Alcanzar las semifinales.
Será el sábado, en Ciudad del Cabo. Allí, en la tarde sudafricana, la selección de Diego Armando Maradona intentará revertir lo que ya parece la maldición de cuartos, y así romper la mejor marca de los equipos de Passarella (Francia 98) y de Pekerman (Alemania 2006). Hasta entonces, alientos contenidos y promesas innumerables aguardan al hincha argentino, que debe tener clavado en la memoria tanto aquel gol de Bergkamp en el 98, como este otro de Klose, tras el centro de Ballack y la peinada de Podolsky, que nos llevó a la tristemente recordada serie de penales.
En estos días, escuchamos que la selección, la misma que metió tres goles en un partido de octavos, debe jugar mejor. Nosotros, sin discrepar, pensamos que se puede perfectamente pasar por encima de un equipo en una ronda eliminatoria y perder: con merecer -el argumento del progresismo futbolero- no alcanza. Los ejemplos mal leídos de Italia 90 se vuelven contra nosotros en estas rondas de cuartos. Campeón es el equipo que alza la copa, sin que otras consideraciones sirvan o alcancen.
¿Huelga decir que en política pasa lo mismo? A un año exacto de la derrota del 28J, profusamente analizada en este blog, seguimos escuchando a los múltiples auspiciantes del jogo bonito, quienes sostienen que la molécula del fútbol está en multiplicar los pases y en volver infinitos los cambios de frente, y no en el típico delantero encarador que se olvida de toda táctica y se manda con alma de potrero quebrando el orden adversario.
Entre el progresismo “menottista” que define a la política como un conjunto de valores trascendentes compartidos, una suerte de agenda transversal supuestamente indiscutible, siempre diferenciada del “escándalo moral” de la gestión concreta, y de la realidad, inevitablemente bilardiana, de los marcadores y de los resultados, yo me quedo con este último par. La opción, desde luego, es personal.
Jugar al fútbol y hacer política tienen todavía otro componente común: indefectiblemente, en ambos casos se juega sobre el barro. No hay alfombra, no hay parquet barnizado que oculte esta inevitable convicción. Queremos ver oposiciones de centro – derecha modernas y nos encontramos con el arco del antiperonismo histórico. Queremos ver oficialismos de centro – izquierda y nos estrellamos contra los claroscuros del peronismo, ese inevitable partido de Estado. Queremos olvidar, en el fondo, que la política hace también a la cultura histórica de los pueblos, y viceversa, antes que a tablas de sistemas comparados. Y fracasamos, y nos preguntamos por qué, y dudamos y volvemos a empezar.
En un año y medio, exactamente, veremos si este proyecto está para semifinales. No se trata tanto de esperar que alguien levante la bandera del buen fútbol: se trata de proponer candidatos convincentes, capaces, con una propuesta clara y una promesa de futuro -en política como en el fútbol, no sirve vivir de glorias pasadas- que sea verosímil para la sociedad y que coincida a trazos gruesos con la voluntad de las mayorías. Así se gana seguro, en cualquier orden de la vida.
Ezequiel Meler,
Administrador.






Ezequiel: tu posting es excelente y comparto absolutamente tus ideas básicas. Siguiendo tu comparación, yo también estoy con Bilardo, que no hizo sino perfeccionar la concepción del fútbol patrocinada por su maestro, el gran don Osvaldo Zubeldía. Y tenés razón: hablar de “política limpia” es un oximoron.
Aquí en USA tenemos dos palabras diferentes: “policy” se refiere a los puntos que orientan una gestión (v.gr. “la política de Obama para el Medio Oriente”) y “politics” (v.gr. “la actitud del senador Tal al pedir la comparecencia del secretario Cual en la Cámara huele a maniobra política”).
Eddie
“Jugar al fútbol y hacer política en ambos casos se juega sobre el barro”
El barro es distinto. Una cosa es en el “pisadero” del ladrillero y otra en el charco de la lluvia. Necesitamos un liderazgo peronista que se atreva a pegarle al arco en el barro, a lo Tévez -o inteligencia popular.
Pero pensando en el charco de lluvia porque un día peronista es un día de sol…
Saludos.
Marcelo:
Lo que pasa es que el peronismo histórico siempre fue un día de sol después de varios diluvios