Condiciones y posibilidades de diálogo.

Los precedentes no son buenos.
Como señala el Escriba, en el pasado, la mayoría de las iniciativas dirigidas a generar marcos favorables para acuerdos a gran escala entre los distintos actores políticos, económicos y sociales de la Argentina han navegado en el fracaso.
En ese contexto, no es impropia la invocación continua a la guía de la Providencia, fórmula común que transluce en su recurrencia la dificultad de los distintos sectores de proyectar metas temporales en aras del interés nacional.
El diálogo social, eje de la campaña de CFK.
El “diálogo político y social”, la “concertación”, etc. fueron tema recurrente de la campaña de Cristina Fernández. Su elección impulsó al kirchnerismo a creer que podría, finalmente, dejar su marca en la historia, bajo el sello de un nuevo consenso nacional.
Esa expectativa se evaporó rauda conforme el conflicto agropecuario diluía las bases electorales del gobierno durante el primer año de su mandato, el quinto de la etapa iniciada en 2003.
Pero la aspiración oficialista a pactar un modelo de país nunca se desvaneció: antes bien, al contrario. La dificultad estribaba en hallar la oportunidad y los interlocutores.
La jornada del 28 de junio, paradójicamente, brindó ambas condiciones. Un gobierno electoralmente erosionado, reducido a un tercio del electorado, encontró en algunos de los liderazgos emergentes -y, especialmente, en el retorno a los primeros planos del radicalismo- la voluntad de diseñar algunas líneas generales en materia institucional, como medio para instalar un conjunto más amplio de temáticas.
La querella de las imágenes.
En estos días, hemos asistido a toda clase de interpretaciones. La mayoría de los analistas calificados -esto es, los voceros y personeros de los mass media- tiende a interpretar el traspié electoral como el signo inequívoco de un fin de ciclo, a imagen y semejanza de lo sucedido con el alfonsinismo, el menemismo, y, en cierto modo, el aliancismo. Sin embargo, a diferencia de 1987 y/o de 1997 / 2001, la derrota del oficialismo no generó una opción aglutinante de relevo, sino varias. El límite de la semejanza es precisamente aquel que sugiere la magia de lo cíclico, algo que inevitablemente conduce al pensamiento circular. O, como señala Gabriel Puricelli:
“Los resultados del domingo han sido comparados con los de las parlamentarias de 1987 y 1997, que sellaron los destinos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem. La comparación no sólo es perezosa en cuanto a lo poco dispuesta que se muestra a bucear en la historia, sino que desconoce el hecho de que las fuerzas que se enfrentaron en esas dos elecciones eran dos partidos propiamente tales en 1987 y dos coaliciones razonablemente estables, en 1997. Es decir, después de esas dos elecciones era posible imaginar que dos años después, la siguiente batalla sería entre los mismos actores. Sería arriesgado decir que las elecciones presidenciales de 2011 van a ser sencillamente un replay de las que acaban de pasar, porque éstas se superponen con el estado de fluidez, de viscosidad del sistema político en la que no hemos dejado de vivir desde la implosión de 2001.”
Tampoco son similares las situaciones en que se convoca al diálogo político respecto de sus precedentes más conocidos: Escriba, que bien lo sabe, nos recuerda los últimos tiempos del primer peronismo, aquel Congreso de la Productividad de marzo del 55 que concluyó en un sonado fracaso. Elude, en cambio, comparaciones más ajustadas, como aquel pacto social propugnado por Perón a su retorno, con idéntico resultado, o bien el Diálogo Social encarado por Eduardo Duhalde en 2002, bajo la augusta bendición de la jerarquía eclesiástica.
Lo cierto es que, como sucede habitualmente, nada de lo viejo encaja en lo nuevo. A diferencia de 1973, este gobierno se encuentra cuestionado en las urnas. Contrariamente a 2002, no existe en los actores económicos compulsión alguna a ceder terreno: antes bien, parece claro que buscarán reconquistarlo.
Razones y discursos.
Con todo, algunos elementos novedosos han obrado para brindar al gobierno ese margen de maniobra que parecía faltarle. El radicalismo y el PRO peronismo prefieren una sucesión ordenada y sin sobresaltos: a diferencia de otros momentos de nuestra historia (vg: 1989, 2001), el botín del Estado resulta sumamente atractivo. Cualquier escenario que pudiese comprometer los tiempos institucionales tendría un costo inmediato sobre el país, dificultaría la herencia, licuaría los apoyos, etc.
Para el peronismo -kirchnerista, disidente y neutro- el fantasma a conjurar se parece menos a 2001 que a 1999: se trata de acompañar al gobierno como la única jugada restante de cara a 2011. La receta de cualquier triunfo peronista mantiene para ellos, amén de la unidad necesaria, el requisito de un buen desempeño desde el Estado. Un cisma pronunciado acortaría tiempos que se requieren para reagrupar liderazgos, definir candidaturas, organizar a la tropa, etc.
En suma, quienes tienen responsabilidades de gestión parecen naturalmente impulsados a acercarse al gobierno, aunque más no sea por el sano interés de sucederlo. Distinto es el caso de cierto progresismo, así como de los sectores conservadores más jugados en la confrontación directa: sin responsabilidad institucional alguna, juegan a despegarse de cualquier acuerdo, y mantienen la apuesta por la catástrofe.
Contradicciones.
Tras dos años elevando el diálogo y el consenso al pedestal de panaceas de la democracia moderna, la oposición se mostró inicialmente dividida ante la convocatoria. Algunos dirigentes la rechazaron de plano, otros la condicionaron, varios la celebraron, y una porción no despreciable osciló entre ambas posturas.
En el caso particular de Elisa Carrió, su negativa a concurrir ha desatado un infierno de entredichos al interior del ACyS, situación que traduce públicamente el ocaso de su liderazgo. Las críticas de Stolbizer y Cobos delinean claramente el balance de una etapa que verá a la chaqueña resignar protagonismo en el seno de una alianza que cada vez necesita menos de su gruesa figura.
Situaciones similares se replican al interior del campo progresista: mientras Solanas patea alegremente el tablero, Martín Sabbatella y Eduardo Macaluse anuncian su voluntad de asistir, aún con disidencias de agenda.
Un caso particular es el de Gerardo Morales, presidente de la UCR. Tras solicitar un lugar en la convocatoria para “los partidos políticos con representación parlamentaria”, rechazó la invitación inicial aduciendo que la UCR no participaría de convocatorias “masivas“. Pese a ello, una vez cursado el llamado del gobierno, el radicalismo acudió presuroso a preservar su lugar en la vida del país, y el propio Morales debió ponerse a la cabeza. Como declaró:
“Una vez que convoca el Gobierno, nosotros no vamos a hacer otra cosa que ir. Va a ser responsabilidad del Gobierno que esto no fracase y también en algún punto culpa nuestra.”
Similar situación se vivió en el seno de PRO: mientras Francisco de Narváez cuestionaba la temática y calificaba la iniciativa de “falta de respeto“, Mauricio Macri solicitaba una audiencia, y Federico Pinedo se mostraba dispuesto a entablar consensos parlamentarios.
Paralelas y diagonales.
En un régimen político de tipo democrático, es esperable que los partidos expresen y medien entre los intereses emergentes de la sociedad civil y el Estado. Esa función, sin embargo, rara vez ha sido privilegiada por los sectores patronales: carentes de una representación electoral genuina, han optado, históricamente, por la presión corporativa, lógica profundizada durante 2008.
En ese sentido, un límite inmediato de la experiencia en curso estriba en la dificultad que tienen los agentes políticos para legitimar sus acciones frente a los sectores de poder. Por caso, tras una reacción inicial favorable, la Mesa de Enlace ha anunciado que se mantendrá al margen de la convocatoria. Lejos de fortalecer el diálogo institucional, sus referentes prefirieron el clásico lobby sectorial, rancho aparte, en conjunto con las principales bancadas opositoras -incluyendo aquí al peronismo disidente santafesino-. El objetivo reside en lograr los consensos para avanzar en una agenda sectorial paralela de cara a la reanudación de las actividades parlamentarias.
Estos movimientos, naturalmente, ponen coto a las expectativas de acuerdo, y señalan a las claras que, más allá de la conveniencia, los partidos no son, en la Argentina contemporánea, el principal factor de poder. Algo a tener en cuenta a la hora de pensar acuerdos perdurables.
A guisa de balance.
La primera jornada de diálogo político, lejos del resumen simplista, ha dejado un balance interesante. El gobierno ha encontrado la herramienta política para mantenerse en el centro de la agenda sin resignar protagonismo, mientras la oposición se debate en reclamos parciales y fracturas incipientes. Los distintos reclamos se superponen, y generan el margen de arbitrio que un Ejecutivo parlamentariamente debilitado necesita. Pero si el afán de protagonismo de una oposición carente de programa y liderazgos definidos fortalece la iniciativa gubernamental, resta saber qué temáticas privilegiará el oficialismo en lo inmediato. Sólo mantiene la iniciativa quien la explota con inteligencia.
Ezequiel Meler,
Administrador.





La Mesa de enlace no ha dicho que se excluye del diálogo.
Van a concurrir cuando se los invite, lo que no obsta que se este manejando un plan B con distintos bloques del Congreso Nacional.
Mariano: lo mejor para el gobierno sería trocar reforma tributaria, ahora que hay sectores con voluntad de encararla, por eliminación de las retenciones. El resto es la elaboración de planes por sector, pero eso no puede hacerse conflicto tributario y político de por medio.
Un abrazo,
EM
Lo que pasa ezequiel es que para dialigar uno tiene que tener un interlocutor representativo, los votos no son aval directo de esa representativiad, están muy mediatizados.
Pregunto yo, por qué no dialogar directamente con el pueblo, preguntarle lo que necesita y cómo se hace directametne al pueblo sin mediadores. Cómo se le va dar entidad a pelotudos como Morales.
Dialogo directo ya
¿Cómo sería esto en el caso de un diálogo político y social, Charlie?
Empowermet al pueblo. Un mix neoperonista a lo chavez. Instituciones + estado + participación directa.
Distribuir, no centralizar, no polariza, no multipolarizar.Cuando se llama a dialogar a un cabezón, lo que se arregla es la cúpula y la gilada quedamos afuera de todo, del congreso y de la casa Rosada. Por eso la consulta popular, el pesbicito, las asambleas barriales, el presupuesto participativo son todos métodos de consulta y acción directa del pueblo.
Ezequiel: Fijate que me parece lo más importante pasó en el Congreso con la reunión de Fellner y Rossi con la oposición. Y que de ahí puede venir el ingreso a la niñez. Si tenemos que cambiar las retenciones por el ingreso a la niñez, puede funcionar la cosa. Por lo menos parece haber una negociación. No sé, es una idea.
Saludos
Escriba:
Son buenas ideas: el subsidio a la niñez es parte de una agenda social que nosotros impulsamos hace años. El tema es que la implementación de un gasto corriente con una eliminación en los derechos de exportación, sin una reforma tributaria de fondo, resulta poco viable. Y no veo a la patronal dispuesta a un trueque de esa naturaleza. No lo está la patronal agraria, menos aún la industrial, y ni hablemos de la financiera. En ese marco, me pregunto por la legitimidad relativa de partidos versus corporaciones.
Un abrazo grande, EM
Creo que son temas distintos. El subsidio a la niñez es EL gasto social.
La clave es reasignación de aportes patronales (a canjear por la eliminación del salario familiar), eliminación de deducciones por hijos en ganancias, y reasignación del dinero que va a planes indirectos y potencialmente clientelares. Una vez que se conozca esa masa de dienro, se podrá hacer la cuenta de cuanto falta.