La salvación por las obras: a propósito del sentido de la gestión.
El otro día, mientras miraba el superclásico del fútbol argentino, noté algunas marcas de origen en el mensaje utilizado por el gobierno durante la transmisión, un mensaje que identifica a la gestión con las obras públicas encaradas por la misma.
No diría que se trata de obras “faraónicas” , porque para eso están los Rodríguez Saá. Pero su mención es constante, reiterativa, y en cierta medida, preocupante. Algunas de pequeña envergadura se suman a otras que son consideradas de magnitudes históricas -vg: “la planta potabilizadora más grande de América Latina”, números de cuatro dígitos en materia de asfalto, y así-.
El problema subyacente reside en el relato en que se inscriben esos hitos, esas construcciones. Sólo después recordé las líneas de Horacio González al respecto:
“A mi juicio, sería necesario que se mencionen estas obras –ya que se señala la expectativa de mejora vital de los sectores rezagados de la población– no desde la matriz desarrollista de la satisfacción de necesidades fácticas, sino desde algo superador que también la contiene. Se trata de la tradición emancipatoria, de la autovalorización de la aptitud popular y su potestad histórica. La imposibilidad de separar emancipación de facticidad es lo que define el resurgimiento de una subjetividad capaz de realizaciones en común. El conflicto social que vivimos no es entre lo “abstracto” del reclamo de los ricos y lo “concreto” del reclamo de los pobres, sino por redefinir la autoconciencia popular y sus facultades autónomas, a las que es preciso dirigirse con la lengua de las generosas aventuras colectivas. Es un conflicto que debe ser historizado, hablado con el lenguaje de las grandes jornadas de cambio social. Pero las evidencias de este estilo no emergen fácilmente, lo que permite la hegemonía visible de una construcción elitista encubierta en la demanda social de nuevos públicos sociales surgidos de una magna operación derechizadora.”
Bueno, no coincido. Creo que tenemos que inscribir lo que hacemos en un relato superador, que recobre sentidos colectivos. Pero ahí me detengo: no estamos atravesando momentos que puedan ser hablados “con el lenguaje de las grandes jornadas de cambio social.” No porque dicho cambio no acontezca, sino porque no es tan grande, y porque la gramática del mismo no prende. Diría incluso que se trata de una gramática en cuestión -al fin y al cabo, ¿qué es hoy “cambio social”?-.
Más convincente -sensato, diría- fue lo escrito por Luciano Chiconi:
“La épica de nuestro tiempo hay que buscarla en las promesas incumplidas en veintiséis años de democracia: lo que no llegó fue la Justicia Social. La épica de una política popular no es, paradójicamente, ninguna utopía, sino un estado de la vida popular que alguna vez se logró, se vivió, se aprehendió hace cincuenta años en este país, cuya representación y expectativa sigue residiendo en el peronismo aun con sus mutaciones, limitaciones y defensividades. Épica de una paciente tarea estatal de mejoramiento del bienestar popular: paritarias, convenios colectivos, servicios sociales, salario mínimo vital y móvil fueron etapas que el peronismo kirchnerista sedimentó parcialmente, en seis años. No es poco.”
De nuevo, no obstante, inscribir estos procesos en un continuum peronista per se parece problemático, porque también fue el peronismo -debemos hacernos cargo- el que falló en estos veintiséis años de democracia.
Por supuesto, es seductor. Pero también sectario y autocomplaciente. El primer peronismo se planteó menos como parte que como totalidad nacional, y eso funcionaba porque, desde su irrupción, existían lazos primarios sentidos y vividos como propios por una colectividad preexistente, que los practicaba hacía décadas mediante educación pública y servicio militar. En estos tiempos plurales, donde todos tenemos consciencia de nuestro papel relativo en tanto partes de un todo inevitablemente fragmentado, las afinidades puntuales apelan menos a la colectividad de referencia, que a las bases sociales concretas -vg: CGT- de las identidades supérstites.
En el fondo, lo que se extraña en estas rudimentarias propagandas es algo que tiempo atrás dábamos por descontado: el orgullo de la identidad nacional. Por eso mismo es tan difícil decir algo consistente acerca de nuestro inminente bicentenario. Por eso mismo, los discursos épicos quedan tan descolocados.
No es un problema exclusivamente argentino -mírese, si no, la dificultad que tiene el bueno de Sarkozy en instalar siquiera la pregunta, incluso con torpezas propias de su estilo-. Pero es un problema especialmente acuciante en países periféricos que, como el nuestro, no han resuelto todavía todos sus asuntos con la modernidad. La tarea de la inclusión social, con dignidad y autoestima social, no tiene sentido si no es inscrita en un relato más amplio, que dé cuenta de las nuevas subjetividades en curso.
Ezequiel Meler,
Administrador.







Cuando leí identidad nacional, me acordé del último State of the Union, Obama diciendo “I do not accept second place for the United States of America”. Está claro que como periféricos no podemos basar una identidad apuntando al primer lugar.
En el contexto de esa frase Obama habla de: los problemas de las familias americanas, de trabajo, de infraestructura, de la inversión en ciencia, clases medias, etc. A esto si podemos apuntar. A las políticas de desarrollo, y de proyecto de país, deberían sumársele reformas -discursos y hechos- que (re)establezcan ciertos valores del tipo -para resumir-: “cultura del trabajo”, “el que las hace las paga”, etc.
Seguramente el discurso de Obama no fue perfecto, ni apartidario, ni totalmente libre de chicanas para los republicanos; pero pensemos en el discurso de Cristina, en el año del Bicentenario. Defensa de gestión, ataque a la justicia, los medios, el congreso, DNU, y omisión de problemas de la Argentina real. Evidentemente no es exclusivo de los Kirchner.
Elegimos presidentes para putearlos. La clase política, que debería conducir, está según las encuestas muy desprestigiada. La novela de las reservas me hizo pensar cúan cerca estamos del que se vayan todos reloaded, de darse quilombos en la economía.
Respecto al problema en los países periféricos, me pregunto y no tengo la respuesta: ¿Dice algo que Bachelet, Lula, o Uribe, se retiren con alta imagen positiva?
Ah, para mostrar donde estoy parado: Creo que el gobierno que viene es peor.
Muy buen post.
Saludos.
Ciudadano:
Yo recuerdo el discurso de asunción de Obama. Decía algo así:
“Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, somos conscientes de que la grandeza nunca es un regalo. Debe ganarse. Nuestro camino nunca ha sido de atajos o de conformarse con menos. No ha sido un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo o buscan sólo los placeres de la riqueza y la fama. Más bien, han sido los que han asumido riesgos, los que actúan, los que hacen cosas -algunos de ellos reconocidos, pero más a menudo hombres y mujeres desconocidos en su labor, los que nos han llevado hacia adelante por el largo, escarpado camino hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros se llevaron sus pocas posesiones materiales y viajaron a través de los océanos en busca de una nueva vida.
Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y se establecieron en el oeste; soportaron el látigo y araron la dura tierra.
Por nosotros lucharon y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.
Una y otra vez estos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener llagas en las manos para que pudiéramos tener una vida mejor. Veían a Estados Unidos más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales, más grande que todas las diferencias de origen, riqueza o facción.
Este es el viaje que continuamos hoy. Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la Tierra.”
Pongamos entre paréntesis lo que podamos pensar de Obama y de los EEUU. El tipo dijo lo que creía que sus electores pensaban. Y el resultado fue un discurso netamente nacional, una apelación nacionalista, diría, centrado en la propia grandeza, pero además, un discurso de unidad. Con razón, Abel Fernández señaló:
“Concord fue una batalla famosa de su Guerra de Independencia, como Gettysburg fue la batalla decisiva de su Guerra Civil. Normandía alude al desembarco en Francia en la 2° Guerra Mundial. Y Khe Sanh fue una batalla de la Guerra de Vietnam.
Es la primera vez que un presidente norteamericano, en su discurso inaugural – el hijo (biológico y político) de los objetores a la guerra de la generación de su madre – honra la memoria de sus soldados que cayeron en Vietnam en el mismo nivel de los que lucharon en otras de su historia. Y por qué no? Yo, como toda mi generación, aplaudí el heroísmo vietnamita. Pero Obama es un patriota yanqui, que además ha decidido reivindicar el patriotismo como elemento unificador de su sociedad.”
Ahora, pensando en voz alta, ¿por qué tenemos que creer en nuestro potencial primer puesto para creer en nosotros? Tenemos una ventaja, creo: no somos Estados Unidos. Y lo sabemos. Pero necesitamos un sentido colectivo para existir.
Un saludo,
Ezequiel