Peronismo, ese viejo debate.

Cuando empezaba la Facultad, recuerdo que había pocas cosas más complicadas que encontrar un texto académicamente decente sobre los orígenes del peronismo. Lo cual, desde mi punto de vista, era un problema grave. Había, sí, unos pocos profesores capaces de enhebrar miradas distintas, pero eran poquitos (en rigor, era Juan Carlos Torre: no había nadie más).
Claro que en ese momento mi comprensión del peronismo estaba excesivamente determinada por la presencia de la clase obrera, el programa económico industrialista y mercado – internista, el rol de los sindicatos… esto es, el debate de los años sesenta, que con alguna crueldad hoy es llamado “metropolitano” debido a su escasa atención a las matrices provinciales del peronismo.
Y sin embargo, todo el tiempo las pistas estaban ahí. Las nuevas investigaciones nos han mostrado que el perfil del peronismo urbano, metropolitano, ese que ocupa de modo saliente las obras de los especialistas extranjeros, desde Daniel James hasta Steven Levitsky, presta una atención casi nula a la conformación del peronismo fuera del AMBA. Presta, también, y esto es notorio entre los analistas electorales, poca atención a las dificultades históricas del peronismo en Santa Fe y Córdoba, que me parecen sugestivas.
¿Cómo se constituye el peronismo metropolitano? Claramente, como lo ha demostrado Torre, a partir del influjo de los sindicatos y de la CGT, que participan, si bien de manera no completamente clara, en la movilización del 17 de octubre.
Muy bien. Pero, ¿cómo se constituye el peronismo en opción nacional, en un territorio extenso en que la industria, la clase obrera y los sindicatos eran patrimonio apenas de una región, si bien ya importante en términos demográficos?
Aquí, me parece, la tesis de Torre, que ve en el fracaso del Laborismo la tragedia de una dirigencia sindical que no comprende adecuadamente la secuencia por la cual la clase obrera encuentra su unidad en torno al reclamo por la libertad de Perón, no alcanza.
Porque, si atendemos a las listas que los propios dirigentes del laborismo llevaron en las provincias, aparecen menos dirigentes sindicales y más políticos profesionales. Con frecuencia, se trataba de dirigentes departamentales procedentes del ámbito conservador, comerciantes y contratistas vinculados a los negocios regionales (Saadi sería el caso paradigmático de esta especie) o bien, a núcleos de Acción Católica, como los que apoyaron la candidatura de Argentino Auchter en Córdoba.
Esta composición ciertamente diversa y heterogénea, que se da en un país donde, nuevamente, fuera del AMBA, las estructuras sociales son todavía poco flexibles y relativamente estables, muy tempranamente daría lugar a conocidos enfrentamientos, como los descritos por Moira Mackinnon entre políticos y sindicalistas. Y, me parece, explica buena parte de la distancia existente entre lo que el peronismo representa en las grandes ciudades y en el conurbano bonaerense, vis a vis lo que representa en provincias que por comodidad y sin sesgo descalificatorio alguno podemos llamar periféricas.
Lo que muchos tienen que entender es que el peronismo, como cualquier partido nacional -compárese, si no, el radicalismo bonaerense con el cordobés- es la intersección de ambas cosas. Por eso es un lamento inútil el planteo acerca de lo que el peronismo podría haber sido de la mano de otros dirigentes -se nombra muy seguido a Luis Gay, pero también a Domingo Mercante-. La estructuración del peronismo, que por supuesto no fue lineal, y que reconoció una importante vitalidad partidaria, al menos hasta 1950, respondió a una lógica que excede los discursos dedicados a su “columna vertebral”, a su momento fundacional. Es cierto que los discursos persistieron: también es cierto que las tensiones fundamentales producidas por las disparidades regionales tuvieron y tienen expresiones políticas muy distintas. Y eso, en principio, es como es, no tiene mucha vuelta.
Ezequiel Meler





Está faltando una revisión del peronismo histórico periférico (dicho con la misma comodidad) capaz de articular toda la producción reciente dispersa por ahí en un estado de la cuestión más o menos legible. Desde esos dos apoyos tan disímiles que mencionás hasta el mismo bloquismo sanjuanino (por si mismo interesantísimo, tanto en su incorporación al peronismo como en su historia previa).
En gran medida, narrativa peronista standar incluída, el peronismo periférico es el de la gente sin historia wolfiana. La argentina industrializada lleva la civilización, perdón, el movimiento nacional de la mano del conductor y la CGT o, peor, despierta la esencia del nosequé encarnada metafísicamente en el quebracho o algo así. El peronismo periférico no tiene sujetos casi nunca.
Curiosamente, es más, una de las cosas mas interesantes que leí últimamente sobre la incorporación al peronismo de sectores populares periféricos fueron laburos de Walter Del Río, cuyo interés se centra más bien en los dispositivos estatales de marcación étnica en comunidades mapuches. O sea, nada que ver, pero al menos los ñatos aparece ahí con alguna agencia, evaluando estrategias para insertarse en la nueva situación, valorando los beneficios probables, etc.
Sucede, además, que nuestro discurso sobre el peronismo parece anclado en historiografía de hace 40 años. Todo bien con Galasso pero…
Para una mirada desde la antropología social sobre el peronismo (muy diferente de la histórica y de la sociológica) recomiendo dos libros que surgen de sendas tesis doctorales defendidas en el Museu Nacional de la UFRJ por dos argentinos:
-Los Intelectuales y la invención del Peronismo. Estudio de antropología social y cultural. Buenos Aires, Alianza, 1998, de Federico Neiburg
-De leales, desleales y traidores. Valor moral y concepción de política en el peronismo, Fernando Balbi.