Luis Alberto Romero frente a la cuestión nacional (Segunda Parte).
“La esencia de una nación es que todos los individuos tengan muchas cosas en común, y también que todos hayan olvidado muchas cosas. Ningún ciudadano franco sabe si es burgundio, alano, taifalo, visigodo; todo ciudadano francés debe haber olvidado la noche de San Bartolomé, las matanzas del Mediodía en el siglo XIII.”
Ernest Renán (1)
Como hemos visto, el artículo de Luis Alberto Romero publicado en ocasión del Día de la Soberanía confunde hasta el hartazgo las categorías del análisis con la percepción de los actores, el proceso -necesariamente gradual- de construcción del Estado nacional argentino con la identidad colectiva que se ampara en su existencia, y ésta con la reducida acepción esencialista, propia del pensamiento contrarrevolucionario europeo, que se condensa en la idea de una “nacionalidad” de tipo cultural o racial con existencia previa, derecho absoluto e incluso el deber de convertirse en Estado.
Ahora bien, esa ensalada desagradable sirve a una serie de propósitos claramente identificables:
1) Identificar al nacionalismo “patológico” argentino como un elemento de atraso cultural, causante de males potencialmente infinitos. (2)
2) Inculpar de la existencia de este sentimiento patológico presuntamente extendido entre la población a los autores revisionistas, quienes, sea por motivos ideológicos, publicitarios o editoriales, habrían ayudado mucho a construirlo.
¿Es verosímil, siquiera, este planteo? En verdad, y siempre de acuerdo a trabajos de largo aliento como los de Lilia Ana Bertoni y Fernando Devoto, no es el caso. En nuestro país, la etapa medular de la “nacionalización de las masas” puede situarse de manera contemporánea a la consolidación definitiva del Estado, en torno de 1880 – 1910, en el marco del neto predominio de la matriz liberal.
Es en esos años de vorágine inmigratoria cuando se acrecienta la preocupación de las élites por reforzar la identidad nacional, a través de la educación, del servicio militar, etc. Tanto los primeros manuales escolares como la primera historia de la Nación Argentina -aunque ésta última ha de comenzar a concretarse, dados los conocidos traspiés institucionales del país, sólo a fines de los años treinta- se proyectan precisamente en esos años, y son resultado del esfuerzo de intelectuales ligados a ese proyecto, desde Ricardo Rojas hasta Ricardo Levene. (3)
Otro tanto sucede en el campo de la literatura, donde Adolfo Prieto ha observado con acierto el progresivo aplacamiento de las sensibilidades europeizantes, hasta su completa reversión en los años del primer Centenario. En ese momento, según Prieto, el criollismo ”pudo significar el modo de afirmación de su propia legitimidad y el modo de rechazo de la presencia inquietante del extranjero” (4)
Sólo a partir de la crisis de ese consenso liberal, y no precisamente con muchas novedades historiográficas encima, es que comienza a aparecer una suerte de contra – historia de orden revisionista, limitada inicialmente a la reivindicación de los caudillos federales y de la experiencia rosista.
Pero, en rigor, el revisionismo inventa bien poco. Cualquier lector de Emilio Ravignani, Diego Luis Molinari y otros historiadores de la llamada Nueva Escuela Histórica podrá encontrar en sus obras muchos de los tópicos que se reiteran en los escritos revisionistas. Autores que militan en las filas del primer revisionismo reconocen su deuda intelectual, incluso, con figuras del positivismo vernáculo, como Ernesto Quesada y los hermanos Ramos Mejía.
¿Qué es lo que se teme del revisionismo? Romero lo dice con todas las letras: su capacidad de encarnar en un “sentido común” ajeno al relato académico. Esa capacidad, potenciada por el peronismo luego de su derrocamiento, nutrió todas las luchas populares de fines de los años sesenta y comienzos de los años setenta. Ahora bien, poco tienen que ver esas tradiciones de vindicación de lo propio y lo autóctono con la difusión de la doctrina de la seguridad nacional -un evento, cabe la ironía, comparativamente mucho más cosmopolita que autóctono-, o con las aventuras del Proceso de Reorganización Nacional en el Atlántico Sur, que tanto costaron a nuestro país.
Romero, posiblemente, sobredimensiona el supuesto éxito del revisionismo. Le achaca, asimismo, un rasgo xenófobo que no fue de ninguna manera su marca definitoria -si es que mantiene alguna-. Omite por completo su dimensión americanista: el triunfo de Rosas fue saludado en todo el continente, y sus intérpretes, un siglo después, se cuidaron bien de rescatar, junto a la saga nacional, otros procesos que consideraban emancipatorios, como el del pueblo paraguayo. (5)
Pero no es la batalla con un adversario intelectual que sabe derrotado de antemano lo que preocupa al veterano profesor: al contrario, es en la proyección de esa batalla imaginaria que busca desmerecer algo infinitamente más valioso, como es la recuperación de la política, el proceso de recuperación del Estado en clave social, etc. Sobre todo, le preocupa el sentimiento de pertenencia y unidad de los argentinos, precisamente en un momento, como es el Bicentenario, en que dicho sentimiento, nacional, popular y americano, se manifiesta sin precedentes en nuestra historia. Es natural que se sienta solo e inseguro: en definitiva, el cambio social, cultural y político de estos años ha tomado a Luis Alberto Romero completamente a contramano.
Ezequiel Meler,
Profesor de Historia
(FFyL – UBA)
NOTAS
(1) Ernest Renan: “¿Qué es una nación?, en AA.VV.: La invención de la Nación. Lecturas de la identidad de Herder a Homi Babha, Buenos Aires, Manantial, 2000, p. 57.
(2) “En el sentido común de los argentinos predomina [...] una suerte de “enano nacionalista” que combina la soberbia con la paranoia y que es responsable de lo peor de nuestra cultura política. Nos dice que la Argentina está naturalmente destinada a los más altos destinos; si no lo logra, se debe a la permanente conspiración de los enemigos de nuestra Nación, exteriores e interiores. Chile siempre quiso penetrarnos. Gran Bretaña y Brasil siempre conspiraron contra nosotros. Ellos fraccionaron lo que era nuestro territorio legítimo, arrancándonos el Uruguay, el Paraguay y Bolivia. La última y más terrible figuración del “enano nacionalista” ocurrió con la reciente dictadura militar. Entonces, el enemigo pasó de ser externo a interno: al igual que los unitarios con Rosas, la subversión era “apátrida” y, como tal, debía ser aniquilada. Poco después, la patología llegó a su apoteosis con la Guerra de Malvinas.” Véase Romero, Luis Alberto: “Transformar la derrota en victoria”, La Nación, 17 de noviembre de 2010.
(3) Ya en esos años, Juan Alvarez señalaba la contradicción inherente a la voluntad de intelectuales y hombres de poder de “crear” la argentinidad: “Vamos llegando en la práctica, a procurar ser distintos de los demás, sin objeto, o a fabricar por medio de artificios, diferencias que nos caractericen, cuando ellas no surgen espontáneamente; y esto, cuando urge unir y no diferenciar a los hispanoamericanos”. Véase “La escuela argentina y el nacionalismo”, en Revista Argentina de Ciencias Políticas, año 6, tomo 12, número 70, Buenos Aires, 1916.
(4) Adolfo Prieto: El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, p. 18.
(5) José María Rosa: La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Buenos Aires, Peña Lillo, 1965.






Excelente
“El nacionalismo de ustedes se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre; el nuestro, se parece al amor del padre junto a la cuna del hijo (…) Para ustedes la Nación se realizó y fue derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo. ” Arturo Jaueretche
Saludos Eze y que nivelllllllll
Tan pa’lacademia de historia los 2 posteos romerianos
Muy bueno eso, che.
Uno más / Guido:
Gracias por pasar.
Omix:
Buena la cita. Esa es la diferencia entre el nacionalismo oligárquico de los Irazusta y el nacionalismo forjista o el peronismo.
Lo otro lo veo difícil: la ANH hace quedar a Romero como partidario de Pino Solanas.
Abrazo,
Ezequiel
Eze:
Un lujo tus posteos sobre este tema. De paso, la frase de Jauretche que cita Omix es de una carta que AJ le escribió a Jordán Bruno Genta en el ’43/’44. Así que el sentido es exactamente el que vos decís.
Un abrazo.
Magistral (de magister) como todo lo tuyo, Ezequiel. De paso me permite enterarme que Tulio Halperin fue discípulo de José Luis Romero, el padre de este sujeto cuyos patéticos razonamientos acabás de desmenuzar.
Eddie