La enmienda de Chávez y el problema de la sucesión.

Fidel Castro Ruz, sobre el referendo venezolano.
No eran palabras lanzadas al viento. Efectivamente, la importancia de la victoria de Chávez en el referendo constitucional, que lo habilita a presentarse nuevamente como candidato presidencial, es, en términos estratégicos, inmensa. Llega, asimismo, en un momento delicado para la región. El alejamiento de las clases medias metropolitanas respecto de los proyectos progresistas, verificado en Chile, en Brasil y en la propia Venezuela, sin implicar una inmediata amenaza a la reproducción política del proyecto de integración del Cono Sur, lo pone en serio entredicho. Así deben entenderse tanto las dificultades de Lula en la instalación de su sucesora -ya no la dos veces derrotada Marta Suplicy, sino la relativamente ignota Dilma Rousseff-, como el repliegue de la Concertación Chilena sobre la candidatura del ex presidente Eduardo Frei Ruiz Tagle -luego de que desistiesen, sucesivamente, la senadora Soledad Alvear, el secretario de la OEA, José Miguel Insulza Salinas, y el ex presidente Ricardo Lagos-.
Chávez mismo parecía tener en claro lo que estaba en juego. En el momento de emitir su voto, había declarado:
“Vengo con mis hijas y nietos, muy consciente ante el pueblo venezolano de que hoy [por el domingo] en las mesas electorales se está decidiendo mi destino político.”
Pocas horas después de la finalización del escrutinio, afirmó exultante, desde los balcones de Miraflores:
“Viva el pueblo venezolano. Viva la Constitución bolivariana. Ha sido una gran victoria de la revolución”
¿Lo fue, en verdad? Indudablemente, sí. Nadie puede poner en cuestión la importancia, casi paradigmática, que Venezuela tiene, como modelo de implementación de reformas sociales en el marco de un régimen democrático institucional, y hoy por hoy, el único ciudadano venezolano que puede conducir dicho proceso de cambio es el presidente Chávez.
Por eso, no dejó de sorprenderme que analistas supuestamente avezados, como Gabriel Puricelli, afirmasen lo contrario:
“El énfasis en mantener a Chávez para continuar la epopeya transformadora se trata quizá de una subestimación del proceso mismo. El problema parece ser entonces que este nuevo intento por impulsar la reelección indefinida no hace más que reforzar un modelo de planificación estatal contrario a lo que en sus premisas plantea la revolución bolivariana. En vez de buscar y armar posibles candidatos que permitan alternancia, se apuesta así por una creciente centralización. En vez de otorgar herramientas para el buen funcionamiento de los consejos comunales, las mesas técnicas de agua y todas aquellas “instituciones” de la democratización que hoy tienen problemas por las trabas de la ineficiente –y muchas veces, corrupta– burocracia, robustece los mecanismos de un Estado que no se alteró tanto y que es todavía un poco inmune al proceso de cambio.”
Claro que si estas atendibles reflexiones proceden de Puricelli, referente local de Buenos Aires para Todos – Proyecto Sur, peor le iba a ir a Chávez en manos del análisis unilateralmente institucionalista de José Natanson.
Ahora bien, negar la pertinencia de estos cuestionamientos en el presente no implica, en lo absoluto, desconocer las dimensiones problemáticas que impone el problema de la sucesión política en el marco de proyectos de transformación institucionalmente limitados. No hace demasiado, escribí que la crisis de la Concertación ponía de relieve ”un rasgo ya secular de los procesos de transformación iniciados con la debacle regional de la hegemonía neoliberal, a saber, que dichos procesos han debido avanzar en el marco de una tensión permanente con el marco institucional heredado, tensión que ha derivado en complejos equilibrios entre lo viejo y lo nuevo, o, para expresarlo de otro modo, entre el poder constituido del statu quo económico y político, y el poder constituyente de la sociedad civil y los nuevos movimientos sociales.”
En esta misma línea, el periodista venezolano Emilio Modesto Guerrero subrayó “la vulnerabilidad secreta de un tipo de régimen político que se ha concentrado demasiado en una imagen presidencial redentora. Eso no lo inventó Chávez, que bastante promovió la organización independiente, pero le ha comenzado a jugar en contra. El secreto está en ese millón de votantes que se negaron a volver.”
En suma, Chávez ha ganado, y con él, el proceso revolucionario que encarna. Pero la continuidad en el tiempo de dicho proceso dependerá de la gradual disociación entre su persona y sus creaciones.
Ezequiel Meler,
Administrador.





Ezequiel:
Acá se habla como si Chávez va a ser presidente hasta el año 2050. Y, en realidad, esa es una posibilidad de las múltiples que se puedan producir en Venezuela en todos estos años. La monodependencia del petróleo puede ser el principio del fin si el gobierno de Chávez no diversifica digamos su producción. Además, quien siempre tendrá la posibilidad de decidir es el pueblo venezolano.
Un abrazo grande.
El tema es que no se pudo forjar una sucesión, y eso, creo, en parte no es un mal chavista, sino que, a mi entender, refleja peculiaridades de estos proyectos de cambio. Miralo a Lula: tiene el 84%, pero le dice al PT que la vote a Dilma, y el PT lo mira de nuevo…
Y en Chile tienen la “herramienta política”, pero… lo tienen que ir a buscar a Frei… me parece que hay un alto grado de identificación entre el régimen político y sus dirigentes. Lo cual señala una débil inserción de los partidos.
Me parece….
Un abrazo, gracias por pasar.
El problema es que si el socialismo encumbra dirigentes como Tony Blair o Felipe Gonzalez, o el peronismo a Menem, es inevitable que la gente desconfíe.
Sí, de hecho recuerdo un libro de Pierre Rosenvallon: La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza.
Todo un título…
Es cierto, Político: primero fracasaron los partidos en tanto estructuras para sostener programas e ideas. Y ahora, sin partidos, estamos en manos de un puñado de notables, ya sean mejores o peores….
Me deja pensando… Gracias.
Un abrazo,
EM