Del Centenario al Bicentenario: tareas cumplidas, cuestiones pendientes.
1. Si el roquismo resolvió, a su peculiar modo, el conflicto regional que dividía a la Argentina desde la emancipación, hacia 1910 estaba claro que su fórmula política, asediada por el movimiento radical, se había agotado.
Cincuenta años de modernización y constitución del Estado se veían amenazados, no por la Barbarie de antaño -aún cuando calificativos como “mazorquero” no desaparecerían ya del discurso de barricada-, sino por el naciente movimiento obrero, que lentamente pasaba de la hegemonía anarquista al desembarque del sindicalismo.
Si bien es cierto que muchos observadores agudos pudieron ver en el radicalismo a las direcciones políticas desplazadas del juego de poder a partir de la emergencia del roquismo -el mitrismo, el alsinismo, etc.-, también es correcto señalar su penetración en el marco de otro emergente social de la modernización: los sectores medios. Y, entre esos sectores, los grupos de oficiales militares formados en el profesionalismo a la prusiana.
La generación que llegaba al poder en los años del Centenario no la tenía fácil. A la cuestión social, cada vez más virulenta, se sumaba la amenaza política de un movimiento de bases populares que había consumado tres revoluciones fallidas, pero mantenía e incluso profundizaba su línea abstencionista e intransigente.
Esos hombres, sin dejar por ello de ser conservadores -todos somos lo que somos, la constatación es algo vacua pero hay que hacerla-, tuvieron con todo una mirada distinta. Consideraron que una etapa, la de la República Posible -esto es, restrictiva- se había agotado. Y se dispusieron a pasar a la etapa siguiente, sin por ello renunciar, ni por un instante, a su vocación hegemónica.
En 1910, la apertura política propiciada por Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez venía a coronar definitivamente la etapa de consolidación y unificación del Estado, que ampliaba sus bases de cara a un futuro en muchos aspectos promisorio. Un simple ejemplo: en esos años, previos a la primera guerra, nadie, salvo excepciones muy puntuales, ponía en duda las virtudes de una economía abierta, ni su capacidad para generar niveles de acumulación de orden histórico. Las pocas dudas aparecidas durante los años de crisis de la demanda europea se habían despejado con la recuperación de los precios, y era compartido el diagnóstico de un progreso indefinido por delante. Sólo faltaba resolver la fórmula política que habría de gobernar a los argentinos: esa fórmula fue la Ley Sáenz Peña.
Pero el diagnóstico, que reposaba en la convicción de una economía sana y de una incorporación política limitada, encontraría escollos irreparables. No sería el menor de ellos la incapacidad conservadora para constituir una fuerza política dentro del esquema pergeñado por sus máximos referentes.
2. Cien años después, las cosas se ven de otro modo, claro. La economía abierta y la integración política limitada dejaron afuera a un amplio sector social, que se volvería más amplio a partir de los cambios socioeconómicos producidos por la debacle del sistema internacional, primero derivada de la conflagración europea, y luego, de la crisis iniciada en los Estados Unidos. La apertura política, por su parte, dio lugar a un resultado que, nunca se subrayaría lo suficiente, era inesperado para el grueso de la clase dirigente, y que la llevaría lentamente hacia un progresivo rechazo de la democracia qua sistema político.
De ese oscuro período de entreguerras, ya visible en los trazos gruesos del transformismo conservador, amanecería un nuevo movimiento histórico, centrado en la demanda de una auténtica ciudadanía social.
Ambos principios, la libertad política lograda por el radicalismo, y la justicia social que embanderaría al peronismo, aparecerían como distintos y hasta opuestos, expresando un divorcio que parecía insoluble, entre sectores liberales reacios al sufragio, y sectores populares indiferentes a la naturaleza del sistema político. Sólo la formidable fractura histórica producida por la Dictadura iniciada en 1976 haría que unos y otros valorasen las reglas mínimas de convivencia que, sintetizando sus principios como ideales, pudieran ofrecer a la Argentina la fórmula para resolver un siglo alargado por la tragedia y el desencanto.
3. Y en eso estamos. Pese a la terca perseverancia de minorías que propenden culturas excluyentes, hoy la mayoría de los argentinos valora la democracia, pero reclama que ésta sirva también a su progreso social, y examinan el desempeño de los gobiernos según la medida de su capacidad para cumplir con ambos mandatos.
A diferencia del primer Centenario, cien años después estamos mucho menos confiados sobre la grandeza futura del país, aún cuando las bases sociales y políticas de la presente estabilidad son más fuertes que otrora. Tenemos mayor conciencia de las metas a lograr, así como de la precariedad de los recursos disponibles para su consecución. Expresamos mejores acuerdos en torno a la sociedad que queremos, pero todavía buscamos el camino que nos lleve a ella. La virtuosa realización de esas tareas, en una síntesis que aprenda de la experiencia que hemos adquirido, resalta como el imperativo central de la generación del bicentenario.
Ezequiel Meler,
Administrador.






Ezequiel me gusto mucho tu articulo y lo site para uno mio. Gracias por tus aportes