El nuevo escenario: algunos apuntes al pasar. (*)

La derrota electoral del 28 de junio ha abierto en el seno de las organizaciones sociales un proceso fuertemente deliberativo sobre los tiempos políticos del país. Y así debe ser: el avance de determinadas fuerzas políticas reaccionarias, convertidas en voceras y personeras de las patronales más concentradas, fuerza una reflexión sobre la naturaleza del proceso histórico en marcha.
En nuestra mirada, la etapa 2003 – 2007 estuvo signada por el avance popular en el marco de un gobierno de transición. El rasgo más saliente de dicho avance residía en la acumulación continua de poder económico y político en manos de los trabajadores. La pobreza y la marginalidad se redujeron casi un tercio, creció la fuerza de trabajo ocupada, avanzó el empleo formal, y se verificó una fuerte transferencia de ingresos hacia los sectores populares. Los informes de consultoras privadas ratifican esta percepción. La manifestación más clara de este nuevo poder se dio en las sendas movilizaciones que protagonizaron este año la Confederación General del Trabajo y las organizaciones sociales -FTV y CTA-.
Con todo, el proceso no estuvo exento de contradicciones e inconsistencias. Si el crecimiento fue alto y desparejo, dicha disparidad se reprodujo en los diversos ritmos de avance de los diferentes sectores. Casi un tercio de la población se mantuvo, en líneas generales, fuera de la relación salarial. La política social mantuvo una concepción subsidiaria que ocultaba mal las nuevas relaciones sociales emergentes.
En el fondo, estas inconsistencias se debían a la continuidad objetiva y subjetiva de modelos heredados, tanto en lo referente a la política económica, como en lo relativo a la construcción política. La coexistencia de un pensamiento de matriz neodesarrollista con políticas sociales de tipo asistencial permitió la continuidad de un mercado laboral y de una sociedad signados por la heterogeneidad estructural.
Con todo, como se vio en la cumbre internacional de Mar del Plata en 2005, el gobierno, principal impulsor de las transformaciones antedichas, gozaba de una notable iniciativa política. Esa iniciativa, que le permitió acumular un envidiable capital electoral, comenzó a erosionarse en algún punto del trayecto entre 2006 y 2007.
Correlativamente, las pujas intersectoriales desatadas por el ritmo de crecimiento desbordaron los canales preexistentes, y la inflación comenzó a erosionar el ingreso de los sectores populares.
El conflicto agropecuario de 2008, en esta línea, no fue otra cosa que una expresión acabada de un nuevo punto de equilibrio: el gobierno sufrió un brusco revés político -que en parte traducía deterioros previos, traducidos en el fracaso de los diferentes armados políticos con que buscaba darse un sustento- y quedó a la defensiva, mientras los distintos grupos patronales recuperaban posiciones.
Hacia fines del año pasado, todavía fue posible para el gobierno efectuar algunos contragolpes importantes -entre los que destaca la nacionalización de los fondos de pensión-. Pero se trataba, ya, de un gobierno en declive.
Las elecciones recientes, en esta línea, representan el golpe de gracia de un movimiento estructural que finalmente equilibra, si bien de modo inestable, al gobierno y a los sectores populares, por una parte, y a los sectores opositores y patronales, por la otra. La fuerza económica y política de la clase obrera se ha erosionado considerablemente, y en consecuencia el gobierno ha perdido la iniciativa que ostentaba anteriormente. El equilibrio actual, inestable como es, tiene un rasgo distintivo: la iniciativa política ha quedado, si no en todo al menos en parte, en el campo opositor.
En la situación actual, que ha sido caracterizada, en una mirada institucional, como de “empate negativo” -aunque a nuestro juicio sería más preciso hablar de “equilibrio precario / dinámico”-, ningún actor político puede avanzar demasiado. Es decir, ni el gobierno puede profundizar su programa, ni -por ahora- la derecha patronal y mediática puede revertir el proceso recorrido.
Ahora bien, todo equilibrio de fuerzas lleva, eventualmente, a un desequilibrio, donde juega de modo decisivo la vocación de iniciativa. Esa iniciativa, hoy por hoy, está en la derecha.
¿Qué frena a esta derecha en su avance sobre las posiciones conquistadas durante el ciclo ascendente del gobierno? Principalmente, dos aspectos.
En primer lugar, el control del gobierno nacional, específicamente del Poder Ejecutivo, por una fuerza no directamente imbricada con sus intereses. En segundo lugar, y esto es más importante, toda reversión de las políticas públicas encaradas desde 2003 generaría amplios bolsones de resistencia. En la conciencia popular, el voto a la oposición en las recientes jornadas no asumió contenidos ideológicos precisos: contrariamente a lo buscado, no se plebiscitó el “modelo”, sino sus administradores. Los avances de estos años han dejado una marca difícil de soslayar en la conciencia popular.
Pero la moneda tiene su reverso: tampoco el gobierno puede avanzar en un programa que le permita conquistar nuevamente la iniciativa. El “modelo” kirchnerista, tanto en lo económico como en lo político, fue esencialmente un modelo de transición, insuficiente para una inclusión integral de la clase obrera. Esto encierra un déficit político en materia de organización popular, ya que no hubo una política de construcción y dotación de poder sobre un nuevo sujeto social, ni desde abajo ni desde el Estado. Este déficit, que refleja la continuidad de aspectos importantes de la hegemonía cultural neoliberal, no parece hallarse, a la fecha, en vías de corrección.
La tarea de la hora, entonces, reside en reagrupar a los sectores populares para construir una alternativa política que permita sostener en el tiempo la bandera de la inclusión social. Hoy, como es visible, dicha herramienta no existe: el gobierno no dispone, sea de una herramienta afín al estilo de transición, sea de una herramienta suficiente para encarar la profundización del cambio. Sin un espacio político amplio y plural, en condiciones de disputar el poder real -sea en solitario, sea en coalición con otros sectores-, la derecha tiene el camino allanado.
¿A qué distancia de Kirchner se reconstruye un polo de poder que pueda sostener las banderas de un país más justo? Materia opinable si las hay, especialmente para aquellos sectores que consideraban a éste un gobierno “en disputa” hacia 2005, nosotros pensamos, en cambio, que la naturaleza de la respuesta depende de la perspectiva. Las conquistas logradas en estos años no vinieron desde abajo, sino desde arriba, y en muchos casos resultaron inesperadas, incluso para los propios dirigentes sociales. Kirchner, a su manera, contradictoriamente, encarna esas banderas en mayor medida que cualquier dirigente político nacional que se le compare. No en vano se lo demoniza, diariamente, por todos los medios a disposición: se dice de él lo que no se puede decir de su obra de gobierno. Por ende, defender la experiencia política del kirchnerismo y reivindicar, al mismo tiempo la necesidad de su profundización sólo en apariencia resulta contradictorio: antes bien, es una y la misma cosa.
En todo momento, debemos tener presentes las enseñanzas de nuestra historia. Las transformaciones más regresivas para el país no vinieron de un día para el otro, sino en crisis sucesivas. Fue a través de las distintas catástrofes económicas, políticas y sociales (1975 – 1980, 1989 – 1991, 2001 – 2002, etc.) que atravesó nuestro país en estos treinta años, que se hizo posible desmontar, paso a paso, el país edificado sobre los pilares sociales de las experiencias populares del siglo pasado. No debe descartarse que ese objetivo de máxima retorne, bajo la creciente convergencia de las principales cámaras empresarias del país.
Ezequiel Meler,
Administrador.
(*) Las reflexiones aquí vertidas proceden de un conjunto de encuentros de activistas y representantes de distintas organizaciones populares. La precisión con que se recopilan las ideas vertidas es variable, y la responsabilidad por la consistencia general del escrito es exclusivamente atribuible a su autor.
EM





Excelente análisis, Ezequiel. El colapso del neoliberalismo en diciembre de 2001 dio lugar a cambios profundos en dos cuestiones centrales: los instrumentos de política económica aplicados desde el Gobierno y la reaparición con fuerza de las organizaciones y movilizaciones de la clase trabajadora (en un sentido amplio, que incluye a desocupados estructurales, etc.). Se alteró así la relación de fuerzas social y política establecida en 1976 y consolidada en el período 1989-2001.
Y se alteró la relación del Estado con el poder económico, tanto por la necesidad (impuesta por los hechos) de abandonar el sistema centrado en la valorización financiera (alias neoliberalismo) como por el nuevo equilibrio inestable en las relaciones sociales y políticas.
Todo el proceso estuvo marcado fuertemente por la improvisación. Si bien a partir de 2003 se puede observar la presencia de algunos objetivos estratégicos, esto no supuso la existencia de una estrategia y de una táctica resueltas a completar y dotar de consistencia a los cambios emprendidos.
Una debilidad particularmente grave ha sido la ausencia de una voluntad de impulsar la organización y movilización de los trabajadores y los pobres. El precio se pagó en 2008, cuando se hizo patente la falta de una fuerza social capaz de contrapesar la movilización de los agrarios.
El resultado electoral del 28 de junio es incomprensible sin tomar en cuenta estas falencias.
Saludos
Generalmente concuerdo con tus análisis pero no estoy tan seguro de que sea cierto que si la derecha/conservadurismo/neoliberalismo llegaran al poder en 2011 y quisieran revertir las políticas encaradas por el kirchnerismo generaría amplios bolsones de resistencia.
Generaría resistencias. Si. Pero no se que tan amplios.
Y hay un ejemplo no tan lejano.
En la década noventista se produjo un catastrófico retroceso de muchísimas conquistas laborales y salariales. Sin ir mucho mas lejos: la flexibilización laboral, despidos masivos, congelamiento de sueldos, etc.
Y, con las excusas de las “reformas pendientes”, “es lo que pide el FMI para aprobar el nuevo desembolso”, “corregir los errores estructurales de 8 años de kirchnerismo que sólo se preocupo por la Kaja” y para acabar con la “Korrupción” e “insertarnos en el mundo” pueden modificar muchísimas cosas si cuentan con una prensa que alabe todas esas barbaridades que pueden hacer.
Va a haber resistencia. Seguro.
No se cual puede ser el grado de efectividad.
M3nem también tuvo resistencia. Poca.
Igual, en la ola ganadora se suben casi todos.
La pelea del 2011 ya la vienen ganando desde el año pasado.
ezequiel, sólo para decirte que hace un par de semanas descubrí tu blog (a pesar de haberte leído en otros lados), lo puse en mi reader y con gusto sigo tus posts
de los análisis postelecciones, lo tuyo es de lo más lúcido que he leído (junto con las columnas de wainfeld)
abrazo
Andrés:
Gracias. El análisis en cuestión no es exactamente de mi autoría, aunque lo comparto en buena medida. Creo que uno de los puntos de convergencia con de tu argumentación reside en que el derrumbe de 2001 no fue parido por un sujeto colectivo y movilizado, sino que encarnó dificultosamente en una salida política de transición. El éxito de dicha fórmula, inicialmente duhaldista, luego kirchnerista, estuvo basado en fórmulas transformistas de manual. Sin embargo, la no generación de una alternativa desde abajo en condiciones de actuar como contrapoder efectivo condicionó y limitó toda “profundización”.
¿Cómo sigue? Bueno, posiblemente exista un tiempo de repliegue. Veo difícil una reversión profunda, sin embargo.
Un abrazo grande, EM
Ricardo:
No auguro una resistencia necesariamente exitosa. Todo depende de la forma de la transición. Menem obtuvo su legitimidad interna de dos factores: la crisis de 1989 (default + hiperinflación + transición acelerada) y la presencia de un peronismo unificado detrás de un liderazgo que se había refrendado en internas. A eso agregale un contexto internacional que incluía novedades importantes, como la caída del Muro, la disolución de la URSS, el consenso de Washington, etc. La región caminaba en ese sentido, porque el mundo iba en ese sentido. Y eso tenía determinantes históricos precisos.
El panorama, a la fecha, es diferente:
-El régimen de acumulación basado en la acumulación financiera no va más.
-El contexto internacional fortalece la intervención reguladora del Estado. Esto tiene ya un correlato ideológico y cultural.
-Las organizaciones obreras y sociales no responden a ningún aparato partidario, en parte porque el sistema de partidos de los noventa, el vilipendiado bipartidismo, existe sólo en una condición fantasmal. Y la política es marcadamente territorial.
Hay algo que está claro: de este equilibrio precario no salimos sin turbulencias. De la resolución de las mismas depende, en buena medida, el signo de la salida. Que no será por izquierda, seguramente. Pero no necesariamente va a fortalecer a la oposición de signo ultraliberal.
En todo caso, eso es lo que está en juego en estos dos años.
Un abrazo, EM
Tavos:
Me alegro de leerte. Todavía estamos arrancando: hace poco cumplimos seis meses. Espero que sigas pasando.
Un abrazo,
EM