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Ojo.

31/08/2015
  1. Ya hace tiempo que los académicos argentinos y extranjeros nos marean con distintas terminologías para pensar el peronismo, no todas igualmente valiosas. La primera clave, me parece, consiste en periodizar. En ese sentido, me resulta claro que el PJ de los años 1989-2015 no tiene nada que ver con sus predecesores. Es una maquinaria de poder, que ha ganado recursos y acumulado ventajas institucionales conforme pasan los años. No se parece al peronismo de los años cuarenta, ni al peronismo de la idealizada resistencia, en parte, porque la Argentina es otra. Pero también, porque el ejercicio cotidiano, burocrático, del poder, te convierte en otra cosa. En ese sentido, el peronismo puede ser entendido como un partido de poder, que es el modo en que lo aborda, por ejemplo, Edward Gibson. Partido que se reconocería en una amplia familia que incluye, desde luego, al PRI mexicano, pero también al Partido del Congreso Indio, al Congreso Nacional africano, y de vez en cuando, a experiencias menos felices.
  2. Gibson cree que esa caracerística del PJ no se explica meramente por su control del gobierno, sino que se arraiga en su penetración territorial. Tampoco cree que se trate de una ventaja indescontable, ni mucho menos, aunque reconoce que desmontar la maquinaria de gobierno del PJ llevaría grandes esfuerzos y mucho tiempo. Sobre todo, requeriría la necesidad de aguantar unas cuantas derrotas. Y, de pasada, anota que en el plano local esa tarea sería aún más compleja.
  3. Lo cierto es que contar con un partido de poder brinda, entre otras cosas, estabilidad y gobernabilidad. No decimos aquí que se gobierne bien o mal: simplemente, es más fácil hacer las cosas cuando se sabe de antemano quién va a ganar la carrera. Y no lo sabe solamente el beneficiario de la AUH o de los nuevos derechos jubilatorios, a quienes una salvaje campaña terrorista pretende convencer de catastróficas consecuencias en caso de un cambio en el horizonte político del país. Lo saben, también, los empresarios amigos del poder, los que se benefician con sus “licitaciones”, los que trabajan con su presupuesto, los que ponen el cemento de sus represas o lo abastecen de recursos materiales y simbólicos a cambio de licencias diversas. Lo saben los multimedios, viejos o nuevos. En suma, la continuidad en el poder genera ventajas difíciles de descontar, por cuanto produce, en todos los actores, intereses importantes que hacen temer un cambio de timón, sea en el sentido que sea. Mejor malo conocido, reza el refrán.
  4. El problema empieza cuando ese dominio que excede lo hegemónico se resquebraja, cuando se instala la incertidumbre inherente a todo proceso electoral en el ámbito y en el escenario político de un país acostumbrado a la previsible ubicuidad del peronismo como fórmula de gobierno, sea por derecha como por izquierda, por arriba como por abajo. Cuando eso pasa, todos se ponen nerviosos. Unos huelen sangre, los otros tienen miedo. Y los resultados de esa ecuación no suelen ser buenos. Cada elección se convierte en la final del campeonato del mundo, y a la más mínima señal de que las cosas pueden cambiar, unos y otros incrementan la presión en sentidos inversos y difícilmente conciliables. Eso, me temo, es precisamente lo que está pasando ahora.
  5. La clave principal para que un partido de gobierno o de poder continúe sin mancha en control de los recursos del Estado reside en la legitimidad del proceso electoral del que surge ese predominio. Parece banal recordarlo, pero resulta que esa constatación simple no se cumple. Los nervios de unos y otros, sumados a las absurdas reglas prescriitas por los artículos 97 y 98 de la Constitución Nacional, reglas que hacen que la mitad de 100 sea 45, pero que aún entonces reste el recurso del “40+10”, no ayudan. Si sumamos a eso los tonos grises del sistema electoral, anclado en lógicas del siglo XIX, como el control de la mesa y del padrón, la boleta papel y la necesidad de contar con aparatos y logísticas de cerca de un cuarto de millón de militantes o contratados por partido para fiscalizar las elecciones, no ayudan.
  6. Ahí ingresa el problema de la legitimidad. Todo se complica cuando el candidato oficial no tiene los votos necesarios para obtener un triunfo indisputado, fuera de toda duda, frente a alternativas electorales competitivas como las que ahora se presentan. Pero si encima de eso las reglas y los procedimientos quedan en discusión, la sospecha se extiende como pólvora y el proceso electoral queda manchado de movida. Y ese peligro debe ser conjurado, por el bien de todos, incluyendo al propio oficialismo. Ganar con resultados dudosos es simplemente garantizar la continuidad de la lucha electoral por otros medios, algo que precisamente tratamos de evitar, con toda sabiduría, desde 1983 a la fecha.
  7. Los casos de la provincia de Buenos Aires y de Tucumán son apenas el prólogo de octubre. No me refiero a la eventualidad de un fraude, es decir, de un proceso deliberado orientado a torcer la voluntad popular. Me refiero, en cambio, a la suma de irregularidades manifiestas por las cuales ese escenario, o la extendida sospecha de que ha ocurrido, puede resultar de todos modos. Y esas irregularidades existen, y nada indica que vayan a desaparecer, salvo firmes decisiones institucionales, en los días que restan.
  8. Eso es grave. Extremadamente grave. Gravísimo. Para bien o para mal, las papeletas de votación reemplazan y esterilizan otros medios de disputa, que deben ser esquivados. Con un candidato que ronda, pero no alcanza, los diez puntos porcentuales, que se halla lejos de los 50 puntos, pero cerca de los 40-45, y con las confusas reglas que se desprenden de un mecanismo electivo prácticamente a medida del piso histórico del PJ, el riesgo de un escrutinio controversial está ya instalado. Con 40-30, o con 42-32, los umbrales son muy estrechos, y con umbrales estrechos y minorías intensas movilizadas, andamos mal. Si a eso sumamos el hecho de que el único partido capaz de fiscalizar efectivamente los resultados, movilizando si es necesario recursos estatales en todos los niveles, es precisamente el partido que gobierna la Argentina desde hace tres lustros, estamos frente a un horizonte muy problemático. Si la diferencia da para la polémica, que está ya instalada de antemano, y que se profundizará en los próximos días con el pedido de nulidad de las elecciones tucumanas y con el recuento definitivo de la provincia de Buenos Aires… todo configura un escenario muy complicado, donde no se discutirá ya la legitimidad de ejercicio, sino la propia legitimidad de origen, en un escenario en que todos tienen mucho que perder.
  9. Las distintas propuestas opositoras, relativas a modificaciones parciales del sistema electoral, llegan tarde, es cierto, pero no por eso son menos pertinentes. Ya sea que hablemos de boleta única complementaria, lapicera electrónica, veedores internacionales, o una combinación de todo lo anterior, tenemos que espantar toda sospecha sobre el verdadero resultado del comicio, en un momento en que, por primera vez desde 1999, no solo el gobierno nacional sino incluso la crítica gobernación de la provincia de Buenos Aires están en firme disputa.
  10. La Argentina necesita con urgencia de señales claras que transmitan la voluntad de transparentar el opaco sistema electoral, anacrónico por donde se lo mire, a los fines de garantizar a la población que las irregularidades serán, a lo sumo, marginales. Con márgenes tan estrechos, se trata de un desafío que requiere pericia, muñeca, y una alta dosis de responsabilidad, tanto del oficialismo como de la oposición. Llegar a la medianoche del 23 de octubre con unos nueve puntos y medio de diferencia y un sistema sospechado es receta para el desastre. No lo necesitamos: estamos a tiempo de evitarlo. El 10 de diciembre de 2015, el próximo presidente tiene que contar con una legitimidad indiscutible. En octubre o en noviembre, la elección tiene que quedar saldada. Caso contrario, estaremos en problemas que apenas alcanzamos a imaginar.

18.

11/08/2015

Con las cifras todavía frescas, y sin pretender exhaustividad, algunas observaciones sobre el resultado de ayer domingo se vuelven obligadas. En primer lugar, queda claro que, por primera vez desde 2003, el mapa nacional presenta un cierto grado de incertidumbre, que se trata de una elección abierta. El flojo desempeño del FPV en provincias del centro del país, aunque parcialmente compensado por su excelente performance en el norte tradicional, no le alcanza hoy para evitar el balotaje. Se le pueden dar muchas vueltas al desempeño nacional de Daniel Scioli, pero lo cierto es que un candidato peronista que no alcanza el 40%, ni en Nación ni en Provincia, y que mide mejor fuera de su propio territorio, claramente es un candidato débil.

En la provincia de Buenos Aires, la brillante actuación de María Eugenia Vidal obliga al peronismo a unificar fuerzas en la tarea de fidelizar sus propios votos en torno de un candidato como Aníbal Fernández, secundado por el poco apreciado Sabbatella. ¿Es Aníbal el mejor para la tarea que el peronismo se plantea? Cuenta, ciertamente, con una alta imagen negativa y con un vice que es escasamente querido por los mandos territoriales. Quizás sobró en el oficialismo una confianza en el propio coto de caza que le hizo perder de vista, en el plano provincial, aquella unidad alcanzada en el plano nacional: claramente, la interna a gobernador del FPV sólo sirvió para consolidar la impresión de una oferta opositora consolidada. No parece imposible que el peronismo pueda perder un bastión que ha sido suyo desde el año 1987 a la fecha: ese solo dato derriba cualquier mirada exitista sobre la jornada electoral del domingo.

El dato de la jornada, con todo, es el excelente desempeño de la alianza UNA, que refleja que hay futuro, y mucho, fuera del FPV. La elección de Massa en la provincia de Buenos Aires, pero también sus guarismos en Santa Fe, en Capital Federal, y en el Norte del país, muestran una clara implantación nacional, tarea en que supera incluso a la propuesta de Cambiemos. Es cierto, le queda por tarea fidelizar no solo sus propios votos, sino también los de su aliado, José Manuel De la Sota. Nadie dice que será una tarea fácil, pero el mero hecho de que un candidato dado por muerto, por los medios, tomado como obstáculo por los grupos económicos, ninguneado por sus adversarios, alcance pese a todo cifras como las que son de público conocimiento, dice mucho acerca de la debilidad de los oficialismos nacionales y provinciales, y de la alta artificialidad del armado opositor. Cambiemos no ha acertado a encontrar un discurso coherente, cuenta con una implantación nacional despareja y enfrenta desafíos no menos notorios que aquellos que desvelan al kirchnerismo. En cualquier caso, la estrategia de polarizar, preconizada por las maquinarias estatales y sus dispositivos de propaganda, así como por los círculos empresarios y sus voceros mediáticos, ha fracasado: la suma de los porcentajes obtenidos por el FPV y Cambiemos no alcanza al 70% de los sufragios, cifra notoriamente inferior a aquellas propias de 1983, 1989, 1991, 1993, 1997, 1999, etc.

Es interesante notar que, a contramano del simplismo imperante en el análisis político, el FPV ha mejorado muy poco su rendimiento electoral desde 2013 a la fecha, pese a tratarse de una elección ejecutiva. La comparación con 2007, por no mencionar el brillante resultado de 2011, deja al descubierto la precariedad de la oferta nacional. Tampoco pueden explicarse los guarismos oficiales en función de un ciclo económico que, aunque estancado, está estabilizado merced a medidas de corto plazo que ya pagaremos en un futuro cercano. Lisa y llanamente, la propuesta política del kirchnerismo no enamora como antaño.

No menos interesante resulta observar el resurgimiento exitoso de una campaña de propuestas, política por donde se mire, coherente en sí misma, con planteos claros y proyectos viables. En ese sentido, aunque ninguneado y calificado de demagogo, Massa es sin dudas el candidato que más ha definido su perfil, que más insiste en ir a contramano de las lógicas marketineras preconizadas por sus adversarios. El silencio, hasta ahora, no garpa: un quinto del electorado quiere saber cómo han de abordarse los problemas de la agenda pública. Y no puede haber, desde el punto de vista de la construcción, siempre precaria, de una cultura democrática y republicana, mejor noticia que esa.

En el plano de las intendencias bonaerenses, el flojísimo desempeño de los añejos caciques invita a repensar las claves con que el mundo académico ha identificado la fortaleza territorial del peronismo. Quizás la lógica territorial que se refleja en infinidad de papers y conocidas publicaciones haya respondido menos a una presunta naturaleza inalterable del armado peronista, quizás sea más ajustado pensarla apenas como la respuesta estratégica a un momento de crisis social y exclusión ya superado. Dicho de otro modo, es el propio éxito de los primeros años del kirchnerismo el que instala nuevamente la pregunta acerca de la eficacia de las estructuras informales que tan bien describieron autores como Auyero y Levitsky. El mundo de los punteros verticales, capaces de negociar paliativos a las limitaciones de los programas sociales, así como de garantizar la gobernabilidad del campo popular, pierde terreno con cada elección.

Lo cierto es que la fortaleza territorial del peronismo bonaerense, magnificada en sus victorias, oculta mal un hecho empíricamente innegable: cada vez que el mentado “aparato” enfrentó una propuesta competitiva, fue derrotado. Pasó en 1983, en 1985, en 1997, en 2005, en 2009, en 2013, y no es impensable que vuelva a suceder. Desde luego, esto no puede analizarse sin remitir a la fractura evidente de la propuesta peronista, pero al mismo tiempo cabe preguntarse si el mito de la unidad no es en sí mismo una ficción nunca realizada del todo, hoy apenas más notoria que antaño. La pregunta más interesante reside, como siempre, en el modo en que puede darse esa unidad imaginaria. En ese sentido, es posible aventurar una hipótesis: los años venideros, lejos de consagrarla, profundizarán la brecha, en la medida en que nos encaminamos hacia un escenario de liderazgos débiles y balcánicos.

¿Será suficiente incentivo la resurrección de un polo no peronista competitivo? En octubre lo sabremos, pero parece dudoso. Más probable resulta, en cambio, la propagación, desde el gobierno como desde sus sucursales, de una pelea que excede al propio peronismo, y que se refleja en la lucha por una jefatura y un comando que no ha de disponer, ya, del resorte inagotable de recursos fiscales motorizados por una larga década de prosperidad basada en términos del intercambio y precios de exportación hoy netamente a la baja. Menos que la prosperidad, el próximo presidente deberá administrar recursos con criterios austeros, y un panorama fiscal poco propicio a programas expansivos. Ello requerirá de muñeca, de construcción de consensos, de acuerdos que no parecen sencillos, y que en nada se parecen a la despreocupada metodología de imposición de mayorías hoy difíciles de alcanzar. Gane quien gane, la dinámica de los próximos años en nada ha de parecerse al escenario en que vivimos desde 2005-2007.

Alea iacta est.

08/08/2015

Faltan pocas horas para el inicio del proceso electoral más importante de los últimos quince años, quizás uno de los más importantes de nuestra breve historia democrática. Generaciones de argentinos quedarán marcadas por las decisiones que tomemos en los próximos meses. Y es, también, una bisagra en mi propia vida.

En lo personal, este proceso culmina hasta cierto punto un camino iniciado ya en 2009, cuando conocí al equipo de Sergio Massa y la visión que el entonces Jefe de Gabinete de Ministros tenía acerca del rumbo que debía tomar el país, en un clima enrarecido, conflictivo, difícil. Ya entonces Sergio nos planteaba la modernización, simultánea, del Estado y del peronismo, la renovación profunda de sistemas anquilosados. Sistemas que expresan, más que estructuras complejas, culturas políticas añejas, facciosas, atrasadas, donde todo queda a merced de liderazgos mesiánicos, personalistas, sin posibilidad de discusión o de debate. Sin promesa de futuro.

Después vinieron años difíciles, momentos complejos, decisiones buenas y otras no bastante malas. No todo fueron circunstancias adversas, a veces simplemente no acertamos en el mejor rumbo. Sin embargo, hacía mucho que no me sentía tan a gusto debatiendo y discutiendo con compañeros que, como yo, piensan sinceramente en la necesidad de un cambio, pero entienden que la perentoriedad del mismo no obsta para seguir reflexionando sobre su modalidad, sobre su composición, sobre sus tiempos, sobre sus formas.

Fue gracias a la generosidad de hombres como Juan Amondarain, a quien quiero agradecer especialmente, que me acerqué a este proyecto que me ha cambiado la perspectiva, que me ha ayudado a repensar no solamente lo que hace a la coyuntura, sino también lo que refiere a la concepción política que las nuevas generaciones debemos imprimir al peronismo y a la función pública. A veces me sorprende la velocidad y la profundidad con que debí repasarlo todo, creencia por creencia, prejuicio por prejuicio, al compás de un tiempo político que nos ha cambiado a todos.

Tuvimos, como dije, momentos fáciles, euforias quizá exageradas, pero sobre todo un sueño: el de cambiar la Argentina. Sueño que no abandonamos, sueño al que, como militantes políticos, no hemos de renunciar jamás. Sigo creyendo que la política es la más formidable entre las herramientas de transformación de que disponen los pueblos, aunque a veces quisiera que los argentinos lleguemos a un equilibrio más razonable en nuestra relación con el Estado, que no es el gobierno ni el partido que transitoriamente lo ocupa. Un Estado que debe brindar a todos las mismas oportunidades, equilibrando en la medida en que sea posible los desajustes generados por la inagotable máquina de desigualdad que es el mercado capitalista. Pero por sobre las oportunidades, por sobre las compensaciones transitorias, sigo pensando que es en el estudio, en el trabajo, en el esfuerzo, en el talento en que debe fundarse una sociedad más digna, inclusiva, moderna, pujante, distinta. Ese es el norte al que debemos dirigirnos, sin renunciar a nada, los argentinos.

A lo largo de los últimos veinte meses, desde el Frente Renovador sostuvimos una propuesta, una promesa, una esperanza. Lo hicimos con las armas que teníamos a disposición, con los recursos que estaban a mano, con la audacia que requería la hora. No siempre acertamos, e independientemente del resultado nos llevaremos muchas lecciones para un camino que recién empieza. Y, en todo caso, equivocarse también es crecer: es por eso que puedo decir que, independientemente de lo que pase mañana, es mucho lo que hemos crecido, lo que hemos madurado, lo que hemos aprendido.

Estoy orgulloso de estar donde estoy. Orgulloso de mis compañeros. Orgulloso del modo en que llevaron adelante una de las campañas más difíciles de los últimos años. Compañeros de todas las edades, sosteniendo con recursos escasos y con un alto espíritu militante la campaña más política y propositiva de las que se encuentran en curso. Creo que, finalmente y después de muchos años, he encontrado un domicilio político en que estoy genuinamente a gusto, un espacio en que la discusión es posible y fecunda. Un espacio por el que vale la pena pelear.

Mañana, a esta hora, sabremos muchas cosas. Yo ya sé lo esencial. Quiero agradecerle a mis compañeros por la maravilla de haber compartido conmigo este sueño, un sueño hermoso, de un país distinto, moderno, con futuro, donde sea poco lo que depende de graciosas mercedes. Lo demás, las encuestas, los escrutinios, los órdenes y los números dependen ya del Soberano. Que no es un presidente ni una deidad encarnada, aunque, como bien lo dijo el querido Sampay, su palabra, la palabra del pueblo, es la palabra de Dios. Es, entonces, hora de callar. Pero en ese respetuoso silencio, no dejo de mirar hacia atrás, y pienso que en el balance hemos hecho lo correcto. Asoma en mí una sonrisa por el trabajo bien hecho, por la impresión de que, aunque sin dudas todo lo hecho pudo ser, y deberá ser, mejor, esto recién empieza. El sueño sigue vigente, porque la necesidad que lo convoca es cada día más perentoria. Y mientras la Argentina reclame una fórmula política que la saque de su estancamiento ya casi crónico, ese sueño, diariamente actualizado, será el motor de generaciones.

Pero ahora, como dije, toca callar. El Soberano se despereza.

17

26/07/2015

En las últimas dos semanas, dos de los tres principales candidatos presidenciales, Mauricio Macri y Daniel Scioli, han enhebrado estrategias que intentan ampliar su electorado, aún a costa de alejarlos de su zona de confort. En el caso de Macri, un partidario tradicional de la actividad privada, ese giro -negado por algunos de sus voceros, reconocido por otros y explicado confusamente por todos-, ha sido bastante espectacular. El principal referente de un partido, el PRO,  que se opuso básicamente a todas las políticas de estatización del gobierno, realizó una reconversión espectacular de su discurso en apenas una noche. Aerolíneas, YPF, el sistema jubilatorio, la AUH, ¡Fútbol para Todos!

La primera reacción del equipo de PRO fue negar el cambio, sostener que era lo que se había dicho siempre. Con el correr de los días, no obstante, el discurso oficialista y la evidente incongruencia entre narrativa y data dura -a la que no fue ajena la conducta del bloque legislativo en los temas mencionados- llevaron a dos de sus referentes -María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta- a reconocer ese cambio y justificarlo. En concreto, Larreta dijo que “uno cambia y aprende sobre la marcha, uno va evolucionando, lo peor que se puede hacer es ser necio y quedarse con ideas que tenía hace años”. Vidal, por su parte, reconoció que “con el paso de los años, entendimos que Aerolíneas es buena para la gente.” Algunos todavía sostienen que en verdad no se trata de discutir la propiedad de las empresas públicas, sino de su eficiencia. Discurso que Macri sostuvo por años, pero que ahora abandona de manera explícita, porque suena demasiado privatista. Al fin y al cabo, si no importa la propiedad sino la eficiencia, eso deja la puerta abierta precisamente a lo que se niega.

Es cierto que la gestión PRO en la ciudad ha sido históricamente más pragmática de lo que su discurso indicaba. No ha sido ni privatista ni linealmente conservadora. No obstante, nadie negaría dos cosas: primero, que ese discurso de confrontación, altamente ideológico, efectivamente existía. Segundo, que el mismo se reflejó nada menos que en las decisiones e iniciativas del bloque PRO en el Parlamento. Iniciativas y decisiones que contradicen, punto por punto, los aspectos de la experiencia kirchnerista que hoy el macrismo públicamente acepta. Que son casi todos.

¿Cómo se explica esto? Simple: Macri sabe que solamente con el voto antikirchnerista no podrá evitar una victoria de Daniel Scioli en primera vuelta. Peculiaridades del sistema electoral aparte, es la misma lógica que lleva a Scioli a una kirchnerización extrema, sobreactuada, como la que depositó al gobernador de Buenos Aires en La Habana. Scioli apenas pudo, para mantener eso que se llama voto propio, señalar la actualización doctrinaria del castrismo.

¿Razones? Ambos saben que con su base de sustento no les alcanza para el resultado que necesitan, que en el caso del jefe de gobierno reside en garantizar el balotaje, instancia que precisamente el gobernador de Buenos Aires desea esquivar a toda costa.

¿Es la mejor estrategia para ambos? Es pronto para saberlo. Claramente, el cambio ha erosionado las chances del PRO en una medida superior a la que podía tener para el electorado oficialista, más estable. A lo largo de los años, Scioli ha mostrado que se siente cómodo hablando de casi cualquier cosa, y diciendo casi nada. Su política de gestos y sonrisas le ha bastado para llegar hasta aquí. En PRO, en cambio, el costo de semejantes concesiones políticas ha llevado a piruetas notables, como el caso del show unipersonal de Durán Barba, un hombre que parece cada día más enamorado de sí mismo y de su lugar en la campaña, que preocupado por su resultado final.

Es cierto que la coherencia discursiva no garpa. Menos aún, cuando enfrentás al oficialismo en un contexto de relativa estabilidad económica. La ventaja oficialista, hasta ahora, se ha mostrado indescontable en casi todos los distritos: nada indica que el turno nacional se presente como una excepción. Es cierto, asimismo, que el voto ideológico es menor en la Argentina. Es dudoso, en cambio, que las acrobacias discursivas de un candidato que no alcanza todavía a polarizar con eficacia no vulneren su activo más preciado, que reside menos en su inexistente programa de gobierno que en un enfrentamiento radical, más gestual que real, con el oficialismo. Enfrentamiento que inicialmente hacía pie, principalmente, en el voto antiperonista tradicional. Macri inició su campaña presidencial mostrándose como un otro absoluto, que enfrentaba tres décadas de decadencia imputables a la continuidad del peronismo. Menos de seis meses más tarde, reconoce no ya el valor de las medidas originales de Perón, primer volantazo del año, sino incluso la necesidad de continuar con elementos centrales de la gestión kirchnerista.

Los tres candidatos competitivos comparten un mismo diagnóstico: en la Argentina, quien mejor encarne el perfil y las expectativas del votante de centro será más competitivo que aquel que busque encerrarse en su electorado de pertenencia, si es que tal cosa existe todavía. No se trata de una novedad política: frente a una experiencia socialmente exitosa, como la convertibilidad, la Alianza se plantó en 1997 como el garante absoluto de una continuidad que, aunque le costaría a la postre el gobierno, no por ello dejó de ser efectiva para alcanzarlo. Pero claro, la Alianza definió su programa y su discurso dos años antes, en el momento mismo de su constitución. Altri tempi.

16

19/07/2015

1. Primera reflexión: yo sabía que no tenía que subir el posteo anterior!

Hablando en serio, la serie de errores en que incurrieron los encuestadores desde el inicio del ciclo electoral ha sido notable, siempre que consideremos que se trata de eso, de errores. Pero creo que estamos asistiendo a algo más que una serie de infortunios estadísticos. Estamos frente a una maniobra descarada de manipulación de la “opinión pública” por parte de empresas que fomentan ciertos votos y desalientan otros. Empresas que, como las dos principales encuestadoras, tienen contratos de los dos lados de la General Paz. No les importa que salga mal: el negocio está en el contrato, no en la credibilidad. El aliento a la polarización ha fracasado en las desdobladas: el voto no ha indicado en modo alguno que exista una campaña dirimida en función de dos candidatos.

2. Datos.

Las comparaciones son útiles cuando tienen sentido. Rara vez es el caso. Supongamos que el votante en blanco / anulado tenía alguna especie de deber cívico de combatir al candidato de Macri votando al candidato de Sanz, deber que no le fue imputado por el propio Recalde. Lo cierto es que un examen atento, merced a los datos que brinda Andy Tow en su infaltable Atlas Electoral, indica que el voto en blanco / anulado no tuvo incidencia real en comparación con otros escenarios de segunda vuelta.

Repasemos: En 2011, el PRO obtuvo un 64,27% contra un 35,73% del FPV. Los votos en blanco fueron del orden del 2,46%, y los anulados, del 2,83%. La asistencia fue del 72,02, más baja que en la primera vuelta.

Cuatro años más tarde, con el el PRO obtuvo una cifra sustancialmente menor, un 51,64%, frente a un 48,36% del candidato de ECO. El voto en blanco fue del 5,05%, y el nulo, complicado desde la introducción de la BUE, del 0,85%. La asistencia, que en la primera vuelta había sido del 73,04, cayó ahora al 69,38%..

Pasando en limpio, la suma de blancos e impugnados en esta vuelta da como resultado un 5,9% contra un 5,28 en 2011. Margen estrecho. No se aprecia que exista incremento significativo. En cuanto a la merma en la participación, sin dudas atribuible a las encuestas que dieron por finiquitada la elección, así como al cansancio del electorado, que sabe que quedan nuevos turnos, sólo valdría tenerla en cuenta si asumimos que se trata de voto a favor de Lousteau… para lo cual no se aprecia motivo alguno.

3. Posiciones.

¿Por qué debería un votante independiente acompañar a un candidato que no lo representa, con el sólo efecto de cambiar una elección en que no se siente comprometido? ¿Para ayudar a los que no consiguen derrotar al PRO por sus propios medios? ¿De dónde sale esa lógica?

Ya hemos señalado que la argumentación por la cual el cambio en la base de cálculo es signficativo en el resultado final vale para la primera vuelta. El balotaje se define por mayoría simple. De este modo, sólo puede sostenerse que votar en blanco es votar en ganador si se fuerza la idea de que la única alternativa que resta es votar al otro candidato. ¿Por qué lo harían los electores que optaron por el voto en blanco y anulado? No asiste motivo. El propio Recalde ha subrayado que se trata de una interna de Cambiemos.

4.

Resultados.

PRO ha ganado, su proyecto ha salido lastimado. Los motivos de este cambio al interior de sus propias bases de apoyo son insondables al analista. Posiblemente debamos considerar que el votante de 2011 tenía a Macri en la boleta. Macri, se quiera o no, ha elevado siempre el umbral de PRO. Lo hizo en 2011 respecto de 2009, por ejemplo. Un salto de casi quince puntos. Esta vez, PRO jugaba con un candidato casi desconocido, que había emergido de una interna muy dura y peleada. Y enfrentaba, no al adversario de siempre, sino a un candidato, Lousteau, que pudo sintetizar buena parte del aoyo del progresismo no K, del que surge del kirchnerismo, y del voto del propio partido de gobierno. ¿Nace una estrella en la Ciudad? Hablemos en dos años. Es un montón.

Ah! Vuelvo a aclarar. Voté a Lousteau. Dos veces.

15

18/07/2015

El domingo a la medianoche, los porteños conocerán a su futuro jefe de gobierno. En rigor, ya lo conocen: se llama Horacio Rodríguez Larreta, y todo indica que ganará por unos diez a doce puntos. Si el cálculo es correcto, el PRO habrá ganado con claridad la elección, y verá propulsada su algo alicaída campaña, luego de un par de semanas de confusión al interior de Cambiemos.

En otro momento analizaremos el desempeño electoral del PRO, el mensaje de las urnas y otras pavadas. Baste decir que salvo el balotaje de 2003, el PRO ha ganado todas las elecciones desde esa fecha. A la segunda vuelta de aquel año, en que fue derrotado por el binomio Ibarra /Telerman, siguió una larga lista de victorias: legislativas nacionales y distritales de 2005, ejecutivas distritales de 2007 -con un 61% en el balotaje-, legislativas nacionales y distritales de 2009 -su peor desempeño en generales, apenas arriba del 31%-, ejecutivas de 2011, con un arrasador 64,27% en segunda ronda, y legislativas de 2015, susto en las PASO incluido. Sus mejores desempeños los tuvo con Macri a la cabeza y en elecciones ejecutivas, pero ha ganado siempre y, que yo recuerde, en todas las comunas. En esta ocasión, obtuvo 20 puntos limpios en primera vuelta, igualando la marca de 2011, aunque parece difícil que llegue a la cifra de segunda ronda de ese año.

Y ahí empiezan las especulaciones. Pero es corta la bocha: La elección es desdoblada, y Macri ha dejado el lugar, no a Gabriela Michetti, una candidata instalada, sino a Horacio Rodríguez Larreta, un tipo con escaso carisma. Y ganó de todos modos, lo que refleja un mecanismo aceitado, una adecuada estructura partidaria y un altísimo nivel de fidelización del electorado, con un piso que le envidiaría cualquier adversario. En ese sentido, PRO es, hace doce años ya, la fuerza dominante de la política porteña. Ha sabido administrar el crecimiento, ha focalizado e identificado las propuestas para cada barrio, ha multiplicado el gasto en todos los rubros, y ha polarizado con inteligencia con el gobierno nacional. Ha aprovechado, asimismo, la inenarrable torpeza y dispersión de las fuerzas opositoras.

Todo eso seguirá después del domingo. PRO ha superado, o se encamina a superar, la prueba de ácido de una elección ejecutiva sin su mejor candidato.

El fenómeno Lousteau, con todo el interés que tiene la aparición de una fuerza capaz de perforar los treinta puntos, y quizás los 40, suturando la brecha entre progresismo kirchnerista y no kirchnerista abierta en 2007, no parece alcanzar para revertir nada de lo dicho. Ilustra, sí, la inusitada torpeza de una coalición que se niega a sí misma, que se pone en peligro a cada paso, y que demuestra la más palmaria incompetencia en materia de estrategia nacional. Nada nuevo, tampoco.

Hay un poco de ruido sobre lo que debería hacer el votante que suena bastante a extorsión ideológica. Se les dice a los porteños que un voto en blanco equivale a un voto a Larreta. Eso, que puede ser cierto en una primera vuelta, en tanto la modificación de la base de cálculo acerca a la primera minoría al porcentaje necesario para evitar el balotaje, no tiene el más mínimo sentido en una segunda ronda, donde se gana a mayoría simple. Lisa y llanamente, quien por el motivo que fuere desee votar en blanco debe tener en claro que su decisión no incide en la elección general. No cambia nada.

Por eso, quien desee votar en blanco, sea como medio de expresar su descontento con la oferta existente, o por cualquier otro motivo, no debería prestar atención a esta campaña absurda que pretende, no ya vencer al PRO, sino limitar su victoria. Demasiada extorsión para tan pobre propósito.

Dicho esto, y dado que en la Argentina hemos instaurado la peste por la cual todos los argumentos se juzgan, no según su coherencia interna, sino según las calidades ideológicas del emisor, valoradas de manera completamente subjetiva por cualquier eventual lector según pareceres completamente arbitrarios, quien escribe se ve en la obligación de aclarar que el domingo votará a Martín Lousteau.

Postdata: Apenas veinte países en el mundo mantienen la norma del voto obligatorio, que claramente no tiene sentido en un balotaje. La mayoría de esos países pertenece a América Latina, y sólo cuatro a la Unión Europea. Cuenta generosa si tomamos en consideración que dos de esos países son Chipre y Luxemburgo. El voto obligatorio no tiene, en la actualidad, el menor sentido, ya que se convierte en algo más y algo menos que un derecho. Pero, en tanto está consagrado en la Constitución Nacional, artículo 37, así como en las normas derivadas, todo indica que ha de persistir pese a carecer por completo de su sentido original.

9-7

10/07/2015

“La secuencia 1806-1808-1810-1816 representó siempre un arco complejo por todo lo que se ponía –y se pone- en juego al dar significado a cada una de esas fechas. Privilegiar 1806-1807 implicaba reforzar la imagen de una gesta heroica criolla a la vez que encendía las disputas entre la capital y el resto de los pueblos al atribuirse la primera todo el protagonismo; detenerse en 1808 quitaba heroicidad a 1810 pero explicaba mejor las alternativas hasta 1816; colocar a 1810 como la fecha más emblemática permitía minimizar la dosis de contingencia que la hacía derivar de la crisis de 1808 pero devaluaba el acontecimiento que representaba la dimensión colectiva y deliberada de todos los pueblos –y no sólo de Buenos Aires- al declarar la independencia.”

Marcela Ternavasio en La Gaceta.

Tal vez con un excesivo dejo mitrista, tenemos la versión de izquierda por acá. Fabián Harari nos recuerda que “el 11 de junio de 1835, Juan Manuel de Rosas decretó que “en lo sucesivo, el día 9 de Julio será reputado como festivo de ambos preceptos, del mismo modo que el 25 de Mayo; y se celebrará en aquel misa solemne con Te Deum en acción de gracias al Ser Supremo, por los favores que nos ha dispensado en el sostén y defensa de nuestra Independencia política”.

Antes de esa fecha, no se festejaba. Cuák.

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