Notas sobre Gaza, Israel y la política argentina.
“¿Cuándo expira el mandato de victimidad? ¿En qué punto el genocidio nazi de los judíos en Europa deja de exculpar al Estado de Israel ante las demandas del derecho internacional y el derecho común de la humanidad?”
Fintan O´Toole,
I.
Debo confesar que, inicialmente, había logrado dominar el deseo de escribir acerca de los recientes eventos de Medio Oriente. En primer lugar, porque había supuesto que otras plumas, más experimentadas, lo harían mejor. En segundo término, porque asumía que, en esta ocasión como en el caso de la invasión al Líbano, Israel sufriría de modo inmediato presiones diplomáticas efectivas para declarar un alto el fuego. Finalmente, no puedo ocultar que recordaba todavía demasiado bien los desagradables coletazos personales de mi última intervención, en 2006.
Ya en aquella oportunidad, había sostenido que el fracaso de la Administración Bush en el Golfo Pérsico reforzaba, así para el Pentágono como para sus aliados regionales, la búsqueda de nuevos escenarios de confrontación, en una agenda que pudiera mantener al mismo tiempo un sesgo prioritario para las preocupaciones domésticas en relación con la seguridad, así como una cierta expectativa de victoria. En esa línea, frente a la noticia de entonces -esto es, la invasión israelí al Líbano- destaqué lo siguiente:
“Israel también tiene sus propias razones. Desde la muerte del General y Premier Ariel Sharón, héroe nacional desde la llamada “Guerra del Yom Kippur”, la nueva dirigencia israelí, encabezada por ese gris personaje que es el premier Olmert, ha necesitado llenar un vacío de legitimidad gigantesco. Sucede que Sharón era uno de los últimos referentes de la “vieja guardia” de los años sesenta y setenta, un líder nacional indiscutible, y había sido capaz de reformular el entero régimen político a partir de la formación de su propio partido. Entonces, la campaña que Israel lleva, al mismo tiempo, en Líbano y en Gaza, persigue una larga lista de objetivos. En primer lugar, forjar en torno a Olmert un nuevo liderazgo nacional de base militar. La campaña bélica en el Líbano, admiten referentes políticos importantísimos –como el ex premier Ehud Barak, en declaraciones a la prensa británica- es sólo el primer paso de una fuerte ofensiva contra Siria, [...]. Por otra parte, en el intento israelí de llevar la guerra fuera de sus fronteras –hacia Gaza, hacia el Líbano, y, eventualmente, hacia Siria- obran razones políticas evidentes: se trata de convencer a la ciudadanía israelí que la seguridad tan anhelada no requiere de la paz como requisito, sino del exterminio del adversario como posibilidad realista. Una posición de este tipo, desde luego, sólo puede sostenerse por un tiempo, y a costa de más y más bombardeos. Por eso Israel no puede aceptar tregua o dilación alguna en sus ataques, pese a los eventuales “errores” –en verdad, pese a las sistemáticas masacres- que pueda cometer. La otra condición de posibilidad de esta campaña, ya lo he dicho, es el apoyo de Estados Unidos que buscan ahora remediar en Palestina los desaciertos estratégicos cometidos en el Golfo Pérsico. Y, desde luego, en toda esta coyuntura, aparece la inutilidad absoluta de los organismos encargados de velar por el derecho internacional, como la propia Organización de las Naciones Unidas. Estados Unidos y su socio actúan en el vacío que estos organismos generan, aspecto que nos mueve a reflexionar sobre la imposibilidad de oponerse a las realidades simples: ningún país poderoso ha de enfrentarse seriamente a los Estados Unidos para defender a los palestinos.”
II.
Más de dos años depués, pero con el recuerdo fresco del resultado, las águilas de aquí y de allá decidieron volver por más. Su agenda era, en cuanto a motivaciones, casi idéntica: reforzar el liderazgo de Kadima de cara al ajustado calendario electoral. Así lo señala, por ejemplo, Luis Orriols:
“Defensa nacional y democracia suelen estar estrechamente relacionadas en Israel. La situación de permanente conflicto con sus vecinos ha situado las cuestiones de defensa y seguridad en el epicentro de la competición política en este país. Según los datos del Party Manifesto Project, los partidos políticos israelíes dedican, de media, un 13% del espacio de sus programas electorales a propuestas favorables a incrementar los recursos destinados a defensa. La visibilidad de este tema en las campañas electorales israelíes contrasta con su escasa relevancia en otras democracias, en las que la práctica totalidad de sus partidos políticos reservan a estos temas un espacio marginal en sus programas electorales.”
Su propaganda, por lo demás, no mostraba ninguna innovación significativa. Como señaló Robert Fisk, uno puede recorrer los dos lados del Atlántico en estos días, desde España hasta Irlanda y desde Canadá hasta Francia -yo agregaría a la Argentina- y el resultado es el mismo: nos encontramos con una campaña “diseñada para demostrar que los blandengues como nosotros –liberalitos que mimamos bebés en nuestros hogares seguros de Occidente– no nos damos cuenta del horror de las 12 (ahora 20) muertes de israelíes en 10 años, de los miles de cohetes y el inimaginable trauma y estrés de vivir cerca de Gaza. Olvidemos los 600 palestinos muertos allí en ese lapso: viajar en los dos lados del Atlántico en las dos semanas pasadas ha sido una experiencia instructiva, por no decir extrañamente repetitiva.”
Atinadamente, Fisk responde de inmediato: “Inútil es decir que estoy a la espera de que esos escritores nos pregunten cómo nos sentiríamos si viviéramos en Don Mills o Brossard o Dublín y estuviéramos bajo el fuego de aviones supersónicos y tanques Merkava y miles de soldados cuyos proyectiles y bombas vuelan en pedazos a 40 mujeres y niños fuera de una escuela, descuartizan familias enteras en sus camas y que, después de casi una semana, dieron dado muerte a 200 civiles y causado lesiones a 600.”
En el plano doméstico, la campaña israelí tuvo un éxito impensable, que dio lugar a la resurrección del -todavía- premier Olmert, y lo salvó de la destitución. Más importante aún, la dupla Livni – Barak logró recortar distancias frente al líder del Likud y claro favorito, Benjamin Netanyahu. Claro que para lograr esos fines, no se escatimaron recursos, entre los que figuraron el cierre de Gaza al periodismo internacional, el arresto de disidentes, activistas de izquierda y militantes pacifistas. Pocos fueron los medios que se atrevieron a romper el cerco oficial, y casi no supimos de las escasas movilizaciones opositoras.
Desde luego, allí donde no tuvieron medios tan extremos a disposición, escasamente consistentes con las normas de un Estado democrático, los dirigentes israelíes obtuvieron resultados muy pobres. Fracasaron universalmente en convencernos de la necesidad de este ataque, de su carácter defensivo, de su estilo localizado, etc. Fracasaron notablemente en persuadirnos de su capacidad de distinguir entre civiles y combatientes -tanto, que ya casi no lo intentan-, o, mucho menos, entre combatientes y terroristas. La cosecha de apoyos que pudo recibir Israel comienza y termina en el mismo lugar: Estados Unidos.
III.
Con el riesgo de perder su presunta supremacía moral, los dirigentes políticos israelíes comenzaron, entonces, un segundo movimiento, caracterizado por la apelación a las comunidades judías locales como medio de propaganda. Y aquí es donde la política internacional confluye con la política interna. En los últimos días, bajo la poco verosímil -y en todo caso, poco relevante- denuncia de un supuesto brote neonazi -algunos dirigentes, como el presdente de la DAIA, Aldo Donzis, saltaron la valla de la cordura, y bramaron por la inacción oficial frente al “rebrote antisemita violento”-, las comunidades judías de varios países de la región, con sus dirigentes a la cabeza y bajo la gravitación indiscutible de las embjadas de Israel, intimaron a los gobiernos de la región a detener sus intentos de mediación humanitaria en el conflicto, así como a pronunciarse en favor de las acciones del Estado de Israel. En el caso argentino, ante el pronunciamiento del gobierno de Cristina Fernández sobre los hechos de Gaza, la respuesta del embajador israelí, Daniel Gazit -quien, en mi opinión, no merece continuar ni un minuto más en el suelo nacional- fue sorprendente: no sólo insistió en la tesis de un brote antisemita, sino que la desvinculó completamente de los acontecimientos de Medio Oriente. Para Gazit, “Esas manifestaciones violentas son claramente antisemitas y no tienen nada que ver con las críticas al gobierno de Israel”. El embajador, poco preocupado por sustentar una afirmación de ese tenor, agregó:“cada vez que Israel sale a defenderse contra el terror siempre hay grupos antisemitas para sementar el odio contra Israel y los judíos.”
Pocas horas después, varios dirigentes de las principales organizaciones judías argentinas salían a reclamar la renuncia de la titular del INADI, María José Lubertino, quien había afirmado -con cierta naturalidad, y hasta candor, dado que se trata de la interpretación imperante en todo el planeta-, que “Israel violó las reglas del derecho internacional”.
IV.
Tomemos un poco de distancia. Es indudable que pequeños grupos de extrema derecha han participado de las movilizaciones. Cualquiera que observe las paredes de Buenos Aires en estos días podrá encontrar símbolos nazis aquí y allá. A la vez, para muchos sectores del progresismo y de la izquierda tradicional -pero también para dirigentes políticos de centro, liberales y conservadores- la política israelí tiene bastantes semejanzas con los planes de exterminio implementados por las dictaduras latinoamericanas -que Israel apoyó-, y con el trato a las minorías propio del nazismo. Sin embargo, ni los fines de Israel pueden ser equiparados a la maquinaria bélica hitleriana, ni puede deducirse de la infiltración de un puñado de individuos de escasa o nula gravitación en la política y la cultura nacional una súbita expansión del ideario nazi.
Lo que está sucediendo se parece bastante a lo que señaló Lubertino: las explicaciones israelíes no funcionan más, ya nadie las acepta porque no tienen sentido, porque sus tópicos son los mismos de siempre, porque no ofrecen una razón lógica para las acciones que buscan justificar, porque no inducen a creer que se trate de soluciones duraderas, porque nunca han resultado, etc. Sobre todo, la representación de una “victimicidad”, como bien señala O´Toole al comienzo de este trabajo, no se corresponde con los equilibrios -o, mejor dicho, con los desequilibrios- de poder en juego. Israel debe aceptar las reglas del derecho internacional, debe repudiar la doctrina de la guerra primitiva, debe comenzar a pensar seriamente en una pacificación de largo plazo, etc. Para eso, hay que reconocer al otro. Ni el Líbano puede, como siguen soñando los líderes israelíes desde los años ochenta, ser gobernado por las minorías cristianas, ni Gaza puede sufrir la imposición de un régimen adicto a Tel Aviv. Intentos de esa naturaleza sólo traerán más muerte y dolor. Pero, claro, nunca faltará quien medre en esas condiciones.
En cuanto a la situación nacional, el gobierno argentino debe dejar en claro, año electoral o no, que mantendrá su política exterior libre de las interferencias de personajes como Gazit, cuyas credenciales deben ser devueltas, a la espera de que Tel Aviv recapacite. Al mismo tiempo, como instancia política autónoma, el gobierno debe abstenerse de toda manifestación parcial sobre este tema. A diferencia de Israel, la Argentina no es -al menos, hace tiempo que no- una sociedad regida por el terrorismo de Estado: existen en ella diversos intereses, distintas culturas y diferentes pensamientos, en pacífica coexistencia. Simétricamente, la política internacional es, cada vez más, un asunto multilateral. Todo indica que la presente crisis ha de profundizar esos rasgos. Que se debata libremente, sin mordazas, sólo puede atemorizar a quienes, en el fondo, se saben carentes de razones.
Ezequiel Meler,
Administrador.
Post Scriptum:
Revisando la nota y los materiales citados, hallé cierto consuelo en la lectura de estas declaraciones de Laura Ginsberg, dirigente de la Asociación por el Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA (APEMIA). Ginsberg opinó que en el país no hay “ningún tsunami antisemita” como, según su agrupación, las entidades israelíes intentan hacer creer. “DAIA y la Embajada de Israel vulgarizan el concepto de antisemitismo al confundir deliberadamente el repudio popular a los ataques del Estado de Israel con los ataques a individuos o a instituciones por su condición religiosa o étnica”, señaló Ginsberg a Perfil.com, leyendo una carta que escribió el 27 último, día en que se conmemoró a las víctimas del Holocausto. El texto completo de la carta, acá.
EM





Ezequiel: gracias por el convite, que leo desde mi ignorancia pero mi interés sincero.
Guardo por los fundamentalismos religiosos una extraña y políticamente incorrecta simpatía. Admiro al hombre que se pregunta por Dios, aún el ateo, que ha recorrido sus dudas y se ha preguntado por Dios más que varios que van a misa.
Así, a la bartola, pienso en mi viejo, ateo acérrimo, en mimadre que atea como era decía a veces: con éso no se juega : es sagrado y en León Ferrari, ateo herido hijo de un pintor de imágenes sacras y padre de un asesinado.
Celebro toda inquietud sobre cuestiones teológicas y toda decisión y cambio de rumbo. Aplaudo quien además de chistes quiere volcar en su cuaderno y en los ajenos, un intercambio de ideas.
Me gusta quien como vos, pone en su perfil: cristiano. Vaya coraje el tuyo y el mío, nimio sin embargo al lado de los verdaderos pensadores y trabajadores sociales.
Te agradezco enormemente la invitación a tu espacio y te invito al mío, sin rigor teórico (he sido una pésima estudiante) pero sincero y confesional, en el más completo de los sentidos.
Un abrazo y gracias por la buena fe, literalmente.
Eme.
Compañera Emeygriega: gracias a usted por pasar. Ojalá la veamos seguido en Pre-textos.
Muy bueno Eze. Si te consuela yo escribi esto
http://derekdice.blogspot.com/2009/01/argentina-denuncia-israel-por-rebrote.html
Me sumo al pedido de “Chau Gazit, sos un desubicado”. Con todo derecho deberiamos decircelo, 2 atentados son mas que suficientes, casi los codigos de ellos.
Y me parecio muy bueno el analisis de como y porque Gaza se metio en la politica nacional, el mecanismo que lo produjo.
Que paradoja que Argentina es mucho mas pais que Israel para que los judios vivan su cultura, desarrollen sus instituciones y cultiven su fe, aca tienen y seguiran teniendo la libertad para no tener que mandar a sus hijos a una masacre, libertad que alli no encontraran.
Mauri, claro que me consuela. Che, ahora voy entendiendo mejor de qué se trata ser un “blogger”. Este oficio de escribir, en mi estilo, puede ser muy demandante.
Siempre me parecieron acertadas tus opiniones sobre la realidad argentina. falta mucha gente como vos, que pinten otro panorama mas cercano a la verdad.
Gracias, Carlos. Sonás como alguien que ya leyó cosas mías: me alegra que lo sigas haciendo.
Una buena nota en El País…
http://www.elpais.com/articulo/internacional/Hay/mucha/gente/acepta/rumores/mal/judio/elpepuint/20090213elpepuint_3/Tes#despiece1
Curiosamente, el autor no tiene problemas en responder, interrogado sobre Gaza, que
“Es innegable que la política de Israel es una de las causas que ha contribuido a aumentar los prejuicios contra los seguidores del judaísmo. “La invasión brutal de Gaza no ha ayudado: 1.300 palestinos han sido asesinados, entre ellos, cerca de 200 niños; 22.000 edificios han sido destruidos, los daños ascienden a miles de millones y el millón y medio de ciudadanos de Gaza viven hacinado en lo que es poco más que una minúscula prisión”, estima el autor, que reitera, no obstante, que el antisemitismo no es lo mismo que una crítica a la política de Israel, “aunque a la clase dirigente sionista le guste verlo así”.