Machuca, una radiografía de la educación (o de la sociedad) chilena. Por Iván Orbuch.
Pocas películas describen de manera tan precisa los problemas actuales de la educación chilena como lo hace Machuca. En efecto el film, pese a que aborda las postrimerías del gobierno socialista de Salvador Allende, es increíblemente actual. No sólo porque en el país trasandino no ha habido una efectiva política de Verdad, Memoria y Justicia que permita saldar los crímenes del pasado para construir un futuro distinto y vigoroso, sino porque el acceso de los sectores populares a una educación similar a la que reciben los chilenos ubicados en el primer lugar de la pirámide social hoy sigue apareciendo como algo utópico.
La película recibe el nombre de uno de sus jóvenes protagonistas, Pedro Machuca. Él y cinco vecinos de origen humilde son incorporados al tradicional y elitista Colegio Saint Patricks, al que concurren los hijos de la clase más acomodada de la sociedad chilena, con el noble propósito de que todos los niños puedan acceder a la misma educación, convivan, se integren y puedan comprender mediante la coexistencia que hay otra realidad al margen de la que viven en sus barrios. El director de este colegio religioso es el padre Mc Enroe, quien es el ideólogo de esta transformación que pronto recibirá tanto fervientes apoyos como enconados rechazos de parte de los padres de los alumnos, en una exacta síntesis del clima vivido en Santiago en los meses previos al sangriento golpe de Estado encabezado por Pinochet, pero que, como sabemos, contó con la complacencia de un vasto sector de la sociedad.
Es en este particular contexto, que Pedro Machuca conoce a Gonzalo Infante, el otro protagonista, a priori su contracara, dada su disímil extracción social, pero que con el correr de los minutos pronto nos indicará que el mundo de los prejuicios es una construcción social armada por los adultos, de las que los niños, en su mayoría no participa. De este modo comienza una amistad llena de hermosos momentos y descubrimientos. De todos ellos el mayor sin dudas es el fascinante hecho de poder ampliar la mirada del mundo y entender que hay un otro al cual se puede respetar e integrar. Considero que este es uno de los mayores logros del film. Rescatar la otredad y mostrarla despojada y desinteresadamente.
Pero lo bello y potente de estos instantes pronto quedarán transformados en gratos recuerdos cuando el clima violento que se empieza a vivir en las calles de Santiago, atizados por el desabastecimiento, el incremento de precios y la existencia de un mercado negro comience a resquebrajar los cimientos de lo que parecía una sólida amistad.
Con el golpe de Estado consumado, se lee en la tapa de El Mercurio, tradicional diario chileno y participante activo de la campaña de desestabilización y desprestigio de Salvador Allende, que un organismo multinacional como la FIFA declara que la vida cotidiana en Chile es normal. Y en cierto modo lo fue, máxime cuando la película nos muestra las increíbles escenas de violencia desatadas por las fuerzas de seguridad en los barrios populares en contraste con la paz absoluta y la existencia de un clima relajado que da lugar a las charlas banales en los reductos de las élites. O cuando se observa la posibilidad de escape que tiene Gonzalo Infante cuando les dice a los militares que el no es de “acá, sino del otro lado del río”, y puede salvar su vida cuando se percibe que posee una indumentaria acorde con un alto nivel de vida.
Es que el intento del Padre Mc Enroe, visto desde los sectores que defienden su privilegio, fue una “anormalidad” y fue un intento más que tuvo el comunismo de democratizar el aula, algo que fue considerado una afrenta a los valores del Chile tradicional y que casi cuarenta años después todavía no se ha logrado. Constituyéndose en la deuda más grande que la democracia chilena aún no pudo saldar.
Iván Pablo Orbuch,
Profesor de Historia
(UBA – UNSAM)

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