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Vientos de Pampero: sobre aquel 25 de marzo

25/03/2010

Apenas pasaron dos años, y uno siente que pasó un siglo desde aquella noche de marzo de 2008. El gobierno de Cristina Fernández, bajo el sitio mediático y fáctico de los piquetes agropecuarios, perdía imagen y recibía ataques a diestra y siniestra. Una espiral de mutua virulencia verbal y acciones directas había alejado, definitivamente, al conflicto con las entidades agropecuarias de toda forma de acuerdo.

Y entonces, en ese momento tan delicado, salió a relucir la bronca antikirchnerista de las clases medias urbanas -si acicateada por Cecilia Pando, poco importa: con el tiempo lo haría sin acicate. Una movilización opositora, con cacerolazo incluido, juntó el agua, el aceite, y el uranio enriquecido en una situación que muchos leyeron como maniobra política destinada a destituir al “gobierno popular”.

¿Fue una maniobra? En general, eso es lo menos importante. Si la maniobra prende, es fácil concluir que se trataba de la canalización de un estado de ánimo genuino, aún cuando subterráneo. Un estado de ánimo que ya se había expresado en las urnas en 2007, cuando el oficialismo, pese a su contundente victoria, había sido derrotado en todas las ciudades importantes del país.

¿Había, entre los movilizados, una intención destituyente? De nuevo, es menos importante la respuesta a esa pregunta -diría que sólo en algunos, no en todos-, que las representaciones del conflicto que desató la movilización. La amenaza vivida por la movilización opositora despertó reflejos más que tradicionales en varios sectores del oficialismo. De inmediato, una movilización organizada desde las fuerzas oficialistas salió a defender al gobierno atacado, garantizando que la plaza de Mayo no sería territorio opositor. El episodio, en un clima tan caliente como el de esos días, terminó con la conocida piña de Luis D´Elía al chacarero entrerriano Alejandro Gahan, ex UCEDE, luego sindicado como parte de un círculo de ex represores de dicha provincia.

No creo encontrar en mis recuerdos algo que no me haya preocupado de aquellas jornadas. Recuerdo, sí, haber escrito que no todo fortalecimiento de la sociedad civil implicaba una correlativa consolidación democrática:

“En suma: se fortaleció la sociedad civil a costa del Estado, pero, debido a las mediaciones en juego, ello debilitó la posibilidad de un control político y democrático del proceso económico. Y esa herencia será perdurable.”

Señalé, asimismo, que los niveles de polarización política se estaban autonomizando respecto del conflicto:

“La polarización política que describí no fue causada por la protesta agropecuaria: al contrario, la protesta misma puede verse como un resultado de la polarización. En su método violento, en los piquetes por tiempo indefinido, en el intento –parcialmente exitoso- de desabastecer a las ciudades, aparecen los signos de un malestar que no explica la economía. Este no ha sido un conflicto más. La derecha ha mostrado como nunca su virulencia, su capacidad de convocatoria, su estado de movilización, etc. Han expresado con claridad imborrable su rechazo a la modernización, su repudio a la política social, al ejercicio de una justicia para todos, a los ideales democráticos. La República, ha quedado en claro, es su refugio discursivo: las instituciones no pueden interesarles menos.”

También me hice del tiempo para cruzar la insidiosa lectura de Beatriz Sarlo, quien atribuyó la “provocación” a la palabra presidencial, y se dio el tiempo de sacar a relucir buena parte del arsenal del antiperonismo clásico. De lo que no tuve, o no me hice el tiempo, fue para hablar de la piña en sí.

A ver: en principio, es muy inocente quien crea que la política, en tanto actividad, se define por la exclusión de la violencia. El contrato tácito que firmamos quienes la ejercemos, en todo caso, reside más bien en el intento de canalizar esa violencia por otros medios, y, sobre todo, de eliminar o reducir sustancialmente su costo directo en sangre. Algo que no siempre hemos logrado.

De este modo, si, como creo, fue un logro histórico que un conflicto de esas características y magnitudes pasara, y que las aguas bajasen, sin un sólo muerto por represión institucional, para terminar canalizado -aunque sea de modo poco funcional- por medio de los canales democráticos un año después, la piña en sí -en rigor, las piñas, porque fueron varias y en varias jornadas- importa poco. En todo caso, la disputa por el espacio -”la calle”- ha sido patrimonio de todas las tradiciones políticas argentinas, y esa movilización no rompe el molde, al menos no en ese sentido.

Lo que sí preocupa, retrospectivamente, estriba en la creencia de que un gobierno, cualquier gobierno, es tan débil que no puede tolerar una movilización masiva en su contra sin contraatacar. Porque, lo cierto es que en nuestra historia reciente -previa a 2001- conocimos muchos gobiernos capaces de tomar medidas visible y explosivamente antipopulares, sin caer en el proceso.

Es cierto que esa noche no había una institucionalidad a mano -no siempre la hay, como recientemente le recordaba a Tomás-. Es cierto, también, que en ausencia de una movilización en el conurbano -que permaneció tranquilo como pocas veces-, al gobierno le alcanzaba con dejar hacer, dejar pasar. Que algunos hayan creído que ese tiempo no estaba disponible me parece la lección más peligrosa de aquella noche, especialmente de cara a un futuro donde no siempre lo más peligroso será una trompada. Una movilización sin liderazgo, sin organicidad, sin otro programa que la bronca, debe, por inteligencia elemental, durar lo que sirvan las piernas de los manifestantes: cuando se cansen, se tendrán que ir. Reprimirlos, como demostró el 19 de diciembre de 2001, es un error catastrófico: movilizar inmediatamente, uno innecesario.

Tenemos que empezar a pensar seriamente en la fortaleza de nuestro entramado institucional, aquel que fija las reglas de nuestra convivencia democrática. Si es todo lo que tiene que ser, una movilización no ha de cambiar demasiado. Y si no lo es, el problema está en otra parte. Dicho esto, yo también le hubiera pegado a Gahan. La política también es saber eso.

Ezequiel Meler,

Administrador.

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2 comentarios dejar un →
  1. 26/03/2010 13:18

    como miro la historia, siempre los sectores dominantes han recurrido a la violencia, desde el fusilamiento a Dorrego, sarmiento y lo que no habia que ahorrar, el 55, gral. Valle, el 76, Lopez,
    pero su discurso se impuso diciendo que era por el orden, por nosotros, desgobierno, el discurso de lilita y g. morales es ese, esconde la violencia.
    como lo tomo: esto que parece una regularidad no debe pensarse en terminos deterministas: va a ocurrir! Como vos decis, pensarlo desde el hoy, plausible, posible, necesario, liderazgo kirchnerista, sin animos fundacionales, pensarlo desde dentro de la historia, con sus continuidades y rupturas, debemos ser capaces de ganar el desafio de la construccion de la mayoria politica, paso a paso…
    Los actos no son la medida de las aguas, son las olas, muy importantes para la navegacion y la llegada a puerto. gracias, gracias.

  2. 03/04/2010 21:32

    Llego un poco tarde, pero creo muy valioso que dirijas la atención en el sentido de la preocupación que mencionas en el post, para tener presente, claro, en adelante. Saludos.

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