En un plenario de organizaciones populares que se llevó a cabo en estos días, un compañero y amigo improvisó una reflexión que, con las traducciones del caso, vale compartir.
En general, quienes venimos de las organizaciones populares y sociales de los años noventa aceptamos, como parte del juego político realmente existente, una serie de restricciones orgánicas que nos llevaron por caminos fuertemente verticales y estructuras cerradas. En una palabra, política de cuadros.
En ese momento, la elección no era resultado del mero capricho: aislados como nos encontrábamos de cualquier clase de incidencia en la política nacional, quisimos y debimos proteger a nuestros militantes de la intemperie neoliberal, que venía con la impronta arrasadora del “Fin de la Historia”.
No quisiera caer en un elogio del sectarismo, pero ciertamente estábamos conectados con compañeros que actuaban del mismo modo en todo el país, y todos teníamos en claro que la consigna era una sola: resistir. En los barrios, en los territorios, en cada lugar donde hubiese una necesidad, debíamos luchar para convertirla en derecho.
Esa cultura de la resistencia se disolvió, parcialmente, con el arribo del kirchnerismo. Si bien éramos y seguimos siendo conscientes de sus limitaciones, teníamos en claro que había que pasar a otra etapa. Y así lo hicimos.
Las pequeñas organizaciones, grupúsculos casi, se fueron convirtiendo, con rapidez -tal vez no la necesaria, pero al menos la posible- en entidades mayores, que aglutinaban a miles de compañeras y compañeros militantes en todo el país. Para nuestros pequeños grupos de resistencia, llegaba la hora de la gestión, y en esa gestión venía imbricada una nueva concepción política, más plural, más abierta, menos orgánica.
De una política de cuadros, en apenas dos años, habíamos pasado a una política de masas. Insuficiente, puede ser. Pero, valorada en la trayectoria histórica concreta de nuestras experiencias, objetivamente importante y subjetivamente vertiginosa.
La pregunta que se hacía el compañero a quien aludo, resumiendo bastante su sentir, reside en evaluar qué saldo ha quedado de esa etapa a partir del declive político del kirchnerismo.
Ciertamente, somos más. Como es lógico, no tenemos la misma consistencia que preservaban aquellos pequeños grupitos del pasado. Muchas de las organizaciones a las que me refiero son hoy estructuras nacionales, con lógicas movimientistas que integran de modo virtuoso frentes sindicales, escolares, territoriales, sociales y políticos.
Tampoco sería ajustado señalar que no promovimos nuevos compañeros a puestos de relevancia. Al contrario, muchos de los jóvenes -y también algunos adolescentes, para qué negarlo- que comenzaron su camino una década atrás, hoy son referentes en sus respectivas actividades.
Lo cierto es que, por razones que exceden este comentario, no fue suficiente. La formación de cuadros, por caso, se ha revelado una falencia del entero arco político, pero que afecta especialmente al campo popular.
Cabe suponer que, en caso de restricciones superestructurales mayores, deberemos depender en mayor grado de nuestras posibilidades de generar recursos, tanto humanos como económicos, y en esa medida, necesitaremos organizaciones con una estructuración diferente. No necesariamente las sectas de los noventa, pero tampoco los efímeros agrupamientos de estos días.
La etapa que viene, aquella que inicia, es distinta: consolidar lo logrado y organizar un eventual repliegue requiere de otra voluntad, de otra formación, y de otra orgánica. Mantendremos la vocación popular que nos define, sustentando nuestra voluntad en el sentido de devenir vectores de cambio, agentes esenciales en el parto de un nuevo sujeto que dé cuenta de las transformaciones de estos años. El resto ya es materia de debate.
Ezequiel Meler,
Administrador.
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