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Reflexiones ¿políticas? sobre los Festejos.

27/05/2010

¿Cómo analizar políticamente la alegría? Esa pregunta, que trasunta las aproximaciones a los festejos del Bicentenario por parte de María Esperanza y el Escriba, se ha hecho carne de diferentes modos en casi todos los blogs que conozco, así como en la prensa escrita.

Yo personalmente, había tomado la decisión de no ir sobre las consecuencias políticas de los festejos. Me parecía lo más sano. Pero bueno, como el debate va para ese lado de todos modos, sumo lo mío.

Antes que nada, una reflexión. Durante varias décadas, especialmente las últimas dos, la gran pelea con los medios masivos residía en la imposición de la llamada “agenda” política -es decir, aquello que se discute, cómo se discute y con qué premisas-. El resultado genérico era éste: la agenda la ponían los medios.

Los gobiernos Kirchner, en su prolongado conflicto con los medios, lograron por momentos romper la aparente neutralidad con que éstos realizaban el mencionado ejercicio, y los replegaron sobre aquello que llamaré, provisoriamente, humores o sentimientos. Lo que importaba, de ese modo, dejaba de ser la política concreta, para transformarse en el miedo, el asco, el odio, la impotencia, la rabia, etc. Trabajaron esos sentimientos hasta volverlos expresiones de un rechazo que no tenía necesario corolario político, pero podía ser su base. No es nuevo -en los noventa lo hicimos, al derecho y al revés-, y no es ilegítimo per se. Gran parte de la oposición eligió confrontar, también, en esos términos: los humores eran explicados como expresión indubitable de un consenso popular contrario al gobierno.

Pues bien, también ahí se ha dado una derrota de los medios -en este caso, para los que apostaban a la apatía y al rechazo-. Las proporciones históricas de participación popular en los actos por el Bicentenario rompieron con toda posibilidad de enmendar un relato según el cual las manifestaciones de “la gente” no podían converger nunca con un festejo oficial. La narrativa del autoritarismo K tiene ahora que rendir cuentas respecto de un humor que contradice sus asertos con sonrisas.

Hasta ahí, estamos, me parece, de acuerdo. Pero es sabio marcar, también, que lo sucedido en estos cinco días nos excede a todos, excede al gobierno, al kirchnerismo, y a la política. Puede, con adaptaciones, integrarse en un nuevo relato, pero no cambia, en lo esencial, la relación de fuerzas. El gobierno sigue dependiendo de su gestión, aún cuando seguramente ha levantado unos cuantos puntos de imagen positiva. Esta posición, exhibida con matices por Luciano y por el Escriba, me parece correcta.

Por lo mismo, no me apresuraría a leer en clave política / electoral los festejos, a señalar ganadores y perdedores, a ver en ellos el amanecer de un nuevo pico populista, etc. Tampoco, insisto, caería en la fácil contraposición entre el Colón y la 9 de julio. Porque el Colón podía tener, y tuvo, la presencia de un palco opositor en una fiesta chiquita, pero es el Colón. Y recuperarlo es motivo de orgullo para muchos más argentinos que los efectivamente invitados. Y porque tampoco creo que el “pueblo” de la 9 de julio haya expresado un apoyo entusiasta a la gestión, sino que en todo caso expresó el deseo de festejar. Finalmente, porque, como lo muestran estas mismas jornadas, los humores cambian rápido. Cuidado con interpretar demasiado.

Hay, no obstante, impresiones liminares. Gustaron los festejos. Midió bien la imagen de una Cristina distendida y murguera, una Cristina popular, que por momentos parecía tener unas ganas bárbaras de mandar el protocolo a Ginebra y tirarse de cabeza al carnaval. Y si lo hubiese hecho, mejor. Una Cristina distendida, descontracturada, pero con la fiereza que le hemos conocido, contiene un potencial temible.

El gobierno sintonizó, por una vez, con el sentir popular. Debiera volver sobre sus pasos, analizar lo que hizo bien, y tratar de replicarlo en todas las áreas.

No subestimemos a los perdedores de ayer: la realidad marca que, como dijimos, los humores cambian rápido. Concentrarse en medidas que sostengan esta moral popular, en relatos que la alienten, sin mesianismos inútiles ni pucheros históricos que no le sirven a nadie, es una buena idea para empezar a traducir políticamente lo que pasó.

Es cierto que el mérito fue de la gente. Pero la oposición, en este gesto desprolijo reseñado por Mendieta, no recompone todavía la dimensión de los hechos. Esta fue la manifestación del siglo, y ellos no la vieron venir. Nosotros tampoco. Ver quién la expresa es una tarea de hoy y de mañana: suponer que todo se dirimió en la madrugada del 25 de mayo es subestimar seriamente los motivos populares para la alegría.

Ezequiel Meler,

Administrador.

8 comentarios dejar un →
  1. 27/05/2010 10:50

    Hay campo abierto, hay que animarse a correr.
    Abrazo

  2. 27/05/2010 11:43

    El sábado Lobo suelto visitó el paseo del bicentenario. Mucha, pero mucha gente. La antigua crisis de representación que a partir del 2001 ligaba fiesta con crisis y lucha mutó en fiesta de unidad sin “peros”. Sabe el Lobo que en esto hay algo efímero, una estabilidad que tienta a la destrucción, pero se trata sin dudas de algo significativo y hasta cierto punto sorpresivo. Las carpas de las Provincias colmadas, la de derechos humanos bastante patética pero imprescindible en su obviedad. Por todos lados frases. Frases que Lobo creía expresivas de fuertes movimientos de lucha y revolución, pero que ahora sabe que pueden convivir con grises difíciles de identificar. Las frases del Che, que hablan del revolucionario movido por amor (y no aquellas que refieren al revolucionario como máquina de matar, olvidadas, como obliterando el hecho que el Che fue un revolucionario en guerra, en guerra de guerrillas) confirmaban la complejidad del uso de los símbolos: no se trata ya de “hacer la revolución”, pero sí del trato festivo con fuerzas populares dolidas.

  3. 27/05/2010 12:30

    Apresurarse -como dice UD- a leer políticamente el evento generaría un espejismo por la sencilla razón que no es vinculante.

  4. 27/05/2010 17:25

    Gran post Ezequiel.

    Me da la sensación de que los militantes (y filo militantes) tenemos desde hace tiempo un “temita” no resuelto con la alegría. Pareciera que nuestras cargas o mochilas del pasado nos impiden visualizar la potencia política que tienen algunos momentos históricos de festejo y tranquilidad.

    Todo lo que no se presente con estética robespierrana nos genera dudas.

    Los festejos si tuvieron un claro dueño: esa cosa amorfa, misteriosa, intratable y maravillosa que es el pueblo.

    Hay más lugar que la semana pasada y eso no es poco.
    Como siempre, el que se apura pierda. Pero se puede avanzar.

    saludos bandoneónicos

  5. 01/06/2010 18:26

    “No subestimemos a los perdedores de ayer: la realidad marca que, como dijimos, los humores cambian rápido. Concentrarse en medidas que sostengan esta moral popular, en relatos que la alienten, sin mesianismos inútiles ni pucheros históricos que no le sirven a nadie, es una buena idea para empezar a traducir políticamente lo que pasó.”

    Excelente. Un abrazo.

  6. la chesca Enlace permanente
    02/06/2010 22:13

    porque tampoco creo que el “pueblo” de la 9 de julio haya expresado un apoyo entusiasta a la gestión, sino que en todo caso expresó el deseo de festejar.

    Clarisimo análisis. Eso es lo que deberian entender. Teniamos ganas de festa y nos dieron una fiesta…es todo…Ahora a hacer bien gestion……………….. que tamben Galtieri conto con una plaza llena.

  7. 03/06/2010 19:57

    Ezequiel: no se queme las pestañas. La alegría no se puede analizar políticamente…

Trackbacks

  1. Cristina, el Bicentenario y la batalla simbólica « LA FAROLERA

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