E
n estos cálidos días estivales, gran parte del debate político rioplatense se ha centrado en la figura del nuevo presidente norteamericano, Barack Hussein Obama. Hemos asistido a una querella muy llamativa sobre el sentido de su victoria, así como sobre los intereses que representa.
Intelectuales destacados de signo tan distinto como Atilio Borón y Carlos Escudé han enfatizado que la presidencia Obama no representará ningún cambio en la política del Imperio Americano. Que la lucha por los derechos civiles terminó aburguesando a parte de la población afroamericana. Que Obama, egresado de Harvard, representa mejor los intereses de mediano y largo plazo de Wall Street, del complejo industrial militar, del lobby de la derecha israelí, que los propios republicanos.
Pese a contar con buenas razones a a su favor -y el nombramiento de Rahm Emmanuel en un puesto destacado del gabinete, la continuidad de figuras del entorno Reagan en puestos clave de decisión política, las continuas advertencias del flamante presidente respecto de la necesidad de reforzar las operaciones militares en Afganistán son señales bastante claras- esta mirada ha sido, como mínimo, un efecto residual del inevitable efecto demostración que sentimos muchos al ver finalizada la era Bush.
¿Es que nos volvimos locos? ¿Acaso perdimos la razón, y nos hemos dejado seducir por los discursos de campaña? ¿Ahora resulta que, como balbuceó el entonces precandidato, en una de sus peores performances frente a su actual Secretaria de Estado durante las primarias demócratas, las palabras pueden por sí solas cambiar las cosas?
Antes que nada, debemos puntualizar que nadie espera que Obama lidere otra cosa que los Estados Unidos, que pasa por ser el eje del dispositivo imperial más exitoso de los últimos cincuenta años. En esa mirada, creer simplemente que por su origen afroamericano, Obama estará dispuesto a romper con los usos imperiales sería efectivamente utópico. Pero no he visto ni leído a nadie que interprete los hechos seriamente de ese modo, ni aquí, ni allá. Pese a ello, tampoco parece el resultado de una reflexión mesurada descartar toda relación entre las luchas por los derechos civiles y el momento que vivimos, que es su muy americano punto de culminación.
En el fondo, y en muchos sentidos, la presidencia Obama puede resultar un punto de inflexión en la historia americana y mundial de todos modos. Su asunción coincide con los estertores finales del régimen de acumulación basado en la valorización financiera, inaugurado a mediados de los años setenta, consumado por las administraciones Reagan – Bush. Coincide, además, con la necesidad norteamericana y mundial de liderar la recuperación de los países centrales, desde su peor situación económica en seis décadas. Estados Unidos, endeudado, con su aparato financiero quebrantado y una situación social en erosión, sencillamente ya no puede financiar la continuidad de sus operaciones militares alrededor del globo. Estos hechos superan largamente los parámetros de la discusión, y nos sitúan donde realmente se originan las condiciones presentes -esto es, más allá de la voluntad de los actores-. En esta línea, que Obama, y no Mc Cain, haya sido el elegido de millones de norteamericanos, no deja de tener sentido. Porque algo tenía que terminar, aún cuando, a decir verdad, no estén claras las líneas de aquello que comienza.
Es posible que, en los años que siguen, veamos un repliegue de los Estados Unidos, recuperando la vieja tensión política que recorre su historia -esto es, la antinomia entre los círculos aislacionistas, menos interesados en la hegemonía mundial que en la consolidación de las bases locales de sustento del Imperio, y sus adversarios, partidarios de un Estado gendarme, dispuesto a utilizar el garrote de manera regular para solventar necesidades políticas, procesos de acumulación, o situaciones de dominio favorables al estado de cosas. Obama no es un pacifista, pero el reclamo electoral, en un mundo mucho menos unipolar que una década atrás, ha sido claro y hasta perentorio: los americanos quieren paz, quieren trabajo, quieren salud. Han visto fracasar, en menos de una generación y en proporciones surrealistas, todo un estilo de gestión internacional, y no están dispuestos a pagar el costo de la continuidad de las recetas tradicionales. El Imperio de la guerra y las finanzas no ha muerto. Pero debe tomarse un descanso.
Ezequiel Meler,
Administrador.
Etiquetas: política exterior
22/01/2009 a las 22:05 |
Bienvenido Eze. Me alegra que hayas vuelto. Te esperaremos hasta marzo. Abrazo. Dante
23/01/2009 a las 01:31 |
Gracias, hermano. Vos mejor que nadie sabés que necesitaba un cambio de aire. Y no pude aguantar la respiración tres meses. Un abrazo grande.
23/01/2009 a las 04:48 |
Un abrazo Eze. Nos alegro mucho a todos que hayas reabierto un sitio para que podamos disfrutar de tus letras, especialmente cuando entran en poscion de “maquina de guerra”. Puede parecer egoista de nuestra o de mi parte, pero en el fondo intuyo que escribir es una necesidad tuya y espero que la puedas saciar con avidez. Ojala que hayas extraido las mejores lecciones para que esta sea tu mejor herramienta y la mejor plataforma para mostrar tu brillo y tu capacidad de resonar.
Sabiamos que eras un gran lector, pero tambien sabiamos que sos un gran escribiente.
23/01/2009 a las 04:53 |
Gracias, Mauri. Ya te señalé por vía privada mi agradecimiento, de modo que no quiero sonar redundante. Ojalá que sepa estar a la altura. Es todo lo que pido. Bueno, casi todo… después vienen…
¿lo dejamos ahí?
Un abrazo
EM
23/01/2009 a las 19:14 |
Muy Bine te tiene como un blog importante muy bine por tu s escritos sigue así
22/06/2009 a las 21:43 |
[...] Y nacía hablando de Obama. [...]
13/08/2009 a las 15:39 |
[...] acuerdan de ese primer post, sobre Obama? ¿Y de aquel otro, que por sus comentarios llegó a las páginas de un prestigioso matutino [...]