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Notas sueltas (V): Cuando cae el sol.

30/12/2010

1. Cuando inicié este conjunto de reflexiones dispersas, lo hice aclarando que se trataba de contradicciones secundarias, no principales. Lo principal, siempre, es ganar.

Pero después se sumaron algunas contribuciones, que leo en estos días, como la de Fede y la de Abel, que me parece sintetizan las dos miradas, no sólo generacionales, que se le pueden dar al problema, tanto desde el kirchnerismo como desde el peronismo. Dos miradas que, me parece, tratan de abrir el debate más que de saldarlo. Y lo hacen muy bien.

2. Fede señala que la eventual caza de brujas puede tener una raíz generacional. No sé si es correcto, pero es provocativo e inteligente. Abel, en el mismo post, le responde con una constatación concreta: en el movimiento peronista, desde el 55 en adelante, siempre hubo margen para sectores de derecha y de izquierda, con extremos que iban mucho más allá que los actuales. Por mi parte, he sugerido que la vocación de comisariado de algunos referentes del progresismo puede ser el equivalente contemporáneo de pasadas heterodoxias.

Pero el déficit que plantea Fede, el déficit político que durante muchos años venimos charlando, es otro y es más claro:

“La existencia de dos candidaturas kirchneristas en la provincia de Buenos Aires (o de ninguna, si se quiere: Sabatella es “autónomo”, y Scioli… también) electoraliza un problema político profundo y real. El gran déficit del gran presidente de la democracia: la construcción de una herramienta política que pueda sostener la profundización y consolidación del proceso.”

No voy a defender a Scioli como continuidad, porque en verdad me parece que el meollo de la discusión pasa por otro lado, pero quisiera sí decir que Scioli encarna una continuidad posible de este proceso. Una continuidad que tendrá, naturalmente, socios e interlocutores distintos, pero que no necesariamente cambiaría las grandes definiciones de estos años -tal vez incluso, las cambiaría menos de lo debido-. En cualquier caso, la viabilidad de esa continuidad depende primero de qué decida hacer CFK en 2011: si decide ir, tendrá encolumnado, detrás, el vasto apoyo de peronistas, progresistas y votantes independientes.

3. La dificultad en la construcción de un kirchnerismo político es, como bien señala Fede, un capítulo más en el déficit de todos los presidentes de la democracia. Porque, en rigor, todos trataron de traspasar las fronteras estrechas de los partidos existentes. En el tiempo, ninguno lo logró.

En el caso específico del kirchnerismo, la intención más pura de este proceso, la vocación transversal, trató de tejer un vínculo político duradero entre sectores tan distintos como el PJ bonaerense, los sindicatos y los gobernadores por una parte, y una fracción del progresismo democrático de centro – izquierda, por la otra. La dificultad que se presentó no fue tanto la incapacidad de un armado, la falta de voluntad para realizarlo, etc., como la competitividad previa entre ambos conjuntos de elementos.

Porque, en rigor, el progresismo que hoy acompaña a CFK nació como diferencia radical con los dos partidos mayoritarios, aunque sólo haya alcanzado fugazmente el poder de la mano de ambos. Y el peronismo, sobre todo en los años noventa, sufrió duramente los embates de sus entonces rivales y adversarios.

Proponer una construcción que supere las contradicciones esenciales de la política argentina desde 1984 hasta la fecha, algunas de las cuales son más viejas todavía, implica, en parte, desconocer este elemento competitivo de dos proyectos que se unifican en un liderazgo convocante, una reforma desde arriba, en una línea divisoria respecto de un conjunto difuso de adversarios, pero poco más allá. Y los recelos mutuos, atemperados por las victorias y por la sagaz mirada de las dos referencias nacionales, que no trataron nunca de forzarlos ni decidir entre ellos (vg: Santa Fe y Córdoba 2007, para el caso del progresismo), nunca desaparecieron.

Por eso, es complicado pensar un partido K. Lo que no implica que sea imposible, pero lo más sensato sería pensar dos: un partido que aglutine al progresismo, y el PJ. Más que eso, implicaría que alguien tenga que ceder en su identidad, y eso no es esperable.

4. Abel, por su parte, razona en términos de poder aquello que Fede ve más en el plano de las ideas y las identidades. Para él,

“La secuencia inexplicable Menem, Duhalde, Kirchner tiene una lógica muy simple: Duhalde no habría trascendido la Intendencia de Lomas de Zamora si no hubiera apostado a Menem en 1988. Kirchner no habría sido presidente en el 2003, los que ahora son fervientes K no lo reconocerían, si Duhalde no lo hubiera bancado en ese año. Más: ninguno de ellos, ni tampoco Cristina Fernández, hubieran llegado donde llegaron si el peronismo como fuerza política, sus aparatos partidarios y sindicales, no los hubieran apoyado.”

Lo que dice Abel es rigurosamente cierto desde el punto de vista fáctico, pero insuficiente a mi juicio. Por ejemplo, en la historia larga del peronismo -que defino rápida y provisionalmente como el conjunto de diversas experiencias históricas y políticas de los sectores populares, experiencias que éstos sintieron como propias y encarnaron en el tiempo-, existió, como Abel señala, una larga querella entre una derecha que era mucho más dura que la actual -al menos, en sentido ideológico, pero también por su propensión a los fierros- y una izquierda que puede remontarse tranquilamente a la propia constitución del Partido Laborista.

Ambas, con el tiempo, se fueron alejando en sus horizontes de expectativas: la primera siguió respondiendo a su formación aristotélico – tomista, y pensando al peronismo como revolución realizada, mientras que la segunda, al calor de la proscripción y los cambios seculares -vg: la revolución cubana, la guerra de Vietnam, etc.- se fue abriendo, pero no tanto como se cree, al marxismo desde una perspectiva que, finalmente, abrevaba también en ciertas líneas del catolicismo -desde el Concilio Vaticano II hasta el movimiento de sacerdotes tercermundistas. Esa variante imaginó al peronismo como una revolución a continuar, a profundizar, a llevar adelante. El choque armado, en alguna medida, era inevitable, y ni siquiera el retorno de Perón, que por formación estaba más cerca de la primera línea, pudo cambiar el desenlace.

Lo que Abel subestima en esta secuencia, a mi relativo juicio, es lo que ambas líneas tenían en común, esto es, su oposición cerrada y absoluta al liberalismo vernáculo expresado en los Pinedo, los Alsogaray, o los Martínez de Hoz. Consultados por estas referencias, los hombres del peronismo, independientemente de su procedencia, hubiesen respondido y responden todavía -virtudes de la historia oral- en términos similares.

6. Es en ese sentido que puede afirmarse que el menemismo constituyó, para muchos peronistas y para el grueso de los observadores antiperonistas, la última frontera posible a transitar, aquella que disolvió el reducto final de identidad que nos quedaba, no impoluto pero casi, desde los años cuarenta. No en vano, a partir de allí conseguir la unidad del peronismo -una vez consumado el fracaso de la convertibilidad- se volvió difícil, si no imposible.

Las viejas discusiones de las orgas de los setenta -desde la T hasta Guardia- quedaron truncas, irresueltas, pero sobre todo, quedaron viejas cuando esa bandera en particular fue arriada por un gobierno peronista -rasgo del que no es posible dudar, manteniendo la definición operativa dada anteriormente-. Nadie, y me animaría a arriesgar que ni siquiera Abel, puede negar el impacto de este dato sobre la militancia y sobre la visión misma que del peronismo tenían los peronistas.

Por eso, hablamos de Menem como del hecho maldito del país peronista. Por eso, también, Abel se pregunta por la sensibilidad y la praxis de los jóvenes que hoy se incorporan a la militancia, para quienes el kirchnerismo, y no la secuencia antes descrita, es el único peronismo conocido. Seguimos, y seguiremos, debatiendo algo que, pese a mis coincidencias con Abel y con Luciano, para muchos peronistas -y, lo que es más importante, para muchos argentinos- no está saldado, y que traté de sintetizar en esa secuencia. Porque es la identidad del peronismo que viene, el del siglo XXI, la que está en juego, identidad que seguramente ha de sintetizar un poco de ambas herejías -es decir, Filmus, pero también Boudou; Rossi, pero también Insfrán, Urtubey y Schiaretti-.

Para el peronismo, el desafío no tiene nada de nuevo: al contrario, es el de siempre. Mi acotación residiría en señalar que será más difícil que en el pasado, debido que la coalición de caudillos, intendentes y gremialistas cada vez tiene menos en común.

Sin embargo, es esperable que se componga una unidad posible, y que esa unidad sea acompañada por el grueso de los votantes peronistas. El interrogante, como siempre, no pasa por las propuestas de los extremos, sino por la medida en que la síntesis central ha de representarlos en el tiempo. Habrá que ver: por lo pronto, en ese debate estamos los peronistas.

EM.

Imagen original aquí.

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6 comentarios dejar un →
  1. 30/12/2010 13:48

    ¡Magnífico cierre, Eze! Es un post de referencia por lo denso y abarcativo. Esto es terminar el año en gran forma (intelectual, por lo menos).

    Un fuerte abrazo de Año Nuevo. Espero verte pronto y repuesto del todo.

  2. desvinchado Enlace permanente
    30/12/2010 14:40

    La derrota moral del menemismo Eze. Como sub40 la viví en carne propia y me identifico con lo que decís sobre los kirchneristas no peronistas. Ni Menem es mi compañero, ni el Nestor es uno mas de los seguidores del General. Pero no me parece definitivo, es mas, es lo ultimo que me preocupa. Saludos

  3. hector felix Enlace permanente
    30/12/2010 14:52

    Ezequiel; Desde siempre, como ahora, el progresismo quiso funcionar como el comisariato del peronismo.
    Cuenta la leyenda que cuando el gran Arturo Jauretche fue por primera vez a entrevistarse con Perón con un grupo de sus compañeros de FORJA, terminada la reunión y de vuelta a donde los demás compañeros estaban esperando el regreso de los emisarios, entonces Jauretche les informo de sus impresiones de la reunión, las que remato diciéndoles; “este coronel, es ideal para que lo maneje yo”.
    Ojo, no fue el único ni el peor, talvez de los mejorcitos, pero también quería meterle su ideología al peronismo, párese que es la maldición de los intelectuales que no son (o simulan no serlos) antiperonistas.- saludos.-

  4. 30/12/2010 15:09

    Otras veces he usado los términos “brillante” y “lúcido”. Por eso te digo, en serio: “cada vez mejor”. Y me uno a la apreciación de Bob Row.

    Eso sí – :=) – como en el anterior post, hay una cosa pequeña pero muy real que necesito agregar a tu análisis. Hay un cemento que puede unir a todas esas realidades e historias que mencionás. Es la que los unió en el pasado. Es la posibilidad de acceder al poder.

    Puede sonar cínico a las almas bellas, pero no lo es. Sin algún grado de poder estatal, lo demás son ejercicios intelectuales.

    Ojo. No está garantizado que ese cemento será suficiente. “El que viva, lo verá”. Tal vez, en un año, solamente.

    Un gran abrazo y feliz año a vos y a tus visitantes

  5. 30/12/2010 15:19

    Roberto:

    Gracias de nuevo. Mil felicidades para Eva y para vos.
    Abrazo grande,
    EM

    Desvinchado:

    Desde luego, es un tema secundario. Será importante si ciertas definiciones que vienen pateadas hasta 2015 terminan adelantadas a 2011.

    Héctor Félix:

    Ojo que acá laburo con un sentido muy restringido de progresismo, como la crítica que nace a los dos partidos mayoritarios, pero principal e inicialmente al peronismo, en 1984. Es la línea PI – FP – FRAL – MAS – FG – FrePaSo – su ruta.

    Abel:

    Está contemplado el factor poder. Es lo que tomo de tu post. Lo que pasa es que, como diría Sarlo, estamos un poco en el país de los fiscales ideológicos. Muy feliz fin de año.

    En general, feliz fin de año a todos los lectores, visitantes y comentaristas.
    Abrazo,
    EM

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