Un comentario (A propósito de las intervenciones políticas en general).
En los últimos años, o más precisamente, desde el recordado conflicto agropecuario, se extendió desde el gobierno y en la militancia un diagnóstico engañoso, a saber, que los problemas que enfrentaba el “proyecto nacional y popular” eran de índole comunicativa. Mentiras y omisiones tapaban los grandes logros de una gestión que, en principio, no merecía ajustes, ni siquiera comentarios.
El blanco, entonces, pasaron a ser los multimedios, grupos económicos concentrados por definición. El rostro del mal dejó de ser el de los empresarios inescrupulosos, o incluso el del Fondo Monetario y el Departamento de Estado, y pasó a ser el de… Héctor Magnetto.
Cualquier lector de este blog sabe que quien lo firma y administra no piensa así, ni cerquita. Ello no implica negar el papel que juegan los medios en la difusión y prioridad de determinados temas, en el establecimiento de una agenda, etc. Pero si ese poder fuese absoluto, no habría batalla que dar.
Por otra parte, la explicación encierra corolarios peligrosos. Uno de ellos redunda en la idea, completamente ajena a la tradición del peronismo, pero bastante propia del antiperonismo, de que los pueblos pueden ser engañados con elementos y artificios menores. Que la posesión de la información correcta los dejará inequívocamente en el camino de la verdad y la justicia, que naturalmente y sin lugar a error, es el nuestro.
El otro corolario, más grave aún, es aquel que implica los roles de la militancia en este tiempo líquido. Una militancia que concibe la “batalla” como eminentemente comunicativa, discute poco, debate menos, y rara vez se permite el lujo de cuestionar. La razón política que la mueve es simple: “comunicar las cosas buenas”, y punto. La vida política queda de ese modo simplificada por un pensamiento binario y maniqueo, que no tolera el menor ruido.
Aquí se inserta un corolario adicional: el silenciamiento de las voces críticas. Todo aquel que plantea un problema diferente del que está en el temario aparece como sospechoso. Los militantes viven esperando “traiciones” tales como que un gobernador de la PBA quiera ser presidente. En general, quien pierde la bendición papal del colectivo militante rara vez la recupera.
Paradójicamente, la conducción es en esto más permisiva: los casos de Lavagna en 20o7, Reutemman en 2008, De La Sota actualmente son elocuentes signos de que no se defenestra sino por conveniencia, mientras la misma se sostenga. Cuando ello no sucede, retorna la realpolitik que bien sabe que no se gana con el partido del 9%.
Nunca entendí ni puedo aceptar la idea de una militancia con el rol de aplauso y difusión, concepción que tampoco creo que esté en las expectativas de la conducción, que, aunque vertical, intenta promover y abrir espacios para una juventud en condiciones de asumir la iniciativa.
Asumir la iniciativa, tomar decisiones, gestionar los recursos, abrir la cancha, etc. son cosas infinitamente más complicadas que la mera comunicación de los hechos de gobierno. Requieren de otra formación y, sobre todo, de otro temple. Pero sobre todo, requieren de la capacidad de los sujetos para actuar con autonomía, como motores del cambio, y no como simples correas de transmisión.
Una militancia que no cuestiona, que no indaga, que no critica o que teme y denuncia permanentemente traiciones, defecciones, funcionalidades a la derecha y yerbas parecidas, no está en condiciones, evidentemente, de ser ese relevo generacional que las circunstancias un día han de exigir.
Claro, es probable que estas líneas sean también leídas como una traición, una derrota cultural, un giro a la derecha, un despegue, un recueste o alguna de todas las cinco o seis metáforas de pobre envergadura que se utilizan para descalificar al adversario, para denunciar los desviacionismos respecto de una supuesta línea continua. Mientras tanto, el gobierno, para bien o para mal, gestiona, y antes que apoyos que lo asuman omnisciente, necesita forjadores de nuevos rumbos. Antes que militantes resignados a la expectativa, necesita cuadros dirigentes dispuestos a dar un paso al frente, a hacerse cargo, también, de sus propios errores. Porque la vocación política es hacer, y no acompañar, construir, y no admirar. Y, si es necesario, criticar.
El enemigo principal de este proyecto no es Héctor Magnetto: el enemigo principal de este proyecto es la informalidad, la pobreza, son las malas condiciones laborales, los derechos sociales conculcados por la relación de fuerzas adversa a los trabajadores. El enemigo es la miseria de nuestros compatriotas, y no sólo los miserables que la han generado. No estamos para señalar con el dedo, estamos para resolver.
Ezequiel Meler





Amen
Impecable
Impresionante
Abrazo
Demoledor che, me sumo a los aplausos.
Como siempre, es un lujo leerte. Claro, conciso y eficaz. Felicitaciones
Comparto, muy bien escrito.
Clap clap
Saludos
“Una militancia que no cuestiona, que no indaga, que no critica o que teme y denuncia permanentemente traiciones, defecciones, funcionalidades a la derecha y yerbas parecidas, no está en condiciones, evidentemente, de ser ese relevo generacional que las circunstancias un día han de exigir”
Coincido , creo que ese parrafo define cabalmente la falencia que tiene la militancia K y sus funcionarios.
Acuerdo 100%.
Ezequiel:
Creo que este parrafito que inserté hace poco en un homenaje a Jauretche apunta en el mismo sentido que tu post:
“Hoy que parece haber renacido en gran parte de la juventud la pasión y el entusiasmo por la militancia política, la evocación de Jauretche es también la de un militante de toda la vida por las causas nacionales y populares. Y debería servir para recordarnos que el militante no debe renunciar a la mirada crítica ni conformarse con ser un mero repetidor de consignas, sino que la pasión por la militancia incluye la pasión por el conocimiento de la realidad y por desentrañar los mecanismos de opresión y dominación.”
Un abrazo.
En mi opinión, es completamente cierto que al comienzo el mayor de “los problemas que enfrentaba el “proyecto nacional y popular” eran de índole comunicativa”, pero los medios no fueron un blanco, sino lo inversa… era una contraofensiva, porque urgía y era preciso desbaratar las continuas operaciones para derribar al gobierno que por primera vez los enfrentaba. Creo que nos llenó de esperanza, tengo 47 y era la primera vez en mi vida que me sentía “representada”…. y entonces hubo una reacción saludable y de apoyo al gobierno nacional. Se trata del consabido consenso. El preludio, sin embargo, fue la política de restitución de los DDHH y la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final, y fue mojón y eje principal.
Respecto del poder de los medios, si bien no se puede hablar de un poder absoluto, no puede soslayarse. El problema es muy profundo y de ribetes impensados. El poder de los medios consiste en una especie de “leviatán” (con todo lo que ello significa) y tiene la suficiente fuerza y capacidad de derrocar a un gobierno constitucional y democrático. El populismo, que es una fuerza, pudo contrarrestar esto. Considerando que un gobierno democrático dura un período determinado, contrariamente, los dueños de los medios son vitalicios; además detentan un poder omnímodo que no se circunscribe únicamente a la difusión de información “falsificada”. Pensemos en la palabra “multimedios, grupos, etc” y la representación innegable de los intereses del stablishment. Sería ingenuo pensar lo contrario. En general, los gobiernos denostaron el populismo es una práctica que tiene su matriz en “Civilización o barbarie”. Todo lo popular es bárbaro. El populismo en América Latina está vinculado a la nacionalización de los resortes básicos de la economía, a una fuerte presencia y participación del estado, a un enorme apoyo popular, a una mejoría en la distribución del ingreso, a una mayor protección de los sectores asalariados, a intentos y en muchos casos consolidación de procesos de industrialización, a una limitación significativa del accionar del stablishment, con diferentes grados de limitación al ejercicio irrestricto de la propiedad.
Con respecto a tus conceptos sobre la militancia, estoy en un todo de acuerdo. Además la lealtad no es sinónimo de obediencia debida. Gracias Ezequiel.
Excelente.
Me alegra que todos coincidan con este excelente post.
Muy pero muy bueno.
Gracias!
Re-entender el porque de la militancia …..es lo que nos ayuda a seguir…..la lucha.
Es muy bueno el post. Pero creo que de todos modos que el Gobierno sí tuvo problemas de comunicación “propios”. Es decir, problemas sobre cómo comunicaba las cosas, más allá de los “adversarios mediátivos” que tenía.
A partir de la crisis del campo, las medidas ya no pasaban “solas” por la sociedad. Había que explicarlas, “venderlas”, hacerlas comprensibles, explicar por qué eran necesarias, etc. Y el Gobierno no siempre hizo bien eso.
Creo que en eso la militancia tuvo y tiene un rol esencial. Por ejemplo, en exigir una cierta “línea” (para después ver qué hace con eso). Fijate que con la 125 los argumentos sobre por qué era buena la medida venían “de afuera” del Gobierno. El Gobierno no podía ni explicar correctamente la resolución.
Bueno, eso
Abrazo
Escriba:
Pero si el problema era que no bajaba la línea correcta (o, en algunas ocasiones, la línea per se), ¿no corresponde decir que lo que fallaba era la política -en este caso, la R. 125-, y no la comunicación?
Este gobierno es el que desmanteló un sistema de gestión social ineficiente, como era el J&J, para no reemplazarlo, por… cuatro años!!!! Esos son fallos políticos, que después se cobran cuando no sacás el 50 en La Matanza.
El gobierno, en 2007, había perdido todas las ciudades que se me ocurren. Ciudad de Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba, Santa Fe, Bahía Blanca, Mar del Plata… la medida de gobierno más elemental sugería que ese 44,9% venía del voto periurbano y rural. ¿Justo ahí una 125?
Lo que cambia, entonces, es que el gobierno pierde sintonía en su capacidad de definir una agenda -en lugar de ello, define una que genera un desafío opositor espectacular- en un contexto en que vienen licuándose sus bases electorales urbanas, y en que los sectores populares ya no avanzan tan decididamente en los niveles de ingreso. Un gobierno así, lógicamente, va a tener problemas de comunicación, también. Pero la comunicación es sólo una parte de un problema mucho mayor. ¿Se entiende?
Un abrazo.
Gracias por pasar.
Ezequiel