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Antes del atardecer.

18/10/2009

antes del atardecer

Los voceros del bloque histórico tradicional advierten a la sociedad sobre los peligros de la radicalización oficial: temibles consecuencias han de sufrir los argentinos, razona Morales Solá, si el gobierno recompone su iniciativa. Entretanto, la dispersión opositora favorece la concentración de conductas reformistas en el kirchnerismo, que sigue siendo, pese a la tremenda derrota sufrida en junio, el único vértice dinámico de la política argentina.

Se presenta una aparente paradoja: el gobierno, que era hasta ahora acusado de imponer sus mayorías legislativas, elidiendo el necesario debate y el Parnaso criollo del consenso, se muestra capaz de aprobar por amplia mayoría leyes de enorme trascendencia, como la iniciativa sobre medios audiovisuales. Frente a este panorama, la oposición, tan corta de miras como de ideas, apela al expediente de la judicialización de la política, sin percibir que, en el deterioro de las representaciones existentes, se juega también una parte importante de su capital simbólico a futuro.

¿En qué consiste, en rigor, la anunciada radicalización del gobierno? Si asumimos que un cambio radical requiere, necesariamente, de un componente social significativo, todavía sabe a poco la oferta oficial. La reforma política, que ahora aparece en agenda como panacea en el necesario camino de reconstrucción de las estructuras partidarias, no es precisamente una preocupación de mayorías, como admiten sus propios impulsores.

La política social implementada, aunque muestra algún atisbo de cambio, se muestra todavía dentro de los estrictos marcos de la “cultura del trabajo”, sin recapacitar sobre los límites que esa estrategia adquiere en términos de inclusión social en estos días de capitalismo tardío.

La eventual modificación de la ley de entidades financieras, que fuera otrora el pilar del proyecto de desindustrialización de la última dictadura, golpearía directamente al corazón del bloque dominante. No obstante, aparece a lo sumo como un camino intermedio: ciertamente esencial para el desarrollo de un proyecto nacional de desarrollo a mediano plazo, el aliento oficial le llega en una situación que vuelve complejo todo pronóstico sobre su eventual tratamiento y perduración.

Tampoco en el campo de la construcción política, que necesariamente va de la mano de la reforma social, aparecen demasiadas novedades. Tras un giro con guiños hacia la centroizquierda, que intuyó acertadamente en ella un interlocutor sensible a las temáticas oficiales, el kirchnerismo mantiene los trazos gruesos de su existencia política del peor de los modos: indefinido. Ni totalmente adentro ni poseedor de una vocación frentista, el oficialismo sigue confiando en sus fuertes golpes de timón, tanto como en la incapacidad opositora, para llegar entero a 2011. ¿Cómo llegará? Si no cambia algunas variables, no es previsible que el desenlace de junio se modifique de modo sustancial.

Es en virtud de esa lectura que debe interpretarse el lanzamiento de la corriente nacional del sindicalismo peronista: el sindicalismo, que integra una sociedad política natural con los intendentes del conurbano, percibe en la estrechez oficial un peligro que lo fuerza a salir al ruedo. Y bienvenido sea el gesto, pues sólo la organización vence al tiempo.

No, el alarido liberal no procede de un temor certero respecto de la mentada “profundización del cambio”. Señala, más bien, el disgusto del sector más conservador del establishment ante la vitalidad siempre renovada de un gobierno dispuesto a irse a lo grande, antes que al conocido expediente de  transar continuidades y arriar banderas -en especial tras dos sendas derrotas como las sufridas en 2008 y 2009-. Pero ese estilo, bien lo sabemos, tiene un límite.

Quienes, por caso, se congratulan de la potencia de la voluntad oficial, en especial en la trascendente victoria parlamentaria que significó la aprobación de la ley de medios, no reparan en la complejidad del escenario que comienza a partir de diciembre, donde precisamente esa clase de iniciativas será el eje de la anunciada convergencia restauradora.

¿Y quién ha de sostener la ley de medios? ¿Qué mayorías se movilizarán en su defensa, cuando la oposición comience a ajustar cuentas con el oficialismo? ¿Cuál es el sujeto histórico que garantizará la continuidad de lo mejor de este gobierno, una vez llegado el atardecer? ¿Alcanzará con la CGT y los intendentes, con la obra pública y el superávit? Parece difícil.

A juicio de quien escribe, no parece que la radicalización de la agenda sea un problema inmediato, ni que estemos en vísperas de nuevos ciclos de polarización política. Al contrario, el gobierno, en una mirada notablemente más institucionalista que aquella con que se identifican sus más acérrimos críticos, parece confiar en el mero devenir de la opinión pública en el tiempo como un modo, por cierto bastante pasivo, de “instalar debates” cuyo andamiaje real no se adivina sino en minoritarios grupos progresistas, que tampoco son, siquiera, invitados a  incorporarse orgánicamente a nuevas estructuras de poder.

El sentido del reformismo institucional en curso no encarna -nadie se preocupa por ello, tampoco- en amplios sectores sociales, ni se acompaña de las apuestas políticas que podrían generar las condiciones mínimas de tal apoyo.

Así las cosas, la suerte de la gobernabilidad y la estela de la sucesión quedan en manos de terceros: la centro – izquierda parlamentaria por un lado, el peronismo disidente por el otro. De una sociedad medianamente sólida con al menos uno de estos actores depende el futuro del proceso abierto en 2003. Más allá de las distintas victorias parciales -algunas, de indudable importancia- que puedan presentarse desde aquí en adelante, el panorama estratégico se reduce a esto. Y esto, que me disculpe la hinchada, me sabe a poco.

Ezequiel Meler,

Administrador.

5 comentarios dejar un →
  1. 19/10/2009 00:52

    Eze, lo que decís es cierto pero… ¿no sentís que no hay campo en el que el oficialismo pueda meterse que le de algo de aire en la opinión pública que le es adversa?
    Quiero decir, por un lado, el oficialismo tiene un grave problema: la sociedad (sea con la construcción de un discurso mediático o no) se volvió mas conservadora, especialmente en los sectores urbanos de clase media a alta y en los sectores urbano-rurales. La sensación es que la gente que hoy dice groserías de los Kirchner difícilmente cambie de opinión. Y menos cuándo la manija es contínua y muchos forman parte de la manija. La plataforma oficialista no parece virar en el sentido de la opinión pública, sinó que se mantiene mas o menos como cuándo se concibió. Digamos, el gobierno sigue la máxima de Néstor: “no voy a dejar los principios en la puerta”.

    Creo que tampoco le queda otra al oficialismo que ésta, y como están planteadas las cosas, otra alternativa sería una derrota en lo único que le queda, que de alguna manera es mas orgullo que otra cosa.
    Quizá una buena “gestión” y alguna mejora económica le permitan al oficialismo agarrar algo de aire como para recuperar un poco del electorado, es todo muy complejo. Me da la sensación que la única alternativa para el kirchnerismo sería lograr una reunificación del peronismo (improbable) o directamente ganar una interna, obligar a los disidentes a ir por afuera e intentar algunas estrategias de centroizquierda, mas estratégicas en el sentido de anular las alternativas a izquierda (Solanas y Binner fundamentalmente) que por el caudal de votos. Si siguen las cosas como están, en 2011 se repite la de 2003 pero a la inversa.

    Abrazo.

  2. 19/10/2009 00:55

    Perdón “intentar algunas estrategias”, era “intentar algunas alianzas”.
    Saludos.

  3. 19/10/2009 11:53

    Martín:

    Los últimos meses nos han mostrado a un gobierno capaz de enhebrar alianzas interesantes para lograr victorias sumamente inesperadas, especialmente por su amplitud y previsibilidad. Eso que llamamos iniciativa, en términos tácticos, está en manos del gobierno.

    Ahora bien, el problema esencial a la hora de mantener la iniciativa reside en cómo usarla para seguir disponiendo de ella. Al contrario que otros críticos, yo meramente señalo que el gobierno actualmente, de hecho, se ha centrado en una agenda institucional -ley de medios, reforma política-, cuando debería estar reflexionando sobre las causas que erosionaron su apoyo en los sectores populares. Porque, no nos engañemos: las clases medias urbanas ya votaban a a la oposición en 2007. Pero, todavía en ese año, el gobierno tenía una iniciativa notable en materia de generación de empleo e inclusión social, así como mantenía el armazón de políticas sociales heredadas del duhaldismo. Ese armazón se fue desarmando, y el modelo económico, simultáneamente, fue encontrando límites cada vez más directos en lo referente a la distribución del ingreso.

    En ese escenario, la 125 fue el suicidio: sin bases populares fuertes, el gobierno se lanzó a una aventura política mal planteada y peor resuelta. El resultado de este proceso, que comienza en 2006, estriba en la erosión electoral más espectacular -por velocidad y amplitud- de los últimos años.

    En esa medida, lo que sugiero es, ni más ni menos, un viraje hacia la ruta originaria. Más política social, mejor distribución del ingreso, una sana reforma tributaria que reparta equilibradamente las cargas, etc. Si no probamos por ese lado, la bandera de la pobreza queda en manos de Bergoglio.

    Hablemos de Lula, esa suerte de panacea sudamericana. Su medida número uno fue el plan Fome Zero. Con ese simple mecanismo, que proclamaba la necesidad de hacer un esfuerzo para que, en cuatro años, todos los brasileños comiesen al menos tres veces al día, Lula redefinió todo el campo político. Quien se opusiera a esa medida no podría aspirar al voto de los sectores populares, y el PT se plantó, naturalmente, como la opción brasileña de los sectores pauperizados.

    Ahora bien, el Fome Zero, en rigor, no es un invento brasileño. Es una adaptación combinada de dos modelos argentinos: el Plan Alimentario Nacional y el Plan Jefas y Jefes. Si alguien logra explicarme por qué o para qué liquidamos el último de estos proyectos, tal vez comencemos a entender cómo fue posible llegar del 45% en 2007 al 31% en 2009. No todo es tarea de los medios: el primer medio que llega a todos los hogares es la política social. Si esta falla, no hay dirección ideológica posible (Gramsci básico).

    Un abrazo,
    EM

  4. Ladislao Fokas Enlace permanente
    19/10/2009 16:32

    Como siempre muy bueno el post. Personalmente pienso que la desarticulación del plan JyJ fue una intentona de cambiar el eje de los planes en la apuesta a mayor trabajo, por un lado, y por otro intentar despejar los fantasmas del supuesto clientelismo en el ‘gasto’social. Como usted bien señala, una más de la política dos puntas. Salió mal. Debe ser repensado. Es el proyecto de asignaciones a menores que hoy no reciben cobertura una buena apuesta en reemplazo de aquella o de la asignación universal por hijo? No estoy seguro, pero sí se puede abundar por ese carril y profundizarlo. Pero un elemento que ha mencionado usted en otras oportunidades tiene algo para decir lo del 45-31 de 2007-2009: la economía mostró límites sobre todo con la crisis internacional sumada a la erosión de la inflación para los sectores populares. Esos límites son estructurales. Los cambios también lo deben ser. Eso se resuelve únicamente yendo más a fondo, cambiando impuestos y apropiaciones. Y esto último cubre los dos planos anteriores, tanto qué morfan los críos como la construcción política en una dirección.

    • 19/10/2009 21:19

      Ladislao:

      Exactamente. La clave es ir a fondo, con una reforma tributaria y una política social verdaderamente estructurales. Sin una iniciativa de este tipo, el verdadero legado de un proyecto político -esto es, la fuerza social que defienda sus conquistas- brillará por su ausencia.

      Saludos,

      EM

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