Antiliberales. Una mirada regional.

A finales de los años noventa, en coincidencia con el fracaso de las reformas neoliberales, comenzaron a ascender al gobierno fuerzas progresistas en todo el territorio latinoamericano. Es cierto que lo hicieron en condiciones muy distintas: no es idéntico el camino lento, acumulativo, paciente, de constelaciones como el PT y el Frente Amplio, que llegar de la mano de la movilización popular y el derrumbe de un gobierno, como sucedió en Bolivia, o bien sólo a partir de la crisis política y su procesamiento por medios tradicionales, como es el caso argentino. Y esas diferencias, en parte, condicionaron su margen de maniobra, limitando los anclajes del cambio, moderando la legitimidad de los liderazgos.
Pero la novedad se fue afirmando, y el deshielo se convirtió en una realidad: algo estaba cambiando. Tal vez no a la velocidad del rayo, pero con una notable consistencia, nuestros gobiernos se alejaron del Consenso de Washington, rechazaron las recetas monetaristas, e hicieron de la heterodoxia su propia ortodoxia. En la misma medida, aparecieron instancias de coordinación que respondían a este avance continental: se fortalecieron las instituciones multilaterales existentes, mientras que otras fueron enterradas. El punto de llegada de esta acumulación política, sin lugar a dudas, es la tantas veces postergada Unión de Naciones Suramericanas, o UNASUR.
Esta institucionalización respondía a una consolidación política que, si bien no dejaba de ser dificultosa, tenía un indudable componente social. Como escribía un todavía jubiloso José Natanson en octubre de 2007,
“En 2006 la pobreza latinoamericana fue de 38,5 por ciento y la indigencia 15,4 por ciento, lo que implica una leve disminución respecto del año anterior y una significativa baja en comparación con la situación de cuatro años atrás. Algo similar ocurre con la desigualdad: aunque sigue siendo la región más inequitativa del mundo, América Latina es cada año menos desigual que el anterior, un quiebre de tendencia confirmado por la Cepal, que tal vez sea la mayor noticia en décadas. La diferencia entre el 40 por ciento más pobre y el diez por ciento más rico se acortó y el Gini mejoró, sobre todo en Brasil, pese a su bajo crecimiento (lo que, dicho sea de paso, confirma la idea de que la lucha contra la pobreza y la desigualdad no puede plantearse sólo en base a la expansión económica).”
Crecimiento, integración, disminución de la pobreza… estábamos asistiendo al cambio dentro de las estructuras -eso que nos decían, y nos siguen diciendo, que no era posible-, a la “revolución legal“. Claro que era complejo: el límite mismo, o si se prefiere, la conditio sine qua non del proceso de transformación residía en el respeto al marco institucional que lo dotaba de legitimidad, y en esa medida, varios problemas -la sucesión en el tiempo político, la profundización del proceso social- iban apareciendo como dificultades intrínsecas a superar.
Para peor, no estábamos solos. Lejos de la interpretación de una “distracción imperial” debido a los sucesos de Medio Oriente, el gobierno de Bush actuaba como contrapeso. Desde el golpe de 2002 en Venezuela, pasando por el desembozado apoyo al separatismo del oriente boliviano, hasta el apenas disimulado protagonismo del establishment republicano en el golpe de Honduras, la marca del Imperio real estaba firme. Su límite no estaba en la desmedida preocupación por los sucesos iraquíes, como le achacaron en vano los personeros de las oligarquías locales, sino en el paradójico efecto de las políticas neoliberales sobre las sociedades latinoamericanas: como señalaba Adolfo Gilly allá por 2004,
“Las leyes e instituciones que en cada nación regulaban las relaciones entre capital y trabajo y entre los diversos capitales implicaban también un modo de regulación de las relaciones políticas de mando y obediencia, una forma de la dominación y la subordinación legitimada por las leyes y las costumbres dentro de cada comunidad nacional-estatal. Significaban, en otras palabras, la construcción en la sociedad de una hegemonía de las clases dirigentes sobre las clases populares o subalternas elaborada en el curso de la historia precedente y reciente a través de conflictos, acuerdos, resistencias, pactos, organizaciones.
El neoliberalismo en los países de América Latina se propone mandar sobre una sociedad de individuos atomizados. No quiere interlocutores, quiere vendedores solitarios de su fuerza de trabajo individual y ciudadanos definidos por el consumo de las mercancías y no por la titularidad de los derechos.
El neoliberalismo destruye así los pilares de la antigua hegemonía. Pero al hacerlo, destruye también la legitimidad que aquella forma de gobierno y dominación había alcanzado. El neoliberalismo llega a construir una nueva dominación que sustituye los interlocutores organizados por espectadores mediáticos y votantes solitarios. Pero por esa vía no logra conquistar una nueva legitimidad entre las poblaciones empobrecidas, desocupadas y desarraigadas que engendra. Impone su mando por la triple coerción de la fuerza, la necesidad y el hambre, pero no logra suscitar el consentimiento de los gobernados.”
Fueron, entonces, nuestros propios gobiernos los que, al redefinir los términos de la contienda, construyendo sociedades más integradas, dieron a la disputa un nuevo escenario. Y aquí vuelven a pesar las diferencias, entre quienes lograron la articulación de sujetos sociales en condiciones de defender sus conquistas, y quienes se quedaron en el camino.
Hoy, América Latina enfrenta en pleno una contraofensiva conservadora que tiene distintas credenciales según el territorio. En algunos casos, se trata de una nueva derecha remozada, aggiornada, preparada para presentarse como la sucesión natural de procesos que han ido demasiado lejos: el necesario retorno a la “normalidad” de las jerarquías. Macri, Serra y Piñera se anotan en esta lista de dirigentes “civilizados”, interesados guardianes de las formas.
En otros casos, en cambio, la derecha que aparece es la misma de siempre, la fuerza del terror que asoma el hocico cada tanto para constatar que sigue ahí, preparada.
Del otro lado, aparece la continuidad posible del cambio, ajustada a las relaciones de fuerza de la coyuntura: Rousseff, Mujica, Frei, Chávez… ¿qué nos pasa, que no podemos superar la fuerza simbólica de las presidencias redentoras?
En el medio, especialmente en aquellos países que, como Brasil, Chile, Argentina y Uruguay, mayor grado de convivencia han tenido con las viejas ortodoxias, aparecen los actores parricidas, aquellos que no relacionan en lo más mínimo su emergencia con el contexto en que se mueve la región en esta década, con el trabajo de gobiernos que no reconocen como distintos. Son esos a los que Sader alude al señalar que
“Hay visiones que nunca han considerado a esos gobiernos como diferenciados de sus antecesores neoliberales, pero que en la práctica corren a saludar la posibilidad de su sustitución por la derecha. Para ellas –que combinan catastrofismo y derrotismo– no habría ningún cambio significativo, una derecha sustituiría a la otra.”
Es cierto que ha faltado mucho en estos años. Menos cierto es que los problemas sean los mismos. Y es completamente falso aseverar que no han existido avances notables, históricos, en un sentido progresivo. La proposición que sugiere la “continuidad bajo nuevas formas” debiera registrar que esas formas existen porque sus predecesoras han sido clausuradas. Que no hay cambio sin sujeto. Y que, a la inversa, no hay sujeto sin cambio. Plantear al mundo que existen realidades cíclicas, caracterizadas por inciativas cambiantes entre sujetos autónomos -estos es, los gobiernos por un lado y los movimientos por el otro- es una falacia que no resiste el menor rigor analítico: ni los gobiernos ejercen su autoridad en el vacío, ni los movimientos surgen espontáneamente.
No hace falta señalar que, desde aquí, no creemos en esas simplicidades. Como señala el propio Sader, “las visiones que se limitan al plano de la crítica están al margen de los procesos reales de enfrentamiento al neoliberalismo en el continente. El futuro de América latina se decide entre la profundización de las transformaciones apenas empezadas o procesos de restauración conservadora, en que serán derrotados el campo popular y las izquierdas en su totalidad. El futuro sigue abierto, la disputa hegemónica frente al agotamiento del neoliberalismo y las alternativas, entre lo viejo que insiste en sobrevivir y lo nuevo que encuentra dificultades para nacer es lo que marca el presente latinoamericano.”
Ezequiel Meler,
Administrador.





Me hace ruido lo de “antiliberal” por las muchos significados de la palabra “liberal”.
Por otro lado también me hace ruido el hecho de que los 4 personajes de la foto estan ejecutando políticas bien distintas en sus respectivos países, y que gozan de una reputación internacional bien diferente, y de un consenso interno diferente también.
Mariano:
En América Latina, con pocas excepciones, el liberalismo político que se proclama tal es un evento reciente. En general, los liberales realmente existentes, como observara Natalio Botana, lo son sólo en el campo de las relaciones económicas, para volverse ferreos conservadores en términos políticos, sociales y culturales.
No por casualidad, en nuestro país las corrientes políticamente liberales fueron perseguidas, durante décadas, por los liberales del Partido del Orden de turno: es el destino del socialismo, del radicalismo yrigoyenista, etc. Y el destino de la intelectualidad políticamente liberal -Novaro, Sarlo, etc.- ha sido, luego del derrumbe del alfonsinismo, un destino menor y marginal.
Claro, si lo miramos desde Estados Unidos, donde un “liberal” es un tipo de izquierda, y un “radical” es alguien todavía más a la izquierda, no cierra. No es ese el sentido en que se toma la categoría, polisémica como todas, en este post.
Respecto del segundo tema, cada país viene con sus tradiciones, diferencia que creo haber planteado, y el derrumbe del neoliberalismo también fue diferente. Por caso, el despertar del actor indígena en Bolivia y Ecuador ha llevado a una serie de resultados que todavía no vemos en México y Perú.
Toda comparación elide parcialmente lo distinto, y compara lo semejante. Es un límite, pero es así. Tampoco son idénticos los territorios al interior de cada país: basta con ver las distintas estructuras que amanecen entre el NOA, el NEA, la Pampa Húmeda y el Sur, o entre el Nordeste y el sur de Brasil, o entre la amazonia peruana y la sierra, o… creo que se entiende, no?
Un abrazo,
EM