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Notas sueltas (III): El campo popular no está “en las cosas”.

28/12/2010

Cada vez que se aproximan las instancias electorales, podemos volver a constatar algo que hemos dicho muchas veces: no hay tal cosa como un campo nacional y popular donde “somos todos compañeros“. Esa definición, que peca de esencialista, no alcanza a informar la praxis política de las diversas fuerzas en competencia, praxis que, según el relato progresista, debiera ser unificada, pero que termina “dispersa”, “fraccionada”, dividida por “artificios” y mezquindades.

La realidad, con ser simple, es mucho más compleja. El campo popular, con sus cánticos estilo “el pueblo unido jamás será vencido” y otros hits de idéntica popularidad, se termina tan pronto inicia una campaña. Los mismos que declaman sobre la necesidad de coherencia y trayectoria las archivan para tratar de hacer aquello que otros hacen mejor: ganar. Y cuando se trata de bienes no divisibles -una intendencia, gobernación o presidencia-, lisa y llanamente lo que tenemos es política pura y dura, pragmatismo saludable y consignas colgadas de una liana.

Habría que preguntarse hasta qué punto ello es negativo. En principio, aunque cruda, se trata de una descripción incontestablemente realista de lo que sucede cuando hay poder en juego, intereses antes que ideas, carreras personales y no sólo proyectos colectivos. La imagen de la política como una “batalla de las ideas” es tan ajena a la realidad que describo como un relato de la misma en que no se incluya algún manual de rosca.

¿Es ilícito señalar que todas las referencias al campo progresista, y especialmente aquellas que aluden a su fraccionamiento “evitable”, eluden el contenido político de los proyectos en pugna? Creo que no, y la reciente fractura de la CTA habilita mi lectura. La política es mucho más un campo de disputa entre facciones y estructuras por el control de otras estructuras que un remanso de ideologías y convicciones. Y eso, vale recalcarlo, no la desmerece: sin disputa, sin conflicto, no hay política, y sin política sólo puede existir, como ha señalado con insistencia Mouffe, la no menos falaz concepción de la “gestión” como algo aséptico y ajeno a la política. “Mala onda”, diría el Guasón porteño.

Frivolizar la política, reducirla a pulsiones personales, pero también convertirla en una especie de Jardín Elíseo ajeno a las roscas, a las confrontaciones, y sólo dedicado a la búsqueda del bien común es tan útil como tratar de abrir una lata de arvejas con los dientes. Es una estrategia comprensible entre quienes promueven el fin de las ideologías y la administración empresaria como modelo. Menos entendible es que ello suceda entre quienes intentan transformar positivamente la realidad.

Un viejo problema de las alternativas de este tipo, en general aggiornadas a partir de la etapa abierta en 1983, reside en su carencia de sujeto. Nunca termina de quedar claro a quién apelan y por qué, así como tampoco para qué serviría acompañarlos. Es un déficit que han tratado de resolver descomponiendo idealmente cuanto gobierno no reaccionario se les ha cruzado, en líneas “progresistas” y otras “conservadoras”. Como si para ser gobierno se pudiese eludir todo conservadurismo.

Otra versión, más cercana al palo del peronismo, de este mismo relato, identifica el entero ciclo del bicentenario con una lucha secular entre dos proyectos que no logran desempatar:

“El liberalismo-conservador (con mayor o menor nivel de concentración y monopolización del poder y la riqueza) y línea nacional-popular (con mayor o menor nivel de distribución, democratización y desmonopolización del poder y la riqueza). Ya no se trata de la dicotomía falsa entre la Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista en término electoralistas. Ya no se trata, ni siquiera, de la antinomia “peronismo-antiperonismo”, como quieren construir el relato con cierta malicia operadores culturales de uno u otro lado. La diferencia está dada por quienes, en cada coyuntura histórica (independencia-federalismo-yrigoyenismo-peronismo-kirchnerismo), han logrado ampliar la distribución de la mayor cantidad de recursos –políticos, económicos, culturales– en la mayor cantidad de individuos y sectores posibles de la sociedad.”

Debo decir, antes que nada, que este uso de categorías se parece bastante poco al Portantiero que supe leer hace algunos años. Se parece aún menos a la tradición gramsciana que lo informa. Tiene, en cambio, un inconfundible sabor revisionista, que poco hace por unificar esas experiencias fuera del plano ideacional, o bien, por resolver las contradicciones inherentes al devenir de las mismas. Se trata de una genérica reivindicación de la “tradición popular” tal cual habría existido, en lucha contra poderosos adversarios, desde Mayo, pasando por el federalismo, el yrigoyenismo y el peronismo. Por supuesto, como toda construcción intelectual de cierto grado de elaboración -aquí no hay mucho de eso, al menos no por encima del mínimo- es difícil que haga carne en el sentimiento popular, que suele ser descrito como algo más mundano y menos preocupado por “los grandes problemas”.

En pocas palabras, la ilusión de un campo popular que habría sintetizado las experiencias históricas emancipatorias del siglo XX en un canon común válido para la resistencia popular a su desguace hace poco por explicar el tremendo éxito del mismo, no ya en dictadura, sino en democracia. Útil como estética de la resistencia, nos dice poco acerca de cómo se practica la política  cuando somos nosotros los que ostentamos la obligación de gestionar -ese paso, de hecho, se ha perdido casi por entero-.

Entrenad0s para la resistencia ante un escenario hostil, los militantes de ese difuso campo nacional y popular viven chocando la calesita contra la realidad concreta de sus propios proyectos encontrados y en litigio. Vale la pena, entonces, revisar las premisas de tales ideas.

EM.

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14 comentarios dejar un →
  1. 28/12/2010 10:09

    Vengo siguiendo estos posts, me parecen muy enriquecedores. Quisiera apuntar algo en cuanto al concepto de popular, con su permiso.
    Creo que a partir de 1945, lo popular está ligado al mundo del trabajo. Lo popular se configura como forma de oposición a los grupos dominantes que venían negando los derechos sociales a los trabajadores. Si quisiéramos seguir por esa senda de “lo popular”, podríamos empezar a observar al amplio sector que componen los trabajadores informales. Ahí, creo, hay un sujeto político desatendido.
    Un saludo.

    • 28/12/2010 10:13

      Mariano:

      Si quisiera coincidir más, no podría. En efecto, lo popular siempre es una construcción antagónica de lo dominante, y la masa de trabajadores informales es, casi naturalmente, el sector que debe organizarse. Están los movimientos sociales, pero no han llegado a ser, todavía, lo que hace falta. Un fuerte abrazo

      • 28/12/2010 13:01

        Ezequiel, ¿vos creés que los movimientos sociales podrían “llegar a ser lo que hace falta”? Yo creo que “eso que falta” es una tarea que debe asumir y conducir el MOO, pero no puedo esperarlo de los MMSS.
        Un abrazo.
        Ct

      • 28/12/2010 13:04

        Carlos:

        En principio, la distinción entre MMSS y MOO es cada vez más borrosa, pero no he visto gestos concretos de la conducción del MOO en el sentido de reconocer el problema. Habrá que ver.

  2. 28/12/2010 12:20

    Un post muy breve, y uno de tus mejores. Que es decir mucho. Te animaste a lanzar una blasfemia merecedora de la hoguera: el campo popular, en su lucha incansable contra Pizarro, Beresford, Cisneros, Roca, Videla… es – en términos políticos – una invención berreta.

    Y con Mariano Pica, señalan al sujeto pendiente de ese campo popular, hoy.

    Un abrazo,

  3. 28/12/2010 12:24

    Me gusta la orientación de tu nota. Me parece sano (e inteligente) amigarse un poco con el ethos de las cosas tal como son; no se puede pretender que los intereses (personales y/o corporativos) no existan. No se puede ir por la vida con ojos sólo para el “deber ser”. Un buen análisis requiere reconocer en las relaciones sociales móviles, orientaciones, gustos, limitaciones y todo aquello que constituya las cláusulas reales y concretas de la dinámica social. Lamentablemente, abunda el tipo de análisis “si a fuese b…”, que ya está partiendo de una situación hipotética y no de la realidad.
    Muchos intelectuales reconocidos no pasan de este tipo de análisis; no tienen otro recurso más que el de contrastar la realidad contra un deber ser, siempre a favor del deber ser.
    El otro día soñé que alguien me decía “Lanata es el disfraz de gordo barbudo con onda que se puso tu abuela para que de una buena vez le den bola a sus rezongos y a sus moralinas”
    saludos y un muy feliz año,
    e

  4. 28/12/2010 13:19

    La tareas en algún momento deben ser asumidas. ¿Gestos? Bueno, creo que la decisión de hacer Política por parte del MOO es sólo el principio…
    Un abrazo.
    Ct.

  5. 28/12/2010 14:14

    Te noto muy inspirado en este post y los anteriores , me gusta.

    Abrazo, y que termines bien el año.

  6. 29/12/2010 05:38

    El artículo de Brienza adolece no sólo de un desplazamiento categorial del planteo gramsciano de Portantiero, sino de un esquematismo transhistórico propio del revisionismo, como bien señalabas.
    Lo que apunta Mariano es ni más ni menos que la aparición de nuevos sujetos (con otras temáticas ideológicas) al calor de las transformaciones estructurales (coincidiendo con mi comentario en el post anterior).
    El pero… a tu planteo (híper) realista sobre el peso conservador de todo aparato es que esa visión no contempla los períodos de crisis positiva y movilización “popular”, que engendran la épica de la “unidad en la lucha”. Caso clásico: el período 1969-73.
    Pero aunque a ese nivel es difícil imaginar o predecir otro semejante, los momentos épicos del kirchnerismo, con su atracción sobre un sector de las capas medias progresistas con canales de comunicación con sectores sindicales (mucho menos hostiles que en otros momentos) y MMSS todavía no dió su última bocanada. No, al menos, hasta después de las elecciones. Hasta entonces, abandonar ese sector sería casi suicida. Después, veremos.

  7. 29/12/2010 10:35

    Abel:

    La idea que anima mis posts, en general, es la herejía, como bien sabés. Pero bueno, me defienden mis argumentos. Feliz año.
    EM

    Ezequiel:

    Qué sueño flashero. En fin, el tema es como decís, desde Maquiavelo para acá la política no es acerca de la trascendencia y los imperativos morales, sino de la conveniencia y las relaciones / campos de fuerza. Saludos recibidos y buenos deseos retribuidos. Buen fin de año.
    EM

    Roberto:

    Hay ejemplos concretos como ése, y otros también, que animan el imaginario al que trato de demoler. Pero… siguiendo la misma línea temporal, con Cámpora, con Alfonsín o con Kirchner, más tarde o más temprano las matrices de lo que está en juego se transparentan. Ninguna revolución puede ser permanente: eso hasta los revolucionarios más duros lo entienden.

    Yo no planteo abandonar ese sector, porque en rigor ya está abandonado. Ojalá se lleve política, y de la buena, pero la realidad es que eso al peronismo no le interesa. ¿Réquiem para un progresismo orgánico?

    Un abrazo, muy feliz año para Eva y para vos.

    EM

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  1. ¿Construir kirchnerismo? « El blog de Ezequiel Meler

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