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Sobre el 1° de marzo.

04/03/2015

1. El discurso presidencial que dio por inaugurado el último período de sesiones ordinarias del Congreso tuvo y tiene demasiadas aristas para ser analizado en bloque. No ya por las tres horas y cuarenta minutos de duración, sino por el contexto, de corto y mediano plazo, en que se inserta el discurso. La denuncia y posterior muerte de Nisman, la proximidad del ciclo electoral, la ausencia de un candidato plenamente identificado con las banderas oficiales, son algunos de esos elementos. Renunciando de antemano a analizarlos todos, conviene repasar algunos de ellos.

En primer lugar, es necesario identificar a quién se dirigía el alegato de la primera mandataria. No cabe mucha duda en ese sentido: se dirigió a su propio auditorio, al núcleo duro de sus votantes y a la minoría intensa que acompaña en bloque todas y cada una de sus medidas, convencida de que se halla ante un ciclo histórico irrepetible. No diría que renunció de plano a la vocación de mayoría, pero parece evidente que el propósito de este discurso no era la conquista de nuevos votantes.

¿Y qué discurso preparó CFK para ese fin? Esencialmente, se trató de un repaso general del ciclo kirchnerista. Insistió en todos los lugares comunes. Por ejemplo, repitió su costumbre de comparar la Argentina de 2015 con la de 2001. Pero la Argentina que recibió Kirchner no era la de 2001: era la de 2003. El kirchnerismo lisa y llanamente no sabe qué hacer con ese año y medio en que una camada de dirigentes recondujo el país, desde el desastre más profundo de su historia, hacia una estabilización que perduró al menos un lustro. Muchos lo recordamos con claridad: Néstor Kirchner, entonces el elegido de Eduardo Duhalde, no ingresó al ballotage simplemente por el impulso del PJ bonaerense que aún respondía al Cabezón, sino también por su promesa de mantener a Roberto Lavagna al frente del Ministerio de Economía, en un momento en que lentamente la economía iniciaba su recuperación.

Y, en todo caso, estamos en 2015. Pasamos catorce años y seguimos hablando de 2001.

2. El discurso, que continuó ese carril ya habitual, estuvo plagado de cifras incontrastables, algunas impresionantes y otras bastante módicas, pero calló en torno de los grandes temas a futuro. Y ese es todo un gesto: el kirchnerismo renunció ayer a ofrecer futuro. El año 2015 no será el año de los grandes debates legislativos. Apenas un proyecto menor sobre ferrocarriles, que en rigor nada tiene de nacionalización ferroviaria, porque muchas de esas líneas ya las manejaba el Estado: lo único que se cedía en concesión era el gerenciamiento… y eso con pérdidas financieras. Lo que se recupera, y sólo en algunos casos, es la administración, lo dice la presidenta:

“Les digo que no me mueve ningún afán estatistas, no, al contrario. Nosotros le estamos pagando y acá vienen los números, porque yo me guío por los números, sí, en estas cosas me guío por los números. Nosotros tenemos una retribución anual fija y variable proyectada para el 2015, por los contratos de gerenciamiento con las privadas, nosotros estamos gerenciando el Sarmiento, pero el Mitre, el San Martín, el Roca y el resto los están gerenciando privados. Ahí tenemos proyectados para el 2015, 320 millones más 94 millones de IVA, tenemos IVA por retribución de los recursos humanos de los operadores por 75 millones y retribución por gestión de obras proyectadas para el 2015, de 37 millones. La SOPSE que creamos también por ley, la que administra, incrementó sus gastos de operación para la línea Sarmiento, o sea, nosotros nos hicimos cargo de la administración de la línea Sarmiento, fue rescindido el contrato a los antiguos concesionarios y hoy el Estado argentino administra el Sarmiento que es de los que hemos renovado el que transporta hacia el Oeste mayor cantidad de pasajeros. ¿Lo tenemos claro? Bien. Para que lo vayan fijando en números. ¿Cuánto aumentamos nosotros como administradores del Estado el gasto de esta línea que administramos? Un 17 por ciento. Mientras que los operadores privados aumentaron sus gastos en la línea San Martín, un 77 por ciento, gasto que tenemos que pagar nosotros; en la línea Roca, un 27; en la línea Belgrano Sur, un 56 por ciento y en la línea Mitre, un 51 por ciento. Por lo tanto, recuperando el Estado y administrando en la forma que lo estamos haciendo, porque también es cierto, hay que administrar bien, esto no es un problema de públicos o privados, es un problema de gestión y de administración y no hay distinción, puede ser privado y ser un queso administrando y puede ser público y ser brillante administrando. En base a esto es que he tomado la decisión de recuperar la administración y por eso voy a enviar una ley a este Congreso, porque las cosas no se deben hacer sin el apoyo del Legislativo, más siendo una cosa tan importante como esta. El ahorro será de 415 millones adicionales.”

3. Un solo anuncio. ¿Y el resto? Nada. Este no será el año de los grandes debates sobre políticas públicas. No hay futuro acá: por lo menos en lo inmediato la presidenta se prepara a dejar el cargo sin suponer continuidad hacia adelante. Ello entierra, también, a los partidarios de la polarización política. Cierto es que la polarización en rigor siempre ha sido relativa: la mayoría de la sociedad no se declara embanderada en ningún partido político, no se identifica de antemano con ningún candidato, y las valoraciones sobre el ciclo kirchnerista recorren toda la paleta de colores, pero tienen una importante variedad de grises. Las movilizaciones, tanto las oficialistas como las opositoras, son masivas, pero ello nada dice, en absoluto, del pensamiento de los cuarenta millones de argentinos. Hagan el ejercicio matemático más simple: saquen el promedio de las movilizaciones oficialistas y compárenlo con la cifra de electores habilitados. Pueden repetirlo con las movilizaciones opositoras, porque en ambos casos el resultado es matemáticamente irrelevante.

No hubo, entonces, nada de redoblar la apuesta. Apenas un repaso del legado. El kirchnerismo se refugia en lo ya hecho: este es el país que supo conseguir. De sus deudas sociales, de sus insuficiencias, de sus problemas, que se ocupe el que venga. Alguien de quien se asume casi que será un adversario.

Se nos remarca que se ha tratado de una gesta histórica. Flor de gesta, con 35 a 40 puntos de informalidad. Flor de gesta, con 25 puntos de pobreza (y si no les gustan esos datos, hagan el empalme y brinden cifras oficiales). Flor de gesta, con tres años de estancamiento y / o recesión en serie y la peor crisis industrial desde 2002 -profundizada en estos últimos meses. Flor de gesta, con 25 a 40 puntos de inflación anual, inversiones productivas paralizadas y la crisis de la deuda sin resolver. Flor de gesta, con la dramática caída de las reservas internacionales desde 2011 a la fecha, con la desaparición del superavit comercial y de cuenta corriente, con el déficit fiscal por las nubes. Una gesta que se financia a costa de nuestro futuro inmediato, con préstamos de corto plazo que deberá pagar o refinanciar el próximo gobierno.

La presidenta ha dicho: “Yo no dejo un país cómodo para los dirigentes, yo dejo un país cómodo para la gente”. El problema, claro, es la sustentabilidad de ese país, no a mediano plazo, sino de acá a 2017. Pero eso, claro, no le preocupa: será problema de otros. Incluso es posible que forme parte de su apuesta.

4. Un discurso largo, dirigido al público propio, centrado en el legado de estos doce años, tomados en bloque. ¿Para qué? Quiero aquí incluir tres análisis que me parecen notables, aunque no siempre los comparta.

a) Vicente Palermo ha identificado en el discurso “un intento estratégico que podrá fracasar o no, pero es claro: fortalecer un pacto de creencias sobre la base de los años kirchneristas como los de reinstitución de los años dorados de la Argentina peronista. […] No se trató de un informe; se trató de la constitución de un legado con destinatario abierto, pero del que el lazo actual entre la conducción y los seguidores es fundante.”

b) Agustín Cosovshi, por su parte, señala: “aunque parezca dispuesto a abjurar de las mayorías electorales, el kirchnnerismo no renuncia en cambio a ensayar una respuesta identitaria al enigma que lo vio nacer en 2003: a la pregunta dilemática por el quién de la representación, ahora el kirchnerismo responde que existe el kirchnerista. El ciclo actual deja como saldo la construcción de un sujeto político activo, surgido ante todo de las clases medias progresistas y las clases populares territorializadas. En los restos sin asimilar de un sistema formal resquebrajado hace una década, el gobierno encontró sujetos desterrados a quienes ofrecer la carta de la representación política, un blend de actores desposeídos de representación ideológica en los partidos tradicionales y actores despojados de representación formal de las estructuras gremiales.”

c) Lucía Álvarez, finalmente, sostuvo sobre el 1M, desde la plaza misma:

“El kirchnerismo existe. Ahora mismo es una Plaza. Tiene vitalidad, densidad, historia: cada uno puede hacer su propio repaso. También tiene una coherencia, pero no es obvia ni líneal.”

En líneas generales, estoy de acuerdo con Palermo. Creo que se trató de una maniobra destinada a fortalecer lazos preexistentes entre una conductora y sus conducidos, sobre la base de recursos simbólicos sobreutilizados desde 2008 a esta parte. El tema del sujeto político deducido a partir de la plaza me deja algunas dudas. Claro que existe el kircherista, composición que habría que analizar para ver cuántos se van a quedar y cuántos se van a ir -para ser justos, tanto Cosovschi como Álvarez están atentos a este tema-. Me parece que, de nuevo, se sobreinterpreta el peso de las movilizaciones. Son importantes, tienen valor simbólico de corto plazo, y las habrá mayores, pero una movilización no implica demasiado en el mediano plazo. La genda se impone rápido y la coyuntura pasa. ¿Quién piensa, hoy, en la movilización del 18F? ¿Y en las del Bicentenario?

Claro, los peronistas existimos gracias a una movilización, pero fuimos capaces de perdurar gracias a la insistencia de Perón en la organización. En ese sentido, los sindicatos fueron y son un actor político, con una estructura institucional. Los movimientos socio-territoriales hubiesen podido serlo, pero ese camino se abortó. ¿Qué saldo queda de esta etapa? Más allá de la voluntad del kirchnerismo, si pierde el control del Partido Justicialista -y esa discusión ya está en marcha-, quedará muy poco. Apenas, con suerte, las clases medias progresistas. Y eso es poco en serio en la Argentina. No alcanza ciertamente ni para llenar una plaza, no desde el llano. Y el kirchnerismo va derechito ahí, al llano. Sin el poder de convocatoria de los intendentes del conurbano, con las clases medias progresistas le da para el Luna Park. Las calles, después del 10 de diciembre de 2015, rara vez, si es que alguna, volverán a ser kirchneristas. ¿Qué queda, entonces? Porque los radicales, que no tienen sindicatos, al menos tienen un partido. En el kirchnerismo, habría que empezar por ahí.

5. Los peores fragmentos del discurso giraron sobre los atentados terroristas y el rol del Poder Judicial. En el primer caso, la presidente dejó en claro que no cree en la pista iraní. No mencionó a Irán en todo el discurso. Tampoco hizo alusión a la conexión local. Sí hubo referencias a Siria y a Israel, pero sobre todo a éste último. Sobrevoló su discurso la hipótesis del autoatentado, especialmente en este fragmento:

“Cuando uno mira el mapa geopolítico, lo que pasaba en el mundo y en el país y la fechas en que sucedieron los atentados en la República Argentina, tiene que ver con lo que sucedía en Medio Oriente. En 1992, cuando se produce la voladura de la AMIA, asume como Primer Ministro israelí Isaac Rabin, quien había trabajado en toda su campaña con un objetivo que él iba a llevar la paz entre Israel y Palestina. Él quería también ocupar un lugar en la historia, tenía todo el derecho a hacerlo, porque Menájem Beguín, un líder ultraderechista israelí, había logrado la paz con Egipto. Y quería lograr la paz Rabin, un gran estadista israelí, le costó la vida. Y no a manos de un jihadista, sino a manos de un ortodoxo de su propio país que no quería la paz. Un gran estadista Isaac Rabin. Rabin gana las elecciones en el 92, toda la campaña había sido centrada exactamente en lograr la paz entre Palestina e Israel. Para esto era necesaria la colaboración de Siria. En el 92 vuela la embajada de Israel; las conversaciones con Siria comienzan en el año 93. ¿Por qué? Porque hay una famosa frase de Kissinger. Henry Kissinger decía que no puede haber guerra en Medio Oriente si no interviene Egipto, pero tampoco puede haber paz si no interviene Siria. Y entonces comienzan a desarrollarse negociaciones secretas entre Estados Unidos, que después fueron puestas obviamente en público, entre Siria, entre Estados Unidos, entre Israel, mediaba la promesa por parte de Israel de devolver las alturas del Golán, que es un territorio que Israel ganó en la guerra del 67, que es fundamental por agua dulce y además por la estrategia militar israelí, y comienzan las reuniones en las cuales Siria era un actor preponderante. Cuando se está haciendo todo eso, es cuando se produce el atentado en la AMIA. La paz igual se llevó a cabo en Oslo entre Shimon Peres, Rabin y Yasir Arafat, el líder de la Organización para la Liberación de Palestina. Tres que luego reciben el Premio Nobel creo que en 1994, si mal no recuerdo, precisamente por el logro. En 1994 ellos logran la paz pero a Rabin lo matan al año siguiente. Un fanático israelí que lo consideraba un traidor por haberse sentado a negociar con Siria y con Yasir Arafat. Al mismo tiempo se producían situaciones dentro de Siria porque Siria había participado ayudando a la coalición en Kuwait y por lo tanto había grupos radicalizados dentro de la propia Siria que no estaban de acuerdo con esta política de acercamiento entre Siria, Estados Unidos como facilitador de la paz y se producen también radicalizaciones de grupos porque lo consideraban que era demasiado blando frente a Estados Unidos.”

La presidente deja deliberadamente en la nebulosa su pensamiento sobre los atentados. Irán no aparece, Siria aparece al final, Israel en el medio. Curiosamente, hace días nada más el canciller Timerman solicitó al Departamento de Estado que incluya, en sus conversaciones con Irán sobre el plan nuclear, el tema AMIA. Lo hizo en una serie de textos para la antología, y los Estados Unidos, a través del Secretario de Estado John Kerry, se negaron.

¿Y entonces? La presidente no habla de Irán, el canciller no habla de Siria e insiste con Irán. Y en el medio, el autoatentado, tesis predilecta de personajes nefastos de la Argentina como Juan Gabriel Labaké, un hombre de la vieja derecha peronista, de Isabel y, aunque lo niegue, de López Rega. ¿Qué dice Labaké? Esta entrevista realizada hace poco es clarísima.

Nuestra sospecha es que [el atentado] se hizo por peleas internas de Israel para terminar con las tratativas de paz entre el ex primer ministro Isaac Rabin y el entonces presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) Yaser Arafat […] Argentina tuvo dos atentados: la explosión a la embajada israelí se produce en marzo de 1992, y la explosión en la AMIA, en julio de 1994. Al año de los acuerdos de Madrid entre Arafat y Rabin en 1991, explotó la embajada. Dos años después, explotó la AMIA, y año y medio después, lo mataron a Rabin. Entre medio, hubo 11 atentados más, todos en una línea de amedrantamiento contra Rabin. A los dos meses del atentado a la AMIA, Rabin firmó el acuerdo de paz con Jordania, que era preparatorio del acuerdo final “Paz para el Territorio”: los palestinos recibían los terrenos sustraídos en la guerra de 1967, y garantizaban a cambio la tranquilidad del Estado de Israel. ”

Labaké responsabiliza por esto atentados, asó como por el asesinato de Rabin, a “sectores derechistas ultrarreligiosos israelíes, que por entonces se agrupaban en el movimiento Gush Emunim. Un activista de este grupo fue cooptado por un sector del servicio secreto israelí Shin Bet, dedicado a la seguridad interior, para matar a Rabin.”

En cuanto a la embajada, sostiene que el atentado “tiene la misma estructura que el atentado a la AMIA, por la organización logística y por el encubrimiento. El ataque a la embajada no se produjo con coche bomba sino con explosivos colocados dentro del edificio.” Sobre la AMIA, agrega que “en la AMIA sucedió lo mismo. No había coche bomba, ni cráter en la vereda [acera]. Los periodistas Jorge Lanata y Joe Goldman escribieron el libro Cortinas de Humo en el que se recoge el testimonio de once testigos que no vieron ninguna camioneta estrellarse contra el edificio. Con la explosión, los muebles del departamento vecino a la AMIA se corrieron hacia la ventana que daba hacia la calle, y no al revés. Si hubiera existido el coche bomba, el edificio de enfrente habría sufrido más daños de los que tuvo. La forma en que se desploma parte del edificio también es elocuente para llegar a esta conclusión.”

Por si no queda claro, el periodista insiste dos veces. Labaké responde

“Por quien encubre y por la forma de comportarse de Israel, creo que fue el mismo sector de Sin Beth el que produjo el atentado. […] En derecho se parte de una investigación criminalista en base a dos supuestos: a quién beneficia y a quién encubre. A quién beneficia es el primer sospechoso. El encubridor sabe quién es el encubierto y es también sospechoso. En ambos casos, Israel está de por medio.”

En boca de hombres de la derecha peronista, acostumbrados a acusar al sionismo internacional de grandes conspiraciones, este discurso es inocuo. Llevar a Labake a la televisión, como hizo el Gato Sylvestre, es menos inocuo. Pasarle raspando a esta tesis en un discurso presidencial… bueno, es el problema de siempre: más allá de las convicciones personales, hay una responsabilidad institucional. Acusar a Israel de terrorismo y encubrimiento por partida doble es como mínimo irresponsable.

6. También ligó la Corte Suprema, en relación al tema embajada.

“¿Sabe alguien, alguien le puede informar a esta Presidenta cuál es el resultado de la investigación que llevó adelante la Corte Suprema de Justicia de la Nación del atentado de la embajada de Israel, quiénes son los condenados, cuáles son los procesados, qué fue lo que pasó? ¿Me puede informar por qué el Estado de Israel no reclama por la embajada y sí reclama por la AMIA, que no me molesta que reclame por la AMIA?”

Le podemos informar, en efecto. En mayo de 1999, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dictaminó que la responsabilidad del atentado recaía sobre la Jihad Islámica, brazo militar del grupo Hezbollah. Versiones en Clarín, La Nación y Página 12. Ricardo Lorenzetti ha señalado esos dictámenes en recientes declaraciones.

Es cierto que, en 2006, cuando la Corte Suprema era un orgullo nacional, el propio Ricardo Lorenzetti pidió reabrir el caso e impedir que prescriba. Sí, Lorenzetti: acá está el fallo. ¿Y ahora resulta que Lorenzetti es quien encubre la verdad, cuando podría haber dejado que la causa prescriba bajo un dictamen del que no era responsable en sentido alguno? De nuevo, no cierra.

7. Pero el eje final sobre el que se cierra el relato kirchnerista no tiene en mira solamente a la Corte, sino al entero poder judicial. Cristina apuntó a “un sector del Poder Judicial que se ha convertido en un partido. Porque hay que ser independiente, hay que ser independiente del poder político, hay que ser independiente de los poderes concentrados de la economía, pero de lo que no puede ser nunca independiente el Poder Judicial es de la Constitución, de las leyes, de los códigos de forma y de los códigos de fondo. No se puede ser independiente de eso. No pueden juzgar y firmar cualquier cosa. De eso pueden ser dependientes. Y últimamente el partido judicial se ha independizado pero de la Constitución, se ha independizado de las leyes, se ha independizado de los códigos, se ha independizado de todo el sistema normativo vigente. Y entonces sustituye lo que es una función específica del Poder Ejecutivo votado por el pueblo y también de ustedes, el Poder Legislativo, sustituye también una voluntad que es la del Poder Legislativo.”

Bueno, en realidad es al revés. Es el kirchnerismo el que presume haber impulsado un reformismo (de nuevo, muy tibio) detenido por poderes contramayoritarios. Y es, de nuevo, el kirchnerismo el que pretende pasar por encima del control de constitucionalidad, prerrogativa de la Corte Suprema reivindicada con toda lógica por Lorenzetti. Lo hemos visto en el intento de reforma del Consejo de la Magistratura, en el intento de limitar el derecho cautelar contra el Estado. Nadie pretende que los jueces gobiernen, pero la voluntad popular no es un cheque en blanco para pasar por encima de la Constitución. ¿No les gusta la Constitución? Pueden impulsar su reforma. ¿No les dan los votos? No es problema de la Corte, muchachos.

En la denuncia del Partido Judicial, no obstante, se esconde un nuevo relato. No ya el que señala al Poder Judicial como fuerza contramayoritaria que frena el reformismo del Ejecutivo, que detiene avances populares, sino el fantasma de una persecución judicial, que preocupa, y mucho, a quienes temen, antes que nada, volver al llano. Todas sus movidas judiciales, los nombramientos irregulares de jueces y fiscales, el avance sobre cada juzgado que ostenta una denuncia de corrupción, revelan lo mismo: temor a la persecución. ¿Pero qués la persecución? Parece que se entiende como persecución apenas el cumplimiento de un rol básico: la investigación de delitos. Y en doce años, con varios funcionarios procesados y causas abiertas por doquier, la victimización es cómoda, pero no es muy creíble que digamos.

Apuntes de campaña: la crisis de UNEN y los liderazgos emergentes.

02/03/2015

1. A inicios del año pasado, una serie de notas publicadas por excelentes analistas políticos en la influyente revista El Estadista, desataron una profunda reflexión sobre el modo en que era conducida la campaña electoral. En particular, se concentraban en aquello que Julio Burdman llamó “la grilla”. Esto es, ¿por qué motivo encuestadores y medios se concentraban, dieciocho meses antes de las elecciones, en la competencia entre Scioli, Macri y Massa, relegando tanto al resto de las alternativas, principalmente, a UNEN y a los candidatos kirchneristas alternativos al gobernador de Buenos Aires?

Cuando una nota -en este caso, varias de ellas- es buena, desata debates que la exceden. Por ejemplo, cómo se construye un candidato en la Argentina, qué papel cumplen los medios y las consultoras en dicha tarea, qué intereses mueven a dichos actores, etc. Por sobre esas preguntas, revoloteaba otra, relativa al estado general de los partidos políticos en la Argentina. Comencemos por lo primero: la conversación nos irá llevando.

Está claro que los tres candidatos tenían, ya en ese momento, credenciales claras para competir. El paso de los meses lo ha ratificado. Pero el extremo adelantamiento de la campaña, el seguimiento mes a mes de las candidaturas… bueno, eso no tenía una clara razón de ser. Nos pasamos todo el año 2014 discutiendo quién estaba primero, en un contexto en que es dudoso que los argentinos indagados fuesen a mantener sus preferencias, no digamos ya el año siguiente, sino en tres meses. Lisa y llanamente, el clima que se instaló estaba fuera de lugar.

Cuando observamos las consultoras que propiciaron estos debates, queda claro que al menos dos de ellas, Poliarquía y Management and Fit, mantenían acuerdos con Scioli. Esta consideración, lejos de parecer natural, explica una parte del enigma: el gobernador, que hoy aparece rezagado en las encuestas, trataba sobre todo de cerrar las chances de crecimiento de posibles rivales internos. No quería, ni quiere, que su candidatura deba descender al barro de la política interna, menos en el FPV.

Con todo, como bien reconoce Burdman, Scioli tenía un argumento a favor: su posición institucional. Aunque su gestión no es muy valorada por los bonaerenses -de hecho, en algunas mediciones marcha tercero en la provincia que gobierna-, no por eso deja de ser el candidato que más mide al interior del FPV. El reverso de la moneda es simple: Scioli mide eso porque tiene ya sumados los votos de candidatos que, como Randazzo, no aparecían en la grilla.

Respecto de Macri y Massa, el enfoque de Burdman era más duro: su carencia de estructuras los colocaba en un punto de partida cuando menos engañoso. Si se me permite invertir el orden del argumento inicial, Burdman decía que

1) “Es cierto que el sistema partidario argentino no tiene la misma fuerza que en otros países, pero sigue siendo un actor significativo de las elecciones, y hoy se encuentra más robusto que hace unos años. Mediciones que no contemplen eso, carecen de sentido. De hecho, lo habitual en otras democracias es que las encuestadoras investiguen la intención de voto de los electores una vez que los partidos determinaron la oferta. La grilla, sin esa determinación, no tiene sustento”

2)  “El justicialismo, como decíamos en esta columna meses atrás, está experimentando señales de institucionalización. Y ello se confirma con el correr del tiempo: pese al flojo desempeño electoral de 2013 y a los problemas económicos de 2014, se mantiene unido y retuvo la mayoría parlamentaria. A su vez, la oposición radical-progresista pudo rearmar una alianza electoral amplia y competitiva. Una vez que ambas estructuras muevan sus piezas, lo harán en direcciones claras, y se organizarán redes de listas locales en apoyo de sus presidenciables en todo el país, que traccionarán votos de abajo hacia arriba y viceversa.”

Apenas unos días después, Burdman insistía sobre el mismo tema, pero esta vez me quedo con el párrafo relativo al kirchnerismo:

“Hoy el voto oficialista carece de un candidato nítido, es cierto, pero el día en que se sepa por quién votará la Presidenta en las PASO, todo cambiará. Hay varios precandidatos que aspiran a representarla, por lo que la intención de voto kirchnerista aún no se ha expresado. Pero cuando ella se decida a apoyar a uno de ellos, cualquiera de los que actualmente está en un dígito, o menos, automáticamente recibirá un lote de votantes que multiplicará en varias veces su caudal propio, y se catapultará a la competencia por el ballotage.”

Menos de un mes después, una interesante nota de Alejandro Radonjic, publicada en Bastión Digital, reivindicaba el papel potencial de UNEN:

“La estructura nacional está y tiene posibilidades de ganar 11 provincias (y sin candidatura nacional competitiva aún). Para Massa y Macri eso es imposible. Al menos, claro, que se coman al FAU. Tiene, según calcula Campero, 78 bancas (con legisladores muy experimentados) en el Congreso, desde donde también hay margen (aunque no tantos recursos) para hacer política y controla varias capitales provinciales. Al mismo tiempo, tampoco es mucho lo que deben hacer en el espacio. […] El calendario electoral favorece al FAU: llegará a las PASO con algunas victorias en las elecciones provinciales, que le den envión y un status federal, rubro en el cual el PRO y el FR figuran más atrasados y con pronóstico incierto.  Si se mantiene unido y fuerte, y aparece un líder, y un equipo que acompaña y patee para el mismo lado, el 2015 le puede guardar un futuro más promisorio del que muchos creen.”

Y todavía un mes después, Burdman insistía con el argumento:

“Si todo indica que gana las elecciones quien cuenta con la más amplia coalición nacional, pretender hacerlo sin ella y solo a partir del motor de una candidatura atractiva es como apostar mi ficha a un pleno de la ruleta, mientras los grandes partidos tienen un montón de fichas y juegan a color.”

2. Finaliza febrero de 2015, y las encuestas siguen diciendo lo mismo: Macri, Massa, Scioli. Algo anda mal.

En primer lugar, las expectativas sobre el desempeño de los agentes se han revelado demasiado voluntaristas. UNEN se ha desintegrado, demostrando una vez más la lógica que dice que la suma de las partes no siempre da como resultado un todo. Sus candidatos no solamente no puntean, sino que en muchos casos pueden competir en estructuras distintas. Massa, pero sobre todo Macri, han atraído una buena parte de sus bases electorales.

En cuanto al kirchnerismo, aunque todavía queda algún iluso dando vueltas, parece claro que CFK no jugará un rol en las internas. Preservará su capital político, entregará su banda presidencial, y no hará mucho más. ¿Vale la pena el riesgo? Es cierto que de jugar en las PASO, la presidente pondría en riesgo la candidatura de Scioli. Pero también descendería al barro de una PASO que puede perder. Habrá, a lo sumo, un apoyo lábil para Randazzo, pero está claro que los precandidatos más cercanos al núcleo duro kirchnerista están solos. Lejos de su papel de gran electora, presumiblemente menos trascendente que el propuesto por encuestadores un tanto creativos, la presidente enfrenta un fin de ciclo en que predominan miradas ajenas a la suya. Y hasta ahora, no se viene adaptando muy bien. Los gobernadores, por su parte, han elegido a Scioli. Podríamos hacer una lista de las fotos que el ex motonauta colecciona con cada mandatario provincial. Randazzo, en cambio, no tiene una. Y el peronismo, antes que un partido soviético, es una liga de gobernadores. Ojo, lo mismo cabe respecto de la UCR… el día que tenga gobernadores.

3. ¿Qué nos dice esto del sistema de partidos? En una reseña reciente, Martín D’Alessandro concluía que “tenemos un sistema de partidos posbipartidista, territorializado, poco institucionalizado, poco ideológico, imprevisible y con dificultades para producir liderazgos o generar cambios profundos. Una situación que no invita precisamente al optimismo.”

Y aquí está el problema. Los grandes partidos no existen más, no al menos en las condiciones en que supieron existir. Lejos de robustecer el sistema de partidos, el fenómeno kirchnerista, a través de sus sucesivas alquimias -transversalidad, concertación plural-, lo ha deteriorado. El propio peso electoral del peronismo se encuentra debajo de su piso histórico. En una ecuación de este tipo, los liderazgos cuentan más que los partidos, y la tan cuestionada “telepolítica” -a la que no fueron ni son ajenos los candidatos de centenarias estructuras- domina el escenario. ¿De qué vale un partido, o una entente de partidos, que no es capaz de ordenar su interna y ofrecer un candidato competitivo, en lugar de ocho culturas políticas? La crisis de UNEN y el fracaso del kirchnerismo en generar oferta se explican, en parte, por el mismo motivo: si bien es cierto que no existe candidatura viable sin estructura, tampoco es factible que una estructura sea viable sin candidato. Por suerte o por desgracia, unos y otros van a su encuentro. ¿La primera semifinal? El 14 de marzo, en la Convención Nacional del radicalismo. ¿El resultado más probable? La convocatoria a una Gran Primaria Opositora, con Macri y con Massa, sobre la base de una oferta local que, aunque interesante, no puede competir sin candidatos atractivos. ¿Es la mejor solución? ¿Es aunque sea viable una primaria de ese tipo? No lo sabemos, pero esa será la oferta radical. Y ese es el signo más claro, desde luego, de que los partidos importan, hoy al menos, tanto como los candidatos que pueden producir.

En la Argentina, todos estábamos en libertad condicional…

01/03/2015

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“Este proceso ha significado, para quienes hemos tenido el doloroso privilegio de conocerlo íntimamente, una suerte de descenso a zonas tenebrosas del alma humana, donde la miseria, la abyección y el horror registran profundidades difíciles de imaginar antes y de comprender después. Dante Alighieri –en “La Divina Comedia”– reservaba el séptimo circulo del infierno para los violentos: para todos aquellos que hicieran un daño a los demás mediante la fuerza. Y dentro de ese mismo recinto, sumergía en un río de sangre hirviente y nauseabunda a cierto género de condenados, así descriptos por el poeta: “Estos son los tiranos que vivieron de sangre y de rapiña. Aquí se lloran sus despiadadas faltas”.

Yo no vengo ahora a propiciar tan tremenda condena para los procesados, si bien no puedo descartar que otro tribunal, de aún más elevada jerarquía que el presente, se haga oportunamente cargo de ello. Me limitaré pues a fundamentar brevemente la humana conveniencia y necesidad del castigo. Sigo a Oliva Wondell Holmes, cuando afirma: “La ley amenaza con ciertos males si uno hace ciertas cosas. Si uno persiste en hacerlas, la ley debe infligir estos males con el objeto de que sus amenazas continúen siendo creídas”.  El castigo -que según ciertas interpretaciones no es mas que venganza institucionaliza- se opone, de esta manera, a la venganza incontrolada. Si esta posición nos vale sea tenidos como pertinaces retribucionistas, asumiremos el riesgo de la seguridad de que no estamos solos en la búsqueda de la deseada ecuanimidad. Aun los juristas que más escépticos se muestran respecto de la justificación de la pena, pese a relativizar la finalidad retributiva, terminan por rendirse ante la realidad.

Podemos afirmar entonces con Gunther Stratenwerth que aun cuando la función retributiva de la pena resulte dudosa, tácticamente no es sino una realidad: “La necesidad de retribución, en el caso de delitos conmovedores de la opinión pública, no podrá eliminarse sin más. Si estas necesidades no son satisfechas, es decir, si fracasa aunque sólo sea supuestamente la administración de la justicia penal, estaremos siempre ante la amenaza de la recaída en el derecho de propia mano o en la justicia de Lynch”. Por todo ello, señor presidente, este juicio y esta condena son importantes y necesarios para la Nación argentina, que ha sido ofendida por crímenes atroces. Su propia atrocidad toma monstruosa la mera hipótesis de la impunidad Salvo que la conciencia moral de los argentinos haya descendido a niveles tribales, nadie puede admitir que el secuestro, la tortura o el asesinato constituyan “hechos políticos” o “contingencias del combate”. Ahora que el pueblo argentino ha recuperado el gobierno y control de sus instituciones, yo asumo la responsabilidad de declarar en su nombre que el sadismo no es una ideología política ni una estrategia bélica, sino una perversión moral. A partir de este juicio y esta condena, el pueblo argentino recuperará su autoestima, su fe en los valores sobre la base de los cuales se constituyó la Nación y su imagen internacional severamente dañada por los crímenes de la represión ilegal.

[…]

El general Harguindeguy expuso a monseñor Hesayne la idea que los máximos responsables de la represión ilegal no se atrevieron a plantear ante Vuestra Excelencia: la justificación de la tontura. Harguindeguy y otros oficiales superiores exponían a monseñor Hesayne el siguiente caso: un hombre puso una bomba en un edificio, esa bomba va a explotar en 10 6 20 minutos y puede matar a las 200 personas que allí viven. Le preguntaban si no era lícito torturar a ese hombre para obtener la información que salvaría tantas vidas. El obispo católico les respondió: “No señor general, el fin no justifica los medios”, y si bien comparto plenamente la respuesta del obispo, voy a desarrollar el problema desde la perspectiva jurídica. El autor del particular caso de tormentos que propuso el general Harguindeguy podría intentar justificarse en un proceso penal, afirmando que torturó para evitar un mal mayor, la muerte de 200 personas, para que el juez lo absolviera. El autor de tormentos debería demostrar que concurren todos los requisitos elegidos para el estado de necesidad. Por el artículo 34 del Código Penal deberá acreditar, en consecuencia, que el mal era inminente, es decir, que la bomba realmente iba a explotar en 10 ó 20 minutos, pero, además, deberá demostrar que la tortura era la única forma de evitar la muerte de las 200 personas; es decir, que no había posibilidad de desalojar el edificio y que su tamaño y la cantidad de personas que podían participar en la búsqueda impedían encontrar 1a bomba en ese corto tiempo. Sólo después de ello debería también demostrar que se pueden salvar vidas humanas perjudicando la integridad física de una persona. Sea cual fuere la respuesta a este interrogante, aun cuando se aceptara que en esas circunstancias la tortura se justifica, ese hipotético caso no constituiría un precedente a tomar en cuenta en esta causa.

En ninguno de los casos por los que estamos acusando se ha podido acreditar que concurran las excepcionales circunstancias del caso propuesto por Harguindeguy. Pero si en la causa no se acreditó que fuera necesario torturar en algún caso individual, menos aún se pudo acreditar la necesidad de implantar la tortura como método de investigación. Lo triste del caso es que esta era la intención del general Harguindeguy: justificar la tortura como método de investigación, justificar la idea de que era necesario detener gente y torturarla para ver si sabía algo. Retomando el caso propuesto, y si no se hubiera logrado individualizar al que colocó la bomba, tendríamos que llegar a la conclusión de que podría torturarse a los habitantes del edificio, pues serían sospechosos de haber puesto la bomba. De esta forma, los del 3 H, los del 4 D, pasan de su estado de posibles victimas de la bomba al de posibles víctimas de la tortura. De esa misma forma, los ciudadanos argentinos pasaron de ser un posible blanco de la guerrilla a convertirse en un posible blanco de un sistema de investigación que comenzaba con la tortura y terminaba con la muerte.”

Fragmentos de la acusación del Dr. Julio César Strassera. Causa 13, 1985.

El Doctor Strassera, fallecido hace dos días, recibe hoy sábado el homenaje de cuatro de los mismos jueces de aquella histórica Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal. León Arslanián, Ricardo Gil Lavedra, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma. Andrés D’Alessio pereció en 2009, mientras que Jorge Torlasco murió el año pasado, en octubre de 2014.

6

28/02/2015

La reciente modificación del gabinete nacional, sin dudas fruto de la necesidad de dar pelea en distritos complicados, como Tucumán -donde el radical Cano, aliado a Massa, parece imparable- y en Chaco, donde la división del oficialismo amenaza sus chances de retener la gobernación, revela también un nuevo fracaso del gobierno, así como la tentativa de refugiarse, una vez más, en los más leales entre los leales, apuesta que refleja antes la soledad del poder y, si se me permite la expresión, la renguera del pato, que su fortaleza e iniciativa.

1. Primer dato: cuando Jorge Capitanich llegó a la jefatura de Gabinete, en noviembre de 2013, no lo hizo solo. En la misma jugada, el gobierno desplazó a Juan Abal Medina, a Hernán Lorenzino, a Mercedes Marcó del Pont y a Norberto Yauhar. Todos ellos formaban parte del equipo presidencial del 54%, y varios de ellos habían tenido un importante protagonismo en las recientes elecciones de medio mandato. Por ende, podía intuirse en el cambio de figuras una primera respuesta a la derrota, en algunos distritos aplastante, que el oficialismo había sufrido.

El nuevo equipo de gobierno, conformado por el gobernador chaqueño en la Jefatura de Gabinete, Axel Kicillof en el Ministerio de Economía y Juan Carlos Fábrega en el Banco Central, reflejaba también el diagnóstico del gobierno en relación con esas elecciones: el elemento predominante, según circulaba en sus porosos pasillos, había sido el malestar económico. Un penosamente verborrágico Abal Medina lo había dicho varias veces: quienes se movilizaban contra el gobierno se interesaban más en Miami que en San Juan (?). Es decir, había que actuar, y rápido, en ese frente económico que se estancaba, sumido en la inflación. El equipo de gobierno también debía actuar con rapidez en materia de deuda externa, porque el cerco sobre el gobierno tendido en New York amenazaba con volverse un lazo en su garganta.

2. Por sobre todas las cosas, parecía que, por primera vez en diez años, el kirchnerismo estaba dispuesto a delegar el poder. Un hombre del territorio, par de los gobernadores, llegaba a poner orden en la gestión del Estado, ladeado por un camporista que conocía bien -ambos habían trabajado juntos con anterioridad-. La salida de un “histórico”, como el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, también dejaba la misma sensación. Su reemplazante, Augusto Costa, prometía mejorar las medidas de control de precios, trabajar sobre la cadena de valor, etc. Pero sobre todo, era un hombre de Kicillof. Terminaban los cortocircuitos en el área de gestión económica. Moreno, por su parte, terminaba de agregado en una embajada.

¿Estaba la presidenta dando medio paso al costado? Que esa era la sensación es algo que refleja, por la negativa, un tierno comentario del escriba oficialista Mario Wainfeld en Página 12 a pocos días de los cambios:

“Tanto el ahora ministro de Economía Axel Kicillof como el jefe de Gabinete Jorge Capitanich son figuras de perfil alto, dotados para el debate público, con experiencia de gestión. Nadie puede pensar que eso significará una dilución del poder presidencial ni la emergencia de un Ejecutivo plural o policéfalo. Ni la Constitución ni el modo de conducción de Cristina habilitan esa posibilidad.”

Es decir, lo que se discutía era la gestión, el poder y su ejercicio en materia de gobierno. Pero también el protagonismo. Por caso, había que cambiar el estilo de comunicación, y Capitanich pronto se dispuso a brindar conferencias de prensa diarias, de lunes a viernes, a eso de las siete de la mañana. Había que demostrar solvencia, y pronto el nuevo Jefe de Gabinete anunciaba la planificación de 204 objetivos y 272 metas de gestión para el año 2014. El documento, plagado de generalidades, todavía se encuentra disponible en la página de la Jefatura de Gabinete, bajo el título “Metas estratégicas 2014″.

3. Hace poco, releyendo una vieja nota de Gabriel Palumbo en Bastión Digital, recordé que el alborozo del peronismo real -ya un tanto cansado de algunas figuras, y bien predispuesto a ver en Capitanich algo más que un jefe de gabinete, y quizás hasta un delfín, había sido acompañado de un sorprendente voto de confianza por parte de la dirigencia opositora. Los términos se repetían: experiencia, gestión, racionalidad. Mauricio Macri había calificado al chaqueño como un “hombre de probada capacidad de gestión”. Julio Cobos indicaba que “Jorge Capitanich es un hombre que viene de la gestión, como gobernador: es muy importante su experiencia”. Federico Pinedo, por su parte, destacaba que “Capitanich y Fábrega son gente seria y de una conducción más racional de la que existía.” Ricardo Alfonsín, en la misma línea, sostenía que se trataba “de un hombre con experiencia de gestión, con personalidad”. Hermes Binner, finalmente, aludía a la formación del nuevo Jefe de Gabinete al indicar que “sabe, sobre todo, de economía.” No había ningún código críptico aquí. A Kicillof, claro, no le iba tan bien. Pero el coro opositor en torno a Capitanich, roto solamente por la intemperante Elisa Carrió, resaltaba las virtudes del flamante ministro.

Entre los gobernadores, el esfuerzo por contener el alborozo era difícil de ocultar. Se trataba de un par, de un presidenciable en potencia, de alguien que podía ordenar la gestión para facilitar el camino hacia 2015 y aliviar la herencia del futuro gobierno. Imaginaban una suerte de cogobierno, con un ministro sensible a sus reclamos, conocedor del paño, atento a la administración de los recursos.

4. Nada de todo esto sucedió. Capitanich parte ahora a Resistencia, a pelear una intendencia para huir del aborrecible llano. Su poder, si es que alguna vez lo tuvo, se disolvió gradualmente en la nada. Convertido en un vocero más del gobierno, no tuvo la más mínima autonomía para ejercer su cargo. Y fue varias veces desautorizado en el aire. La más notable sucedió en torno de la reestructuración de la deuda con los holdouts. No es ningún secreto que la llegada de Kicillof al ministerio de Economía buscaba destrabar el crédito externo para blindar las reservas y financiar un nuevo ciclo de crecimiento de la mano del capital extranjero. Para eso, necesitaba cerrar las heridas abiertas, algunas previas al kirchnerismo. El anuncio de un nuevo índice de precios al consumidor, el acuerdo con el Club de París,  la tentativa de un acuerdo con los holdouts, antes o después del vencimiento de la RUFO, e incluso la puerta abierta a una revisión y auditoría del FMI, eran piezas cruciales de esa estrategia. Lisa y llanamente, había que destrabar el frente externo: la Argentina requería de crédito e inversiones, y el nuevo equipo era responsable de obtener ambos.

Los fallos desfavorables del Juez Griesa, y especialmente el levantamiento del “stay” echaron por la borda esta estrategia. El frente externo no se destrabaría: la Argentina veía rebajadas aún más sus notas y calificaciones de riesgo. Toda la discusión semántica sobre si estamos o no en default, cuándo empezó o como terminarlo, importa cero: los capitales que llegan lo hacen a tasas, plazos y condiciones generales muy superiores a las condiciones en que esos mismos créditos llegan a países vecinos. Eso era lo que había que resolver, y, si bien es cierto que, producto de las expectativas que genera el cambio de gobierno en los mercados, las tasas han bajado sustancialmente, el problema de fondo no se resolvió. Y no ha cambiado la situación, tampoco, en los recientes intercambios con China, donde las condiciones leoninas del Gigante asiático fueron prolijamente cubiertas por la prensa oficial.

(Con todo, tal vez este sea el mejor de los frentes. El cambio de gobierno, en todas sus variantes, viene anticipado por una caída de las tasas. Irónicamente, eso es lo que logra el gobierno… justamente porque termina su mandato y la expectativa general entre los inversores dicta que alguien más, alguien más racional, tomará la posta)

5. Hubo una fecha clave, en que Capitanich empezó a ver con claridad los límites estrictos a su margen de maniobra. Como es sabido, el Jefe de Gabinete, junto al presidente del Banco Central, habían diseñado una estrategia para destrabar la situación judicial en el juzgado de Thomas Griesa, antes del 30 de julio de 2014. Se trataba de una solución entre privados, que en nada violaba la RUFO. Fábrega había recibido apoyo de la banca privada, nacional e internacional, así como de ciertos fondos de inversión, para que esos actores, que nada tenían que ver con el pleito, comprasen a los holdouts los bonos en litigio. En el último minuto, y según algunas versiones, eso es literal, Cristina retrocedió. La propuesta fue dada de baja, e incluso denunciada. Fábrega y, por carácter transitivo, Capitanich, quedaron en off side. Debilitado, cuestionado, acorralado y desacreditado, Fábrega terminó renunciando en octubre de ese año.

6. Desde entonces, Capitanich se convirtió en un fantasma. Un vocero de segunda línea, devaluado, sin apoyos dentro del gabinete. Varios de sus colaboradores indican que él mismo trató de acelerar su partida, pero el costo político interno, dada la oposición de CFK, le hubiese valido el ostracismo. Una experiencia de delegación parcial del poder, la primera desde la salida de Alberto Fernández, había sido descartada en el momento decisivo.

La culpa del fracaso, sin embargo, no es enteramente de Griesa y de sus fallos. Hay una matriz en el kirchnerismo, la misma que explica que nadie logre levantar vuelo a su sombra en doce años de mandato, que permite asimismo comprender el modo enfermizo en que la presidente confunde poder y protagonismo. No ha dejado crecer a nadie, y no soporta siquiera a quienes crecieron a su pesar. Esa incapacidad de construir la alejó del “modelo Dilma”, tan mentado por sus voceros y partidarios entusiastas luego del fracaso de la tentativa reeleccionista. Porque para proyectar a alguien, tenés que saber dar un paso atrás. Cristina Kirchner, a diferencia de Lula o Tabaré, no fue capaz de dar ese salto. Y esa misma conducta nos dice mucho acerca del futuro de aquellos candidatos que esperan de ella algo más que una venia privada. La salida de Capitanich es un signo más de la incapacidad que el kirchnerismo expresa a la hora de flexibilizar su matriz, de adaptarse, de salir de ese modelo cerrado, radial de conducción que concentra todo en un círculo casi familiar. Ese modelo que hace que la primera mandataria se lleve todas y cada una de las fotos, aún a costa de inaugurar una soldadura. Lisa y llanamente, en la creciente soledad del poder en que vive la presidenta, no se resigna ni al paso del tiempo ni al ocaso del poder.  No es, tampoco, capaz de preverlos. No soporta perder protagonismo. Y esa es una mala señal para el peronismo en general, porque el asunto del pasaje al llano es inexorable, y deberá tramitarse, elecciones generales de por medio, este mismo año.

Entrada originalmente publicada en Bastión Digital, el 28-02-15.

Los sinuosos senderos de Mauricio Macri.

28/02/2015

Mauricio Macri estuvo muy activo este verano. A fines de enero, anunció un acuerdo electoral con Elisa Carrió. Hace pocos días, realizó un nuevo anuncio, por el cual incorporó a Carlos Reutemann. Ambos acuerdos fueron leídos por medios afines como indicio seguro de la creciente atracción que ejerce su candidatura sobre el espectro político. Pero en realidad, mirado con detenimiento, el sendero que recorre Macri es, como mínimo, sinuoso, y exhibe más interrogantes que certezas.

En primer lugar, ¿qué sumó exactamente Macri? Tanto Carrió como Reutemmann son dos outsiders, carentes de estructura o partido político, de peso más que relativo en la opinión pública. Carrió, por caso, viene de malos desempeños, para ser gentiles, tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en el nivel nacional, donde se anuncia su competencia. Reutemmann, que fue candidato por última vez en 2009, hace rato que duerme afuera de la estructura local del PJ santafesino, que controla, mal o bien, Agustín Rossi.

Se aduce que Carrió incrementa el caudal electoral de Macri… ¿dónde? Difícilmente sea en la Ciudad de Buenos Aires. En cuanto al resto del país, Mauricio deberá prestarle los avales para que pueda competir con él. Reutemmann, que viene huyendo de sendas investigaciones judiciales, vende su candidatura a senador como un refuerzo de la estructura del PRO santafesino. Esto, que puede ser factible hasta cierto punto, de hecho no modifica el sistema de preferencias por el cual el PRO es ya la fuerza más competitiva frente al socialismo. El ex F1 dice que Mauricio posee la mejor propuesta para el campo… propuesta que nadie conoce.

Pero además, estas incorporaciones no suman coherencia al armado del PRO. Veamos: hasta ahora, Macri se había jugado por la opción antiperonista. Esto es, había establecido una campaña basado en la idea de que la decadencia argentina de las últimas tres décadas era el resultado directo del  casi monopolio del poder por parte del peronismo. Con ello, pretendía capturar la franja de electores que jamás votaría un candidato justicialista. Y no le iba mal en ese sentido: gran parte del desastre de UNEN fue capitalizado por el actual Jefe de Gobierno en su despegue desde enero de 2014. Carrió, históricamente adversa a cualquier forma de convenio con el peronismo, cerraba bien ese esquema. Reutemmann, en cambio, complica bastante el relato sobre la “tercera vía”.

Para peor, Macri, tal vez para justificar el extraño y algo errático estilo de alianzas que viene mostrando, redondeó la semana con un viraje aún más inesperado para sus electores, al revindicar, en el programa radial de Jorge Lanata, la totalidad de las banderas del peronismo:

“Yo reivindico al cien por ciento las banderas del justicialismo, que justamente se basan en la búsqueda de la justicia social, la igualdad de oportunidades, el ascenso social. Lo que no revindico es lo que ha hecho el PJ en estos veinticinco años. […] Hay banderas del peronismo que hay que sostener. ¿Cómo no vas a querer un país donde haya justicia social, donde haya equidad? Todos queremos eso. El tema es que aquellos que, bajo esas banderas, condujeron, se preocuparon de ellos mismos, ellos se salvaron. […] Lo que estuvo mal es lo que se hizo, no las banderas que se levantaron. Hay que levantar las mismas banderas, pero hacerlo de forma correcta.”

La declaración, pese a los matices, implica sin embargo una ruptura, reflejada por los principales sitios informativos de la Argentina, como Clarín, Infobae, La Nación y Página 12. Macri reconoce, por primera vez, que con la base electoral del antiperonismo no le alcanza. Que un eventual acuerdo con la UCR -algo que siempre fue bastante más complicado de que parece, porque la UCR es eso, un partido, y no uno cualquiera, sino uno que valora particularmente cierta base ideológica-, no le alcanza para llegar al ballotage. Mostrarse como parte de una tradición liberal conservadora completamente antiperonista, en la Argentina, es una receta para el suicidio, incluso ahora. Pero cambiar de caballo a mitad de carrera no parece la receta más indicada: el propio Jefe de Gobierno ha salido a aclarar que no se hizo peronista. Nosotros, claro, no lo habíamos creído. Su auditorio, en cambio, puede haberlo tomado como una ofensa simbólica.

A todo esto, en poco menos de quince días, Macri y Massa tendrán su primera compulsa seria. La misma tendrá lugar en la Convención Radical, en que un grupo de dirigentes locales responde y acompaña al hombre de Tigre -Naidenoff, Morales, Cano y Rogel-, mientras que otro, más difuso pero no por ello menos significativo, viene apostando a PRO. ¿Qué sucederá? La oferta que peremite al radicalismo mantener la unidad partidaria es la llamada Gran Interna Opositora, es decir, la unificación de las PASO. ¿Será esa la propuesta? Todo así lo indica. ¿Aceptarán los presidenciables? Las fugas en el radicalismo se darían de todos modos. Existen dudas entre los principales analistas de cada fuerza política, e incluso entre los consultores más conspicuos de cada candidato, sobre la conveniencia de sumar todas las estructuras. En todo caso, las definiciones se vuelven imprescindibles, porque el ciclo electoral ya está en marcha.

El #18F y la cultura política argentina.

23/02/2015

Tanto la movilización del #18F como las reacciones que generó –especialmente, aquellas que emanan de la primera mandataria- arrojan alguna luz sobre rasgos de nuestra cultura política que vale la pena revisar. El primero de esos rasgos concierne al sobredimensionamiento que muchos sectores hacen de la ocupación del espacio público. En rigor, en toda democracia consolidada –y no hay motivos para excluir a la Argentina de esa lista-, surgen conflictos que derivan en movilizaciones y protestas. Al contrario de lo que se cree, esas protestas no afectan necesariamente la estabilidad del sistema. Afirmar lo contrario, algo que el gobierno repite y repite en estos días, llevaría a una aparente paradoja: aquellos que se ufanan de habernos devuelto la política se refugian en su negación para descalificar la participación ciudadana.

Decir de una movilización que es opositora, que es dirigida por agentes contrarios a los intereses de la ciudadanía, que desestabiliza al gobierno o que es parte de un plan de orden golpista es ni más ni menos una forma de tomarnos por idiotas. Idiotas que no comprenden sus “verdaderos intereses”, idiotas que resultan funcionales a fuerzas que no comprenden, que resultan rehenes pasivos del discurso de los medios. En definitiva, como se sugiere en la lista de logros del documento esbozado por la presidenta, nos toman por idiotas que se oponen a un gobierno que todo lo ha hecho por nuestra causa.

Es cierto que en la movilización de hace unos días confluyeron sectores opuestos al gobierno. Pero ello nada dice de sus intereses, de sus motivos, de sus razones para salir a las calles. Seguramente, como en toda movilización, esos motivos no son unívocos, no responden a un solo lema. Es más atinado suponer que una movilización masiva se basa en la convergencia, en el encuentro, en la enumeración de coincidencias mínimas que en programas altamente estructurados.

Volviendo al valor asignado al espacio público, se trata de un aspecto de larga data en nuestra cultura política. Sin ir más lejos, puede remontarse al propio nacimiento del peronismo como fuerza política. Aunque esos orígenes han sido muchas veces idealizados, es empíricamente correcto afirmar que la suerte del coronel Perón no hubiese sido la misma de no haber mediado la intervención del movimiento obrero organizado.

En el ADN peronista, paradójicamente, el recurso a la movilización se fue volviendo menos un recurso de protesta y más una señal de gobernabilidad. Algo lógico en un tiempo en que los principales actores sociales, así como amplios sectores de la ciudadanía, profesaban lógicas facciosas y valoraciones instrumentales de la democracia. Pero me parece un sinsentido transpolar esas lógicas y pautas de comportamiento, coherentes con un ciclo histórico dominado por la violencia política y la inestabilidad institucional, a un presente muy distinto, donde las principales instituciones del Estado funcionan de manera ininterrumpida, con el apoyo de la población y la adhesión de los actores que podrían comprometer su continuidad. En efecto, desde 1983 a la fecha la Argentina ha vivido una verdadera revolución cultural, muchas veces minimizada, por la cual un elemento antes considerado instrumental, formal y secundario, como es el pleno funcionamiento del Estado de Derecho, se convirtió en el pilar esencial de nuestra convivencia. Ciertamente, ello no eliminó las crisis ni los conflictos, pero los mismos siempre se encauzaron a través de mecanismos previstos por la legislación y las leyes fundamentales, consideración que vale tanto para 1989 como para 2001. ¿O no fue, acaso, el funcionamiento de las instituciones, conducidas por una dirigencia políticamente desprestigiada, el que encauzó nuevamente a la Argentina en el marco del Estado de Derecho luego de la masacre del 20 de diciembre y la renuncia del presidente De la Rúa?

Un segundo punto a considerar reside en la infundada aprensión que nos genera el conflicto y el disenso. Este dato, lógico después de 2001, no deja de ser irónico, pues el mayor enemigo de la democracia participativa, que debería ser el ideal ciudadano por antonomasia en una sociedad abierta, es precisamente la apatía frente a los asuntos públicos. Es digno de celebración que dicha apatía, característica por excelencia de los años menemistas, haya sido abandonada. La democracia en las sociedades modernas no excluye, sino que incluye una alta dosis de conflicto, sin por ello poner en riesgo su funcionamiento ni sus pilares fundamentales. Ninguna sociedad es pura cohesión social y unanimidad: en toda sociedad existen el conflicto, la crítica, la diversidad de intereses.

Aquí ingresa una consideración lateral. Tanto el gobierno como los medios insisten en propagar la imagen de una sociedad irremisiblemente fracturada, dividida, agrietada sin remedio en torno al rumbo que debe seguir la Argentina. En apariencia, las demostraciones masivas de fuerza protagonizadas tanto por el oficialismo como por la oposición dan la razón a quienes venden esa idea de un país polarizado. Pero si bien es cierto que existen sectores de la población que han  caído en esa dinámica facciosa, es difícil afirmar que se trate de la mayoría de los argentinos. Lisa y llanamente, la politización facciosa de la esfera pública no parece haber llegado tan lejos. Las variaciones en las preferencias electorales, que rondaron los veinte a veinticinco puntos en el plazo de dos años, parecen indicar que, para muchos argentinos, el compromiso con el partido de gobierno, lejos de constituir un acuerdo permanente, se percibe como el resultado de una renegociación constante, en que elementos como el desempeño económico y la valoración de la gestión resultan más importantes que las consideraciones meramente ideológicas. Aquí, de nuevo, la sociedad argentina parece haber dado un salto notable respecto a trayectos de nuestra historia en que los enfrentamientos a todo o nada entre identidades mutuamente excluyentes dominaban la escena política.

¿Por qué, entonces, insistimos en ver en cada conflicto puntual un riesgo directo para la democracia? Varios elementos concurren en la explicación. Por un lado, existe un componente generacional: son todavía muchos los argentinos que nacieron y se criaron en tiempos mucho más duros que los actuales, y posiblemente no aprecien del mismo modo que los más jóvenes la revolución cultural a la que me refiero. Varios de los principales referentes del gobierno, la presidente a la cabeza, proceden de esos tiempos y se manejan según adaptaciones de esa lógica confrontativa, de suma cero, donde se gana o se pierde pero jamás se negocia. No sorprende, entonces, que consideren los aspectos normativos como irrelevantes frente al imperio de voluntades constituyentes amparadas en concepciones jacobinas de la voluntad popular, que aparece concebida como indivisa, y es tratada como propiedad de una facción. El problema se agrava, claro, porque esa facción, sin dejar de comportarse como tal, controla el gobierno nacional.

Para estos sectores, el control del Ejecutivo no es otra cosa que la continuidad de la saga setentista por medios legales. Al mismo tiempo, sin embargo, la validez de esos medios queda supeditada a su funcionalidad en el contexto de transformación que se encara. Este doble estándar, por el cual resultan erosionadas las bases misas de la legitimidad democrática en que se ampara la acción de gobierno –legitimidad que no se agota meramente en el ejercicio del voto, sino que reconoce también la necesidad de respetar los límites estrictos que nos constituyen en tanto comunidad política, hace parecer secundario el respeto por las leyes y las normas más elementales de la convivencia.

Otro elemento a tener en cuenta estriba en la debilidad de una genuina tradición liberal en el nacimiento y gestación de nuestra cultura política. Entiendo por tradición liberal aquello que ha significado antes que nada en sus matrices europeas, esto es: el respeto por las garantías individuales frente al poder del Estado, el pluralismo, la diversidad de intereses, el compromiso con la defensa del disenso como fundamento del sistema democrático, y la aceptación de límites estrictos al ejercicio del poder en nombre de mayorías siempre transitorias. En suma, se trata del reconocimiento del otro como sujeto pleno de derechos, independientemente de que puedan compartirse o no sus visiones. Está claro que dicha tradición, al menos hasta 1983, ha estado completamente ausente de nuestra cultura política. En su lugar, hemos tendido a concebir las identidades políticas como trincheras desde las cuales sólo cabía el “vamos por todo”. Ese pasado dramático ya nos ha costado demasiado tiempo, demasiada sangre y demasiado dolor como para no reconocer en él un elemento a descartar de plano.

Pese a todo, creo que existe todavía un largo camino por recorrer a la hora de reconocer que democracia y conflicto no se oponen, sino que se alimentan y fortalecen mutuamente en una sociedad plural. El fundamento de nuestra democracia, aunque naturalmente perfectible, es lo suficientemente sólido como para resistir una, dos, cien marchas: sin ir más lejos, lo vimos en momentos infinitamente más conflictivos de este mismo ciclo político, como los atravesados en 2008. En esos momentos, ahora se aprecia con claridad, la democracia no estaba en discusión: lo que estaba en discusión era la legitimidad del interés del otro.

Las instituciones de la república, aunque debilitadas en estos años por la embestida kirchnerista, son pasibles de regeneración. A su favor cuentan con el antecedente de haber puesto freno a las voluntades omnímodas del poder de turno. Ello se vio con claridad en el caso de la aventura política que el kirchnerismo insiste en llamar “democratización de la justicia”, por la cual la letra misma de la Constitución era dejada de lado en nombre de una voluntad popular vista como fuerza constituyente.

El futuro no es una panacea. La democracia argentina, aunque sólida, puede mejorar su funcionamiento. Necesitamos una administración más sensata del poder público, un mayor respeto por los derechos de las minorías políticas. Debemos poner freno a las lógicas confrontativas y facciosas que ponen en riesgo la convivencia y la salud institucional. Al mismo tiempo, no debemos dejar de reconocer todo lo que hemos avanzado desde un pasado no tan remoto.

Nada de todo lo anterior podrá cumplirse, sin embargo, si confundimos la diversidad que nos constituye con la polarización que tratan de vendernos los embajadores del miedo. Nada de lo anterior podrá cumplirse si cedemos a la lógica extorsiva por la cual cada acto de disenso activo, cada instancia crítica, es calificada como un avance más de las fuerzas de la antidemocracia. Nada de lo anterior podrá cumplirse si caemos en la trampa de creer que las “conquistas” de esta etapa fueron graciosas concesiones de almas bellas, actos de voluntad a ser revertidos por villanos inescrupulosos de móviles inexplicables. El día en que las calles queden vacías por el temor a las consecuencias de ejercer nuestra conciencia cívica, ese día habrá triunfado la lógica sectaria, violenta y autoritaria que hoy intenta adueñarse de nuestro futuro. Nuestro desafío, como ciudadanos, consiste en seguir ejerciendo derechos que nada deben al gobierno de turno, derechos que hacen a una sociedad democrática. El elitismo, el vanguardismo, la noción de que una minoría es depositaria de verdades absolutas e innegociables, nada tiene que ver con la democracia como punto de encuentro de lo diverso. No debemos entregar la participación a los embajadores del miedo, a los que pregonan la doctrina de las dos veredas, del antagonismo irreconciliable entre unos y otros. Las calles argentinas tienen muchas veredas: es hora de recorrerlas juntos.

Texto publicado en Bastión Digital, el 23-02-2015.

#18F: Diversidad no es división.

21/02/2015

1. Y finalmente llegó el día y, pese a la lluvia, la marcha fue multitudinaria y pacífica.”Ellos”, los que nada tenían para decir, fueron muchos. No voy a dar un número: esa tarea de retaguardia se las dejo a las patrullas -en este caso, literales- que recorren el universo político. Movilizaciones similares se dieron en varias ciudades del país: me sorprendió mucho la convocatoria de Mar del Plata, que algún amigo con algo de malicia y una buena pizca de buen humor atribuyó a “los que se fueron de vacaciones”. El sentido del humor es importante, como lo es mantener cierto grado de apertura mental ante los hechos. Lamentablemente, no sobran ninguno de ambos.

Tal vez debido a ciertos acontecimientos bisagra de nuestra historia, como el 17 de octubre, los argentinos damos una importancia política extraordinaria a las movilizaciones políticas. Y nombro al 17 de octubre, no porque piense que existen puntos de contacto entre ambos fenómenos, sino porque ya en aquel momento, se inauguró en la Argentina una práctica, casi un manual de lo que debe hacerse ante una demostración pública: desmerecerla, atacarla, pensar que en cada movilización se juega a todo o nada. ¿Una imagen clásica?

Crítica 1945 para 18F

2. En este caso, la línea predominante fue un poco más sofisticada. “Fueron muchos, sí, pero…” Y ahí se insertaron todo tipo de razonamientos. En el oficialismo, predominó el siguiente enfoque: fue una marcha opositora, de clase media y alta, similar a convocatorias ya acaecidas, que no tiene expresión política posible y que por ende está destinada al declive. Es decir, que no significa nada nuevo: apenas la continuación de los cacerolazos, ellos mismos desmerecidos, por otros medios.

Télam, por ejemplo, sintetizó en dos párrafos ambos lugares comunes, al tiempo que comparaba esta movilización con una interesante gama de antecedentes.

“Como en las marchas organizadas por Juan Carlos Blumberg en 2004 tras el asesinato de su hijo Axel, los actos impulsados por el campo y en los recientes “cacerolazos”, en esta concentración el dato sobresaliente fue la composición social de sus integrantes: clase media y alta. Otro dato importante de esta “Marcha del Silencio” fue la ausencia de jóvenes como sector organizado o espontáneo, más allá de algunos que acompañaban a sus padres. La mayoría de los manifestantes era de edad madura, de evidente actividad profesional o empleados jerárquicos.

Hasta el momento no pude acceder al paper que muestra la composición social y los rangos etarios de los asistentes. Si lo tienen, ¿me lo pasan?

En cualquier caso, la nota de Télam es interesante, precisamente por quienes controlan el sitio. Para ellos, es importante remarcar que a) no hubo “pobres”, b) no hubo “jóvenes como sector organizado o espontáneo”. Ambos grupos son considerados por el oficialismo como sus cotos de caza: los pobres son su refugio sociológico cada vez que sienten que la clase media los abandona. Pero, como mostró el mapa electoral de varias provincias, incluidos los cordones del conurbano en 2013, los pobres son bastante autónomos a la hora de votar. ¿Por eso tanta insistencia con el latiguillo de que la próxima administración eliminará la AUH?

El tema de los jóvenes es distinto, porque responde al “modelo 2010″ del kirchnerismo, una narrativa nueva, según la cual a partir de 2008 se habría producido un vuelco aparentemente masivo de los jóvenes a la política. Vuelco que se expresaba en el kircherismo, y en el reverdecer de La Cámpora. Vuelco que reconoce, vía la mediación de Máximo Kirchner, una conducción indelegable en Cristina Kirchner. Entonces, claro: no podía haber jóvenes en esa marcha. “Los tenemos todos nosotros”, les faltó decir.

Claro que se trata de una falacia, desmentida no solamente por la presencia de jóvenes en las movilizaciones de todo tipo que se han realizado en los últimos años -jóvenes que no se sintieron compelidos a mostrarse como tales, porque no ven en su edad algo más que el resultado inevitable del tiempo-, sino por las escasas demostraciones de masividad que ha protagonizado La Cámpora en estos años. OK, chicos, llenaron Argentinos Juniors. ¿Deberíamos estar impresionados?

3. El otro mecanismo para desprestigiar la marcha fue limitarla a quienes la convocaban: los fiscales. Inmediatamente, se pasaba revista a sus antecedentes, adscripciones políticas, causas y actuaciones. Hubo duros términos para AMIA y DAIA por participar en una marcha convocada por supuestos encubridores, apropiadores de bebés, narcotraficantes, y el resto de las delicias a las que nos tiene acostumbrados el Secretario General de la Presidencia. Se mencionó menos, desde el oficialismo, la adhesión de un sector de la Conferencia Episcopal Argentina, tal vez porque una cosa es querer fracturar a la comunidad judía, pero ir contra el Papa, más allá de su actual equidistancia “urbi et orbi”, es un riesgo que nadie desea correr sin autorización. En todo caso, una respuesta al argumento que desmerece la marcha planteando quién la convoca puede hallarse en la columna de Roberto Gargarella en La Nación:

“Cuando marchamos por la muerte de María Soledad -por tomar un caso-, lo hicimos junto con sectores conservadores de la política y de la Iglesia de Catamarca, y nadie debió sonrojarse ni pedir disculpas por ello; ni nadie se convirtió en lo que no era (un religioso ultramontano, pongamos) luego de hacerlo. Estábamos unidos por una muerte y marchamos con la convicción de que el poder no era ajeno a ella, como nos ocurre en este momento. Por eso, también, resulta ofensiva la pregunta acerca de si la marcha “es (o avanza una causa) progresista”. Frente a la muerte intolerable no hay izquierda ni derecha, aunque sí suele haber ideología partidaria o sectaria detrás de la muerte (en este caso, vinculada con los servicios de inteligencia). Por eso tenía sentido marchar en Francia, ante la masacre provocada por el extremismo religioso, sin necesidad de pedir previamente el ADN ideológico de quienes marchaban: entonces lo hicieron muchas personas y figuras públicas con quienes uno no querría compartir una cena. Lo mismo ocurrirá ahora y es bueno reconocerlo. Pero otra vez: lo que nos une es otra cosa, la muerte es la que traza el límite, sin por ello “clausurar la política”. El acto de marchar sigue expresando un compromiso público profundamente político contra la impunidad. (Por lo demás: la lucha contra la impunidad, frente a la muerte de María Soledad, del fotógrafo Cabezas o del fiscal a cargo de investigar la masacre de la AMIA, es obviamente “progresista”, por más que, en cada caso, los sectores conservadores de la Iglesia o la oposición quieran salir beneficiados a partir de ello).”

4. No podía faltar tampoco la guerra de títulos. Página 12 tituló en su tapa “Bajo el paraguas de la muerte”, mientras la nota principal, firmada por el periodista Nicolás Lantos, llevó por título “Con los paraguas en lugar de las cacerolas.”

5. Cualquiera que trabaje en el análisis de fenómenos sociales sabe dos cosas. En primer lugar, que una movilización multitudinaria rara vez tiene un comando táctico preciso. Y en segundo lugar, que una movilización, una acción colectiva organizada, no expresa solamente a quienes la encaran y realizan, a los protagonistas, sino también a corrientes más amplias de opinión que comparten puntos y elementos de contacto con los participantes. Reducir una marcha a sus elementos sociales, suponiendo que los clivajes de la movilización fuesen efectivamente esos, no elimina la posibilidad -diría más, la probabilidad- de que amplios sectores sociales no movilizados puedan compartir la sensibilidad de los que salieron ante un tema tan candente. Por lo mismo, hablar de una “movilización opositora” equivale a trazar demasiado rápido un límite que quizás no todos los participantes, ni tampoco quienes se quedaron en sus casas, deseen suscribir. Y en cualquier caso, ¿qué les dice, qué les suma decir de una movilización que es opositora?

Tampoco me parece prudente comparar movilizaciones, como si los que salieron ayer a las calles de una decena de ciudades del país fuesen los mismos que lo hicieron diez años atrás con Juan Carlos Blumberg, o bien siete años atrás en medio del conflicto con las organizaciones que nuclean a los empresarios agropecuarios. Más disparatado me resultó el argumento que comparaba esta marcha con aquella que precedió al 17 de octubre, la Marcha de la Constitución y de la Libertad.

Lo dije hace unos días y quiero repetirlo: las calles, en democracia, no son patrimonio de nadie. Toda movilización ciudadana, oficial y opositora, debe ser juzgada bajo los mismos parámetros: nadie es rehén de nadie, nadie sale a la calle porque ignora una verdad decisiva que solo una minoría posee. No es un problema de libertad, ni de su ausencia, de información ni de engaño. Ninguna movilización puede reducirse a operaciones mediáticas, ni es protagonizada por ciudadanos confundidos por discursos ajenos a sus “verdaderos” intereses y sensibilidades. Al contrario, toda movilización debe analizarse como la expresión misma de esos intereses y valores, en su estado actual. La voluntad popular no es un cheque en blanco, y las calles son de todos: eventualmente, ello se verá más claro cuando el propio oficialismo convoque a la movilización. Ni hoy los argentinos somos más opositores que el mes pasado, ni seremos más oficialistas el mes próximo, cuando el gobierno ponga todo su empeño en mostrar la vigencia y el poderío de su convocatoria. La política, y en ello cabe un rol fundamental a sus dirigentes, debe ser desdramatizada: dramática fue nuestra historia, nuestro presente no habilita a creer en relatos facciosos.

En cuanto al supuesto golpismo judicial en que se inscribe la movilización, bueno… no solamente no hay golpe (ni duro, ni blando, ni suave) en marcha: es casi un insulto a la inteligencia de la gente plantear semejante escenario. Pero no es solamente un insulto: es también un acto de chantaje, una extorsión. Pareciera que no es posible expresar una opinión legítima, ajena a aquella que pregona el gobierno, sin caer en actitudes golpistas, desestabilizadoras, etc. Pareciera que no es posible tomar partido, movilizarse, esbozar una crítica, sin que aparezca el comisario de turno a señalar la funcionalidad de los propios actos a una maquinaria golpista. En un punto, al fin y al cabo, pareciera que quienes se creen dueños de la democracia por haber ganado una elección no terminan de admitir la crítica, la oposición, la diversidad. ¿Cuál es el límite entre un planteo legítimo, un acto de oposición al gobierno desde posiciones previstas por la ley y por la Constitución, y una actividad golpista o desestabilizadora? Para el gobierno, ninguno. O esa es la impresión que dejan.

Por otra parte, muchachos, si sus referentes no pueden justificar tan gruesos patrimonios, tal vez el problema no sean los jueces.

6. Finalmente, quiero referirme a una lectura que, pregonada por el gobierno por razones mezquinas, cala hondo en quienes se asustan de las movilizaciones, en quienes ven en ellas más de lo que realmente son. O, también, en quienes dan demasiada importancia a los titulares de los diarios. Me refiero a la imagen de una sociedad polarizada, dividida, fracturada… como si fuese deseable la unanimidad, como si fuese posible la más completa cohesión social, política y moral, como si fuese lógico olvidar que el conflicto es un elemento inherente a cualquier dinámica social. Como si fuese deseable, en fin, la no política.

Antes bien, cabe reconocer que una sociedad, necesariamente, es un todo complejo, atravesado por tendencias, intereses y agrupamientos no necesariamente antagónicos, pero sí diferentes. Y esos intereses, ideales, puntos de vista, esas sensibilidades no siempre ideológicas ni estructuradas pueden confluir en acciones y hechos sociales complejos, difíciles de calificar y clasificar. Indudablemente, en la Argentina hay sectores que se oponen al gobierno, así como otros adhieren, y ambas posiciones son legítimas y saludables. Pero ese panorama, ilustrado por la marcha, no es problemático ni es razón de angustia. Al contrario, es motivo de esperanza.

Quienes pregonan que una sociedad signada por la participación es necesariamente una sociedad fracturada, polarizada, en guerra consigo misma, al borde del desastre, etc., flaco favor le hacen a la comprensión de las cosas. Vivimos en una sociedad libre, democrática, que lucha por ideales de justicia y libertad, donde el disenso no solamente es legítimo sino necesario, saludable y fecundo. Y el ejercicio de la participación en una sociedad de ese tipo es igualmente necesario y saludable. El cimiento que hace posible esa expresión de diferencias, procesada por mecanismos legales, es la libertad que los argentinos hemos conquistado pero que muchos entre nosotros, y una mayoría de nuestros dirigentes, no ha comprendido ni ha hecho cabalmente propia. No estamos en peligro: al contrario, somos mejores cuando podemos sumar y procesar, en la paz que nos caracteriza hace más de tres décadas, esas diferencias. La alternativa -la pasividad, las calles vacías, la ausencia de participación, la apatía- es el mejor caldo de cultivo del autoritarismo. Los argentinos no estamos condenados a repetir nuestra historia, ni lo estamos haciendo. No ya simplemente por razones teóricas -esto es, que el pasado no jamás es el borrador del porvenir- sino porque realmente estamos recorriendo un camino nuevo, sin precedentes. Y tenemos que aprender a recorrerlo sin miedo, pero también sin permitir que nos inculquen el miedo, que nos asusten con fantasmas de tiempos ominosos. En la Argentina no hay un golpe en marcha: lo que está en marcha es la democracia, que es antes que nada disenso y conflicto. Como señaló Roberto Gargarella, “se trata, ante todo, de asumir la diversidad, de reconocer que muchísimos de los que marcharon no son zombies, ni candorosos, ni marionetas operadas por los grandes medios, los servicios de inteligencia locales o el Mossad. Se trata de pensar que no hay sólo dos veredas, y que mucha gente piensa diferente que uno, a partir de compromisos profundamente políticos y patriotas.”

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