El peronismo en situación.

18/12/2009 por ezequielmeler

Hace poco, Abel Fernández subió un excelente análisis  en dos tiempos del presente del peronismo -uno más, en este tema al menos-. Para él

“Existe, desde el 2003, fastidio, en muchos casos bronca, con Néstor Kirchner en mucho de la militancia tradicional del peronismo. Yo lo comparto, por ejemplo. [...] Es una tentación para los opositores internos subirse a esa ola. Y lo han hecho. Pero no les alcanza para construir alternativas nuevas. Para la sociedad en general, y para muchos peronistas, el enfrentamiento interno en el peronismo es entre Kirchner, que ya lleva seis años, y un peronismo más viejo aún.”

El problema esencial, concluye Fernández, reside en las escasas chances de que el peronismo disidente, en solitario, alcance a capitalizar la oleada antikirchnerista. En sus términos,

“La oposición peronista a Néstor Kirchner no ha elaborado propuestas nuevas [...] Se han limitado a repetir las críticas que ya le hacían otros opositores al gobierno, el menemismo residual, o, más recientemente, el grupo Clarín. El problema obvio que se les presenta es que, si la mayoría de los argentinos deciden votar contra los K, lo que parece probable ¿por qué habrían de hacerlo por opositores peronistas?”

En efecto, ese es uno de los problemas, probablemente el central que enfrenta el peronismo disidente de cara a 2010 -2011. Agregaría que, así como carece de un proyecto propio, tampoco tiene, como parecía en junio, una figura popular aglutinante. El derrumbe de Reutemann y las reticencias generalizadas hacia Macri por parte de la tropa -reticencias que el derrumbe electoral de PRO en Capital parece confirmar- lo han dejado en una vulnerabilidad extrema respecto de una generación sobre la cual existe un amplio consenso negativo.

En ese marco, el alarde de protagonismo de Duhalde, que hasta poco tiempo atrás entendíamos como parte de un intento, un tanto desesperado, por contener a la tropa, evitando fugas hacia Unión – PRO o el kirchnerismo, puede comenzar a mostrar visos de intención real. Sencillamente, hoy por hoy, no hay nadie más en condiciones de pelear, simultáneamente, el liderazgo del justicialismo y su habitual correlato, la presidencia de la Nación. Y eso es bastante malo, no sólo para los disidentes.

Pues ese mismo dato señala otra realidad, a saber, que por primera vez desde 1999, el peronismo en general se expone claramente a una elección en la que bien puede salir derrotado, resignando importantes posiciones a manos de otras fuerzas, como el radicalismo, sus aliados, y, por supuesto, el poco confiable armado PRO bonaerense. No es precisamente un buen escenario para un partido que, aún en cenizas, gobierna -con diferentes sociedades y elencos- casi sin interrupción desde 1989.

Todo parecería impulsar, por la lógica misma de las cosas, un acuerdo entre Kirchner y los disidentes, acuerdo que Abel imagina atado a la suerte de un candidato “que garantize a los sectores que hoy apoyan o toleran el liderazgo de Kirchner que no serán tratados peor que hoy, y que pueda rescatar algunos de esos sectores alienados por el estilo K.”

Hay que decir, sin embargo, que esa fórmula política no contiene, pese a sus virtudes formales, demasiadas chances. Es cierto que existe un aliciente importante -por ejemplo, la perduración en los cargos, muchas veces asociada a la perduración política per se-. Pero hay dos problemas. El primero reside en la composición del kirchnerismo: un sector decreciente del peronismo, anclado en la estructura política bonaerense y en la CGT, convive con un electorado de centro – izquierda, históricamente adverso al PJ, muchos de cuyos integrantes hicieron sus primeras armas contra dicha estructura, tildada de “aparato”. En ese escenario, la sensación de peligro del electorado que sigue respondiendo a Kirchner debiera ser sumamente alta, si se espera que tolere y obedezca un pacto de continuidad con sectores ligados al duhaldismo a la cabeza.

El problema presenta, también, una faceta inversa: dado el antikirchnerismo predominante, parece difícil que un eventual apoyo disidente, fruto de un pacto con el kirchnerismo, o bien de una derrota interna, dé como resultado un peronismo unificado detrás de un liderazgo que, como el de Kirchner, aparece demasiado golpeado entre los sectores medios, erosionado en los sectores populares, rechazado en amplios bolsones de la Región Centro, desgastado por casi una década de gestión. Es decir, si parece improbable que los kirchneristas procedentes del progresismo -y, en general, del no peronismo- apoyen a un candidato disidente, es casi tan improbable que los votantes disidentes, reflejo interno de un sentimiento más amplio de rechazo, se vuelquen hacia Kirchner, así lo dictamine una interna partidaria o un acuerdo cupular -o, incluso, ambas opciones-. Si el candidato no ofrece garantías, al menos que no recabe demasiado rechazo: si suceden ambas cosas…

En lo personal, hace tiempo que rodeo estos temas, con la sensación de que el partido está ya jugado y definido: Kirchner, de presentarse, debería ganar, salvo cataclismo, la interna frente a un duhaldismo mermado y caduco, pero tiene pocas o ninguna chance en un ballotage frente al arco del antiperonismo tradicional. Lo mismo vale para un eventual candidato disidente. Es cierto que la futurología no es mi área específica -me dedico, antes bien, al estudio del pasado-, pero no puede negarse que es éste el fantasma que acecha como pesadilla a los dirigentes y militantes peronistas. Con un agravante: la presencia simultánea de Kirchner y Scioli en la derrotada boleta de junio dejó al peronismo fuertemente tocado en el territorio más sensible a sus intereses: el conurbano.

Por otra parte, si bien es cierto que perder, a secas, sin judicialización de la política, no es el final de la historia para Kirchner, la edad promedio de sus adversarios indica lo contrario. Veinte años mayores, veteranos de muchas batallas, 2011 puede ser su despedida del plano nacional, potenciando así las tendencias centrífugas de un sector que se apresta a ver en Macri o en De Narváez a su nuevo estratega -algo que, a su vez, depende del desempeño simultaneo de PRO en Provincia y Capital en el año del recambio presidencial-.

Todo esto nos lleva a dos preguntas esenciales:

a) ¿Cómo y con quién ha de asociarse el peronismo actualmente en el gobierno para los dos años que le restan de gestión?

b) ¿Cuáles serían, de existir, las alianzas hacia fuera susceptibles de generar para el peronismo el grado de consideración social y electoral que requiere para gobernar?

En estos dos años, la identidad social, cultural y política del peronismo vuelve a estar en juego, señal de que algo no anda bien. Serán sus militantes los que elijan su color, reforma política mediante, y será el pueblo quien decida su suerte. Cualquiera sea el resultado, hay algo seguro: ya nada será igual.

Ezequiel Meler,

Administrador.

Valenzuela, un emisario del pasado.

18/12/2009 por ezequielmeler

¿Y, che, seguimos derecho?

Evidentemente, la visita de Arturo Valenzuela, subsecretario adjunto de asuntos latinoamericanos del Departamento de Estado norteamericano, sepultó en tiempo récord la esperanza de que el encuentro internacional de Trinidad y Tobago fuese, tal cual se avizoraba, un punto de inflexión para la relación de los Estados Unidos con América Latina. Si términos como “diplomacia” evocan imágenes ligadas al tacto, la negociación profesional, la generación de buena voluntad, la cooperación, etc., Valenzuela se irá del país habiendo conformado a muy pocos, alienando a unos cuantos, y generando fastidio en amplios sectores de la sociedad política.

Es que, después de ocho años de Bush, lo menos que podía esperarse de un gobierno que se prometía distinto -aunque no lo fuese- era el silencio, la prudente prescindencia, y el reconocimiento de la nueva realidad regional.

Pero no. En vez de eso, nos encontramos con declaraciones etimológicamente intempestivas, poco propias de un emisario, así como con operaciones y presiones tan públicas como burdas.

En efecto, tras señalar que los empresarios de su país “estaban mejor en el 96” -linda cosecha, la del 96: unos ocho millones de desocupados…-, Valenzuela remató su conferencia de prensa condicionando la cooperación privada a “cambios” que brinden “seguridad jurídica” a las inversiones. Según el mensajero de Obama:

Escuché que existe preocupación por temas de seguridad jurídica y de manejo económico en Argentina y que, a menos que haya cambios, no podrían realizarse las inversiones que se planean.”

¿Se planean inversiones? ¡Esa sería una novedad! ¿Como cuáles, y en qué sectores? El proceso de crecimiento que el país lleva adelante desde 2003 a la fecha ha sido intensivo en muchas cosas, menos en inversión externa, directa o crediticia. Por el contrario, una de las claves de la recuperación “asiática” del país residió en el expediente, muchas veces compulsivo, del ahorro interno. Pero bueno, si el reclamo de seguridad jurídica fuese todo, la visita quedaría en una mera intrascendencia.

No fue el caso, sin embargo. Ocurre que Valenzuela, con un poco de torpeza, hizo gala excesiva, casi promiscua, de sus encuentros con referentes opositores, como Mauricio Macri, Francisco de Narváez y el inefable Julio Cobos, con quien, parece, tuvieron una excelente sintonía. Como señaló Luis Bruschtein,

“Las declaraciones de Valenzuela, en nombre de los empresarios norteamericanos o de lo que fuera, sumadas a su reunión con el vice por fuera de la agenda institucional, dejan un sabor a sopapo y golpe bajo, que muchos no esperaban de un funcionario de Obama. En otro momento nadie hubiera dudado de que Cobos había recibido un guiño obvio del gobierno norteamericano. Es cierto que se reunió con otros dirigentes de la oposición, como Francisco de Narváez y Mauricio Macri. Pero el encuentro con Cobos implicó un compromiso más alto porque para hacerlo debió transgredir premisas muy básicas de la diplomacia.”

Por supuesto, existen fuertes afinidades ideológicas que explican el sentimiento nostálgico de los sectores ligados a los intereses norteamericanos. Pero existen, también, otras razones, más estructurales. Obama, lejos de representar a los sectores de la economía real, mantuvo un fuerte apoyo de los sectores financieros directamente ligados a la burbuja inmobiliaria que estalló el año pasado, sectores que se vieron resarcidos con su plan de rescate. Son esos mismos sectores los que litigan, desde hace años, contra la renegociación de la deuda argentina en los tribunales neoyorquinos. Para esos sectores, que no dudan al recurso de solicitar el embargo de nuestras exportaciones, o bien festejan cada acción punitiva del CIADI, no habrá seguridad jurídica mientras haya un sólo bono en default.

No obstante, es un índice llamativo de la baja de las acciones norteamericanas en la región el grado de rechazo que generaron las poco delicadas declaraciones del secretario adjunto. Mientras Cancillería señalaba que las presuntas quejas del sector privado no habían sido remitidas por los canales específicos, el Ministro Florencio Randazzo replicaba con menos terciopelo:

“Lamentamos que algunos funcionarios reincidan en viejas prácticas cuando tenemos expectativa en que se inaugure una nueva etapa en la política exterior estadounidense.”

Idénticos serían los términos del embajador argentino en Washington, Héctor Timerman, quien expresó crudamente su decepción por la visita:

“Cuando Valenzuela me mandó una carta con los temas que quería hablar no figura la supuesta inseguridad jurídica. [...] Nosotros le pedimos que abra la agenda a los distintos sectores, a la CGT y al partido radical, pero eligió a interlocutores que están a la derecha del espectro político.”

Mientras la embajadora norteamericana, Vilma Martínez, trataba de poner paños fríos entre las partes, un sector bastante amplio de la oposición cuestionó con igual o mayor dureza al poco educado huésped.

Pino Solanas, por ejemplo, afirmó que “el señor Valenzuela es el representante de un gobierno que sigue pensando que los desastrosos y trágicos años 90 para la Argentina son el modelo a seguir.”

Rubén Giustiniani, titular del Partido Socialista y senador por Santa Fe, señaló que “los argentinos no necesitamos que vengan a marcarnos qué hacer. Yo soy muy crítico, desde la oposición, respecto al gobierno nacional, pero no me parece bien que un diplomático de cualquier país, venga a marcarnos cuestiones referidas a la política interna.”

Ricardo Alfonsín, vicepresidente primero de la Cámara de Diputados, se expresó en términos similares:

“Que nos venga a decir que en el 96 había un clima de confianza de prosperidad y que todo el mundo estaba perfecto, cuando nosotros sabemos mejor que él la pobreza que existía en la Argentina, realmente me preocupa y mucho.”

A la vista de la secuencia reciente de eventos -a saber, el golpe en Honduras, la instalación de  bases militares en Colombia, o más localmente, la desembozada intervención de la Administración Obama en el conflicto gremial desatado con la firma norteamericana Kraft Foods-, marcan los indicios centrales de una continuidad política que los gestos y abrazos oficiales no alcanzan a desmentir. Al decir de Bruschtein,

“Si la política de Obama para la región se define como hasta ahora por instalar bases norteamericanas en el corazón de Sudamérica, en cierta concesividad hacia los golpes derechistas y dureza contra gobiernos como los de Venezuela y Bolivia, lo lógico sería que desarrolle al mismo tiempo una estrategia activa en ese sentido para desmontar gobiernos y alianzas que impliquen un obstáculo a esos fines. Si ese es el camino que elige Obama, su política no se diferenciaría tanto de la de George Bush.”

O, como dicen por ahí, meet the new boss, same as the old boss. Por suerte, entre uno y otro, dependemos menos de sus intereses y caprichos. Si estábamos como en el 96, elegían presidente ellos…

(Digo yo: Carrió, Estenssoro, y los firmantes de la carta a la Embajada, ¿dirán algo en estos días?)

Ezequiel Meler,

Administrador.

El poder y el control de la calle.

16/12/2009 por ezequielmeler

“En los últimos años se ha reactivado la figura de la peligrosidad social en clave sarmientina, el aluvión zoológico, el desborde plebeyo de las masas, que resurgen en la escena política reactivando representaciones clasistas y racistas que tienen larga data en el país. La imagen civilización o barbarie no es más una clave explicativa general; ha sido cuestionada al igual que otras representaciones binarias de la historia, pero queda como un mecanismo de descalificación política y como una representación que resurge en períodos de grandes crisis, que ponen de manifiesto la inconsistencia de lo social. La crisis del ’89 o la del 2001 serían ejemplos de momentos en los cuales la amenaza de la descomposición social crea temores que se cristalizan en ciertas figuras que aparecen como peligrosas. Después de la dictadura militar, la imagen de la civilización sólo podía ser recreada por una tradición autoritaria, represiva y criminal.”

Maristella Svampa, noviembre de 2006.

En los últimos años, la política argentina argentina ha girado de modo creciente en torno a los límites de la movilización popular. Este desarrollo, corolario natural de la crisis de 2001 y de su procesamiento institucional -procesamiento en el que, como señala Halperín, el Estado retuvo el monopolio de la violencia a condición de no ejercerla, algo especialmente visible luego de la masacre de Puente Pueyrredón-, se ha acentuado conforme avanzaba la descomposición política de la alianza nacional con que el kirchnerismo supo gobernar, sin demasiada dificultad, hasta 2007. En efecto, 2008 quedará en la historia como el año en que el poder se dirimió, una vez más, en las calles, en las rutas, en las plazas, pero esta vez con la inesperada victoria de una derecha de masas, que no renunciaba, sin embargo, a estigmatizar a quienes imitasen su praxis de protesta.

En 2009, sin embargo, la derrota electoral del kirchnerismo abrió paso a una institucionalización del conflicto social que caracteriza a la Argentina en la post – convertibilidad. Las nuevas contiendas políticas tendrán en el Parlamento un ámbito de resolución privilegiada, y en esa perspectiva, que supone una ventaja relativa para una oposición definida como bloque frente al kirchnerismo, la calle aparece, no obstante, como un problema. Frenar la movilización social -paradójicamente, uno de los objetivos emblemáticos del primer kirchnerismo- ha pasado a ser sinónimo de un control adecuado del proceso político argentino. Tanto las denuncias del ACyS respecto a la supuesta presencia de grupos piqueteros armados -denuncia en que ha tenido especial protagonismo Elisa Carrió-, como el intento de Macri de crear una fuerza de choque antipiquete en tanto eje central de su política de seguridad, parecen confirmar un clima en el cual, para determinados sectores ligados a los núcleos autoritarios del país, un ciclo -el de la protesta legitimada y aceptada por arriba- debe ser clausurado. Estas declaraciones tuvieron el oportuno aval de los personeros intelectuales del modelo neocon argentino, como Abel Posse y Luis Alberto Romero. Para este último, en un texto francamente paradójico,

La crisis del campo devolvió a la calle, por un tiempo, su función de expresión de la opinión. Hoy el Gobierno no aspira más a una calle plebiscitaria -cuyo montaje es demasiado burdo para impresionar a alguien- pero no desdeña la calle combativa, y está dispuesto a impedir que se constituya la calle de la opinión, movilizando a las corporaciones amigas, que disponen de una considerable capacidad de violencia. Al hacerlo, se colocan en el filo mismo de la legalidad. Amagan con emprender un camino similar al que en 1922 le permitió a Mussolini y sus squadristi destruir las instituciones desde el gobierno. De modo que lo que se viene es un combate de resultado incierto. El destino de la oposición se juega, en primer lugar, en su capacidad para articularse y construir, a partir de varios segmentos, una alternativa de gobierno. Deberá hacerlo cuidando de la legalidad, algo que hoy le preocupa poco al Gobierno, en franca actitud desinstitucionalizadora.”

Es notable observar cómo ciertos tópicos parecen perdurar más allá de las estructuras que les dieron sentido: para Romero, la ruta tomada por los sectores agropecuarios era una expresión genuina de la “opinión”, mientras que cualquier movilización de sectores convergentes con el gobierno no solamente deberá incluir lugares ya un tanto comunes, como la violencia, la cooptación y prebendas -aparece incluso una mención a hipotéticos “barras bravas”, el equivalente contemporáneo del lúmpen y del criminal plebeyo, etc.-, sino incluso un movil contrario al orden institucional. Romero, que supo escribir para periódicos como Convicción, vinculado a la Marina de Guerra y a Massera, hace honor a una larga tradición académica, que ha visto en la movilización social un signo patológico.

El tema tiene su importancia, y ha merecido el repudio de intelectuales de cierto prestigio -la mayoría, no identificados con el kirchnerismo- que ven, en la avanzada “normalizadora”, un reflejo autoritario y represivo, un retorno a los “buenos viejos tiempos”, en general identificados con el apogeo neoliberal. Los firmantes, en su mayoría docentes e investigadores universitarios, no se privaron de señalar que:

“En la actualidad, la criminalización de los movimientos sociales es una acción que parte de la identificación de la lucha por los derechos sociales con el delito, estigmatizando a los movimientos populares que ejercen el derecho a luchar por sus derechos y transformando toda protesta en causa penal. De esta manera, se traslada la política social al ámbito judicial. Por este camino, desde mediados de los ’90 hasta el día de hoy, miles de luchadores y luchadoras populares en nuestro país han sido judicializados, hecho que constituye un gigantesco chantaje sobre las posibilidades de resistencia a las políticas de hambre, exclusión y precarización de las condiciones de trabajo y de vida hoy vigentes.”

En efecto, hoy, la calle aparece como un factor de desestabilización, en cuya disputa intervienen tanto el gobierno como una oposición más confiada en los canales institucionales, desde lecturas marcadamente binarias, que reactualizan, en los sectores opositores, idearios racistas, reaccionarios y elitistas. Debe señalarse la paradoja que implica la alusión del gobierno a la calle como instrumento de presión para – institucional, cuando históricamente, entre 2003 – 2007, su principal objetivo fue debilitar la protesta, volverla menos visible, domesticarla. Esta alusión, desprovista de canales de participación adecuados, de una lógica masiva que difícilmente abreve en un gobierno electoralmente debilitado, parece todo menos inteligente: el gobierno de la pacificación y la unidad nacional de 2003 – 2007 no puede, súbitamente, volverse el propulsor de un conflicto que no buscó provocar, de la mano de una movilización que supo contener, pero nunca controlar. La mera enunciación de esta posibilidad implica una lectura bastante pobre de los acontecimientos.

¿Es factible la normalización? Difícilmente, al menos sin caer en costos sociales incompatibles con la vigencia del Estado de Derecho, nos advierte Pablo Vommaro. Del otro lado, ¿será la calle el escenario de una nueva épica popular, como pretende el kirchnerismo? Tampoco. La calle, sencillamente, no es de nadie. Y ese aspecto es su mayor fortaleza, al mismo tiempo que el efecto que más nos perturba.

Ezequiel Meler,

Administrador.

El mismo discurso de siempre.

12/12/2009 por ezequielmeler

Las “infelices” declaraciones de Hugo Biolcati, de amplia repercusión en la prensa gráfica el día de la fecha, ameritan un sitio de honor en mi colección privada de agro – frases. Veamos.

-”No deberían descabezar a la policía, deberían descabezar la gobernación.”

-”Este Gobierno no ama a los pobres, sino que ama a la pobreza, porque le sirve para sus fines electorales. No tenemos que aflojar la presión sobre los legisladores, tenemos que garantizar que cumplan el rol que asumieron con la sociedad. Nuestro desafío será atenuar el daño que pueda hacer el Gobierno en los próximos dos años.”

Biolcati enuncia el que es, ya, su proyecto de siempre, a saber, la subordinación de la vida política argentina a la omnímoda voluntad de las corporaciones. A lo sumo, puede señalarse la novedad -relativa, porque ya se habían expresado en este sentido- de que ahora la presión se ejerce sobre todo el Parlamento, incluyendo de manera principalísima a los electos legisladores por la oposición.

Pero, claro, con un auditorio en merma, que se reduce considerablemente a las señoras paquetas de ciertos barrios porteños, nostálgicas de los buenos viejos tiempos, el único recurso que queda es la frase inflamable. Y, para variar, frente a un nutrido conjunto de representaciones opositoras -algunas, muy devaluadas- a las que recordó la índole algo relativa de su triunfo electoral, Biolcati sugirió que no alcanzaba con “descabezar” a la cúpula de la policía bonaerense, sino que debía extenderse la operación al entero gobierno de la Provincia de Buenos Aires.

Hicieron fila para responderle varios de los habituales comentaristas de las frases campestres, pero también otros nuevos: desde Aníbal Fernández, Eduardo Camaño -ministro de Gobierno de Scioli-, hasta el bueno de Amado Boudou. Se diferenciaron marcadamente entidades afiliadas, como CARBAP, y más lo hicieron otras corporaciones, como la Unión Industrial Argentina. Su titular, Guillermo Moretti, señaló:

“Cuando en 1976, Biolcati apoyaba a (el ex ministro de Economía José Alfredo) Martínez de Hoz y a la dictadura, nosotros estábamos enfrente, del otro lado, éramos los perseguidos.”

Eduardo Buzzi, entretanto, más quemado que marinero del Kursk, decidió atribuir el infortunio verbal al “fragor” de la situación, sin connotaciones ulteriores.

El propio Biolcati asumió rápidamente que se trataba de un error, aunque ratificó el sentido de su frase: quiere que Scioli, a quien juzga demasiado alineado con los Kirchner, renuncie.

A los que no escuchamos, en cambio, fue a los nutridos contingentes de opositores presentes en el acto. Ni De Narváez, ni Carrió, ni el resto de los aspirantes a gerente regional salieron a desmarcarse. Evidentemente, todavía se encuentran bastante inseguros sobre su propio futuro. Vamos, muchachos: un poco de audacia… institucional, de ser posible.

Ezequiel Meler,

Administrador.

Posse, un ladrillo más en la pared.

11/12/2009 por ezequielmeler

“Estos dos años que vienen van a ser nuestros mejores años, porque no somos omnipotentes y aprendimos de nuestros errores y aciertos.”

Mauricio Macri, al anunciar la designación de Abel Posse.

“Este país se deshace por la permisividad de los ladrones, los corruptos y los periodistas cobardes.”

Abel Posse, en áspero diálogo con Ernesto Tenembaum.

“La Argentina piensa mal. En muchos campos, vamos contra la experiencia y el buen sentido. Es el país que llega a la indefensión nacional para castigar a un ejército por hechos de hace cuatro décadas. Es el país que indemniza subrepticiamente a quienes participaron de un alzamiento contra el orden democrático. El mismo partido que ordenó aniquilar ese alzamiento siguiendo el pensamiento de defensa del Estado del propio Perón es el que ordenó indemnizar y exculpar a los subversivos.”

De nuevo Posse, en reciente columna para La Nación.

Pocas veces -aunque ya son varios los precedentes en el terreno de los funcionarios porteños- un ministro genera tanto repudio antes de asumir. En efecto, las reacciones frente a la designación del diplomático Abel Posse como sucesor del saliente Mariano Naradowsky al frente del Ministerio de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires incluyen un arco casi infinito, que va desde los sindicatos docentes, las organizaciones de derechos humanos, el oficialismo nacional, los sectores de la oposición, los ámbitos universitarios (véase, por ejemplo, la nota de Paenza y otros) y los propios especialistas en materia educativa. Y los antecedentes del aludido, sus declaraciones sobre la especialidad que le tocará conducir, así como la pieza magistral de apología del Jurásico que publicase en La Nación en los últimos días, francamente, no lo ayudaron mucho. El propio matutino conservador que lo supo arropar hoy parece soltarle la mano.

Lo que no se entiende demasiado bien es la causa de su nombramiento. Existen, desde luego, varias explicaciones. La primera sugería que el nombramiento de Posse formaba parte de un nuevo acuerdo entre Mauricio  Macri y Eduardo Duhalde, cosa que el propio Macri desmintió, aún cuando el propio ministro designado aludió a conversaciones con el ex presidente.

Como gesto genérico hacia el electorado peronista, no es el mejor: Posse, con suerte, es un outsider que jamás ha gozado de predicamento propio. Como gesto hacia los grupos conservadores, parece excesivo: su designación ha generado fisuras en el propio gabinete macrista, que hubiese preferido un hombre menos expuesto en el cargo.

Lo cierto es que la designación de Posse reconfirma, por enésima vez, ciertos aspectos de la gestión Macri que se han vuelto verdaderas insignias. El primero reside en la ausencia de figuras de peso fuera del núcleo inmediato que rodea al Jefe de Gobierno. Su endeble construcción política ha debido recurrir, una y otra vez, a cuadros de origen externo para saldar las falencias de número de una fuerza que todavía no supera el rango vecinal. Y varias de esas figuras -no todas- las ha buscado en un peronismo disidente en el que quisiera ver su plataforma nacional.

En segundo término, aparece un problema de concepción. Posse asumió bajo la garantía expresa de mantener todas las líneas y equipos técnicos de su predecesor, los principales proyectos, etc. Esto empalma bastante bien con una concepción tecnocrática de la política, característica de la retórica macrista, para la cual los ministerios son meras vidrieras de notables al estilo ancien régime, que no modifican ni un trazo de la política heredada. Incluso en esta lectura, la decisión es equivocada, porque entorpece un aspecto vital de la gestión educativa, como es la relación con los gremios.

En cualquier caso, la experiencia de Posse no se compadece con su designación -el oficialismo porteño, que tiene un Secretario de Agricultura pese a que el distrito carece de tierras, evidentemente no tenía lugar para un canciller-, su relación con los gremios es pésima, tiene el handicap de contar con el absoluto rechazo de todo el arco político y social, y demuestra, una vez más, que el macrismo, en tanto fuerza política con presencia y liderazgo, está en pañales. Habrá que ver cuánto dura: sospecho que varios de los intelectuales cercanos a Aurora, menos polémicos en sus dichos y más mesurados en sus intervenciones, deben mirar el teléfono con aprensión en estas horas. Quién dice: en una de esas se acuerdan de Ale Rozitchner y le pagan sus servicios.

Ezequiel Meler,

Administrador.

Señoras y señores, con ustedes, el Ministro de Educación…

10/12/2009 por ezequielmeler

“Entró, se filtró, o lograron infectar con un virus ideológico la garantía elemental de seguridad. Impusieron la visión trotskoleninista de demoler las instituciones militares y la policía, como vengándose de los años setenta, cuando una minoría se alzó contra el Estado para imponer una revolución socialguevarista, ajena y aislada ante la inmensa mayoría, empezando por el mismo Perón, los sindicatos y los partidos tradicionales. Sin embargo, con persistencia gramsciana, los guerrilleros que rodean a los K ?aunque ya estaban generosamente indemnizados por sus derrotas de los 70? lograron afirmar la tarea de demoler a las Fuerzas Armadas, lograr que los policías se sientan más amenazados e inhibidos en la tarea represiva que los delincuentes en su agresión y que la Justicia se ausente en este momento de crisis, sin reaccionar con urgencia ante la criminalidad reincidente y concediendo excarcelaciones a una gran cantidad de menores, incluso en casos de asesinato o uso de armas. Algunos miembros de la Corte deben creer que son niños equivocados y con animus iocandi. El Poder Judicial parece refugiado y silencioso, pese a la tormenta con la que la mala política del Poder Ejecutivo arrasa con los principios básicos del derecho.En estos años, el olvido constitucional nos lleva a la anarquía. El Estado es un instrumento para conservar el poder K. La sociedad tiene la sensación de habitar un país invivible, con una corrupción que nos ubica más bien por debajo de los cien países más corruptos del planeta. Los K nos llevaron tan lejos que ya nadie quiere hablar con claridad y coraje del camino de retorno indispensable que la Argentina tendrá que transitar, tarde o temprano.Muchos “garantistas” pagaron su lujo humanista con los cadáveres humanísimos de ciudadanos honestos acribillados delante mismo de sus hijos o padres, mujeres violadas y decenas de policías que mueren sin afecto oficial ni el respeto debido a su profesión imprescindible y peligrosa.Es curioso que, en la desnaturalización idiomática que viven los argentinos, los mismos dirigentes de la oposición hablen a media lengua y se fuguen hacia la prevención educativa, la recuperación del joven delincuente y la inclusión social. Son escamoteadores del tema, que se refugian en la indispensable acción recuperatoria, rehuyendo la batalla central. Mientras ellos quedan bien con la sociología indiscutible y omiten hablar de armas y medios de acción inmediato, todos los días nos revuelve y convulsiona la noticia del comerciante, padre, estudiante, baleado a mansalva por el asesino-joven (no el niño-asesino, porque cuando se asesina disparando sobre alguien indefenso, a los 14 o 16 años, no hay niño que valga, la entidad “asesino” prevalece sobre la edad biológica). Tal el caso del joven estudiante de Tigre que muere con un balazo en la cara en brazos de su desolada madre. ¿Cómo la Presidenta no tomó inmediatamente su helicóptero hacia esa madre para llevar consuelo y compromiso? Hoy el vandalismo, el piqueterismo politizado y la protesta de tantos desamparados se derraman por las calles con su perfil agresivo.”

(Fragmento de la nota publicada por el flamante Ministro de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Abel Posse, en el diario La Nación de hoy).

Duelo de liderazgo en el centro izquierda.

10/12/2009 por ezequielmeler

“El conflicto político argentino, que en estos días se escenifica en el Congreso, no es un subproducto de la mala praxis de un gobierno o de una clase política. En pocas etapas políticas ha estado tan claro, como en los últimos años, que en el país existen poderosas fuerzas sociales, con alto grado de coordinación interna, que no aceptan la legitimidad de ninguna iniciativa que cuestione sus posiciones rectoras.”

Edgardo Mocca

En su momento, no me pareció oportuno escribir sobre las diferencias y los ruidos en el campo progresista. Primero, porque ruidos y contradicciones hay en todos lados. Segundo, porque parecían temas pasibles de una amistosa resolución. Pero el desembarco de Sabbatella en Capital, los eventos recientes en la Cámara Baja, y las declaraciones públicas de los dos principales referentes nacionales de dicho espacio, ahora claramente diferenciados, amén de expresar públicamente un malestar que muchos sabíamos subterráneo, sugieren un fraccionamiento que difícilmente suelde en una pieza. Y las implicancias de dicha fractura, dados los escasos márgenes de diferencia entre las principales fuerzas nacionales, sugieren ya una tendencia preliminar.

¿Egos en pugna o diferencias políticas?

La expansión del Partido Encuentro al ámbito porteño, pese a que venía expresamente diferenciada de una candidatura de Sabbattella en persona, desató las iras del entorno de Solanas. Claudio Lozano, consultado al respecto, señaló que

“El criterio de Sabbatella es el mismo que fue característico del kirchnerismo desde 2005, que fue fracturar los polos progresistas en la ciudad y entregársela a Macri. No reconocer que ya hay un polo de acumulación política progresista, que es el Proyecto Sur, es repetir errores pasados.”

Más duro aún fue el propio Solanas, quien apuntó directamente a una maniobra oficialista, diseñada para debilitar su proyección electoral.

“Sabbatella, [...] nos ha sorprendido a todos. Él viene a desunir el espacio. La verdad, nosotros pudimos haber derrotado fácilmente al macrismo sin la obstinación de mucha gente, como Carlos Heller. Si parte de los votos de Heller hubieran venido a Proyecto Sur, le habríamos dado una paliza a Macri. La Ciudad tiene un referente progresista y es un referente nacional. Ustedes saben quién es.”

(Por supuesto, la respuesta tiene las iniciales P. S.)

Las diferencias.

Pero no es una candidatura, sino un criterio de construcción, lo que enfrenta a Solanas – Sabbatella. Edgardo Mocca lo señaló claramente:

“En el progresismo hay una discusión de fondo que subyace todas las decisiones tácticas coyunturales. Para una parte –centralmente referenciada en Pino Solanas– el kirchnerismo no merece ser defendido en ningún aspecto. Es puro simulacro encubridor del saqueo y el enriquecimiento personal. Por otra parte su final está a la vista y lo mejor para la centroizquierda sería prepararse para el nuevo capítulo de la política argentina que parece abrirse paso inexorablemente. Además, acompañar al kirchnerismo, aunque sea críticamente, pondría al progresismo en la línea de fuego de los grandes medios de comunicación “independientes” que ya han pasado a nominar como “complacientes” y hasta “cómplices” a quienes sostienen acuerdos programáticos parciales con la coalición de gobierno. Para otro sector, cuya referencia principal es Martín Sabbatella, sostiene que este gobierno ha abierto un interesante capítulo de transformaciones cuyos límites están fundamentalmente marcados por su base de sustentación política, fuertemente identificada con el pasado. Desde esa mirada, sostienen sistemáticas críticas a las insuficiencias oficialistas y, al mismo tiempo, apoyan activamente aquellas de sus iniciativas que concuerdan con los postulados programáticos de su fuerza. Ese fue el perfil de la fuerza, el Nuevo Encuentro, durante la última campaña electoral. Está de más decir que es una posición compleja y expuesta a muchos riesgos políticos. Pero la preocupación principal de este sector es crecer sosteniendo pautas identitarias claras.”

Mientras Solanas se dedica al doble juego de fustigar discursivamente a quienes propugnan la supuesta simplificación de un esquema binario que, mientras tanto, reafirma con su praxis política, Sabbatella, de hecho, ha reiterado su esfuerzo por diferenciar una posición propia en todos los debates legislativos recientes. Prueba de ello fueron sus advertencias en ese sentido con anterioridad a la elección de autoridades en la Cámara Baja, cuando apuntó que

La centroizquierda tiene que fortalecer su tercer lugar en el parlamento y no diluirse en una alianza con la derecha. [...] La oposición no es todo lo mismo; es un error histórico que parte del progresismo constituya mayoría con la derecha. ¿Qué los uniría? ¿Sería una mayoría para llevar adelante qué proyectos? ¿Con qué rumbo?

(Idéntica postura mantuvo en el transcurso de su intervención en la Cámara de Diputados durante la sesión del 4 de diciembre, aquí recogida).

Por supuesto, puede considerarse que se trata de una diferencia táctica, pero a mi juicio no es el caso. Otra posibilidad, que no puede comprobarse a priori, reside en suponer que el margen para ensayar una acción de tales características no existe. De hecho, pese a la retórica utilizada, ésta parece ser la posición de Proyecto Sur, que ha asociado de manera recurrente en las últimas semanas al ex intendente de Morón con el kirchnerismo, elidiendo en cambio el papel que les cupo a sus propios negociadores en la nueva conformación de la Cámara Baja, tarea para la cual no dudaron en sentarse con Aguad, Pinedo, Bullrich y Carrió. A ellos apuntó el titular de Nuevo Encuentro en sus declaraciones recientes, tanto con anterioridad como con posterioridad a la elección de autoridades. Para Sabbatella, cada vez más cercano a Heller, a Vilma Ibarra y a otros referentes del centro izquierda porteño,

“Si la centroizquierda hubiese conformado esa tercer pata que nosotros planteamos, no sólo hubiera sido más coherente ideológicamente sino que hubiera tenido más capacidad de negociación dentro de la Cámara.”

En todo caso, del futuro de la experiencia progresista, dada la paridad existente entre el gobierno y la entente opositora, parece depender algo más que la composición de unas cuantas comisiones. Al mismo tiempo, la viabilidad de la ruta intermedia que proponen tanto Sabbatella como Solanas depende en buena medida de su capacidad recíproca para llevarla a la práctica. Este es, y ha sido siempre, el drama del progresismo vernáculo. En el fondo, el problema no reside en qué tan duros deben ser sus referentes frente al kirchnerismo, sino en su sonora incapacidad para definir los contornos sociales y populares de una propuesta que de cuenta de las disputas estructurales en curso. Para el observador, la comparación con sendos fracasos del pasado es inevitable.

Según todo parece indicarlo, la Capital seguirá siendo la vidriera de estos prospectos de poder, que refuerzan continuamente su ya inevitable dispersión.

Veremos. Por lo pronto, parece que la alternativa más consistente a la derecha real, centrada en torno a los dispositivos políticos de PRO, del radicalismo y de sus satélites, sigue disputándose al interior del peronismo. Pues es en ese espacio electoral -no siempre coincidente con su marco institucional, distorsión que apuntaba a corregir, en el fondo, la reforma política- y no en el progresismo, donde deberá afianzarse, tanto una eventual consolidación de Néstor Kirchner, como la -hoy por hoy, menos probable- pata peronista de un proyecto restaurador. El tema, claro, es para cuánto alcanza.

Ezequiel Meler,

Administrador.

El nuevo escenario (II).

09/12/2009 por ezequielmeler

Un examen aparte merece la cuestión del centro izquierda. Menos unificado que en los días posteriores al test electoral, ahora parecen delinearse en torno a su desempeño dos posiciones. Por un lado, aquella liderada por Pino Solanas y Claudio Lozano, dispuesta a negociar donde y como sea para obtener recursos y visibilidad. Debe reconocerse que, en general, se trata de una estrategia racional y extremadamente ajustada: como señaló Joaquín Morales Solá dos días antes de la hecatombe,

“¿La izquierda quiere ser la izquierda de Kirchner o la izquierda de la oposición? En la izquierda o en la derecha, lo cierto es que ningún sector político quiere aparecer vinculado a un gobierno extremadamente impopular. La izquierda será, por lo tanto, la izquierda de la oposición.”

El problema, si lo hay, con esta estrategia, reside en que la edad de la inocencia en que parecen morar muchos de sus sufragantes ha sufrido un brusco aterrizaje: como señala Lozano, su sector “no se fija en los aliados“. La matriz ética de impugnación de cualquier política concreta pierde cimientos con celeridad tras una afirmación de este calibre. En definitiva, es bueno que lo digan: al fin, asumen que la política es algo que tiene más que ver con el poder concreto que con las diferentes modalidades de su ejercicio.

Del otro lado, queda todavía el interrogante sobre el margen de maniobra de quienes, como Sabbatella, Macaluse, Raimundi y otros, se presentan como el necesario “freno a la derecha“. Hasta ahora, ese sector ha recogido contadas adhesiones: a saco roto marcharon sus admoniciones morales sobre el rol del progresismo en los días pasados, cuando buena parte de la mesa del SI sostuvo que

“Es un contrasentido afirmar que apoyarse en una de las dos grandes estructuras parlamentarias es neutro políticamente. Por el contrario, esta posición fortalece, objetivamente, una impronta que, como mínimo, no compartimos. Hacer valer el peso de la unidad y la autonomía del espacio es, en cambio, el camino más coherente y en el tiempo más eficaz, para honrar la expresión popular de los últimos comicios.”

El contrasentido, pese a todo, tuvo lugar. Sencillamente, resultaba menos atractiva la propuesta alternativa, que suponía que había una fuerza en condiciones de plantear su independencia relativa respecto de los bloques políticos predominantes. Lejos de jugar un rol autónomo, o uno funcional, el grueso de sus parlamentarios eligió actuar en un sistema explícitamente binario: grupo “A”, o grupo “B”. Y eligió “A”, porque nadie quiere ser “B” eternamente.

Queda pendiente valorar la suerte de la agenda. Se trata, es cierto, de un ejercicio cercano a la tauromaquia, pero no por ello menos edificante. La oposición quisiera avanzar rápido en los temas en los que existe una suerte de sentido común imperante: INDEC, Consejo de la Magistratura, etc. Las corporaciones agropecuarias, por su parte, querrán cobrar su libra de carne, a través de una política específica sobre retenciones y exportaciones. Y ni hablar de los monopolios mediáticos, que tienen grabada la meta de una derogación de la ley de servicios de comunicación audiovisual. En esos temas, sin embargo, el consenso del otro día aparece, a priori, más costoso, tanto para un sector de la oposición que se ve gobernando en 2011 -y que, por ende, no está tan interesado en tirar el superávit fiscal por la borda-, como para una centro izquierda que, de vez en cuando, deberá comportarse como si lo fuera por principio. Habrá que esperar. Entretanto, para tranquilidad de varios conglomerados de poder, la pelota quedó de ese lado.

Ezequiel Meler,

Administrador.

El nuevo escenario (I).

09/12/2009 por ezequielmeler

Vista de forma retrospectiva, la premura oficial en la sanción de un vasto conjunto de reformas institucionales y políticas durante los últimos meses parece cobrar la forma de una profecía autocumplida. Pasaron seis meses desde la derrota de junio, y el gobierno no supo, no pudo o no quiso encontrar el modo de pensar el Parlamento sin quórum propio. La oposición,  en cambio, liderada por el ala intransigente, más schimttiana que cualquiera de los presuntos asesores oficiales, repartió los cargos esenciales con la eficiencia a que nos tiene acostumbrados el radicalismo, y logró un piso envidiable en la jornada inaugural del 4 de diciembre pasado, llegando incluso a dividir las aguas del centro izquierda, que no alcanzó a erigirse en la proclamada tercera fuerza.

En términos políticos, puede ser -o no- que se haya tratado de una mayoría circunstancial. Lo cierto es que, circunstancial o no, fue una mayoría. Es cierto que deberá revalidarse cada vez: no menos cierto es que cuenta con recursos institucionales de sobra para lograr la necesaria convergencia de voluntades.

Lo primero que debe reconocerse es la decisión con que actuó el conglomerado parlamentario: la oposición acometió la tarea de arrebatarle al oficialismo cargos importantes y casi todas las comisiones de peso. En ese mismo acto, sin embargo, se asoció indeleblemente al destino del gobierno. Pues ahora, la administración de los recursos nacionales, el abordaje de  problemáticas largamente instaladas en la agenda pública -inseguridad, pobreza, sistema tributario y coparticipación-, la resolución de sendas deudas institucionales -INDEC, Consejo de la Magistratura- y diversos conflictos sectoriales -especialmente con el sector agropecuario, que se considera acreedor a un tratamiento preferencial y prioritario, dado su aporte a la derrota oficial de junio- aparece como una tarea en la cual un Parlamento opositor puede realizar aportes sustanciales. Y será responsabilidad de toda la dirigencia política -no ya del oficialismo, en el vacío en que parecía gobernar al interior del marco institucional hasta hace poco más de un año- que esas soluciones resulten satisfactorias. En menos palabras, iniciativa también es responsabilidad. Los ojos de la sociedad, en general, se dirigen hacia ese heteróclito conglomerado parlamentario, que, incluso si sólo consigue un veto de la autoridad presidencial, habrá dejado una dura marca en la historia institucional del país.

Ezequiel Meler,

Administrador.

El retorno del Jedi.

08/12/2009 por ezequielmeler

Estuvimos unos meses ausentes, encausados en otras tareas que requerían de nuestra atención, y en el medio, por supuesto, pasó de todo: ley de medios, reforma política, asignación universal, etc. Lo más saliente, no obstante, es el recambio legislativo, que traduce al equilibrio parlamentario la derrota electoral del 28 de junio, analizada extensamente en su momento. Y lo hizo, como sabemos, con consecuencias inmediatas. Ahora, las instituciones aparecen como el campo por excelencia de la disputa política. Y la pelota, como vimos,  está del otro lado, con o sin veto. La pregunta, entonces, no es sólo cómo hacer política: también es con quién.

Bueno, les dejo el pucho. En unas horas subo algo decente. Poco a poco, y como no quien no quiere la cosa, iremos retomando el ritmo, a niveles más compatibles con la actividad, en los próximos veinte días.

Ezequiel Meler,

Administrador.