Luis Alberto Romero frente a la cuestión nacional (Primera Parte).
Leo y releo la penosa -es decir poco- reseña con que Luis Alberto Romero nos convida para reflexionar sobre el día de la soberanía, y comprendo con cierto enfado que la hora de la renovación generacional viene golpeando las puertas de nuestras aulas.
Tras una breve reseña de los balances historiográficos existentes -que le convendría haber leído mejor antes de escribir lo que sigue- Romero se vale del clásico recurso de contruir un adversario fantasmal para luego dedicarse a su destrucción retórica. Lo hace tan mal, que termina atrapado en su propia red, pidiendo socorro.
En primer lugar, Romero se sitúa en el plano del relato bélico, algo sorprendente para un académico que profesa la historia social, para determinar, acabadamente, algo que, según creo, todos aceptamos: los atacantes traspasaron el cerco dispuesto por el General Mansilla. Luego, debieron negociar:
“En 1846 Aberdeen, cultor de la “política de las cañoneras”, fue reemplazado en el Foreign Office por Palmerston, partidario del camino negociado. Hubo una nueva evaluación de la situación del Plata, y aunque el bloqueo se mantuvo hasta 1849, finalmente se llegó a un acuerdo muy honroso para el gobierno de la Confederación, en el que Rosas obtuvo lo que no pudo lograr en el campo de batalla. Celebremos pues el éxito pacífico de la diplomacia y no el fracaso de la guerra. La negociación y no la epopeya.”
¿Desmerece esto el acontecimiento? ¿Hubiese sido posible la negociación pacífica sin la resistencia militar y la tozudez del régimen rosista? Es dudoso que así sea. El propio Halperín, citado como máxima autoridad por Romero, destaca la victoria política que significó para Rosas el eventual fracaso político, militar y sobre todo económico, del bloqueo. (1)
Luego viene el tema más espinoso, a saber: el carácter nacional del conflicto. Romero se pregunta:
“¿Fue “nacional” esta acción? También me parece dudoso. Los revisionistas y neorrevisionistas comparten una idea, de origen alemán, acerca de la existencia de una nación eterna, existente desde siempre y animada por el “alma del pueblo”, el volgeist [sic]. Una idea importada, pensada para otras realidades, que nuestro nacionalismo aceptó con entusiasmo y aplicó a nuestro caso. Los historiadores profesionales sabemos que las naciones no existen desde siempre, sino que se construyen, en circunstancias determinadas. Casi siempre son impulsadas por Estados, que encuentran en el imaginario nacional su mejor legitimación.
En rigor, en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción; toda la Cuenca del Plata era un hervidero, y ni siquiera estaba claro qué parte de ella -¿el Uruguay o el Paraguay?- correspondería a la Argentina. Muchos conflictos estaban pendientes de resolución y era difícil saber cómo terminaría la historia, y en consecuencia, cuál de los intereses en pugna sería el “nacional”. Nuestros neorrevisionistas dan por sentado que Rosas defendía el interés nacional. Quizá. Pero en la época había opiniones diferentes sobre cómo organizar el país, especialmente entre correntinos, entrerrianos y santafecinos, por no mencionar a uruguayos y paraguayos, cuya independencia Rosas cuestionaba.”
Aquí el otrora indiscutible titular de Historia Social General, la cátedra fundada por su padre, cae ya en el lodo. Vayamos por partes. En primer lugar, conforme los usos de la época, se impone identificar el concepto de nación, no con el criterio alemán de volkgeist, sino con las doctrinas del derecho natural y de gentes, y, por qué no, del liberalismo nacido de la Revolución Francesa. En esa lógica, una nación sería el conjunto de los habitantes de un territorio unido por una misma ley y gobierno.
Y es cierto, ese territorio no recibía aún su bautismo constitucional -tardaría una década en hacerlo-, pero, de nuevo, el proceso de consolidación interna que avanzaba desde 1810 -más salientemente, desde el Pacto Federal de 1831- daba lugar a la existencia de una asociación de Estados, la Confederación Argentina, en la que no puede sino reconocerse el antecedente jurídico directo -y así lo establecieron nuestros constituyentes de 1853 en el Preámbulo, al referirse a los “pactos preexistentes”- de la Nación Argentina.
¿Incidió en modo alguno la consolidación del rosismo a partir de su victoria política en este proceso? Dejemos, nuevamente, la palabra a Tulio Halperín Donghi, para quien existe un “rubro positivo dejado por el rosismo [...] en el área de las relaciones internacionales”. Para Halperín,
“Respetando en lo esencial el estatuto de dependencia económica en cuyo marco el país había surgido a la independencia política, Rosas supo hacer respetar meticulosamente esa independencia política misma. Si sus contemporáneos admiraron sobre todo la tenacidad que puso en la tarea, retrospectivamente se pone en evidencia junto con ella una admirable capacidad táctica, gracias a la cual eludió enfrentamientos que -al afectar aspectos esenciales de la hegemonía económica metropolitana- dieran a la voluntad intervencionista europea una constancia que nunca alcanzó mientras estuvo al servicio de dudosas aventuras políticas. [A lo largo de la época de Rosas] el respeto a la personalidad internacional del Estado surgido de la revolución de 1810 se transforma, por primera vez, en base firme de la política europea y estadounidense en el Plata [... ] De este modo, si internamente la consolidación de un Estado nacional ha avanzado mucho menos de lo que las apariencias indican, la personalidad internacional de ese Estado ha logrado ya su consolidación definitiva [...] No es ganancia pequeña, y está destinada a durar. Ella completa el legado del rosismo, que se revela como la tentativa en suma exitosa de conformar un país capaz de adecuarse al nuevo lugar que en el orden mundial la revolución de independiencia ha venido a darle.” (2)
Halperín subraya, de este modo, las condiciones que impone el rosismo como legado: dependencia económica, de matriz estrictamente comercial, bajo control nacional de los recursos. Todo en el lenguaje de la vieja teoría de la dependencia, que no por maltrecha deja de describir un fenómeno concreto.
Pero además, como buen discípulo de José Luis Romero, Halperín introduce aquí otra consideración de utilidad a la hora de juzgar el carácter “nacional” del enfrentamiento, tal y como es la perspectiva de los contemporáneos a Rosas. Conocido es el hecho de que en estos años San Martín ha de escribir su testamento, que en su punto tercero reza:
“3º El Sable que me a acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción, qe. como Argentino he tenido al ver la firmeza con qe. ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros qe. tratan de Umillarla.” (3)
Poco tiempo después, en carta al cónsul de la Confederación en Londres, San Martín señalaba:
“Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero; ello es que la totalidad se le unirán (…). Por otra parte, es menester conocer (como la experiencia lo tiene ya mostrado) que el bloqueo que se ha declarado no tiene en las nuevas repúblicas de América la misma influencia que lo sería en Europa; éste sólo afectará a un corto número de propietarios, pero a la mesa del pueblo que no conoce las necesidades de estos países le será bien diferente su continuación. Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir, declarar la guerra, yo no dudo que con más o menos pérdidas de hombres y gastos se apoderen de Buenos Aires (…) pero aun en ese caso estoy convencido, que no podrán sostenerse por largo tiempo en la capital; el primer alimento o por mejor decir el único del pueblo es la carne, y es sabido con qué facilidad pueden retirarse todos los ganados en muy pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado, imposible de ser atravesado por una fuerza europea; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero, en conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires”. (4)
Pero si los años, tal vez, habían jugado un evidente desgaste en la calidad del análisis sanmartiniano, difícilmente pueda atribuirse la misma erosión a las palabras de Alberdi:
“En el suelo extranjero en que resido [...] beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca. Guarden sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias: aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo con colores argentinos [...] No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires; sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo pero no más conocido que el de Rosas; sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad de estos hechos y no envanecerse de ellos” (5)
En esta primera y necesariamente apretada síntesis, cabe concluir que las escaramuzas de 1845, valoradas con la pericia del caso, son una parte importante de la construcción del Estado argentino, proceso naturalmente inacabado, pero que reconoce, desde el propio texto constitucional, un antecedente directo en los años de Rosas. La relación que Romero traza entre estos acontecimientos y el proceso, bastante posterior, de construcción / invención de una identidad nacional bajo los criterios que asumían la existencia de un grupo o cultura previas al Estado como tal, es inexistente. Ese proceso, en todo caso, sucede de manera posterior a Caseros, y sus propulsores no son los historiadores revisionistas, sino los propios intelectuales liberales en cuya tradición Romero se encolumna. Todo ello nada tiene que ver con un acto de defensa, militar y política a la vez, de la soberanía nacional, tal cual fue visto y vivido por los propios actores de la época.
Ezequiel Meler,
Profesor de Historia
(FFyL – UBA)
(Continuará…)
Notas:
(1) Véase, al respecto, Halperín Donghi, Tulio: De la Revolución de Independencia a la Confederación Rosista, Historia Argentina, Tomo 2, Buenos Aires, Paidós, 1998, pp. 385 – 386.
(2) Ibídem, pp. 408 y ss.
(3) Testamento Ológrafo de San Martín, Buenos Aires, Peuser, 1950.
(4) Jacinto R. Yaben: Efemérides sanmartinianas, Buenos Aires, Ediciones Instituto Nacional Sanmartiniano, 1978.
(5) Citado en Felipe Pigna: “La primera batalla por la soberanía”, Clarín, 23 de noviembre de 2008.






Romero es deshonesto intelectualmente. Si no que aplique el mismo analisis y rigor a todas las fechas del panteón nacionalista . Claro, está es la que puede cargarle al kirchnerismo. Sus opiniones públicas están teñidas de un evidente sesgo, sus articulos rozan lo panfletario.
Supongo que Romero ensayara el mismo tipo de críticas a la exaltación de los yanquis de las “derrota” del Alamo o de los ingleses de la “derrotada” reina Boudica…http://lacomunidad.elpais.com/juan-manuel-jimenez-garcia/2008/10/27/boudica-estatua-una-reina-guerrera-
Saludos.
Romero necesita decir todas estas cosas que dice, para poner paños fríos en un sentimiento de nacionalidad que no comparte. Para eso fuerza los datos historicos hasta hacerlos decir lo que no dicen. Su afirmación de que “en 1845 el Estado nacional argentino todavía estaba en construcción” no se sostiene de ninguna manera. Rosas nunca puso en tela de juicio la existencia de Uruguay; si realmente era un porteño egoísta, no le convenía incorporar al país un puerto competidor. Es cierto que se negaba a reconocer la independencia del Paraguay, pero eso se debe en gran medida a que la misma le hubiera forzado a discutir con ese país la navegación de los ríos, que de otro modo eran absolutamente internos.
Las demás provincias eran las mismas que en 1821 (año en que nació Catamarca, la penúltima de las 14 que existieron hasta 1853), con el agregado de Jujuy, nacida en 1834 de una de las otras, Salta. Fuera de la autonomía jujeña, la configuración provincial era exactamente la misma que nos había dejado la Guerra del Brasil, por la que perdimos el Uruguay. La guerra civil del 28-31 puso en peligro el equilibrio entre provincias, pero no puso en cuestión la nacionalidad. Su final consolidó fuertemente la idea de Argentina. La guerra contra Perú-Bolivia (1836-38) fue por un cuestionamiento de la integridad territorial argentina en el norte; cuestionamiento puramente teórico, que la misma guerra demostró estar completamente alejada de la mentalidad de cualquier argentino.
El último cuestionamiento a la integridad nacional ocurrió en 1842, cuando Fructuoso Rivera (presidente del Uruguay) soñó con la creación de una Federación Litoral. Prácticamente nadie la apoyó en el país, ni siquiera tuvo apoyo entre los refugiados argentinos en Montevideo. Y su sueño desapareció con su derrota en Arroyo Grande, en diciembre del 42.
El estado nacional argentino estaba en construcción, y en eso acierta Romero. Lo que ya no estaba en construcción era la nacionalidad argentina. Hacía ya varios años que estaba enteramente incorporada a la conciencia de cualquier argentino; de hecho, los invasores anglofranceses ni siquiera la pusieron en duda (que podrían haberlo hecho respecto de Corrientes, por ejemplo).
Lo del volkgeist es más que nada para mandarse la parte de lo culto que es, porque a él le consta que nadie pensó la nacionalidad en esos términos en la Argentina.
Saludos,
Marcelo
Entre las muchas calamidades del kirchnerismo se destaca la de haber freído el cerebro a una cantidad respetable de intelectuales, transformándolos en adictos a la pereza mental.
Romero es uno de ellos.
http://mesadeautoayudak.blogspot.com/2010/11/dispositivo.html
Y el caso, Ezequiel, es que eso que vos concluís Romero no solo lo sabe perfectamente, sino que lo ha investigado durante años y hasta ha publicado libros al respecto. El mismo considera que el rol del nacionalismo esencialista en los libros escolares durante el siglo XX es su principal aporte a la historiografía. Y esos manuales escolares los escribieron los Ricardo Rojas, no los Pepe Rosa.
Pero bué, el Romero que escribe que escribe “divulgación” es un impresentable. Hago esta distinción porque tengo un gran recuerdo de su cátedra (con todos los límites que necesariamente tiene un recorte tan arbitrario como cualquier otro) y, en particular, de la honestidad intelectual con que podían debatirse posiciones muy diferentes a la suya en un marco de respeto. También, quizás, porque me siento culpable de haber puesto mi granito de arena para que exista (no se si aún existe) una HSG francamente vergonsoza como la de V.
Romero toma la hipotesis de Chiaramonte en un articulo que escribe sobre la posibilidad de que entre 1820 y 1850 la nacion argentina no “cuajara”. Y el punto de vista que toma Chiaramonte es desde lo economico; postula que cuyo podria haber gravitado hacia Chile, el litoral hacia Parguay, el noroeste hacia Peru y la Gran Colombia y la pampa humeda hacia el puerto como vinculo ultramarino, considerando los posibles mercados o areas geoeconomicas de relevancia para esas regiones como una tendencia centrifuga que contrapesa a la tendencia a la condensacion del estado argentino.
Ese enfoque geoeconomico no es comparatido ni por Halperin ni por el propio Romero como deja claro el post y los comentarios.
Claramente Romerito (como le deciamos a fines de los 80 cuando curse HSG) divulgador muestar una marcada ezquizofrenia con respecto al academico hachacable a su oposicion tenaz a todo lo que huela a popular.
Wal
Predicador:
Bueno el aporte. Romero acá, sobre todo, mezcla cosas. Hay que discriminar los niveles y jerarquizarlos, algo que, casualmente, enseña él.
Marcelo:
Fijate, porque aunque te entiendo, en el primer párrafo decís que Romero se equivoca al señalar que en 1845 el Estado Nacional estaba en construcción, y en el quinto retomás la idea, pero al revés.
Rinconete:
Este ya lo tenía frito. Le tuve mucho respeto durante muchos años, pero parece que la intelligentsia aliancista no tiene retorno. No me sorprende.
Guido:
Gracias por recordarme el laburo de Romero sobre los textos escolares: es cierto y correcto tu planteo. Y no te culpes de nada: aunque yo sigo recomendando la cátedra A (Rapalo), lo cierto es que todos cometemos errores.
Wal:
¿Tenés el link o la data del texto de Chiara? Así lo corro por izquierda un rato la próxima vez que pase por el Ravignani.