San Martín, más allá del bronce y del mármol.
Hace mucho tiempo, me tocó decir unas palabras a propósito de José de San Martín. Como no estoy en condiciones de subir inmediatamente un post a la altura de la jornada, opto por dejarles este fragmento.
San Martín, más allá del bronce y del mármol.
“No tengo más pretensiones que la felicidad de la patria. En el momento que ésta se vea libre renunciaré el empleo que obtenga para retirarme; mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas”.[1]
Mucho antes que nosotros –hace casi treinta y cinco años- Jorge Luis Borges advertía, al prologar un estudio biográfico sobre San Martín, que “el culto de los próceres no deja de entrañar un peligro. El muerto se endurece en estatua, el ser que fue de carne y hueso en un simulacro de mármol. Las batallas degeneran en días feriados o en fáciles pretextos para la retórica palabrera. Nadie ha sufrido más que el General José de San Martín de esa veneración rutinaria y casi indiferente”. Borges concluía afirmando la necesidad de encarar el difícil rescate del “hombre perdido bajo una respetuosa nube de hipérboles, que lo aleja y lo oculta”.[2]
El propio San Martín era todo menos indiferente al problema de su legado histórico. En ocasión de sus conocidas dificultades como Protector del Perú, afirmaba certero que “los hombres en general juzgan de lo pasado según sus verdaderas justicias y de lo presente según sus intereses”, para concluir “no esperemos recompensas de nuestras fatigas y desvelos, y sí sólo enemigos: cuando no existamos nos harán justicia.”[3] Tal vez, en este último juicio, quien expulsara definitivamente a las tropas realistas de Chile y de Perú resultó, a la postre, demasiado optimista…
A riesgo de perdernos para siempre en semejante empresa, intentaremos una modesta exhumación, histórica y contemporánea a la vez, del hombre que alguna vez vivió y luchó debajo del bronce y del mármol que hoy le sirven de simbólico mausoleo en la memoria colectiva de los argentinos.
Hijo de un funcionario de la Corona, oficial destacado en las guerras napoleónicas, San Martín tuvo siempre una viva conciencia de los problemas políticos de su tiempo –sólo ella podía haberlo decidido a abandonar su carrera española por otra, previsiblemente azarosa, en su tierra nativa-. No tuvo, en cambio, vocación alguna por una carrera propiamente política, que en aquellos tiempos revolucionarios era casi inseparable de la militar –pensemos, por ejemplo, en Alvear, en Bolívar, en Sucre, en O´Higgins, y la lista es infinita-. En su figura grave, los hombres lanzados de lleno a la “carrera de la revolución” –que era también, dicho sea de paso, la carrera del poder, de la riqueza y del ascenso social- adivinaban a alguien sustancialmente extraño, y San Martín iba en efecto a permanecer por siempre extraño a la elite que desde Buenos Aires dominaba los destinos del movimiento revolucionario.
Observadas a la distancia, las intervenciones de San Martín en el escenario rioplatense parecen tan sólo las de un jefe militar que busca, meramente, favorecer un determinado curso político, exclusivamente propicio para la marcha de la guerra revolucionaria, incluso en asuntos aparentemente alejados de dicha lógica, como la Declaración de Independencia –que el Libertador necesitaba para no presentarse en la escena chilena como un jefe de bandas insurgentes-.
Esta actitud no nacía, sin embargo, de la indiferencia hacia las distintas alternativas políticas, sino del papel que San Martín se había asignado a sí mismo en la revolución rioplatense, a la que iba a devolver, junto con su capacidad militar ofensiva, su dimensión continental. Por eso mismo, su negativa a desenvainar el sable por motivos políticos era perfectamente compatible con actitudes muy diferentes en escenarios ajenos al rioplatense –y, en particular, en Chile-.[4]
Esa rotunda convicción contraria a intervenir en las luchas fratricidas que dividían a quienes modelaban los destinos del país fue motivo de situaciones que muchos historiadores, aún hoy, optan por callar.
Por ejemplo, luego de negarse, por dos veces –primero ante el Director Supremo, Pueyrredón, luego ante su sucesor, Rondeau- a poner sus tropas de línea al servicio de Buenos Aires contra los caudillos de Santa Fe y Entre Ríos –pero sobre todo, contra las masas populares que encuadraban sus montoneras-, el Doctor Tagle, Ministro de Guerra de Rondeau, decidió en 1819 destituirlo al mando del Ejército de Cuyo y ordenar su arresto.
Advertido San Martín de la maniobra por el santafesino Estanislao López –quien se había encargado de apresar a su reemplazante, el General Marcos Balcarce-, el Libertador apresuró los preparativos y, al cruzar los Andes, salvó por siempre a su ejército del despotismo porteño, lanzándolo en cambio a la causa de la emancipación americana.
Cabe remarcar, entonces, esta paradoja, a saber: que era como fugitivo y como proscrito, no como general designado a tal efecto, que conducía San Martín en ese entonces a las tropas argentinas en la que sería su hora más gloriosa.[5]
Incluso después de la histórica Conferencia de Guayaquil, en la cual San Martín, debilitado por la insuficiencia de hombres y convencido de la necesidad de acabar decisiva e inmediatamente con la amenaza española en Sudamérica, cedió el mando y la gloria de la empresa a Bolívar –quien estaba mucho más interesado en el juicio de la posteridad-, seguía el Libertador en peligro de ser juzgado por sus actos. De vuelta en Mendoza, fue nuevamente Estanislao López quien le advirtió que, si efectivamente cumplía su deseo de retornar a Buenos Aires, sería juzgado en Consejo de Guerra.[6] Y nuevamente, ante la oferta de López de colocar las tropas santafesinas a su servicio, para una ofensiva coordinada sobre Buenos Aires, San Martín se negó a desenvainar el sable.
La misma coherencia tendría, varios años después, ante la interesada oferta de Lavalle y de la élite de Buenos Aires en cederle el gobierno como garantía contra la ofensiva federal. Tras indicar, en diferentes cartas a sus confidentes más cercanos, que no veía posible una pacificación del país que evitara nuevos derramamientos de sangre, o el aniquilamiento de una de las facciones en pugna, decidió declinar la oferta. [7] Ante una nueva insistencia de Lavalle, en junio de 1829, respondió, tajante y profético: “las consecuencias más frecuentes de la anarquía son las de producir un tirano”.[8]
Como vemos, San Martín se negaba a ser el protagonista y ejecutor de ese destino típicamente latinoamericano, generales libertadores que devenían caciques incuestionables, aún cuando ello significara como consecuencia su muerte política y su destierro forzoso. En su lugar, quien se encargaría de los destinos del país sería Juan Manuel de Rosas…
[1] San Martín en carta a Artigas, 13 de marzo de 1819.
[2] Jorge Luis Borges: “Palabras Liminares”, en González Roura: San Martín, el hombre, el héroe, Buenos Aires, Plus Ultra, 1972.
[3] Citado en De Marco, Miguel Ángel: “Semblanza de San Martín: formación, pensamiento y acción.”, en El General José de San Martín en Bélgica. Un destino, una época, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 1998.
[4] Halperín Donghi, Tulio: De la Revolución de Independencia a la Confederación Rosista, Buenos Aires, Paidós, 1998.
[5] Levene, Ricardo: El genio político de San Martín, Buenos Aires, Editorial Kraft, 1950, p. 123.
[6] Gianello, Leoncio: Estanislao López, Santa Fe, Ediciones del Litoral, p. 195; Levene: El genio…, p. 161.
[7] Palacio, Ernesto: Historia de la Argentina, 1515 – 1943, Buenos Aires, Peña Lillo, 1974, p. 320.
[8] Busaniche, José Luis: Historia Argentina, Buenos Aires, Solar / Hachette, 1973, p. 493.





La última carta que le envía el Libertador San Martín a Juan Manuel de Rosas está fechada en Boulogne-Sur-Mer el 6 de mayo de 1850, y el contenido se asemeja al de alguien que ve pronto su final, ante lo cual quiere dejar una sentencia franca y sincera que reconozca los servicios prestados por el Restaurador de las Leyes en beneficio de la patria. Le dice que “como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecido en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos Estados se habrán hallados”, y dos párrafos más adelante premia su esfuerzo y le augura sea recordado por la historia y el pueblo argentino: “Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino”.
http://www.revisionistas.com.ar/?p=4231
Su artículo es excelente. Yo hablé de algo similar en mi blog (lo invito a leerlo) pero más acotado. Porque me enorgullece esa actitud del Libertador, y a la vez, identifico a mi sociedad actual en esa incomprensión de los porteños, que no sólo lo desautorizaron, sino lo descalificaron, en términos inmorales.
Eso no se enseña en la escuela. Siempre lo presentamos como el prócer indiscutido, pero haríamos bien en revelar las relaciones con la sociedad de entonces. Porque a la luz de esa situación, podríamos entender mejor las pugnas de la sociedad actual.
Saludos
Mona:
Leí su trabajo y es muy recomendable.
San Martín se situaba siempre por encima de las contradicciones que consideraba secundarias, para atacar aquellas que consideraba principales, y entre estas, destacaba la presencia de cualquier amenaza a la soberanía nacional americana.
En carta a Artigas, 13/ 03/ 1819, que cito más arriba como epígrafe, el Libertador sostiene:
“Me hallaba en Chile acabando de destruir el resto de maturrangos que quedaban como se ha verificado e igualmente aprontando los artículos de guerra necesarios para atacar a Lima, cuando me hallo con noticias de haberse roto las hostilidades por las tropas de usted y de Santa Fe contra las de Buenos Aires. (…) Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad.”
Ahora, y esto es importante aclararlo, San Martín lega su sable a Rosas por su defensa de la soberanía frente a los bloqueos francés y anglo francés, pero de ninguna manera avalaba su política interna, como se ha querido ver muchas veces desde nuestro propio campo ideológico. La correspondencia con Guido es una guía decisiva en ese sentido.
Saludos,
Ezequiel
Bueno, salimos en La Bloguera. Hubiese querido realizar una intervención más articulada, ordenada y concisa, pero salió así. Igual, creo que se entendió (lo escucharé con la aprensión del caso).
EM