The end.
Dice la Jefa…
“Y les pido a todos que dejando de lado vanidades personales o pequeñas diferencias, se organicen profundamente en todo el territorio de la República Argentina en los frentes sociales, en los frentes estudiantiles, porque es necesario reconstruir el entramado social y político a lo largo y a lo ancho del país, para defender a la patria, para defender los intereses de los más vulnerables y fundamentalmente, para que nadie pueda arrebatarles lo que hemos conseguido y el futuro de todos ustedes.”
Órdenes son órdenes.
¿Por qué gana Cristina Fernández?
“Cinco goles no se meten de casualidad”
César Luis Menotti.
1. La magnitud del triunfo de Cristina Fernández de Kirchner, en el marco de una gestión que lleva ocho años y se asegura otros cuatro, amerita reflexiones serias. Las cifras finales, la diferencia, no las conocemos. Alcanza saber que CFK se ha superado a sí misma nuevamente, al superar la frontera de las PASO.
Mirando hacia atrás, otros datos refuerzan el motivo de estas líneas. Cristina Kirchner llegó a la presidencia con un 45%, pero apenas superó el 30 y monedas en las legislativas de medio mandato. En aquel momento, algunos observadores apresurados, que se calzaban ya el traje de candidatos, llegaron a vaticinar entonces “una transición civilizada“, que por supuesto se cerraría con su propio ascenso al poder.
La doble comparación guarda alguna utilidad. Cristina obtiene hoy mucho más que los votos perdidos en 2009, en tanto supera su cifra originaria. Esto sucede porque, contrariamente a lo vaticinado durante los meses de junio y julio, ha mejorado notablemente su performance en las provincias del Centro – Litoral, incorporando un voto urbano de clase media de notable envergadura. Varias de las ciudades más importantes del país prueban que efectivamente existe un voto cruzado, fenómeno notable en una etapa que al mismo tiempo ve resurgir, en perfecta compatibilidad, una identidad oficialista militante como no veíamos en años. En mi caso, al menos, como no vi nunca.
2. Suele atribuirse buena parte del éxito del kirchnerismo al marco internacional favorable. Indudablemente, existe un margen de maniobra que depende de variables como el precio de la soja. Sin embargo, hay datos de gestión que son insoslayables a la hora de explicar la vitalidad del oficialismo para revertir la pendiente y llegar a estas cimas. El impacto de la política social, especialmente a partir de la AUH, ha recompuesto sus bases populares, generando efectos multiplicadores en toda la economía. La política laboral y salarial expansiva, incluyendo los millones de nuevos jubilados, ha permitido atemperar el impacto de la inflación en el bolsillo popular. El crecimiento ec0nómico, sabiamente administrado, ha sido visiblemente impulsado por un gobierno que siempre vio en la economía y en las finanzas públicas una baza no negociable.
La superación de la “prueba de ácido” de 2009, indudablemente, ha jugado su papel. Se mantuvo a grandes rasgos el nivel de empleo relativo, se mantuvieron los niveles de consumo, y se esquivó buena parte del primer coletazo fuerte de la crisis mundial. Con el paso del tiempo, estos logros se valoraron de manera creciente.
3. La política de alianzas de la oposición también amerita un comentario. El sistema político argentino soporta mal más de dos o, en casos excepcionales, tres fórmulas competitivas: sólo los opositores ofrecieron cinco. Los resultados están a la vista.
No quisiera dejar pasar un hecho. Desde diciembre de 2009, la oposición ha manejado posiciones institucionales de poder. Al alcanzar una notable mayoría propia en Diputados, se encontró en condiciones inmejorables para proponer y forzar situaciones que brindaran netas mejoras sociales. Más importante aún, se presentó como el contrapeso efectivo y el control de gestión del gobierno. Con ese discurso, lo que no vio era que también pasaba a compartir responsabilidad. Y, para peor, cayó prisionera de su propia trampa discursiva al no ser capaz, en la mayoría del período legislativo, siquiera de garantizar quorum, no digamos ya de impulsar legislación de un interés que superase la frontera de lo sectorial. Como resultado, con el parlamento opositor, tuvimos dos años de parálisis legislativa.
Hubo, al mismo tiempo, otro fenómeno, que los referentes opositores más significativos no supieron prever. El antikirchnerismo ferviente de los primeros años -ese que denunciaba al mismo tiempo las carteras, los glaciares, a los montoneros y al INDEC- lisa y llanamente agotó su poder de fuego. Ya se había mostrado inservible para construir mayorías en 2007: ahora iba quedando claro que ni para sostener minorías visibles le alcanzaba. El votante promedio pedía de la oposición dos cosas claras: una garantía de continuidad de políticas básicas (AUH, paritarias, crecimiento, estatizaciones, etc.), y un reconocimiento de los logros del kirchnerismo en temas que considera saldados (juicios por delitos de lesa humanidad, por ejemplo).
La oposición, en todos esos temas, seguía en 2007, por no decir en 2004: Duhalde pedía un país para el que quiere a Videla y el que no, Alfonsín recordaba que el gobierno de su padre había encarcelado a Firmenich y a “muchos de los responsables de la guerrilla”, Ernesto Sanz pedía una CONADEP de la corrupción, mientras que el politólogo Marcos Novaro sugería que los puntos quitados a los bonos de la deuda eran comparables a los desaparecidos, and so on.
Esos datos, bastante duros, de una oposición que prefería la intransigencia al reconocimiento, también se ven validados en la jornada de hoy. Por un lado, a quienes peor les va a es a aquellos que más se han aferrado a posiciones reaccionarias -por ejemplo, Duhalde-, o bien a quienes siguen haciendo sonar el disco algo gastado del INDEC, que como es visible ha amortizado su costo político. Por otro lado, la oposición que, dentro de la debacle, mejor sostiene y hasta acrecienta su potencia electoral es precisamente aquella que, tal vez por su mayor roce de gestión, o quizá porque supo reconocer, en circunstancias clave, la necesidad de avanzar con el gobierno, mejor se dispone frente a un eventual legado. Esto es, Binner.
4. En suma: el oficialismo se benefició de una gestión positiva de la economía, de la continuidad de un ciclo de prosperidad bien administrado y socialmente distribuido, de la garantía que su candidata implicaba de cara al futuro. La oposición no supo reconocer los méritos sociales y políticos del kircherismo, quedó presa de intereses sectoriales, no ofreció visibles continuidades ni puntos de ruptura socialmente compartidos, y fracasó en su política de alianzas.
Aunque los primeros términos de la explicación son los que mandan, dado que el porcentaje presidencial en primera vuelta es de mayoría absoluta con rasgos históricos, el conjunto alcanza a explicar los motivos diversos de una jornada electoral cuyos guarismos quedarán en la historia de la Argentina. Todo esto puede resumirse: el kirchnerismo ha anclado definitivamente en la sociedad argentina, como un piso al que se le pide más, pero, como bien reza el candombe, nunca menos.
Ezequiel Meler.
Kirchnerismo reloaded.
1. Las cifras del día de hoy generan, para los que nos interesamos en política, un aura de acontecimientos histórico. Ya sabemos que es raro que en la Argentina un presidente supere el 50%. Más raro es que lo haga en su reelección, y más aún después de dos mandatos del mismo proyecto.
En el día de la fecha, el peronismo kirchnerista se asegura algo más que doce años de mandato por derecho electoral. Se inscribe, asimismo, en la lista corta de los oficialismos más votados -concretamente, supera al Alfonsín de 1983, tal vez ronde al Yrigoyen de 1928, y arriba de eso sólo queda Perón (52 y 73). También obtiene la máxima diferencia existente con el principal partido opositor, superando los cuarenta puntos porcentuales.
Hay algo de especial en las presidencias citadas: ninguna llegó a término. No traemos la anécdota a colación para abrir el paraguas de los malos augurios: lejos de ello está nuestra intención. Al contrario, este es un gobierno socialmente fuerte, con los mejores apoyos organizados que existen en la Argentina (volveremos a ello más adelante), y además tiene lugar en un contexto en que el partido tradicional de los intereses antipopulares -esto es, el partido militar- ya no opera como factor de poder.
Por ende, y a eso vamos, estamos en una situación marcada menos por la recurrencia que por la singularidad. La singularidad de un tiempo cuyo rostro nadie puede atreverse a adivinar.
2. De cara a un período que se muestra como poco amistoso en el plano económico, la elección también marca una preocupación, visible desde el cierre de listas, por acumular el máximo posible de recursos políticos. Esto no es gratuito, y sirve a los fines de poder solventar todas las decisiones políticas que el Ejecutivo considere necesarias para enfrentar los coletazos y eventualmente el impacto de la crisis mundial en curso. A partir de hoy, Cristina cuenta con esos recursos.
Inversamente, la oposición política atraviesa un ciclo de debacle que, sin ser del todo nuevo, parece contener elementos definitivos. Por ejemplo, es el caso de la UCR, que no retiene ninguna gobernación y resigna una nueva oportunidad de consolidarse como fuerza de alternancia eventual. No creo que sus líderes actuales tengan mucho retorno de este presente, pero menos futuro tiene el centenario partido en manos de los dirigentes que se proponen como recambio. En pocas palabras, estamos asistiendo al colapso definitivo del radicalismo como fuerza de contrapeso en la Argentina, lo que me permite sugerir que, de ahora en más, deberá considerarse al sistema político argentino como caracterizado, de manera estable, por el dominio de un partido, el justicialista.
Distinta, pero no tanto, es la situación del resto de la oposición. Binner tiene el dudoso mérito de un segundo puesto a una distancia tal que diluye cualquier festejo, pero además se enfrenta al desafío de evitar que su flamante coalición se desintegre antes de las próximas nacionales. En este punto, cabe recordar que desde 2003, la oposición no repitió segundo puesto dos veces seguidas. El rol de cabeza visible de dicho entramado quema a cualquiera: pregúntenle, si no, a Elisa Carrió.
El otro dato relevante, precisamente, reside en el ocaso de las fuerzas marginales que se habían montado sobre la crisis de representatividad de 2001. Sobre esto no cabe abundar demasiado porque es un tema tratado y a la vista.
3. En cuanto a Macri, a quien muchos ven como preservado de la debacle opositora, cabe aclarar que enfrenta un desafío no menos complejo. Sencillamente, el triunfo arrasador del kirchnerismo sobre los peronismos federales, disidentes, republicanos y bananas deja en duda que dicho soporte le alcance para una proyección naci0nal. A ello debe sumarse la incomodidad que le trajo aparejado su vecinalismo originario: mientras su fuerza llamaba abiertamente a cortar boleta, el Ingeniero debió recurrir a toda clase de evasiones para evitar un compromiso público con cualquiera de las alternativas opositoras, y su candidato a diputado otorgó menos claridad que un banco de niebla. No se atisba, todavía, ni un marco de alianzas potencial, ni un discurso desde el cual pueda partir la construcción del mentado polo de derecha democrática. Lisa y llanamente, el resultado es demasiado contundente.
4. Esto no significa que no exista oposición y que el triunfo sea una garantía indeleble de tiempos tranquilos en los años que vienen. Pudimos creer eso por dos meses entre diciembre de 2007 y marzo de 2008, y vimos que no fue el caso. Por el contrario, lo que parece indicar el triunfo aplastante de Cristina Fernández es que el principal peligro para el bienestar político de su coalición vendrá de la misma. Nunca es bueno gobernar en el vacío: la responsabilidad por lo que pasa es tuya y solamente tuya, y tus errores se remarcan con una facilidad asombrosa. Asimismo, si algo nos enseñan los triunfos plebiscitarios, es la dificultad que sus líderes y emergentes enfrentaron para mantener la fuerza y coherencia relativa de su coalición y por ende sostenerse en el centro del ring a lo largo de los años.
5. En estos días, soplan vientos de cambio en la coalición oficial. Ello tiene varios sedimentos que conviene analizar:
a) el recambio del personal de gobierno: no es secreto que, desde diciembre, ministros como Amado Boudou (por razones obvias), Carlos Tomada, Aníbal Fernández, Julio De Vido, Julio Alak, Juan Luis Manzur, Alberto Sileoni y la lista continúa han de dejar sus puestos. Incluso, es claro que muchos subsecretarios han de acompañar el éxodo de sus jefes, llámese Noemí Rial, Guillermo Moreno, y otros. El perfil de los nuevos ministros, salvo excepciones, puede resumirse en un nombre: Randazzo. Tipos jóvenes, como Hernán Lorenzino, suenan para ministerios estratégicos, como Economía, y es factible una reorganización ministerial. En mi opinión, lo que se gana en la mirada de la opinión pública se pierde, en parte, en la falta de roce de algunos de los nuevos funcionarios, pero como decía el General, en la cancha se ven los pingos.
Cabe señalar que esta configuración marca el acta de defunción de la mesa chica tal y como la conocimos. Es decir, pierde sentido aquel relato del kirchnerismo originario que hacía hincapié en las lealtades reunidas en torno a la experiencia del grupo El Calafate, proceso que inició con el desplazamiento de hombres como Alberto Fernández y Alberto Iribarne, pero que se vuelve imposible de esquivar ante la salida de tipos como Tomada, De Vido y Sileoni. Lejos de encontrarnos frente a una apertura del proceso de decisión política, asistimos en todo caso a un recambio en la lista de favoritos y hombres de confianza.
b) También resulta notable el modo en que se articula la nueva elite de cara a la interna del justicialismo -ya no vale la pena agregar “kirchnerista”: lisa y llanamente, no hay otro-. Si entre 2003 y 2007, el kirchnerismo, con referentes como Pérsico, Depetri, D´Elía y Tumini, apostó a una renovación de la política con un perfil netamente movimientista, transversal, que dialogaba tanto con la CTA como con la CGT y se mostraba desconfiado del “pejotismo”, a partir de 2007 apareció gradualmente un perfil distinto, que muchos interpretaron con la desafortunada metáfora del recueste, por el cual los partidos pasaban al frente, y con ellos -esto es lo que me interesa remarcar- los dirigentes políticos profesionales, sin otras ataduras que las electorales y aquellas derivadas de sus roscas.
No vale la pena en que insista en los peligros de constinuar y profundizar esta matriz, como de hecho sucede en el momento actual: lisa y llanamente, el caso chileno nos muestra los peligros de una política sin concurso de actores sociales en la eventualidad de un cambio en la variable “gobierno”. A veces me pregunto, sobre todo cuando leo cosas como ésta, qué tan lejos estamos de ese peligro. Como bien señala bien Fede Vazquez, “lo que molesta, lo que no deja de zumbar en los pedidos de disciplinamiento, es que al gobierno no le sobran sectores sociales organizados. Más bien lo contrario.” Y coincido plenamente. La emergencia de una nueva dirigencia política profesional, basada en un modelo delegativo de democracia, sin responsabilidad ante base alguna, cuya razón de existencia reside en su identificación con la cúspide del poder, es el peor de los síntomas posibles.
6) Hay muchas tareas a futuro. Algunas hacen a la gestión y administración del gobierno -por ejemplo, es urgente ensanchar la base tributaria, mejorar la infraestructura de transportes, incentivar las exportaciones no agrarias, etc.-, y otras hacen al manejo de la fuerza que respalda esa gestión. Concretamente, pienso en el futuro del peronismo, ahora que parece que cuando perdemos es culpa de los malvados villanos del conurbano, pero cuando ganamos el mérito es totalmente ajeno a ellos, como una suerte de doble parámetro.
A mis ojos, la conducción tiene dos grandes opciones. Por la primera, que hoy no parece la más probable, puede involucrar abiertamente a Cristina en el control del justicialismo, a los fines de institucionalizar la sucesión y colocar en posiciones de ventaja a sus mejores y más fieles aliados. O, como parece, puede confiar en que los resultados de octubre durarán para siempre, en que todos los votos son suyos, y por ende congelar la última herramienta institucional de que dispone para disciplinar a la tropa y competir / compartir, la conducción y por ende la responsabilidad.
Lo que queda claro a partir de la suerte diversa de los agentes locales del peronismo -tanto de aquellos que se mostraron más distantes, y aún así ganaron, como De La Sota, Urtubey y Massa, como de los que más disciplinadamente actuaron, y aún así quedaron fuera de todo, llámese la CGT-, es que en la etapa que viene la política no será, como no lo ha sido nunca, patrimonio exclusivo de un vértice omnisciente. Es más, ese vértice tiene todas las chances de verse condicionado por una situación poco vista en los últimos años: un marco externo netamente recesivo. En ese contexto, un pacto social y político requiere, como condición sine qua non, la rehabilitación de los cuadros intermedios que hoy aparecen discursivamente ninguneados. Porque, al fin y al cabo, su poder de fuego y sus posiciones institucionales -esto es, todo lo que hace a la frase “relación de fuerzas”- son intangibles para la Presidencia.*
Ezequiel Meler
* Este posteo fue escrito unos días antes del 23. Lo he dejado, con mínimas modificaciones, como estaba entonces.
Se viene la presentación.
Ahora sí: se confirma. El librito en que metimos la cuchara se presentará este martes, a las 18 horas, en el Centro Cultural Caras y Caretas. Dicen las malas lenguas que lo mejor va a ser la fiesta que sigue al panel: en cualquier caso, yo no voy a estar, de modo que queda en ustedes contarme.
Abrazo,
EM
Cenizas y diamantes
Captar lo que el instante tiene de propio a veces es más difícil de lo que parece. En el orden electoral, el kirchnerismo espera con cierta impaciencia el resultado que confirme a) su tercer mandato consecutivo, b) el máximo guarismo alcanzado en su historia, c) la inclusión de los datos anteriores en un nuevo tipo de relato que, de tener el tiempo suficiente, generaría una verdadera edad dorada en la historia del país: eso que los economistas, algo profanamente, llaman “milagro”.
El círculo virtuoso de exportaciones, recaudación, inversión pública, consumo y reinversión privada que se encuentra en la base de los años kirchneristas ha alcanzado su cénit. Al mismo tiempo, sin embargo, sombras de un mundo en crisis se ciernen sobre los logros del país. La caída del precio de la soja es apenas el primero de los malos augurios de un orden económico que jamás podría sustentarse en el vacío. Algo similar sucede con la fuga de divisas, que aunque no amenaza por el momento con llevarnos a las infernales experiencias de antaño, resulta una advertencia a tener en cuenta respecto del cambio de vientos que tiene lugar en los mares del Sur.
Con todo el mérito que tienen los conductores del país desde el desastre de 2001, y a través de la primera oleada del tsunami bursátil que tiene lugar desde 2008, todo parece indicar que, en el nuevo escenario, los logros sociales que colocaron al gobierno de Cristina Fernández en un merecido primer plano en la historia de la región, serán menos el objeto de ulteriores avances que la necesaria trinchera desde la que deberá defenderse la gestión política de una economía global en caída libre. Acá no hay desacople: la profundización del modelo pasará, en los próximos meses, antes por su encarnizada defensa, por el sostenimiento de la inversión, el empleo y el consumo, que por nuevas conquistas.
La presidencia lo sabe, y apuraría, si pudiera, el tempo político aún más para que sea con la imagen de lo conseguido con que se tomen las decisiones y se brinden los instrumentos políticos que han de gobernar al país, al menos, hasta 2013. Lo que viene es la tormenta perfecta y, aunque nuestro alejamiento de los circuitos financieros y nuestra baja ratio de deuda sobre PBI nos colocan en posiciones mejores a la hora de enfrentarla, no cabe ilusionarse con permanecer ajeno a ella.
Por eso es importante reconocer los gestos que hacen al estilo que viene. La referencia a la unidad de los argentinos, el constante acercamiento con el empresariado, son gestos que muestran claramente un rumbo propio del peronismo: acordar primero todo lo que se pueda en el frente interno, para salir a negociar lo que se deba -y habrá que ver con quién- en el frente externo. El dilema opositor -vg: anti o post kirchnerismo- está próximo a la irrelevancia, pues en los años que vienen el mandato que el kirchnerismo recibiera al nacer -esto es, apostar al crecimiento de una economía quebrada en un mundo que crecía- se revertirán de modo dramático-. Ahora tenemos, al menos por este año, una economía que crece en un mundo que quiebra.
No dudo, ni por un instante, en que todo esto haya sido previsto. Por una vez, cuando se trata de la estabilidad económica, el gobierno suele estar un paso adelante. Será después de octubre cuando sepamos cuál es el rumbo que ha decidido tomar. Y será también a partir de entonces cuando podamos medir, adecuadamente, cuánto vale para el votante esa estabilidad cuya sonora ubicuidad semeja una muralla infinita, y cuánto cotizan, por así decirlo, las cuestiones más estrictamente políticas de la agenda oficial.
EM.
Kirchnerismo para armar.
“Justo a tiempo”, pensé, cuando me avisaron que, a fines de la próxima semana, estará disponible en su librería amiga Kirchnerismo para armar, un emprendimiento editorial que buscó coordinar la reflexión de distintos actores y observadores de la experiencia kirchnerista en los años 2003 – 2011, así como su eventual proyección hacia adelante. Son de la partida, entre otros, Hernán Brienza, Facundo Moyano, Tomás Aguerre, Federico Montero, Ivan Heyn, Nicolás Tereshuk (@escriba), Julia Mengolini, Lorena García, Federico Vázquez y quien firma. Para seguir las novedades, click acá o acá, según el caso.
Espero que les guste. Por lo demás, en esta entrada podrán hacer los comentarios que consideren pertinentes respecto de cualquiera de los escritos, que leeremos juntos. Claro que yo había propuesto Poskirchnerismo para armar como título, pero fue demasiado audaz lo mío (?).
EM
El año pasado, participé, junto a Fede Vázquez, de un amplio grupo de trabajo que tenía ante sí una misión bastante complicada: generar, en muy poco tiempo, una compilación de recursos pedagógicos para su utilización en las escuelas de enseñanza media de todo el país, en el marco del programa Conectar Igualdad.
Fue, en muchos sentidos, una aventura. Porque el problema que teníamos que resolver no era meramente técnico, ni estrictamente político, ni solamente pedagógico. Era todas esas cosas, claro, y reflejaba también la dificultad que encontrábamos quienes nos formamos en la UBA en los tramos finales de la década del 90, todavía bajo el influjo de los modernos, para pensar una historia – relato nacional que pudiese ser inclusiva sin sacrificios como los que imponían los restos paupérrimos del viejo revisionismo histórico. En pocas palabras, había que generar una propuesta de interpretación que, aunque no se vería reflejada en la parcela de nuestro trabajo, estaba implicada, de algún modo, en el mismo. Encima, terminé el año fracturado, como para redondear…
Ni un perimido revisionismo histórico, ni una seca negativa a reconocer la dimensión de sus preguntas desde la comodidad del corrector y la crítica del método. Es, un poco, la disyuntiva que enfrentamos todos los historiadores jóvenes en estos días de moda retro: ni Romero, o Sarlo si se prefiere, ni Galasso, Pacho O Donnell y/o Pigna. El resultado al que llegamos fue éste. El equipo que lo realizó, acá.
EM
Pasando al papel.
La edición N° 68 de la Revista “Reseñas y Debates” se dedicó a la reflexión sobre las primarias abiertas simultáneas y obligatorias. Aparecieron algunas piezas muy interesantes -les recomiendo la de Mariano Fontela-, y meché una para desgracia de la serie. Ahí va.
EM
With or without you.
El proceso político iniciado en 2003, que continúa en buena medida las líneas heredadas por su predecesor en materia de política económica, atraviesa una circunstancia particular. Electoralmente, depende de sí mismo. Más precisamente, depende de una candidatura que ha probado ser la mejor, con chances de ingresar a la lista de corta de aquellos candidatos que superaron el 50% en elecciones libres sin proscripciones ni fraude.
Políticamente, el proyecto ha alcanzado cohesión a partir de un cierre de listas que, aunque cuestionable, ha consolidado el liderazgo de la presidenta sobre la fuerza que la representará en el plano institucional.
Económicamente, el ciclo kirchnerista corona casi una década de crecimiento con altísimas tasas de generación de empleo y masa salarial, que también se expresa en una política social activa, cercana al 50% del gasto fiscal total.
Socialmente, podemos conjeturar el ascenso de una nueva clase media urbana y rural, que valora los progresos alcanzados y vota con menos sentido de pertenencia que en el pasado, en un contexto de mayor integración social. Habrá que prestar atención, porque no han firmado un cheque en blanco.
Pero no son todas buenas nuevas. La crisis económica de los países centrales amenaza nada menos que el pilar de estos años de acumulación política: la estabilidad y el crecimiento económico. Nuestros principales clientes y proveedores comienzan a sufrir los efectos de la parálisis de las economías centrales. El modelo basado en el tipo de cambio “alto” parece una caricatura de sí mismo, y la continuidad del gasto en los niveles actuales depende en buena medida de un cambio estructural en la matriz tributaria. Ninguno de esos frentes presenta soluciones sencillas.
Asimismo, la coalición oficial muestra signos de agotamiento en su estilo de construcción y en las modalidades de participación que abre a los sectores sociales vinculados al mundo del trabajo, a las organizaciones territoriales y sociales. Cierta esclerosis parece congelar a figuras del gabinete cuyo desempeño y eficiencia, amén del cuestionamiento social, merecen una revisión en lo que refiere a las prioridades estratégicas de una etapa que ya no es de mera reconstrucción.
El dispositivo de poder que se ha consolidado en estos años no es otro que el justicialista: los peronismos disidentes y sus sucursales provinciales se han mostrado incapaces de capitalizar apoyos de derecha dura. El peronismo, en sus trazos más gruesos (55% en la PBA, porcentajes aún mayores en el NOA y NEA), se encuentra dentro del justicialismo y responde, con las protestas que cualquier fuerza política de magnitud puede interponer, al proyecto político presidencial.
Es cierto, se trata de un apoyo interesado: al fin y al cabo, el éxito de CFK será también el de un justicialismo que sigue consolidando su presencia en prácticamente todos los territorios del país, y que por ende aspira a heredar la conducción de un país ordenado, próspero y pacificado. Nadie, en el peronismo que acompaña a la presidenta, quiere que fracase su mandato, pues ello sencillamente hundiría a cualquiera de sus delfines, tanto en la pecera propia como en el acuario colectivo.
Las fuerzas sociales que se han consolidado en esta etapa -pienso principalmente en el sindicalismo- aspiran a obtener un lugar en esa estructura de poder, un lugar que poco a poco van recuperando -si me preguntan, demasiado despacio- en el mercado laboral y en el ámbito social.
La militancia oficial también enfrenta desafíos, el menor de los cuales reside en reinventarse, no ya como minoría intensa, sino como parte de un proyecto colectivo que aspira a perdurar imponiendo -o, si se prefiere, consensuando- un modelo económico y político neodesarrollista, una política exterior signada por la integración regional, una determinada visión del pasado reciente, etc. La épica resistencial, de minorías, no tiene lugar en el nuevo escenario.
Un desafío de envergadura mayor reside en hallar, para nuestra generación, las huellas de una identidad que no es, no puede ser, la de nuestros padres. Sea lo que sea el peronismo que surja, es evidente que ha de parecerse poco, y retomar aún menos, de las perimidas discusiones setentistas, cuyos faccionalismos vencidos no debemos hacer propios.
Esto plantea, naturalmente, la pregunta acerca de qué significará, para las generaciones que se suman a la militancia, el peronismo tal cual lo entienden. No hay respuestas predeterminadas, aunque es evidente que habrá que trabajar para mantener vivos en la memoria algunos elementos esenciales que hacen al compromiso de una fuerza política con un destino determinado para la nación, y especialmente para sus sectores populares.
Este peronismo que mira con esperanza un juego democrático ciertamente favorable ya no hace rutinaria la distinción entre reglas formales y contenidos sustantivos, pues ha encontrado, en un contexto favorable, el modo de congeniar ambos principios. Ha entendido, sobre todo, que ciertas formas son, también, sustanciales. Insiste, con un tono un tanto sorprendente, en la primacía del Estado frente a todas las corporaciones, dejando tal vez de lado viejas veleidades, pero también indudables certezas respecto a lo que significan las agrupaciones de interés en la vida nacional. Sería de lamentar que, priorizando excesivamente la arena institucional, no se perciba adecuadamente todo lo que aquella no incluye, todo lo que por ella no pasa, especialmente en un contexto de representaciones incompletas y en remodelación.
En este contexto, el desafío más importante será diseñar estructuras institucionales capaces de contener, expresar y representar a los nuevos sectores incorporados a la política en la versión que se propone protagonizar el proceso histórico. La reformulación del peronismo, como un partido estructurado con representaciones diferenciadas y reglas de juego claras, aparece como un dato de inmediata importancia para quienes aspiren a jugar un papel en la sucesión del kirchnerismo de cara a 2015. El gigante invertebrado ha probado ser una amenaza, antes que nada, contra sí mismo.
Ezequiel Meler.










