Peronismo, kirchnerismo, progresismo: reflexiones liminares.
Todo debate sobre una experiencia en curso es, por definición, imposible de saldar. Por caso, el viejo debate sobre lo nuevo, lo no tan nuevo y lo viejo del kirchnerismo, necesario como es para esclarecer algunas cosas, no deja de ser un debate metropolitano.
Decimos que es un debate metropolitano, porque a un centenar de kilómetros de la Capital, pierde buena parte de su sentido. Fuera del AMBA, el peronismo es esencialmente, como demostraron hace treinta años Mora y Araujo y Llorente, una estructura anclada en los viejos estilos conservadores, y el progresismo, apenas una proyección de algo que no termina de encarnar en nada tangible.
En rigor, uno puede preguntarse qué es eso que llamamos progresismo, en qué experiencia o experiencias encarna. No es una chicana: veremos que la definición es esquiva y rara vez sale de ella algo más que un constructo teórico (vg: el “campo nacional y popular”) que no se condice con la actuación de ninguna fuerza política concreta, identidad, partido o núcleo electoral.
¿Extendemos la pregunta al peronismo? Vale. Aunque carece de singularidades fuertes, el peronismo ha sido en todas las épocas la síntesis política de la experiencia histórica propia de los sectores populares, que lo acompañaron incluso cuando, a juicio progresista, los estaba hundiendo. Siempre lo han sentido como propio, aún en sus diferencias, y es desde ese lugar que han ido resignificando su evolución y sus mutaciones.
Pero es cierto que el peronismo tiene, esencialmente, dos estructuras muy distintas en su interior, de las cuales la Provincia de Buenos Aires, ese Estado fallido, es un pequeño mapa a escala. Por un lado, en las áreas modernas, el peronismo adquiere un perfil de clase que, aunque no rehuye por completo a los sectores medios, mantiene un sesgo ligado indefectiblemente al destino de los trabajadores argentinos.
Por otra parte, en las regiones periféricas del país, el peronismo adquiere un perfil policlasista totalmente definido, de corte populista clásico, que amalgama el voto de coaliciones muy similares, en términos sociales, a las que enfrenta. Con una diferencia: el catch all peronista alcanza allí su máxima expresión. Desde 1946, la contribución del peronismo periférico al quantum del voto peronista no sólo ha sido la más estable, sino que incluso ha acrecentado su proporción sobre el total.
En esas áreas, el peronismo sigue usufructuando la maquinaria política de gestión que antes ocuparon conservadores y radicales -más que nada los primeros-. Las diferencias entre un Romero y un Gómez Diez, por ejemplo, son diferencias que no pueden explicarse por origen social, ideología, programa, sociabilidad y perspectiva: lisa y llanamente, comparte mucho de aquellos. Pero uno de los dos nunca va a ser gobernador.
Queda un área intermedia, el Centro – Litoral, donde el peronismo abreva de manera cambiante en sectores rurales medios, en sectores urbanos bajos, etc., pero no llega ni a tener la convocatoria imbatible del NOA y NEA, ni el perfil definidamente clasista de los cordones del conurbano. Ese área fue, durante muchos años, la esperanza geopolítica de los adversarios del peronismo: se nos decía que, si existía una correlación negativa entre peronismo y desarrollo, el segundo naturalmente erosionaría las bases del primero. Algunos pueden percibir que algo así ha sucedido, pero en general el cambio ha sido menos dramático de lo supuesto.
¿Cuáles son los contornos del peronismo? No pueden ser reducidos a una ideología. Lisa y llanamente, la corriente principal del peronismo ha podido aceptar tanto la enseñanza religiosa (1946) como el divorcio (1954), sin inmutarse demasiado.
Tampoco puede hablarse de un programa invariante -menos aún, de un programa de corte nacionalista, dado que Perón es quien recupera del olvido conservador el concepto mismo de integración regional (en aquel momento, el ABC) tal cual hoy lo vivimos.
¿Puede descomponerse al peronismo, ideacionalmente, en componentes “progresistas” y otros que no lo son? Se ha intentado. Presento mis objeciones. En primer lugar, el demonio del contexto: qué es progresista y en qué circunstancia es siempre materia relativa, no absoluta. Luego, cabe señalar que esos elementos han convivido, fusionados y naturalizados, en el seno de la misma corriente política, por al menos treinta años. Cabe dudar de nuevo de su carácter divisible.
Pero lo más complicado, como señala con acierto Laclau, es que el plano de las ideas aparezca como una licencia de la praxis. Porque las ideas, el discurso, y todas las acciones performativas de lo político son, al mismo tiempo, praxis. En ese sentido, cuando Artemio López señala que el kirchnerismo es “una etapa más del despliegue populista, muchas veces contradictorio, iniciado en el año 1946, entonces bajo la conducción de Juan Perón”, debe leerse la frase con cuidado, pues refiere tanto a las generales de la ley -esto es, a las condiciones del populismo en tanto forma misma de estructuración de lo político en el seno de una comunidad determinada-, como a la especificidad de lo concreto, eso que llamamos, todavía, peronismo.
¿Terminó el peronismo con Perón, como se aduce frecuentemente? Es dudoso que así sea: basta con observar a los votantes, a los dirigentes, a los candidatos, para tomar consciencia de que, aún en la derrota, mantuvo rasgos que le eran propios. Lo que terminó fue una modalidad determinada de esa experiencia populista, que implicó, para el sujeto político, la necesidad de darse una regla interna de gobierno. Esa fue la tarea de la Renovación, y su resultado ineludible fue el menemismo.
¿Fue el menemismo un peronismo? Si se lo juzga desde un plano ideacional, como mínimo habría sido uno muy extraño. Pero, de nuevo, juzgado desde el plano de la praxis, y -aquí elijo deliberadamente el eje polémico- desde sus bases sociales, no cabe duda de que la respuesta no puede sino ser afirmativa. El menemismo fue la solución peronista que podía darse a la crisis de la sociedad argentina de posguerra, crisis que se arrastraba desde mediados de los años cincuenta, y que resultaba en frecuentes estancamientos, cuellos de botella, etc. Fue, también, una respuesta a los desafíos planteados por la herencia de Martínez de Hoz, en un continente asediado por la crisis de la deuda y su correlato, la quiebra del Estado. Políticamente, fue una respuesta exitosa: evitó el desbande propio de formaciones políticas similares, como el APRA peruano y el socialismo chileno, y mantuvo en el gobierno a una dirigencia política que fue capaz, en el tiempo, de darse cuenta de la ineludible perentoriedad del cambio.
Porque el kirchnerismo, que ciertamente tiene mucho que ver con la situación de crisis vivida a partir de la quiebra del ciclo neoliberal, no puede ser pensado como un proceso que nace un 25 de mayo del 2003, a las 11 de la mañana. Al contrario, nace cuando un puñado de dirigentes, muchos de los cuales -si no todos- acompañaban la experiencia menemista, comienzan a tomar nota de su progresivo agotamiento. La diferenciación surgida entonces, el duhaldismo -vayan nuestras condolencias a quienes pretendan invisibilizar este origen- reúne en torno a sí a los mejores cuadros para pensar un salto que la sociedad, entendida como mayoría electoral, no estaba dispuesta a dar.
Fue sólo después de que ese salto se volviera imperioso, por la fuerza misma de las cosas, que esa misma elite dirigente pudo llegar, no sin tropezones, a la conducción de un Estado devastado. Y entonces, casi podría decirse que como en el 45, la medida de todas las cosas pasó por refundar ese Estado – Nación, por recuperar las atribuciones y los recursos perdidos, por restaurar el lazo entre ese Estado y la sociedad, en un proceso que no se detiene desde 2002 a la fecha.
Kirchner, como tantos otros antes que él, pudo soñar con dejar una marca distinta a la de todo predecesor, una marca indeleblemente propia. Era lógico, en el contexto de crisis y deslegitimación de los canales políticos existentes, que se diera una estrategia tal. Tanto más lógico, en la medida en que el proceso que siguió a la devaluación fue un proceso de reforma desde arriba, formateado desde la propia política tradicional, pero con la dosis necesaria de reformismo para volverlo viable. Fue un reformismo desde arriba, decisionista y vertical, donde el Partido quedó reducido, en verdad, a la propia Casa de Gobierno. Fue, en definitiva, lo que podía ser.
No obstante, y en la medida en que fue exitoso, ese reformismo chocó con límites surgidos tanto de su éxito como de su propia matriz política, algo que puede observarse en los reiterados fracasos estratégicos de Néstor Kirchner a la hora de constituir, en el PJ como fuera de él, una fuerza propia. Y es que esa imposibilidad de trascendencia estaba inscrita en los orígenes mismos de la experiencia kirchnerista, que aplicó con pragmatismo las recetas que consideró apropiadas a los fines de reconstituir la hegemonía social. Estaba inscripta, en definitiva, en su propia matriz histórica.
¿Es el kirchnerismo un progresismo, o bien, un peronismo progresista? En las áreas metropolitanas en que puede ser gobierno, es posible que su perfil se adecue a esa necesidad. Fuera de ellas, es peronismo tradicional, conservador, puro y duro, como lo ha sido siempre. Y esto no lo desmerece, sino al contrario: expresa las asimetrías de una Nación que aún está demasiado lejos de haber resuelto sus feroces diferencias estructurales. El peronismo kirchnerista, por el contrario, es el gobierno posible de esa sociedad fragmentada, un gobierno que cuenta con los significantes de una vasta tradición popular y populista, a saber, aquella iniciada a mediados de los años cuarenta.
En cualquier caso, no debemos por esto pensar que el destino está escrito. Serán los hombres y las mujeres de la política y de la sociedad quienes encuentren para el peronismo, para el kirchnerismo, y eventualmente para ese indefinible progresismo sin historia concreta, un futuro eventual en nuestro porvenir. O, no.
Ezequiel Meler,
FFyL UBA






NO podria estar mas de acuerdo.
Juan:
Lo que pasa es que te robé la frase “Estado fallido”
Abrazo,
EM
LA FRASE El menemismo fue la solución peronista que podía darse a la crisis de la sociedad argentina de posguerra, crisis que se arrastraba desde mediados de los años cincuenta, y que resultaba en frecuentes estancamientos, cuellos de botella, etc. Fue, también, una respuesta a los desafíos planteados por la herencia de Martínez de Hoz, en un continente asediado por la crisis de la deuda y su correlato, la quiebra del Estado ES DEMASIADO COMPLACIENTE CON EL MENEMISMO. No se puede remediar la quiebra del Estado con más quiebra del Estado, ni la crisis de la deuda atando el peso a la deuda, ni creo cierto que haya sido “la solución peronista” a la decadencia posterior a la postguerra, el E de Bienestar, etc. Por cuanto, si la razón de ser del peronismo fue ese E de B suigeneris, destruirlo hasta las bases no fue ninguna solución, y negó su razón de ser, su sentido, porque efectivamente el peronismo no podía ser una cosa y su contrario
Jorge, lo cierto es que efectivamente el peronismo fue una cosa y su contrario muchas veces, no sólo en los 90. Abrazo,
EM
“…las asimetrías de una Nación que aún está demasiado lejos de haber resuelto sus feroces diferencias estructurales…”
Va una pregunta: por qué el peronismo con todos sus líderes y la capacidad de adaptación que describís y la suma del poder político durante tanto tiempo, fue y aún hoy es incapaz de dar respuestas al pueblo que lo sustenta (salud, educación, vivienda, alimentación) ?
FCEyN:
Tampoco el peronismo es el dueño de la política argentina: es sólo un actor más -asumamos que unívoco: yo prefiero pensar en distintos proyectos sucesivos, algunos de signo inverso entre sí, con determinaciones internas y externas-.
De todos modos, en rigor nadie ha tenido en la Argentina ni el poder ni la voluntad ni el tiempo -ha tenido uno o dos, no los tres- para cambiar de cuajo situaciones que vienen desde la misma Independencia, con el giro de la economía hacia el Atlántico y la crisis de la economía artesanal y familiar.
No obstante, se han dado respuestas, algunas mejores que otras, según la correlación de fuerzas y la capacidad de esos dirigentes en cada caso. Tomá cualquiera de los índices que mencionás y vas a notar una baja significativa y regular desde los años 90 a la fecha, incluso en algunos casos desde los años 70 a la fecha. Todos mejoraron, o al menos dejaron de empeorar. Y esa reversión de tendencia es probablemente una de las razones por las cuales se mantiene cierta correlación entre peronismo y voto popular.
Saludos,
EM
Llegué desde la Ramble tamble y me encuentro con un muy buen análisis, de alguien que se llama igual que yo, que nació sólo 4 meses antes que yo y que viene de filo, igual que yo (sólo que, si las circunstancias lo permiten, me recibiré de antropólogo el año que viene). También es probable que me dedique a la docencia, ¿no son muchas coincidencias?
Respecto del análisis, me parece que entiendo porqué le gusta a Artemio: él resiente esa necesidad de la clase media de “no tener nada que ver” con el peronismo y, a partir de ahí, de reclasificar como no peronista cualquier cosa que venga del peronismo y asuma banderas progresistas.
Si te interesa te mando material de análisis sobre peronismo desde la antropología de la cátedra de antropología política.
Ahora me tengo que ir, pero más tarde prometo explorar las notas de tu blog con más detenimiento.
Saludos,
e
Ezequiel, son muchas coincidencias, es cierto. Pero todas se asocian con motivos agradables para el recuerdo y para el acto de compartir experiencias. Siempre se agradece el material. Después envío mi mail.
Ezequiel, gran post con el cual concuerdo en muchas cosas. Pero yo matizaría un poco esa oposición tan radical de MyA+Ll. Suena bastante cercana a lo que me dijo (en chiste) un posrteño hace unos años:
“Está capital, después el conurbano y después viene jujuy, bolivia y todo eso.”
Pero el “interior” no es todo Jujuy, por decirlo de algún modo. Creo las diferentes formas que ha ido tomando (no solo) el peronismo a lo largo de los años, aún en “Jujuy”, es todo por ser contado y hay muchísima tela para cortar por ahí. Es difícil no ver el componente clasista en el peronismo (y en el atiperonismo) tucumano, por ejemplo. O qué hacemos con Neuquen donde el peronismo, vaya uno a saber porqué, se llama de otra forma (cuac).
Quizás deberíamos comenzar por analizar con más detalle las modalidades concretas de poder y gobierno que se fueron tejiendo en los últimos 70 años en los lugares más diversos del país, las opciones concretas (y los marcos que habilitan la posibilidad de esas opciones) que han elegido los sectores populares (y los otros), etc.
Sospecho que la clasificación de mi amigo (y la tuya propia, que incluye al litoral, o alguna otra que considere las especificidades de la región patagónica) no resistiría un análisis de ese tipo.
Guido:
Ojo que la tipología es meramente indicativa, en buena medida deudora de Mora y Araujo. Por lo demás, no contempla ni el sur patagónico, ni las provincias andinas, ni Cuyo. Si pudiera hacer eso, en un post de menos de sesenta líneas, me dan un doctorado
Tampoco creo, y lo digo en el texto, que todo el interior sea Jujuy, o que Jujuy sea igual, por ejemplo, a Tucumán. Son estructuras sociales distintas que obviamente inciden en política.
Si me parece que existe un contraste entre las áreas metropolitanas, los cordones, etc., donde el peronismo tiene correlación positiva con los sectores populares aunque negativa con la clase media -es en ese sentido que pienso que resalta el clivaje de clase-, y las regiones donde el peronismo cosecha apoyos masivos entre ambos sectores sociales, llegando a porcentajes superiores al 70%.
En mi post y en tu comentario se desprende una necesidad: empezar a pensar el peronismo, y el radicalismo, y las identidades políticas presentes en cada territorio, menos como un singular y más como un plural, como una coexistencia de proyectos a veces enfrentados dentro de una misma tradición política. Algo que puede observarse en otros países también, como Brasil y EEUU