
(Como dice Abel, este es un post largo. Por eso mismo, lo publico en dos partes).
I.
Debo confesar que mi primer encuentro con los diarios del lunes me generó cierta desazón. En La Nación, me encontré con el inevitable clima PRO, y en el medio, casi inadvertido, un artículo de Horacio González:
“Si tuviera que decir qué estará en juego a partir de ahora -con los primeros resultados electorales a la vista- elegiría afirmar que se trata de redefinir la noción misma de pueblo argentino. Ni un pueblo empírico, sólo deseoso de manifestar una suma de necesidades primarias. Ni un pueblo trascendental, sólo basado en una épica sin ataduras fundadas en la existencia diaria. Ni un pueblo marchito, que habría que rescatar de supuestas prisiones coactivas. Ni un pueblo acomodado, enredado en un moralismo abstracto. Ni un pueblo sólo irrupcional convocado por una hipótesis redentora. Ni un pueblo disuelto en categorías de consumo y de clasificaciones comunicacionales.”
¿Te parece Horacio, que esta es una reflexión para el día 29 de junio de 2009 a la mañana? ¿En serio?
II.
En Clarín, por supuesto, primaba el clima festivo por la performance del ACyS, y no subieron nada decente hasta el día martes. Cuando finalmente lo hicieron, apareció este artículo de María Matilde Ollier, intitulado “El ocaso de los liderazgos confrontativos”. Con algunas cosas más rescatables -no tantas, no se ilusionen-, su reflexión central, resumida en el título, rezaba:
“Entre las presunciones adelantadas por diferentes encuestas, la más evidente que deja como saldo el resultado electoral, es el ocaso de dos liderazgos confrontativos (Kirchner y Carrió). La ciudadanía parece ahora inclinada mayoritariamente a abandonar este estilo, ante la certeza que el mismo, si se prolonga en el tiempo, puede traer más problemas que soluciones. Este abandono da lugar a la emergencia, como nuevos líderes, de dirigentes propensos al consenso y al diálogo (Reutemann, Capitanich y De Narváez, para nombrar algunos en el peronismo, y Cobos y Binner dentro el campo opositor). Aun con posiciones políticas muy definidas, Solanas cultivó un estilo calmo y mesurado.”
Consenso y diálogo, tenía que ser. En fin.
III.
Página 12, en cambio, había salido con los botines de punta ya el domingo. En su clásico artículo dominical, bajo el sugerente título “venganza social”, la acción política de los sectores rurales opuestos al gobierno era reducida a una sentencia finalista:
“Los grandes propietarios del agro pampeano intentarán retomar hoy en las urnas lo que empezaron por otros medios en 1976 y que Guillermo O’Donnell llamó “la venganza social de la oligarquía contra la Argentina plebeya”.
Por cierto, el artículo mejoraba a medida que se alejaba del presente, pero cuando volvía…
Al día siguiente, Verbitsky era aún más claro: votar a De Narváezz sólo podía ser el fruto de una “aversión irracional al Gobierno“.
“Tantos intereses y tan poderosos fueron demasiado para un gobierno que no supo organizar una fuerza política que respaldara las audaces medidas que adoptó para invertir una tendencia de tres décadas, que degradó a la sociedad. Tal vez eso ayude a entender cómo el voto popular pudo favorecer en porcentajes significativos a un candidato como De Narváez, de quien lo poco que se conoce es inquietante. Sólo la aversión irracional al Gobierno explica que los votantes hayan decidido ignorar la misteriosa trama de intereses que sostienen al hombre que ni siquiera se preocupó por negar las cuatro llamadas desde uno de sus celulares a un detenido al que la prensa bautizó como El Rey de la Efedrina.”
El resto del diario, con excepción del siempre templado compañero Mario Wainfeld, era una reiterada catilinaria contra la voluntad popular. El consenso editorial refería a la aparición de una “nueva derecha”. ¿Por qué fue votada esta derecha? No lo sabemos. ¿Será porque su electorado, el electorado en general, es de derecha, o porque es irracional? ¿Habrá sido manipulado, o se habrá equivocado? ¿Se viene Uribe o Berlusconi? ¿O los dos?
IV.
En realidad, no habría que tomar la adversidad con semejante intransigencia y dramatismo. Explicaciones como éstas nos alejan, antes que acercarnos, a la realidad tangible de nuestro presente. Partir de la experiencia popular, que no se reduce al dictado de los grandes medios, como tampoco a las decisiones de un puñado de intendentes, nos dará siempre un mejor cimiento, y un mayor consuelo: lejos de la mirada autocompasiva que tiende a defender la irrefutable razón de las minorías, está la vida de los sectores populares, y su medida para el cambio es sagrada. Y la realidad es que ese cambio, pese a ser importante, no es suficiente: que la reversión del ciclo de pauperización es demasiado lenta, que este gobierno, pese a ser el mejor desde 1984, no se está mostrando a la altura. Es más, se viene equivocando duro y parejo en la evaluación de los escenarios y en la construcción de poder, al menos, desde 2006 a la fecha. Y si no lo reconocemos pronto y empezamos a cambiar, en el corto plazo, dejaremos de ser opción de gobierno. Peor aún: mereceremos dejar de serlo.
(Continuará…)
Ezequiel Meler,
Administrador.
Etiquetas: democracia, elecciones, Peronismo, política nacional
02/07/2009 a las 14:28 |
Pense lo mismo de Horacio Gonzalez y de Verbitsky. Pero me quedo con tu expresion “Gino Germani” al reves del otro post, es EXCELENTE! Aquel que escribio un articulo no tan malo para su in-the-pendientismo es Sietecase, en el cual mostro una leve defensa por la Ley de Medios, cosa que ni esperaba de el.
02/07/2009 a las 21:39 |
Patricio:
No lo leí a Sietecase. Ahora, en cuanto pueda, lo miro.
Gracias por pasar.
Un abrazo,
EM
03/07/2009 a las 19:07 |
[...] que yo he leído, no sorprendentemente, lo encontré en Luciano´s, aquí, en Ezequiel´s, aquí y acá, y desde el progresismo, lo de Sebastián. Pero, estoy un poco atrasado en mis lecturas de [...]