015.

Sobre el 1° de marzo.

04/03/2015

1. El discurso presidencial que dio por inaugurado el último período de sesiones ordinarias del Congreso tuvo y tiene demasiadas aristas para ser analizado en bloque. No ya por las tres horas y cuarenta minutos de duración, sino por el contexto, de corto y mediano plazo, en que se inserta el discurso. La denuncia y posterior muerte de Nisman, la proximidad del ciclo electoral, la ausencia de un candidato plenamente identificado con las banderas oficiales, son algunos de esos elementos. Renunciando de antemano a analizarlos todos, conviene repasar algunos de ellos.

En primer lugar, es necesario identificar a quién se dirigía el alegato de la primera mandataria. No cabe mucha duda en ese sentido: se dirigió a su propio auditorio, al núcleo duro de sus votantes y a la minoría intensa que acompaña en bloque todas y cada una de sus medidas, convencida de que se halla ante un ciclo histórico irrepetible. No diría que renunció de plano a la vocación de mayoría, pero parece evidente que el propósito de este discurso no era la conquista de nuevos votantes.

¿Y qué discurso preparó CFK para ese fin? Esencialmente, se trató de un repaso general del ciclo kirchnerista. Insistió en todos los lugares comunes. Por ejemplo, repitió su costumbre de comparar la Argentina de 2015 con la de 2001. Pero la Argentina que recibió Kirchner no era la de 2001: era la de 2003. El kirchnerismo lisa y llanamente no sabe qué hacer con ese año y medio en que una camada de dirigentes recondujo el país, desde el desastre más profundo de su historia, hacia una estabilización que perduró al menos un lustro. Muchos lo recordamos con claridad: Néstor Kirchner, entonces el elegido de Eduardo Duhalde, no ingresó al ballotage simplemente por el impulso del PJ bonaerense que aún respondía al Cabezón, sino también por su promesa de mantener a Roberto Lavagna al frente del Ministerio de Economía, en un momento en que lentamente la economía iniciaba su recuperación.

Y, en todo caso, estamos en 2015. Pasamos catorce años y seguimos hablando de 2001.

2. El discurso, que continuó ese carril ya habitual, estuvo plagado de cifras incontrastables, algunas impresionantes y otras bastante módicas, pero calló en torno de los grandes temas a futuro. Y ese es todo un gesto: el kirchnerismo renunció ayer a ofrecer futuro. El año 2015 no será el año de los grandes debates legislativos. Apenas un proyecto menor sobre ferrocarriles, que en rigor nada tiene de nacionalización ferroviaria, porque muchas de esas líneas ya las manejaba el Estado: lo único que se cedía en concesión era el gerenciamiento… y eso con pérdidas financieras. Lo que se recupera, y sólo en algunos casos, es la administración, lo dice la presidenta:

“Les digo que no me mueve ningún afán estatistas, no, al contrario. Nosotros le estamos pagando y acá vienen los números, porque yo me guío por los números, sí, en estas cosas me guío por los números. Nosotros tenemos una retribución anual fija y variable proyectada para el 2015, por los contratos de gerenciamiento con las privadas, nosotros estamos gerenciando el Sarmiento, pero el Mitre, el San Martín, el Roca y el resto los están gerenciando privados. Ahí tenemos proyectados para el 2015, 320 millones más 94 millones de IVA, tenemos IVA por retribución de los recursos humanos de los operadores por 75 millones y retribución por gestión de obras proyectadas para el 2015, de 37 millones. La SOPSE que creamos también por ley, la que administra, incrementó sus gastos de operación para la línea Sarmiento, o sea, nosotros nos hicimos cargo de la administración de la línea Sarmiento, fue rescindido el contrato a los antiguos concesionarios y hoy el Estado argentino administra el Sarmiento que es de los que hemos renovado el que transporta hacia el Oeste mayor cantidad de pasajeros. ¿Lo tenemos claro? Bien. Para que lo vayan fijando en números. ¿Cuánto aumentamos nosotros como administradores del Estado el gasto de esta línea que administramos? Un 17 por ciento. Mientras que los operadores privados aumentaron sus gastos en la línea San Martín, un 77 por ciento, gasto que tenemos que pagar nosotros; en la línea Roca, un 27; en la línea Belgrano Sur, un 56 por ciento y en la línea Mitre, un 51 por ciento. Por lo tanto, recuperando el Estado y administrando en la forma que lo estamos haciendo, porque también es cierto, hay que administrar bien, esto no es un problema de públicos o privados, es un problema de gestión y de administración y no hay distinción, puede ser privado y ser un queso administrando y puede ser público y ser brillante administrando. En base a esto es que he tomado la decisión de recuperar la administración y por eso voy a enviar una ley a este Congreso, porque las cosas no se deben hacer sin el apoyo del Legislativo, más siendo una cosa tan importante como esta. El ahorro será de 415 millones adicionales.”

3. Un solo anuncio. ¿Y el resto? Nada. Este no será el año de los grandes debates sobre políticas públicas. No hay futuro acá: por lo menos en lo inmediato la presidenta se prepara a dejar el cargo sin suponer continuidad hacia adelante. Ello entierra, también, a los partidarios de la polarización política. Cierto es que la polarización en rigor siempre ha sido relativa: la mayoría de la sociedad no se declara embanderada en ningún partido político, no se identifica de antemano con ningún candidato, y las valoraciones sobre el ciclo kirchnerista recorren toda la paleta de colores, pero tienen una importante variedad de grises. Las movilizaciones, tanto las oficialistas como las opositoras, son masivas, pero ello nada dice, en absoluto, del pensamiento de los cuarenta millones de argentinos. Hagan el ejercicio matemático más simple: saquen el promedio de las movilizaciones oficialistas y compárenlo con la cifra de electores habilitados. Pueden repetirlo con las movilizaciones opositoras, porque en ambos casos el resultado es matemáticamente irrelevante.

No hubo, entonces, nada de redoblar la apuesta. Apenas un repaso del legado. El kirchnerismo se refugia en lo ya hecho: este es el país que supo conseguir. De sus deudas sociales, de sus insuficiencias, de sus problemas, que se ocupe el que venga. Alguien de quien se asume casi que será un adversario.

Se nos remarca que se ha tratado de una gesta histórica. Flor de gesta, con 35 a 40 puntos de informalidad. Flor de gesta, con 25 puntos de pobreza (y si no les gustan esos datos, hagan el empalme y brinden cifras oficiales). Flor de gesta, con tres años de estancamiento y / o recesión en serie y la peor crisis industrial desde 2002 -profundizada en estos últimos meses. Flor de gesta, con 25 a 40 puntos de inflación anual, inversiones productivas paralizadas y la crisis de la deuda sin resolver. Flor de gesta, con la dramática caída de las reservas internacionales desde 2011 a la fecha, con la desaparición del superavit comercial y de cuenta corriente, con el déficit fiscal por las nubes. Una gesta que se financia a costa de nuestro futuro inmediato, con préstamos de corto plazo que deberá pagar o refinanciar el próximo gobierno.

La presidenta ha dicho: “Yo no dejo un país cómodo para los dirigentes, yo dejo un país cómodo para la gente”. El problema, claro, es la sustentabilidad de ese país, no a mediano plazo, sino de acá a 2017. Pero eso, claro, no le preocupa: será problema de otros. Incluso es posible que forme parte de su apuesta.

4. Un discurso largo, dirigido al público propio, centrado en el legado de estos doce años, tomados en bloque. ¿Para qué? Quiero aquí incluir tres análisis que me parecen notables, aunque no siempre los comparta.

a) Vicente Palermo ha identificado en el discurso “un intento estratégico que podrá fracasar o no, pero es claro: fortalecer un pacto de creencias sobre la base de los años kirchneristas como los de reinstitución de los años dorados de la Argentina peronista. […] No se trató de un informe; se trató de la constitución de un legado con destinatario abierto, pero del que el lazo actual entre la conducción y los seguidores es fundante.”

b) Agustín Cosovshi, por su parte, señala: “aunque parezca dispuesto a abjurar de las mayorías electorales, el kirchnnerismo no renuncia en cambio a ensayar una respuesta identitaria al enigma que lo vio nacer en 2003: a la pregunta dilemática por el quién de la representación, ahora el kirchnerismo responde que existe el kirchnerista. El ciclo actual deja como saldo la construcción de un sujeto político activo, surgido ante todo de las clases medias progresistas y las clases populares territorializadas. En los restos sin asimilar de un sistema formal resquebrajado hace una década, el gobierno encontró sujetos desterrados a quienes ofrecer la carta de la representación política, un blend de actores desposeídos de representación ideológica en los partidos tradicionales y actores despojados de representación formal de las estructuras gremiales.”

c) Lucía Álvarez, finalmente, sostuvo sobre el 1M, desde la plaza misma:

“El kirchnerismo existe. Ahora mismo es una Plaza. Tiene vitalidad, densidad, historia: cada uno puede hacer su propio repaso. También tiene una coherencia, pero no es obvia ni líneal.”

En líneas generales, estoy de acuerdo con Palermo. Creo que se trató de una maniobra destinada a fortalecer lazos preexistentes entre una conductora y sus conducidos, sobre la base de recursos simbólicos sobreutilizados desde 2008 a esta parte. El tema del sujeto político deducido a partir de la plaza me deja algunas dudas. Claro que existe el kircherista, composición que habría que analizar para ver cuántos se van a quedar y cuántos se van a ir -para ser justos, tanto Cosovschi como Álvarez están atentos a este tema-. Me parece que, de nuevo, se sobreinterpreta el peso de las movilizaciones. Son importantes, tienen valor simbólico de corto plazo, y las habrá mayores, pero una movilización no implica demasiado en el mediano plazo. La genda se impone rápido y la coyuntura pasa. ¿Quién piensa, hoy, en la movilización del 18F? ¿Y en las del Bicentenario?

Claro, los peronistas existimos gracias a una movilización, pero fuimos capaces de perdurar gracias a la insistencia de Perón en la organización. En ese sentido, los sindicatos fueron y son un actor político, con una estructura institucional. Los movimientos socio-territoriales hubiesen podido serlo, pero ese camino se abortó. ¿Qué saldo queda de esta etapa? Más allá de la voluntad del kirchnerismo, si pierde el control del Partido Justicialista -y esa discusión ya está en marcha-, quedará muy poco. Apenas, con suerte, las clases medias progresistas. Y eso es poco en serio en la Argentina. No alcanza ciertamente ni para llenar una plaza, no desde el llano. Y el kirchnerismo va derechito ahí, al llano. Sin el poder de convocatoria de los intendentes del conurbano, con las clases medias progresistas le da para el Luna Park. Las calles, después del 10 de diciembre de 2015, rara vez, si es que alguna, volverán a ser kirchneristas. ¿Qué queda, entonces? Porque los radicales, que no tienen sindicatos, al menos tienen un partido. En el kirchnerismo, habría que empezar por ahí.

5. Los peores fragmentos del discurso giraron sobre los atentados terroristas y el rol del Poder Judicial. En el primer caso, la presidente dejó en claro que no cree en la pista iraní. No mencionó a Irán en todo el discurso. Tampoco hizo alusión a la conexión local. Sí hubo referencias a Siria y a Israel, pero sobre todo a éste último. Sobrevoló su discurso la hipótesis del autoatentado, especialmente en este fragmento:

“Cuando uno mira el mapa geopolítico, lo que pasaba en el mundo y en el país y la fechas en que sucedieron los atentados en la República Argentina, tiene que ver con lo que sucedía en Medio Oriente. En 1992, cuando se produce la voladura de la AMIA, asume como Primer Ministro israelí Isaac Rabin, quien había trabajado en toda su campaña con un objetivo que él iba a llevar la paz entre Israel y Palestina. Él quería también ocupar un lugar en la historia, tenía todo el derecho a hacerlo, porque Menájem Beguín, un líder ultraderechista israelí, había logrado la paz con Egipto. Y quería lograr la paz Rabin, un gran estadista israelí, le costó la vida. Y no a manos de un jihadista, sino a manos de un ortodoxo de su propio país que no quería la paz. Un gran estadista Isaac Rabin. Rabin gana las elecciones en el 92, toda la campaña había sido centrada exactamente en lograr la paz entre Palestina e Israel. Para esto era necesaria la colaboración de Siria. En el 92 vuela la embajada de Israel; las conversaciones con Siria comienzan en el año 93. ¿Por qué? Porque hay una famosa frase de Kissinger. Henry Kissinger decía que no puede haber guerra en Medio Oriente si no interviene Egipto, pero tampoco puede haber paz si no interviene Siria. Y entonces comienzan a desarrollarse negociaciones secretas entre Estados Unidos, que después fueron puestas obviamente en público, entre Siria, entre Estados Unidos, entre Israel, mediaba la promesa por parte de Israel de devolver las alturas del Golán, que es un territorio que Israel ganó en la guerra del 67, que es fundamental por agua dulce y además por la estrategia militar israelí, y comienzan las reuniones en las cuales Siria era un actor preponderante. Cuando se está haciendo todo eso, es cuando se produce el atentado en la AMIA. La paz igual se llevó a cabo en Oslo entre Shimon Peres, Rabin y Yasir Arafat, el líder de la Organización para la Liberación de Palestina. Tres que luego reciben el Premio Nobel creo que en 1994, si mal no recuerdo, precisamente por el logro. En 1994 ellos logran la paz pero a Rabin lo matan al año siguiente. Un fanático israelí que lo consideraba un traidor por haberse sentado a negociar con Siria y con Yasir Arafat. Al mismo tiempo se producían situaciones dentro de Siria porque Siria había participado ayudando a la coalición en Kuwait y por lo tanto había grupos radicalizados dentro de la propia Siria que no estaban de acuerdo con esta política de acercamiento entre Siria, Estados Unidos como facilitador de la paz y se producen también radicalizaciones de grupos porque lo consideraban que era demasiado blando frente a Estados Unidos.”

La presidente deja deliberadamente en la nebulosa su pensamiento sobre los atentados. Irán no aparece, Siria aparece al final, Israel en el medio. Curiosamente, hace días nada más el canciller Timerman solicitó al Departamento de Estado que incluya, en sus conversaciones con Irán sobre el plan nuclear, el tema AMIA. Lo hizo en una serie de textos para la antología, y los Estados Unidos, a través del Secretario de Estado John Kerry, se negaron.

¿Y entonces? La presidente no habla de Irán, el canciller no habla de Siria e insiste con Irán. Y en el medio, el autoatentado, tesis predilecta de personajes nefastos de la Argentina como Juan Gabriel Labaké, un hombre de la vieja derecha peronista, de Isabel y, aunque lo niegue, de López Rega. ¿Qué dice Labaké? Esta entrevista realizada hace poco es clarísima.

Nuestra sospecha es que [el atentado] se hizo por peleas internas de Israel para terminar con las tratativas de paz entre el ex primer ministro Isaac Rabin y el entonces presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) Yaser Arafat […] Argentina tuvo dos atentados: la explosión a la embajada israelí se produce en marzo de 1992, y la explosión en la AMIA, en julio de 1994. Al año de los acuerdos de Madrid entre Arafat y Rabin en 1991, explotó la embajada. Dos años después, explotó la AMIA, y año y medio después, lo mataron a Rabin. Entre medio, hubo 11 atentados más, todos en una línea de amedrantamiento contra Rabin. A los dos meses del atentado a la AMIA, Rabin firmó el acuerdo de paz con Jordania, que era preparatorio del acuerdo final “Paz para el Territorio”: los palestinos recibían los terrenos sustraídos en la guerra de 1967, y garantizaban a cambio la tranquilidad del Estado de Israel. ”

Labaké responsabiliza por esto atentados, asó como por el asesinato de Rabin, a “sectores derechistas ultrarreligiosos israelíes, que por entonces se agrupaban en el movimiento Gush Emunim. Un activista de este grupo fue cooptado por un sector del servicio secreto israelí Shin Bet, dedicado a la seguridad interior, para matar a Rabin.”

En cuanto a la embajada, sostiene que el atentado “tiene la misma estructura que el atentado a la AMIA, por la organización logística y por el encubrimiento. El ataque a la embajada no se produjo con coche bomba sino con explosivos colocados dentro del edificio.” Sobre la AMIA, agrega que “en la AMIA sucedió lo mismo. No había coche bomba, ni cráter en la vereda [acera]. Los periodistas Jorge Lanata y Joe Goldman escribieron el libro Cortinas de Humo en el que se recoge el testimonio de once testigos que no vieron ninguna camioneta estrellarse contra el edificio. Con la explosión, los muebles del departamento vecino a la AMIA se corrieron hacia la ventana que daba hacia la calle, y no al revés. Si hubiera existido el coche bomba, el edificio de enfrente habría sufrido más daños de los que tuvo. La forma en que se desploma parte del edificio también es elocuente para llegar a esta conclusión.”

Por si no queda claro, el periodista insiste dos veces. Labaké responde

“Por quien encubre y por la forma de comportarse de Israel, creo que fue el mismo sector de Sin Beth el que produjo el atentado. […] En derecho se parte de una investigación criminalista en base a dos supuestos: a quién beneficia y a quién encubre. A quién beneficia es el primer sospechoso. El encubridor sabe quién es el encubierto y es también sospechoso. En ambos casos, Israel está de por medio.”

En boca de hombres de la derecha peronista, acostumbrados a acusar al sionismo internacional de grandes conspiraciones, este discurso es inocuo. Llevar a Labake a la televisión, como hizo el Gato Sylvestre, es menos inocuo. Pasarle raspando a esta tesis en un discurso presidencial… bueno, es el problema de siempre: más allá de las convicciones personales, hay una responsabilidad institucional. Acusar a Israel de terrorismo y encubrimiento por partida doble es como mínimo irresponsable.

6. También ligó la Corte Suprema, en relación al tema embajada.

“¿Sabe alguien, alguien le puede informar a esta Presidenta cuál es el resultado de la investigación que llevó adelante la Corte Suprema de Justicia de la Nación del atentado de la embajada de Israel, quiénes son los condenados, cuáles son los procesados, qué fue lo que pasó? ¿Me puede informar por qué el Estado de Israel no reclama por la embajada y sí reclama por la AMIA, que no me molesta que reclame por la AMIA?”

Le podemos informar, en efecto. En mayo de 1999, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dictaminó que la responsabilidad del atentado recaía sobre la Jihad Islámica, brazo militar del grupo Hezbollah. Versiones en Clarín, La Nación y Página 12. Ricardo Lorenzetti ha señalado esos dictámenes en recientes declaraciones.

Es cierto que, en 2006, cuando la Corte Suprema era un orgullo nacional, el propio Ricardo Lorenzetti pidió reabrir el caso e impedir que prescriba. Sí, Lorenzetti: acá está el fallo. ¿Y ahora resulta que Lorenzetti es quien encubre la verdad, cuando podría haber dejado que la causa prescriba bajo un dictamen del que no era responsable en sentido alguno? De nuevo, no cierra.

7. Pero el eje final sobre el que se cierra el relato kirchnerista no tiene en mira solamente a la Corte, sino al entero poder judicial. Cristina apuntó a “un sector del Poder Judicial que se ha convertido en un partido. Porque hay que ser independiente, hay que ser independiente del poder político, hay que ser independiente de los poderes concentrados de la economía, pero de lo que no puede ser nunca independiente el Poder Judicial es de la Constitución, de las leyes, de los códigos de forma y de los códigos de fondo. No se puede ser independiente de eso. No pueden juzgar y firmar cualquier cosa. De eso pueden ser dependientes. Y últimamente el partido judicial se ha independizado pero de la Constitución, se ha independizado de las leyes, se ha independizado de los códigos, se ha independizado de todo el sistema normativo vigente. Y entonces sustituye lo que es una función específica del Poder Ejecutivo votado por el pueblo y también de ustedes, el Poder Legislativo, sustituye también una voluntad que es la del Poder Legislativo.”

Bueno, en realidad es al revés. Es el kirchnerismo el que presume haber impulsado un reformismo (de nuevo, muy tibio) detenido por poderes contramayoritarios. Y es, de nuevo, el kirchnerismo el que pretende pasar por encima del control de constitucionalidad, prerrogativa de la Corte Suprema reivindicada con toda lógica por Lorenzetti. Lo hemos visto en el intento de reforma del Consejo de la Magistratura, en el intento de limitar el derecho cautelar contra el Estado. Nadie pretende que los jueces gobiernen, pero la voluntad popular no es un cheque en blanco para pasar por encima de la Constitución. ¿No les gusta la Constitución? Pueden impulsar su reforma. ¿No les dan los votos? No es problema de la Corte, muchachos.

En la denuncia del Partido Judicial, no obstante, se esconde un nuevo relato. No ya el que señala al Poder Judicial como fuerza contramayoritaria que frena el reformismo del Ejecutivo, que detiene avances populares, sino el fantasma de una persecución judicial, que preocupa, y mucho, a quienes temen, antes que nada, volver al llano. Todas sus movidas judiciales, los nombramientos irregulares de jueces y fiscales, el avance sobre cada juzgado que ostenta una denuncia de corrupción, revelan lo mismo: temor a la persecución. ¿Pero qués la persecución? Parece que se entiende como persecución apenas el cumplimiento de un rol básico: la investigación de delitos. Y en doce años, con varios funcionarios procesados y causas abiertas por doquier, la victimización es cómoda, pero no es muy creíble que digamos.

Apuntes de campaña: la crisis de UNEN y los liderazgos emergentes.

02/03/2015

1. A inicios del año pasado, una serie de notas publicadas por excelentes analistas políticos en la influyente revista El Estadista, desataron una profunda reflexión sobre el modo en que era conducida la campaña electoral. En particular, se concentraban en aquello que Julio Burdman llamó “la grilla”. Esto es, ¿por qué motivo encuestadores y medios se concentraban, dieciocho meses antes de las elecciones, en la competencia entre Scioli, Macri y Massa, relegando tanto al resto de las alternativas, principalmente, a UNEN y a los candidatos kirchneristas alternativos al gobernador de Buenos Aires?

Cuando una nota -en este caso, varias de ellas- es buena, desata debates que la exceden. Por ejemplo, cómo se construye un candidato en la Argentina, qué papel cumplen los medios y las consultoras en dicha tarea, qué intereses mueven a dichos actores, etc. Por sobre esas preguntas, revoloteaba otra, relativa al estado general de los partidos políticos en la Argentina. Comencemos por lo primero: la conversación nos irá llevando.

Está claro que los tres candidatos tenían, ya en ese momento, credenciales claras para competir. El paso de los meses lo ha ratificado. Pero el extremo adelantamiento de la campaña, el seguimiento mes a mes de las candidaturas… bueno, eso no tenía una clara razón de ser. Nos pasamos todo el año 2014 discutiendo quién estaba primero, en un contexto en que es dudoso que los argentinos indagados fuesen a mantener sus preferencias, no digamos ya el año siguiente, sino en tres meses. Lisa y llanamente, el clima que se instaló estaba fuera de lugar.

Cuando observamos las consultoras que propiciaron estos debates, queda claro que al menos dos de ellas, Poliarquía y Management and Fit, mantenían acuerdos con Scioli. Esta consideración, lejos de parecer natural, explica una parte del enigma: el gobernador, que hoy aparece rezagado en las encuestas, trataba sobre todo de cerrar las chances de crecimiento de posibles rivales internos. No quería, ni quiere, que su candidatura deba descender al barro de la política interna, menos en el FPV.

Con todo, como bien reconoce Burdman, Scioli tenía un argumento a favor: su posición institucional. Aunque su gestión no es muy valorada por los bonaerenses -de hecho, en algunas mediciones marcha tercero en la provincia que gobierna-, no por eso deja de ser el candidato que más mide al interior del FPV. El reverso de la moneda es simple: Scioli mide eso porque tiene ya sumados los votos de candidatos que, como Randazzo, no aparecían en la grilla.

Respecto de Macri y Massa, el enfoque de Burdman era más duro: su carencia de estructuras los colocaba en un punto de partida cuando menos engañoso. Si se me permite invertir el orden del argumento inicial, Burdman decía que

1) “Es cierto que el sistema partidario argentino no tiene la misma fuerza que en otros países, pero sigue siendo un actor significativo de las elecciones, y hoy se encuentra más robusto que hace unos años. Mediciones que no contemplen eso, carecen de sentido. De hecho, lo habitual en otras democracias es que las encuestadoras investiguen la intención de voto de los electores una vez que los partidos determinaron la oferta. La grilla, sin esa determinación, no tiene sustento”

2)  “El justicialismo, como decíamos en esta columna meses atrás, está experimentando señales de institucionalización. Y ello se confirma con el correr del tiempo: pese al flojo desempeño electoral de 2013 y a los problemas económicos de 2014, se mantiene unido y retuvo la mayoría parlamentaria. A su vez, la oposición radical-progresista pudo rearmar una alianza electoral amplia y competitiva. Una vez que ambas estructuras muevan sus piezas, lo harán en direcciones claras, y se organizarán redes de listas locales en apoyo de sus presidenciables en todo el país, que traccionarán votos de abajo hacia arriba y viceversa.”

Apenas unos días después, Burdman insistía sobre el mismo tema, pero esta vez me quedo con el párrafo relativo al kirchnerismo:

“Hoy el voto oficialista carece de un candidato nítido, es cierto, pero el día en que se sepa por quién votará la Presidenta en las PASO, todo cambiará. Hay varios precandidatos que aspiran a representarla, por lo que la intención de voto kirchnerista aún no se ha expresado. Pero cuando ella se decida a apoyar a uno de ellos, cualquiera de los que actualmente está en un dígito, o menos, automáticamente recibirá un lote de votantes que multiplicará en varias veces su caudal propio, y se catapultará a la competencia por el ballotage.”

Menos de un mes después, una interesante nota de Alejandro Radonjic, publicada en Bastión Digital, reivindicaba el papel potencial de UNEN:

“La estructura nacional está y tiene posibilidades de ganar 11 provincias (y sin candidatura nacional competitiva aún). Para Massa y Macri eso es imposible. Al menos, claro, que se coman al FAU. Tiene, según calcula Campero, 78 bancas (con legisladores muy experimentados) en el Congreso, desde donde también hay margen (aunque no tantos recursos) para hacer política y controla varias capitales provinciales. Al mismo tiempo, tampoco es mucho lo que deben hacer en el espacio. […] El calendario electoral favorece al FAU: llegará a las PASO con algunas victorias en las elecciones provinciales, que le den envión y un status federal, rubro en el cual el PRO y el FR figuran más atrasados y con pronóstico incierto.  Si se mantiene unido y fuerte, y aparece un líder, y un equipo que acompaña y patee para el mismo lado, el 2015 le puede guardar un futuro más promisorio del que muchos creen.”

Y todavía un mes después, Burdman insistía con el argumento:

“Si todo indica que gana las elecciones quien cuenta con la más amplia coalición nacional, pretender hacerlo sin ella y solo a partir del motor de una candidatura atractiva es como apostar mi ficha a un pleno de la ruleta, mientras los grandes partidos tienen un montón de fichas y juegan a color.”

2. Finaliza febrero de 2015, y las encuestas siguen diciendo lo mismo: Macri, Massa, Scioli. Algo anda mal.

En primer lugar, las expectativas sobre el desempeño de los agentes se han revelado demasiado voluntaristas. UNEN se ha desintegrado, demostrando una vez más la lógica que dice que la suma de las partes no siempre da como resultado un todo. Sus candidatos no solamente no puntean, sino que en muchos casos pueden competir en estructuras distintas. Massa, pero sobre todo Macri, han atraído una buena parte de sus bases electorales.

En cuanto al kirchnerismo, aunque todavía queda algún iluso dando vueltas, parece claro que CFK no jugará un rol en las internas. Preservará su capital político, entregará su banda presidencial, y no hará mucho más. ¿Vale la pena el riesgo? Es cierto que de jugar en las PASO, la presidente pondría en riesgo la candidatura de Scioli. Pero también descendería al barro de una PASO que puede perder. Habrá, a lo sumo, un apoyo lábil para Randazzo, pero está claro que los precandidatos más cercanos al núcleo duro kirchnerista están solos. Lejos de su papel de gran electora, presumiblemente menos trascendente que el propuesto por encuestadores un tanto creativos, la presidente enfrenta un fin de ciclo en que predominan miradas ajenas a la suya. Y hasta ahora, no se viene adaptando muy bien. Los gobernadores, por su parte, han elegido a Scioli. Podríamos hacer una lista de las fotos que el ex motonauta colecciona con cada mandatario provincial. Randazzo, en cambio, no tiene una. Y el peronismo, antes que un partido soviético, es una liga de gobernadores. Ojo, lo mismo cabe respecto de la UCR… el día que tenga gobernadores.

3. ¿Qué nos dice esto del sistema de partidos? En una reseña reciente, Martín D’Alessandro concluía que “tenemos un sistema de partidos posbipartidista, territorializado, poco institucionalizado, poco ideológico, imprevisible y con dificultades para producir liderazgos o generar cambios profundos. Una situación que no invita precisamente al optimismo.”

Y aquí está el problema. Los grandes partidos no existen más, no al menos en las condiciones en que supieron existir. Lejos de robustecer el sistema de partidos, el fenómeno kirchnerista, a través de sus sucesivas alquimias -transversalidad, concertación plural-, lo ha deteriorado. El propio peso electoral del peronismo se encuentra debajo de su piso histórico. En una ecuación de este tipo, los liderazgos cuentan más que los partidos, y la tan cuestionada “telepolítica” -a la que no fueron ni son ajenos los candidatos de centenarias estructuras- domina el escenario. ¿De qué vale un partido, o una entente de partidos, que no es capaz de ordenar su interna y ofrecer un candidato competitivo, en lugar de ocho culturas políticas? La crisis de UNEN y el fracaso del kirchnerismo en generar oferta se explican, en parte, por el mismo motivo: si bien es cierto que no existe candidatura viable sin estructura, tampoco es factible que una estructura sea viable sin candidato. Por suerte o por desgracia, unos y otros van a su encuentro. ¿La primera semifinal? El 14 de marzo, en la Convención Nacional del radicalismo. ¿El resultado más probable? La convocatoria a una Gran Primaria Opositora, con Macri y con Massa, sobre la base de una oferta local que, aunque interesante, no puede competir sin candidatos atractivos. ¿Es la mejor solución? ¿Es aunque sea viable una primaria de ese tipo? No lo sabemos, pero esa será la oferta radical. Y ese es el signo más claro, desde luego, de que los partidos importan, hoy al menos, tanto como los candidatos que pueden producir.

En la Argentina, todos estábamos en libertad condicional…

01/03/2015

11037347_10203996437332705_1789770940513822983_n

“Este proceso ha significado, para quienes hemos tenido el doloroso privilegio de conocerlo íntimamente, una suerte de descenso a zonas tenebrosas del alma humana, donde la miseria, la abyección y el horror registran profundidades difíciles de imaginar antes y de comprender después. Dante Alighieri –en “La Divina Comedia”– reservaba el séptimo circulo del infierno para los violentos: para todos aquellos que hicieran un daño a los demás mediante la fuerza. Y dentro de ese mismo recinto, sumergía en un río de sangre hirviente y nauseabunda a cierto género de condenados, así descriptos por el poeta: “Estos son los tiranos que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí se lloran sus despiadadas faltas”.

Yo no vengo ahora a propiciar tan tremenda condena para los procesados, si bien no puedo descartar que otro tribunal, de aún más elevada jerarquía que el presente, se haga oportunamente cargo de ello. Me limitaré pues a fundamentar brevemente la humana conveniencia y necesidad del castigo. Sigo a Oliva Wondell Holmes, cuando afirma: “La ley amenaza con ciertos males si uno hace ciertas cosas. Si uno persiste en hacerlas, la ley debe infligir estos males con el objeto de que sus amenazas continúen siendo creídas”.  El castigo -que según ciertas interpretaciones no es mas que venganza institucionaliza- se opone, de esta manera, a la venganza incontrolada. Si esta posición nos vale sea tenidos como pertinaces retribucionistas, asumiremos el riesgo de la seguridad de que no estamos solos en la búsqueda de la deseada ecuanimidad. Aun los juristas que más escépticos se muestran respecto de la justificación de la pena, pese a relativizar la finalidad retributiva, terminan por rendirse ante la realidad.

Podemos afirmar entonces con Gunther Stratenwerth que aun cuando la función retributiva de la pena resulte dudosa, tácticamente no es sino una realidad: “La necesidad de retribución, en el caso de delitos conmovedores de la opinión pública, no podrá eliminarse sin más. Si estas necesidades no son satisfechas, es decir, si fracasa aunque sólo sea supuestamente la administración de la justicia penal, estaremos siempre ante la amenaza de la recaída en el derecho de propia mano o en la justicia de Lynch”. Por todo ello, señor presidente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para la Nación argentina, que ha sido ofendida por crímenes atroces. Su propia atrocidad toma monstruosa la mera hipótesis de la impunidad Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan “hechos políticos” o “contingencias del combate”. Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y esta condena, el pueblo argentino recuperará su autoestima, su fe en los valores sobre la base de los cuales se constituyó la Nación y su imagen internacional severamente dañada por los crímenes de la represión ilegal.

[…]

El general Harguindeguy expuso a monseñor Hesayne la idea que los máximos responsables de la represión ilegal no se atrevieron a plantear ante Vuestra Excelencia: la justificación de la tontura. Harguindeguy y otros oficiales superiores exponían a monseñor Hesayne el siguiente caso: un hombre puso una bomba en un edificio, esa bomba va a explotar en 10 6 20 minutos y puede matar a las 200 personas que allí viven. Le preguntaban si no era lícito torturar a ese hombre para obtener la información que salvaría tantas vidas. El obispo católico les respondió: “No señor general, el fin no justifica los medios”, y si bien comparto plenamente la respuesta del obispo, voy a desarrollar el problema desde la perspectiva jurídica. El autor del particular caso de tormentos que propuso el general Harguindeguy podría intentar justificarse en un proceso penal, afirmando que torturó para evitar un mal mayor, la muerte de 200 personas, para que el juez lo absolviera. El autor de tormentos debería demostrar que concurren todos los requisitos elegidos para el estado de necesidad. Por el artículo 34 del Código Penal deberá acreditar, en consecuencia, que el mal era inminente, es decir, que la bomba realmente iba a explotar en 10 ó 20 minutos, pero, además, deberá demostrar que la tortura era la única forma de evitar la muerte de las 200 personas; es decir, que no había posibilidad de desalojar el edificio y que su tamaño y la cantidad de personas que podían participar en la búsqueda impedían encontrar 1a bomba en ese corto tiempo. Sólo después de ello debería también demostrar que se pueden salvar vidas humanas perjudicando la integridad física de una persona. Sea cual fuere la respuesta a este interrogante, aun cuando se aceptara que en esas circunstancias la tortura se justifica, ese hipotético caso no constituiría un precedente a tomar en cuenta en esta causa.

En ninguno de los casos por los que estamos acusando se ha podido acreditar que concurran las excepcionales circunstancias del caso propuesto por Harguindeguy. Pero si en la causa no se acreditó que fuera necesario torturar en algún caso individual, menos aún se pudo acreditar la necesidad de implantar la tortura como método de investigación. Lo triste del caso es que esta era la intención del general Harguindeguy: justificar la tortura como método de investigación, justificar la idea de que era necesario detener gente y torturarla para ver si sabía algo. Retomando el caso propuesto, y si no se hubiera logrado individualizar al que colocó la bomba, tendríamos que llegar a la conclusión de que podría torturarse a los habitantes del edificio, pues serían sospechosos de haber puesto la bomba. De esta forma, los del 3 H, los del 4 D, pasan de su estado de posibles victimas de la bomba al de posibles víctimas de la tortura. De esa misma forma, los ciudadanos argentinos pasaron de ser un posible blanco de la guerrilla a convertirse en un posible blanco de un sistema de investigación que comenzaba con la tortura y terminaba con la muerte.”

Fragmentos de la acusación del Dr. Julio César Strassera. Causa 13, 1985.

El Doctor Strassera, fallecido hace dos días, recibe hoy sábado el homenaje de cuatro de los mismos jueces de aquella histórica Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal. León Arslanián, Ricardo Gil Lavedra, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma. Andrés D’Alessio pereció en 2009, mientras que Jorge Torlasco murió el año pasado, en octubre de 2014.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 1.319 seguidores

A %d blogueros les gusta esto: