“Fifty – Fifty”: un diálogo con Jorge Devincenzi.
El post anterior desató un lindo intercambio con Jorge Devincenzi, quien ahora lleva el blog “Que la Jarana recién empieza“. Para Jorge, es desafortunada mi frase referente a los límites del “fifty – fifty”, algo que, por otra parte, vengo repitiendo hace tiempo.
Ante su pregunta inicial, respondo:
“El 50-50 era en una sociedad salarial, donde la población económicamente activa era un porcentaje altísimo del total, y la clase obrera tenía un nivel de homogeneidad social sin equivalente en América Latina, por la ausencia o relativa insignificancia de sectores marginales urbanos o rurales. Hoy, el cuadro de desproletarización, si bien parcialmente revertido, fuerza a buscar por ese lado la compensación que los gremios no tienen por el otro. Y además, fija pisos para la negociación salarial -estamos acostumbrados a pensarlo al revés, pero así también funciona, ojo-.”
Jorge, fiel a su estilo, replica:
“Pero 50 y 50 se refiere HOY a que el sector asalariado sea en negro o blanco de la PEA se lleva el 50 del ingreso, y el sector empresario el otro 50. Hoy debemos andar por el 30-70 aunque las cifras oficiales digan que otra cosa. Creo que el objetivo de fondo de Moyano es forzar al empresario a regularizar. Pero a la vez el gobierno puede luchar solo parcialmente con la informalidad. Por lo tanto, a mí me parece que eso lleva a que el Estado compensará la diferencia.”
Y yo insisto:
“Hoy, aquel 50 y 50 no es una perspectiva realista. Tenemos que pensar más allá de la PEA, porque tenemos sectores informales que antes no existian. En esa medida, sindicalizar a los trabajadores en negro fortalece a todo el movimiento obrero, y plantea un sustituto real a los llamados movimientos sociales. Pero no alcanza, y lo sabemos. Porque el mercado laboral ha cambiado más allá de lo que podemos revertir.”
Me parece que está clara la importancia de la jugada de la CGT. Sindicalizar a los trabajadores en negro, un objetivo que Jorge y yo percibimos como esencial para la unidad de todo el movimiento obrero -no sólo el que está bajo convenio-, es un requisito esencial para ganar en relación de fuerzas e imponer mejores condiciones de negociación. Responde, asimismo, a las transformaciones del contexto.
Pero no estoy seguro, como buen lector de Robert Castel, de que alcance con eso. Porque la sociedad salarial, como la que supimos conseguir allá por los años sesenta, no vuelve más. El crecimiento a tasas chinas no equivale, ya, a pleno empleo, y en esa medida la seguridad social, respaldada por un buen esquema fiscal, debe resolver aquello que antes quedaba en arbitraje del mercado laboral.
El debate, como siempre, queda abierto.
Ezequiel Meler,
Administrador.





Ezequiel: agradezco tu preocupación por mis opiniones, a las que acaso atribuis una importancia excesiva. En el intercambio se esbozan diálogos entre realismo e idealismo. Es cierto que esta combinación de capitalismo financiero global en tiempo real más tecnología ha provocado la quiebra del viejo estado de bienestar; que resultará cada vez más difícil alcanzar los niveles históricos de 6% de desocupación; que el trabajo parece haber perdido la centralidad que tuvo; etc. Y por ende, fuga y se diluye aquel mítico 50-50 en el reparto de la torta, que de eso se trata. Me parece, de todas maneras, que hay un acentuado pesimismo en tu mirada, y no porque todas las dificultades que planteás (y las que no planteás) no sean reales, sino porque, me parece, deberíamos ponernos a pensar en la creación de una nueva clase de Estado que redistribuya con herramientas nuevas.