Climas y apuestas.
Los últimos números que depara el siempre cambiante humor social muestran a Néstor Kirchner bastante cerca de un triunfo en primera vuelta. Por supuesto, esto siempre bajo la hipótesis a mi juicio improbable del 40 + 10, y consolidando un deterioro electoral significativo en relación con 2007. Pero, de todos modos, la sola eventualidad de un escenario tal debe resultar más que verosímil a los sectores opositores del ala “dura”, que vienen proponiendo al mismo tiempo devolución del IVA, baja o eliminación de las retenciones, pago efectivo e inmediato del 82% móvil y otras incongruencias notorias. Cabe recordar que los personajes más emblemáticos detrás de estas propuestas son los mismos que proponían, tres años atrás, controlar la inflación enfriando la economía, bajar el gasto y ajustar el esquema de subsidios. Pero bueno, como reza el conocido teorema, “cuanto más lejos se está del poder…” Y ellos, efectivamente, hoy se sienten lejos.
¿Por qué será? Después de todo, si bien no lograron encontrar una fórmula política que unifique razonablemente el escenario -quienes más cerca están de completar la tarea son los dirigentes del ACyS, pero todavía les falta cerrar varias internas-, los opositores pueden ufanarse de haber derrotado al kirchnerismo en el único distrito que (le) importa: la Provincia de Buenos Aires. Enfrentan a un gobierno que arrastra, amén de sus propios errores y pasos en falso, siete años largos de gestión y el consiguiente desgaste. Un gobierno que carece del más mínimo recambio y propone para mañana lo mismo que para ayer y para hoy. Un gobierno, finalmente, que carece de una base de sustentación porque ha elegido refugiarse en un estilo de conducción completamente incompatible con la edificación de mayorías duraderas.
Y sin embargo, si los datos son aunque sea aproximativamente correctos, ese gobierno sigue resultando la mejor opción para casi el 40% de los argentinos.
Debo confesar que el escenario en general no me provoca optimismo o entusiasmo. He compartido algunas de las iniciativas más importantes del proceso político inaugurado en 2003, especialmente en sus primeros y en sus últimos años. He criticado, todo lo que pude y me pareció necesario, la falta de perspectivas y la pobreza de miras que exhibió hasta el hartazgo en la etapa intermedia, y que aún hoy perdura en sus primeras líneas como pudo observar Artemio López respecto del reciente debate sobre salario mínimo. Y eso sin mencionar la falta de actualización del subsidio por desempleo, así como variadas herramientas que permitirían evitar el relativamente novedoso fenómeno del trabajador pobre.
En todo caso, lo llamativo es, insistimos, que un gobierno con estas limitaciones y chaturas pueda aspirar a convertirse en el proyecto político de mayor duración en la historia de la democracia argentina contemporánea.
Una explicación posible estriba, como es habitual, en el perdurable recuerdo que un importante sector de la sociedad mantiene respecto del catastrófico desenlace del último proyecto impulsado por los sectores dominantes. Me refiero, claro está, a la Convertibilidad. Que fue un éxito social y político casi tan grande como su colapso económico, el cual derivó en una crisis general sin precedentes en la historia del país.
Ese fracaso tuvo, a mi juicio, un legado perdurable, que el otro día conversábamos con la compañera Farolera. Fue el fracaso de una dirigencia política que estaba demasiado cerca de los intereses de los GGEE, pero fue también el fracaso del último proyecto que esos mismos GGEE podían proponer al país. Fue, asimismo, la clausura definitiva de una etapa en la cual los principales partidos políticos no eran más que institutos formadores de apoderados, personeros y administradores de esos mismos intereses desde el gobierno. El colapso institucional de 2001, que abrió la chance de un gobierno con bases de sustentación y gobernabilidad diferenciadas del poder financiero y de los mass media, resultó en el ostracismo duradero de los representantes de esos intereses, y coincidió con diversos intentos -todavía no muy decididos- de reconversión del marco de representación a través del involucramiento directo de los principales actores económicos y sociales en el proceso político. El macrismo, ese proyecto amarillo patito con su reciente upgrade “colorado”, los sectores agropecuarios ligados al negocio sojero representados en la Mesa de Enlace, y la ocupada agenda del señor Magnetto demuestran a las claras un deseo de incidir de modo directo en la puja de poder de cara al año siguiente.
Pero un problema consistente de esos arrestos opositores reside en su vacuidad social. No prometen ni saben proponer un esquema social que contenga, siquiera de modo magro, a los incluidos del proyecto en curso -no digamos ya, a sus excluidos-. No reconocen -diría más, no conocen ni mencionan- la realidad del laburante, del desocupado, del changuero, de la clase media que quiere volver a ser. En esa medida, incluso, ni siquiera garantizan demasiado a la clase media que ya es.
Su discurso, plagado de referencias a lo negativo de estos años -referencias que pocas veces son acertadas, por otra parte- se ha mantenido tan rígido y ajeno a la novedad como el oficialista, con la diferencia natural que estriba en los lugares respectivos que cada actor ocupa. No ofrecer novedades fuera de un ya gastado discurso republicano que no le interesa a nadie es notablemente más costoso que sostener un régimen de acumulación -se llame como se llame y se defina como se defina- y una cultura progresista que mantienen un auditorio constante.
En esta coyuntura, que podríamos calificar como de equilibrio dinámico -enésima metáfora debida a Caissa, por lejos la preferida entre mis musas- entre dos sectores que no se soportan demasiado, hay una franja electoral -un veinte, ponele-, que mira con atención hacia uno y otro lado. No le termina de convencer el oficialismo, pero definitivamente recela de un eventual gobierno opositor. No entiende, ni quiere entrar, en la polémica de quién tiene razón, quién se equivoca, qué ideología corresponder con cuál épica (posiblemente, ninguna), y ciertamente posee una agenda de preocupaciones concretas. Ese sector, que por supuesto es fruto de una ideación analítica del autor, quisiera ver y escuchar tonos y actitudes más moderados y menos belicistas en todas las partes intervinientes. Quisiera ver una oposición que sepa recoger lo mejor de esta etapa -asignación universal, recuperación del poder salarial y sindical, mejora de todos los índices económicos aún en medio de una de las peores crisis de los últimos ochenta años, etc.-, y a un oficialismo que la interpele con discursos que no atrasen tanto. En esa franja, trataron de colarse diversos dirigentes oficialistas, no acompañados de virtud, y ciertamente tampoco de fortuna. En esa franja, sin embargo, la oposición, demasiado deudora de los intereses que prometió custodiar, no atina a intervenir con justeza, salvo contadas excepciones.
Quienes se conforman con obtener una mayoría razonable de ese rejunte conocido como Grupo A, expresado en el 70% de los sufragios efectivos que, por un caleidoscopio de razones diferentes, no acompañaron al oficialismo en las recientes elecciones nacionales, no toman en su debida dimensión un dato que a nuestro juicio resulta crucial: para ganar, no digamos ya para gobernar, requerirán al menos de la anuencia de un sector importante del electorado que hoy prefiere al oficialismo. Para capturar un electorado tal, deberán dar garantías a los actores más diversos -sindicatos, movimientos sociales, sectores medios progresistas, etc.- en el sentido de que están dispuestos a abandonar el revanchismo burdo y elemental que los ha caracterizado hasta la fecha, presentar una propuesta verosímil, y animarse a debatirla aún en el terreno a priori más hostil. Pensar en términos restauracionistas es el error de quienes creen que sólo con los poderes fácticos se ganan las elecciones. Ahí, a la vista, están setenta años de inestabilidad política explicada por la falacia de tal supuesto. Ahí, a la vista, están los sectores que esperan que su existencia sea reconocida. En democracia, las corporaciones no ganan elecciones, aunque luego puedan garantizar alguna gobernabilidad -y habrá que ver cuál, porque hoy, a diferencia de 1998, ni eso está claro-.
Mientras tanto, en ausencia de un proyecto unitario y viable de los sectores dominantes, el gobierno se mantiene en el centro del ring con poco, muy poco. Ojalá la conciencia de su fragilidad anime apuestas más profundas y menos conservadoras que las actuales: una política tal elevaría los umbrales de su eventual sucesión. No parece probable, en un clima dominado por la urgencia juvenil propia de agendas de minoría, que ese escenario se presente pronto. Y las elecciones están a la vuelta de la esquina: en un año, menos los tres meses de receso estival, la mayoría de los argentinos estarán envueltos en una nueva campaña presidencial.
Ezequiel Meler,
Administrador.





Siempre da gusto leerte, Eze. Está muy bueno el planteo.
Los distintos islotes opositores no consiguen generar una estructura que los contenga y, me parece, continúan pensando bajo el mismo esquema en el que se referenciaban De la Rúa y la Alianza: lo importante es llegar (y para eso usamos a los Medios, a la vez que ellos nos usan). Lo de gobernar, lo vemos luego.
Pero más importante que eso me parece que casi todos los “anti-k” no quieren hacer post-kirchnerismo. Es decir, no quieren gobernar después de Kirchner sino que tienen el mandato de hacerlo en su lugar. Esa incapacidad para reconocer todo lo bueno, muy bueno o no tan malo realizado por el gobierno o el kirchnerismo, les impide ser una opción de futuro porque su futuro mira al 2002.
Yo no sé hasta que punto una profundización le vendría bien -electoralmente hablando- al gobierno. De profundizar se exacerbarían nuevamente los conflictos que tanto mellaron la imagen oficialista y el clima de “crispación”. Me parece que la profundización debería llegar una vez que se cuente con el espaldarazo de una elección. Antes, para la campaña, explicar cual es el horizonte.
Excelente post, como siempre.
Saludos.
Profundización sin armado sin organizacion y sin producir una estructura de cuadros preparados para la resistencia estrategica es contario a aquella joya de la sabiduría oriental que aconseja: “Nunca le tomes la cola al tigre, pero si se la tomas no la sueltes”